Capítulo 2
Yo soy el de los ojos amarillos
Por: Nathaly González Guevara
“Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas una larga vida en la tierra…”
Éxodo 20:12
Dos de las cosas que más valoraba y disfrutaba por aquellos años eran: mi libertad y mi soledad. No tenía arraigos ni apegos; vivía solo en aquella ruidosa, dinámica y caótica ciudad desde que tenía tan solo quince años de edad.
Gracias a la generosidad de mi padre así como la de mis tías y mi modesto empleo me podía permitir vivir con cierta tranquilidad y rentar una reducida habitación que hacía las veces de dormitorio, comedor, biblioteca y cuarto de baño; no necesitaba mucho, pues en realidad solo la ocupaba para descansar por las noches.
De mi infancia el mejor de mis recuerdos es la abuela (a quien debo reconocer que a veces extraño) una mujer formidable, cariñosa, paciente y sabia, con un único y exquisito toque para cada comida. Excelente consejera y poseedora de los mejores abrazos en este mundo, rodearse de sus brazos era el mejor sitio y remedio para cualquier pena o dolor.
En el pequeño pueblo en el que crecí no tenía tantos amigos, quizá el único y el mejor era Enrique, quien era como un espejo, además, como consecuencia del divorcio de mis padres me propuse no generarme amistades, ni cariños, ni lazos, ni nada; decidí irme lejos y sin intenciones de volver, no soportaba saber que ahora mamá tenía otro esposo, -quien era para mí el más grande y perverso villano pues se había llevado a la mujer que me dedicaba toda su atención y cariño-, y otro hijo –un pequeño intruso- que me restregaba su ridícula felicidad en la cara y a quienes era muy posible que me pudiera encontrar cualquier día caminando por la calle.
Al principio me costó un poco agarrar el ritmo de esta ciudad, sus prisas, su gente siempre enojada, refunfuñando y empujando, pero una vez que ingresé al bachillerato y posteriormente a un modesto empleo en una pequeña cafetería al sur de la ciudad y tenía entonces la necesidad de trasladarme de un lado a otro, entendí a todas esas personas.
La vida durante aquellos tres años transcurrió sin mayor problema, me parecía que era la aventura de mi vida: solo en este lugar, estudiando con miras a ser un gran historiador, con aquel empleo en el que podía comer gratis y gozando de la simpatía de los dueños -quienes a menudo me regalaban libros y vitaminas (pues aunque yo me aferraba a explicarles que era una cuestión genética ellos insistían en que el color de mi piel se debía a la falta de nutrientes)- me sentía satisfecho.
Mis días transcurrían entonces entre la pequeña pero muy confortante cafetería, la escuela y las diversas bibliotecas públicas. Me gustaba el silencio.
Poco a poco mi pequeña habitación iba adquiriendo un mejor y más cálido aspecto; me gustaba llamarle “el santuario” en razón de tener todo lo que yo creía que se necesitaba para ser feliz: un pequeño colchón, cobijas abrigadoras, un horno y una mesita que era a la vez escritorio de trabajo, comedor y mesa para planchar, y por supuesto: repisas sosteniendo mis libros favoritos, o por lo menos, los que hasta ese momento me podían conceder mis ingresos: El Quijote, La Odisea, Hamlet, La Eneida, Las mil y una noches, Guerra y Paz de un lado; y tenía también pequeños apartados de historia, filosofía, economía y sociología, en aquel tiempo no sumaba más de 65 libros en mi poder.
Los domingos eran mis días libres: me levantaba ansioso desde muy temprano para poder llegar lo antes posible a aquella hermosa biblioteca situada en la zona centro de la ciudad. Cuando me instalaba a leer en aquellas mesitas rodeadas de paredes de piedra y sus barandales artesanales forjados en hierro de siglos pasados, sus majestuosas escaleras de cantera y aquellos incomparables candelabros con decenas y decenas de bombillas, me sentía como un pequeño y mimado príncipe en su castillo.
Poco antes de cumplir los dieciocho años y casi al tiempo de tener que presentar el examen de ingreso a aquel reconocido Liceo recibí una llamada: se trataba de la abuela, había enfermado y necesitaba ayuda, de momento papá se hacía cargo.
Al inicio no entendí la dimensión de las cosas. Me tomé tres semanas para terminar el curso y presentar mis documentos para el nivel superior; pedí permiso para ausentarme un par de semanas de la cafetería y avisé a mi casero que no volvería durante algunos días. Salí un viernes por la noche rumbo al pueblo. Mis patrones le enviaron galletitas de canela con moca a la abuela y yo le compré una blusa rosa y unos pequeños aretes, seguramente se sentiría feliz de ver que no había olvidado sus gustos.
Llegué entusiasmado a hacer mi papel de “compañero” de la abuela, me sentía animado por la idea de volver a pasar tiempo a su lado, sin embargo, la realidad me recibió con un golpe seco en el estómago. Papá salió a mi encuentro:
—Qué bueno que al fin llegas, tu abuela ha estado preguntando por ti.
—Sí, perdón, tenía que dejar todo en orden. Me pienso quedar varios días.
—Está bien, la abuela nos necesita. Le han detectado cáncer en la matriz y ya no hay nada que podamos hacer, solo estamos esperando.
