Por: Miguel Alejandro Rivera
“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que decían obedecer a un Rey y a una Reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que moja”, escribió el periodista uruguayo, Eduardo Galeano.
Hace más de 500 años, los nativos de ese territorio, que antes no era América, miraron asombrados la llegada de cerros navegantes y hombres barbados, con ropas metálicas, montando bestias cuadrúpedas que ellos jamás habían visto. ¿Imaginas eso, mirar de frente a un ser vivo totalmente distinto a lo que conoces? En nuestros días, eso sólo se asemejaría a la llegada de seres extraterrestres.
Según el Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas (IWGIA), en México habitan 68 pueblos indígenas, cada uno hablante de una lengua originaria propia, que juntas reúnen 364 variantes. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) elaboró el Censo 2020, en el cual el 6.1% de la población nacional de tres años de edad en adelante, se registró como hablante de alguna lengua indígena, lo que representa alrededor de 7.36 millones de personas. Asimismo, el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas indica que 25 millones de personas se identificaron como pertenecientes a un pueblo indígena.
Muchas veces las personas de las ciudades, esos que votan por sus gobernantes y caminan por las plazas comerciales con un café en la mano, mirando los aparadores, justifican que los indígenas viven en extrema pobreza porque existen ahí, replegados en los montes, lejos de los autos, la comida chatarra y los avances tecnológicos; pocos entienden que esas comunidades no nacieron ahí, sino que fueron obligadas a esconderse en los montes, por miedo al hombre blanco.
Durante la segunda mitad del Siglo XX, mucho después de que Colón, Cortés, Pánfilo de Narváez, Rodrigo de Triana y compañía pisaron esta pisoteada América, la otra América, la que se siente única, adiestró a muchos pobladores a lo largo del continente para asesinar indígenas, como en el caso guatemalteco, donde la masacre contra los pueblos originarios resultó una carnicería sin escrúpulos denunciada en gran medida por Rigoberta Menchú.
Tras la invasión occidental, a los “indígenas americanos” les dieron espejitos a cambio de su oro; hoy no son espejos, son despensas, caminos pavimentados, alumbrado público, sistemas de aguas o cualquier obra de infraestructura precaria que el sistema les ofrece como si les hiciera un favor.
Poco nos importa la lucha de la Nación Wixárika por defender sus tierras sagradas de las grandes mineras transnacionales, en el norte y occidente del país; caso omiso hacemos a los intentos de comunicación indígena, como radio Ñomndaa, La Palabra del Agua, que transmite desde Cerro de las Flores, en Suljaa, Guerrero; en 1994, un ejército indígena zapatista, tomó las armas en Chiapas para exigir sus derechos y simplemente fueron reprimidos, aislados y olvidados: otros locos que se atreven a soñar y a exigir lo que por derecho les pertenece.
“Vinieron en unos barcos con baratijas del mundo viejo, hace ya quinientos años sufrió la vida un gran desprecio; la vida allá en Europa es muy dorada a mí me contaron; todo ese brillo robado es puro oro americano… cuídate pirata Colón, que ya se despierta la raza del sol…”, dice por ahí un canto que vale la pena recordar este 12 de octubre.
