Brenda Cruz Santos
Fue un 8 de julio del 2017 cuando llegaron a aquel lugar, eran las 21:32 horas de un sábado cuando entraron. El lugar era amenizado con el ruido de diversas voces, al compás el sonar de los tecleos en las computadoras y en el aire se respiraba el aroma a tabaco que inundaba el ambiente.
En la entrada del lado derecho había un escritorio donde se encontraba un libro de gran tamaño, donde uno a uno se iban registrando los presentes: nombre, fecha, hora, asunto y firma eran los datos que se iban recabando. Robo de autos, asaltos, riñas y violaciones, eran de los más comunes que podían leerse.
En el enorme salón se encontraban pequeñas divisiones, donde los encargados de tomar las declaraciones estaban sentados, no obstante, su trabajo parecía ser otro, pues su atención a los que necesitaban de su ayuda era muy poca, por no decir nula: Comían, revisaban sus teléfonos, platicaban entre ellos e incluso jugueteaban y reían en conjunto. Del otro lado estaban los ignorados.
Las víctimas esperaban con resignación el momento en que les tocara rendir su declaración, es decir, la hora en que denunciarían a quienes los habían afectado.
En una esquina se escuchaba la conversación de dos mujeres que comentaban el robo de un auto, a su lado una mujer joven, vestida con pantalón de mezclilla, tacones negros y saco, cabello negro y tez blanca, con la cara golpeada, lloraba y les pedía ayuda a los policías, según decía, un funcionario que trabajaba ahí mismo, la había agredido físicamente.
En las escaleras una niña de no más de tres años, sentada y sin hablar, junto a ella, una mujer que parecía ser su madre lloraba sin consuelo. Tiempo después se supo que la menor había sido violada y su forma de actuar, era a causa del gran trauma que había sufrido.
A las cuatro de la mañana llegó a la Fiscalía 3 de San Cristóbal Centro en Ecatepec, el cuerpo sin vida de un hombre, que atestó por completo con su horrible hedor, llegó para quedarse y hacer compañía a todos los presentes.
A las cuatro con veintitrés minutos fue el turno de la víctima con las iniciales S.C.J.B, la identidad quedó a resguardo debido al delito del cual se trataba: un delito sexual, dónde un acompañante debe permanecer en todo momento a su lado, ya que al final de la declaración, la persona asignada firmará por su familiar.
Eliza, hermana de la víctima, la acompaña hasta el escritorio donde las han llamado, la persona que atiende es una mujer de cabello negro ondulado, entre 30 a 35 años, con una sonrisa de oreja a oreja todo el tiempo, como si su trabajo consistiera en recibir a los niños de preescolar cada mañana en la entrada.
Comienza el interrogatorio: ¿Quién es la afectada?, hace la primera pregunta. ¿Cuál es tu nombre?, ¿cuántos años tienes?, ¿a qué te dedicas? Fueron las siguientes interrogantes. Entre una y otra contestación eran interrumpidas las respuestas por una funcionaria que le contaba secretitos al oído y reían sin cesar.
—Y luego cuénteme, ¿qué dice que le pasó? —pregunta nuevamente la mujer que toma la declaración.
Así la joven comienza su relato…
—Fuimos a una fiesta, eran los 15 años de mi sobrina, la hija de mi prima hermana, siempre hemos sido muy unidos, así que en esta fiesta estuvimos todos los primos reunidos. La fiesta fue en un pequeño salón por San Pedro en la zona residencial de ojo de agua en Tecámac, la fiesta terminó a las 3 de la mañana y de ahí todos nos dispusimos a regresar a la casa del hermano de mi papá, pues es la más cercana, a 10 minutos de lugar, no tardamos en llegar, pero la casa no es muy grande y al entrar todas las camas ya estaban ocupadas, yo deje que mi hermana se acostara con sus dos hijos y mi hija… —Interrumpe la ministerio público— Ah, ¿tiene una hija?
—Sí, mi niña tiene apenas año y medio— contesta la denunciante.