¿Cómo? ¿En qué momento? ¿Por qué no me lo dijeron antes? ¿Esperar qué? La abuela era una mujer sana, fuerte, jovial, ¿por qué tenía que pasar por esto? ¿Y de verdad no había nada que hacer? ¿La medicina no daba alternativas? ¿Esperar cuánto? ¿Sufriría? ¿Se quedaría dormida?
Me guardé mis preguntas y me sequé las lágrimas lo mejor que pude, entré a su habitación apretando el pequeño paquetito que llevaba entre las manos y creo que hasta deshice las galletas cuando la vi postrada en su cama, sin fuerzas y sin color en su carita, con una mirada triste y el cabello completamente desalineado.
—Abue, ¿cómo te sientes?
—Bien, hijo, ¿a ti cómo te va? ¿Terminaste tus clases? ¿Y tu trabajo?
—Todo en completo orden, abue, mira: te traje algo.
Me pidió que le mostrara lo que llevaba y esbozó una sonrisa agradeciendo los detalles pero al mismo tiempo insistiendo en que no debí haber gastado.
Los días siguientes fueron bastante duros física y emocionalmente; ahora la abuela era prácticamente una bebé a la que debíamos asistir y vigilar permanentemente; asearla, medicarla, alimentarla y acomodarla en diferentes posiciones para que su cuerpo no sufriera –dentro de lo posible-.
Tiempo atrás había llegado a escuchar casi como un susurro la palabra “cáncer”, pero jamás imaginé la furia de su desarrollo, lo voraz de su evolución, en fin, el gran monstruo que puede consumir y terminar con vidas en corto tiempo.
No podía hacer mucho, solo creer en aquel Dios de quien la abuela me había hablado, en el que se busca auxilio y consuelo, pero creo que llevaba ya demasiado tiempo sin intentar la comunicación y por ello mis ruegos no fueron atendidos: la abuela ya no despertó por la mañana. Había transcurrido una semana desde mi llegada.
Quise pensar que esto era una pesadilla, que en cualquier momento abriría los ojos y me abrazaría para decirme lo de siempre “tienes los ojos más bonitos que he visto ¿me los regalas?” para luego besarme las mejillas; le hablé y no respondió, la moví y aún permanecía caliente; lloré, le besé la frente y le pedí que se fuera tranquila pues su misión aquí estaba cumplida; le agradecí cada comida, cada día de su compañía y sus palabras, sus abrazos y el consuelo que me brindó cuando caí del árbol y me lastimé la rodilla así como la noche en que mamá se llevó sus cosas y hasta el día en que me ayudó a preparar mi maleta para irme a la ciudad. Quedaron inconclusas algunas promesas, empezando por la de comer pastel de chocolate aquella tarde, pues era mi cumpleaños número dieciocho.
La sepultamos al día siguiente con su blusa rosa y sus aretes nuevos. Todo esto no dejaba de parecerme irreal.
Luego de los servicios fúnebres y todos los ritos que se llevaban a cabo de manera tradicional era necesario hacer una limpieza a fondo para poder cerrar la casa y volver de vez en cuando a desempolvar; me encargué de arreglar su recámara: tendí ceremoniosamente su cama, junté los restos de sus medicamentos dentro de un pequeño bote de aluminio; ordené su tocador y su pequeño armario, coloqué cada una de sus prendas en su sitio, no sin antes aspirar el aroma que aún conservaban, ese aroma que me habría encantado guardar en un frasquito para poderlo aspirar cuando necesitara sentirla cerca.
Al abrir los cajoncitos de su tocador me llevé una gran sorpresa: había pequeñas bolsas de papel con los nombres de cada uno de sus cinco nietos y el de papá, abrí de inmediato la que me estaba destinada; el contenido era una larga bufanda de lana, la abuela era una excelente y creativa tejedora. Me sentí abrazado desde algún remoto lugar y lloré.
Papá y yo fuimos los últimos en salir de la casa, ese lugar que apenas hacía unas semanas era un abrigador hogar, hoy se sentía completamente frío y apesadumbrado.
Al salir del pueblo pasamos a despedirnos de la abuela, me senté a lado de la fresca sepultura a cavilar sobre lo efímero de la vida. ¿A dónde íbamos? ¿Valía la pena todo esto? ¿Por qué la abuela tuvo que terminar sus días con esos sangrados y esos dolores? ¿Acaso no había sido un ser humano ejemplar? ¿A dios le gustaba hacerles esto a sus hijos? ¿En razón de qué los días de una persona podían terminar así?
Me costó mucho tiempo entender que hay cosas que sólo ocurren y no hay explicación; que no son sucesos ni buenos ni malos, simplemente son. Que dios (lo que quiera que eso sea) no tiene mayor participación y responsabilidad que la que uno mismo decide darle. Acepté que a las personas “buenas” les pasan cosas buenas y malas, y a las personas “malas” también les pasan cosas buenas y malas, que el fin de nuestros días no es un ajuste de cuentas de nuestro comportamiento, solo es un suceso más.
Tal y como lo había anunciado volví al santuario a los quince días, un poco cansado y un tanto desconsolado, sin embargo, la inercia de la vida y la necesidad de pagar el alquiler me obligaron a retomar mis actividades con normalidad. Dos meses después quedaron aprobados mis exámenes de ingreso al Liceo e inicié una de las mejores etapas de mi vida. Me prometí ser el mejor, destacar y aprender todo cuanto pudiera; trataba de dormir poco para estar más vivo y literalmente más despierto a la vida.
