Por: Gin
El plato fuerte en las fogatas, además del whisky, eran los relatos de historias paranormales y criaturas extrañas.
Llevábamos a cabo el ritual a diario, sobre todo en las heladas noches; aquel veintidós de julio la atención era dirigida al capataz quien con ademanes relataba su encuentro infortunio con el temible hombre lobo, del que por cierto nadie llegaba a creer del todo y solo teníamos teorías un tanto absurdas de su origen, tales como la del séptimo hijo, la mordida no letal, la cruzada entre las piernas; iba en la parte de la descripción física de la bestia sosteniendo que media el doble, ¡no, el triple que sus perros!, era flacucho y negro como el cielo sin luna, mostraba unos dientes feroces y la quijada lista para despedazar, fue entonces que lo interrumpió una figura enorme sacudiendo los matorrales y se lanzó sobre su cuello por la espalda, los dos hombres sentados al lado se incorporaron de un salto y comenzaron a lanzar tajadas veloces y profundas con sus machetes.
Quedamos estupefactos al ver a la criatura tendida sobre su sangre gimiendo sus últimas palabras: «sólo era una broma».