—¿Y su marido? ¿O no tiene marido? — pregunta la MP.
—Sí, sí tengo.
—¿Y dónde se encontraba él, en esos momentos?
—Bueno mi esposo saldría tarde del trabajo ese día y me dijo que no podía acompañarme —titubea al contestar. —Nosotros vivimos en Chimalhuacán y el tiempo de transporte es de casi 4 horas no lo iba a presionar— continúa.
—¿Y qué tan importante era ir a la fiesta? — pregunta en modo burlón.
—Pues no, pero toda mi familia iba a estar, yo quería estar— contesta la joven con voz entrecortada.
— Aja, aja ¿Y luego?
—Como ya no había lugar en las camas, me bajé a la sala y me senté en el sillón, ahí estaban tres de mis primos, un amigo de toda la vida de uno de ellos, otros dos muchachos que no sé quiénes eran y el esposo de mi prima, yo me quedé sentada en el sillón, de cada lado se sentaron dos primos y el amigo de mi primo. Yo me quedé sentada dormida, ya era muy tarde, habíamos tomado, entre sueños sentí cómo alguien me levantó, cuando abrí los ojos vi que era uno de mis primos: Eduardo, con el que siempre había convivido y compartido todo desde pequeños, recuerdo que mis tíos eran muy pobres y sí él tenía una paleta y yo llegaba, era una paleta que ambos nos comíamos. —divaga entre sus recuerdos, pero sigue hablando.
—Yo lo abracé y cerré los ojos, pensando que me llevaría a una cama, cuando desperté fue porque ya estaba volteada boca abajo y con un dolor tan grande que jamás había experimentado, de inmediato intenté levantarme, comencé a patalear y empujar a la persona, pero él que estaba encima no era mi primo…
—Espérame tantito— se va la interrogante y después de un rato regresa. —Entonces en que estábamos.
—Cuando desperté fue del dolor que sentí — sigue. —Me tenían dentro de una camioneta pero no era mi primo, era el primo de la esposa de mi primo, en la fiesta se acercó cuando estábamos platicando y nos dijo que se llamaba Guillermo Morales que era primo de Gabriela y que nosotros decíamos pura mamada, nadie le contestó, nos cayó mal por su comentario tan grosero, cuando llegamos de la fiesta a la casa de mis tíos se acercó y me preguntó por el baño, me dijo que lo acompañara, yo contesté que no y me metí a la casa, después no lo volví a ver hasta que desperté.
—¿Y después?
—Yo le pegaba e intentaba abrir la puerta para salir, pero no podía, Jonathan, el amigo de mi primo salió de la casa y vio todo el movimiento en la camioneta, supongo, el abrió la puerta por fuera y le pego al hombre, me lo quitó de encima, él me ayudó a salir. A los pocos minutos, mi primo salió y se paró en la puerta de la casa, yo corrí llorando a abrazarlo, pero él no me preguntó nada y hasta se enojó con Jonathan por meterse, le impidió pegarle a aquel hombre y después salió el hermano de su cuñada y se llevó a Guillermo, no nos dejaron hacer nada más.
—¿Y ya?, ¿es todo?
—Creo que sí.
—Bueno pues ahora tiene que pasar con el médico legista y luego con el policía de investigación, por cierto, ¿cuándo fue eso? — pregunta la funcionaria.
—Fue la semana pasada
—¿Y por qué viene hasta ahora?
—Bueno pues en ese momento una de mis hermanas se dio cuenta de todo, me pidió que no dijera nada, después le dije a una de mis primas y me regañó, dijo que como no me di cuenta cuando me sacaron cargando… —La MP asiente con la cabeza y hace un gesto con los ojos hacia arriba, como diciendo “estás tonta” sin decirlo.
—También ella me dijo “pues ya ni modos hija, ahora ya no le digas a nadie”—concluye la joven.
—Bueno pase a dónde le dije, pero no creo que pueda hacerse nada— termina la declaración.
