Miguel Alejandro Rivera
Cuando alguien muere, ¿quién queda? Quedan los vivos, y por eso ahí está ella, ocho años y siete días después de que su marido, Armando Chavarría Barrera fuese asesinado al exterior de su domicilio en Chilpancingo, Guerrero, cuando la siempre misteriosa mano del ajusticiamiento político en México, detonara diez veces las armas que le arrebataran la existencia.
Pero ella, su compañera de vida está ahí, a las puertas de la Delegación XVII del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa de Chilpancingo, esperando a que inicie la presentación del libro “El estruendoso silencio de tu voz”, del periodista Elino Villanueva, que incluye crónicas sobre aquel que fue presidente de la Comisión de Gobierno del Congreso local y pudo ser gobernador de Guerrero… Pero no, no lo fue.
Es 27 de agosto y ella luce elegante: zapatillas, pantalón y blusa, todo negro, sólo el saco es aperlado; se percibe bella, seria, pensativa… Hoy su marido cumpliría sesentaiún años de edad.
Ella es Martha Idalia Obezo Cázares, una mujer a quien una decena de balas le cambiaron la vida; lleva años luchando no sólo con la ausencia de su esposo, sino también con la oscuridad de los procesos judiciales en México: “la búsqueda de la justicia en Guerrero es un camino de espinas y lágrimas”, dice.
“En las postrimerías del mandato del contador Zeferino Torreblanca Galindo, él quiso cerrar el caso acusando a supuestos integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI); claro, resultaba conveniente porque habían asesinado en esos meses al Comandante en Jefe del ERPI, Omar Solís. Armaron por ahí una historia para cerrar el caso culpando al ERPI, pero resulta que no hubo un expediente que soportara una consignación. Ha habido muchas irregularidades al llamado debido proceso”.
Armando Chavarría y Zeferino Torreblanca, gobernador de Guerrero de 2005 a 2011, habían tenido enfrentamientos políticos en repetidas ocasiones. El propio gobernador ordenó, tres meses antes de la ejecución que se le retirara la escolta al entonces diputado, quien se apuntalaba con claras posibilidades para ser su sucesor.
“Desde que ocurrió el asesinato yo jamás he tenido acceso al expediente: ha sido manoseado, ocultado, trasegado, lo llevaron en condiciones de opacidad. Lo tuvo la Procuraduría General de la República, luego regresó la competencia a Guerrero”.
Durante este complejo proceso, la PGR y la jurisdicción local siguen apelándose una a otra: la Procuraduría busca que sean juzgados cuatro sujetos supuestamente adheridos al ERPI y el juez séptimo local asegura que no hay pruebas. Para Martha Obezo esto no es más que darle vueltas al asunto, “de lo que se trata es de negar la justicia”.
Pero hoy es domingo, un domingo de agosto: la lluvia y la luz del sol juguetean a la par en las calles de Chilpancingo y ante la brisa, la humedad, el viento y el calor, es inevitable golpearse a cada paso con la nostalgia; la mente trae muchos recuerdos, el aire se atesta del pasado, porque es agosto y es el mes que por décadas fue alegría para la familia Chavarría Obezo, el mismo mes que de pronto se convirtió en una molestia en el calendario; pero no siempre fue así, hubo momentos bellos como cuando Martha y Armando eran jóvenes.
“Nos conocimos en el movimiento estudiantil y popular, en las postrimerías de lo que en Guerrero se conoció como la guerra sucia. La universidad era la casa del movimiento social; cuando éramos jóvenes y soñábamos con una sociedad más justa, ahí nos encontramos y ahí se formó el liderazgo de Armando Chavarría. Por eso el proceso que siguió en Guerrero no me resulta ajeno, y ahora luchar por la justicia para mi marido se ha convertido para mí en la lucha por los derechos humanos de la gente”.
“Armando nunca se asumió como el hombre poderoso. Mi trato con él era una relación de pares, era mi compañero; sin embargo reconozco que el haberme quedado con él a apuntalar el proyecto alternativo para transformar Guerrero me costó muy caro, porque a la esposa la escuchas de la puerta hacia adentro. Si yo hubiera sido una voz pública poderosa, tal vez me habría creído… es muy difícil”.
Martha creé que él no la escuchó, ella presentía que algo terrible acechaba desde la penumbra. ¿Cómo te sentirías si de pronto recibes el aviso, un mensaje, una llamada: “la persona que amas ha muerto, fue asesinada a las puertas de tu casa?
“Terrible. Había signos, amenazas que anunciaban un atentado así, yo sabía que podía ocurrir. Estaba muy tensa, trataba de convencer a mi esposo de lo delicado, lo grave de la coyuntura, pero bueno, yo creo que él pensó que le blindaba la posición que él tenía, pero cuando lo matan, cuando me dan la noticia, supe que se atrevieron… Para mí fue muy complicado llegar a mi casa y ver el cadáver que estaba en el piso y confirmar que era el cadáver de mi esposo, del padre de mis hijos, pero también era el cadáver del presidente de la Comisión de Gobierno del Poder Legislativo… Tuve que asumirlo”.
A ocho años, siete días de esa fatídica mañana en la que Armando Chavarría ya no pudo ir al gimnasio, como lo hacía cada día, a solas, en su auto, con la ausencia de la escolta que le quitaron, Martha Obezo no ha tenido una noche de descanso: la han perseguido, la han acosado. En alguna ocasión dos camionetas desconocidas le vigilaron durante toda la mañana; el miedo y la desesperación la hicieron bajar del vehículo, los persecutores hicieron lo propio.
“¿Qué quieren, por qué me siguen?” Preguntó ella. “Pues no será por bonita”, respondió uno de los sujetos, mientras mostraba con discreción una pistola asida a su cintura.
Sin embargo ella sigue, ella busca la justicia para su marido en un estado como Guerrero en el cual según la organización Open Society Justice Initiative, el 94 por ciento de los homicidios dolosos no tienen resolución.
“En esta lucha no pueden claudicar los guerrerenses. Cuando enterramos a mi esposo, a quien era la cabeza del poder Legislativo, yo hice un compromiso: luchar para que el asesinato no quedara impune, convencida de que si quedaba impune el asesinato de quien presidía el poder Legislativo, entonces se iba a generar una descomposición social en Guerrero en la que podría pasar cualquier cosa: asesinar o desaparecer a cualquiera en el estado y no pasaría nada y tristemente no me equivocaba, hasta llegar a la atrocidad que conocemos como Ayotzinapa”.
“Las instituciones están paralizadas, la impunidad es rampante en Guerrero, por eso la lucha de los padres de los cuarentaitrés no solo es justa, sino necesaria, aunque a algunos les incomode. Si la sociedad cuestiona este tipo de luchas, entonces será una sociedad inerte, expuesta”.
“Algún día tendremos que encontrar la justicia como ese bien público en extinción en México. La paz debe ser producto de la justicia. En esta lucha en busca de justicia nos hemos encontrado en el camino a las víctimas y nos hemos convencido de que tenemos que sumarnos y convertir en una sola causa las luchas que venimos librando por separado”.
En 2015, Martha Obezo, apoyada por la Red Solidaria de Cara Contra la Impunidad, llevó el caso de Armando Chavarría, su marido, su compañero asesinado, a la Corte Interamericana; dos años después, en éste órgano internacional, aún no han dado certeza siquiera de que lo vayan a aceptar.
Y así, luego de un homenaje de cumpleaños en el que ella debió hacer malabares con la ausencia del protagonista, Martha agradece a todos el haber asistido: ofrece algunas palabras, reparte abrazos, estrecha manos, regala unos cuántos libros, de pronto se queda mirando a la nada… “Perdón, pero es que aún hay varios compromisos que tengo que atender”, y se va, se desaparece junto con su elegancia que no puede ocultar igual que su evidente melancolía, la cual se ha convertido en su acompañante desde hace ocho años, ocho años siete días.
