Ojos amarillos

Capítulo 3

Me casé con un vikingo

Por: Nathaly González Guevara

La nuestra siempre me pareció la mejor historia de amor: la más espontánea y romántica; mucho mejor que cualquiera que se hubiera escrito antes: nos conocimos en la escuela básica siendo unos niños de doce años, pero jamás fuimos amigos y nunca estuvimos en un mismo equipo de trabajo, ni siquiera nos hablábamos; alguna tarde él y su grupo de amigos pasaron frente a mi entonces hogar mientras se dirigían a jugar futbol y uno de ellos exclamó —¡ahí vive la niña que se sienta hasta adelante!— Detalle aparentemente insignificante que tuvo trascendencia algunos años después.

¿En dónde está lo espontáneo y romántico…?

Cuatro años más tarde, estando ya en la universidad decidí convocar a una reunión de ex compañeros, de esas que son muy difíciles de realizar puesto que se han tomado rumbos y criterios muy distintos; algunos estaban enfocados a los estudios profesionales, otros probaban suerte en las artes, los negocios o el emprendimiento; unos más luchaban (y siguen luchando) contra las drogas y el alcohol.

Conservaba el número telefónico de todos mis compañeros y marqué a cada uno de ellos: muy amigos o no tanto, quería reunirlos a todos; la cita era en mi casa el próximo quince de mayo a las cuatro de la tarde. El menú serían botanas y refrescos; localicé a todos, excepto a él. Insistí en llamarle una, dos y tres veces sin poderle encontrar, no obstante, me atreví a dejar un recado esperando que aún me recordara.

La noche del catorce de mayo alguien llamó a la puerta de mi casa, sin embargo, al no esperar visitas salí a abrir sin emoción alguna y hasta con fastidio; he de reconocer que siempre que lo recuerdo me brota una sonrisa de genuina emoción pues fue uno de los momentos más impactantes de mi vida: era mi ahora ex marido. Su apariencia de cuatro años atrás hacia aquel día había cambiado radicalmente (o quizá yo jamás le puse atención). Tenía el mitológico aspecto con el que se describe a los vikingos: muy alto, corpulento, de piel blanca, abundante cabello negro y una barba que lo hacían lucir increíble, además, advertí la sonrisa más maravillosa, tierna, cálida y encantadora del universo. Bastó un segundo para enamorarme de él. No miento si digo que irradiaba una especie de luz angelical a su alrededor.

—¡Hola!

—¡Hola! ¿Cómo estás?

La pregunta estaba de más: era claro que él estaba perfecto.

Charlamos algunos minutos y nos pusimos al día como si nos conociéramos realmente, y lo cierto es que lo único que nos conocíamos eran nuestros nombres, yo tenía su número telefónico y él sabía en dónde encontrarme por aquella exclamación: “¡ahí vive la niña que se sienta hasta adelante!”, pero nada más.

Hablamos de nuestras respectivas carreras, nuestras materias y las rutinas que llevábamos a cabo diariamente; las cafeterías de nuestros colegios y la bastedad de nuestras bibliotecas; ambos sonreíamos con la calidez de dos viejos amigos que se reencuentran.

¿La reunión? Se llevó a cabo tal y como se había organizado. Llegaron la mayoría de ahora estudiantes universitarios, charlamos y reímos con locura por horas recordando aquellas aventuras e indiscreciones que solo comete un adolescente. Siempre es bueno reunirse con los amigos.

Al anochecer cuando todos empezaron a despedirse, aquel imponente espécimen de aspecto nórdico me habló muy de cerca: —¿Puedo venir a verte mañana? — Recuerdo que mi pulsación cardiaca descendió, sentí que me faltaba el aire, dejé de escuchar las risas y creo que hasta la vista se me nubló por unos segundos. Esbocé una ligera y estúpida sonrisa y solo asentí alrededor de diez veces… ¡Y es que mi cerebro tenía un choque neuronal! Más bien quería gritar y preguntar: “¿Cómo?, ¿tú quieres verme?, ¿para qué?, ¿por qué?, ¿acaso no tienes a la novia más guapa de la ciudad?”.

—Sí, sí puedes… Cuando quieras— Fue lo único que atiné pronunciar.

Tal y como lo acordamos, llegó al día siguiente puntualmente a las cuatro de la tarde. Honestamente no dormí durante la noche previa y en mis clases de la mañana no logré concentrarme por darle vueltas a la pregunta: ¿Para qué quiere verme?

Hice ejercicios de respiración antes de salir a recibirlo, traté de ponerme polvo de rubor en las mejillas para que se me notase un color rojo permanente y en un determinado momento no se viera un abrupto sonronjamiento producto de esa adrenalina que estaba a punto de hacerme estallar de nervios.

Llegó con ese halo angelical que lo rodeaba y pasamos al jardín, me ayudó a poner en orden lo que había quedado fuera de su lugar la noche anterior y charlamos durante horas y horas, nada concreto. Poco a poco la euforia se me iba pasando y llegué a pensar que solo quería agradecerme la invitación de manera más personal; casi al dar las nueve de la noche se despidió y entristecí al creer que lo volvería a ver hasta la próxima reunión de compañeros, tal vez dentro de cuatro años más.

—Muchas gracias por permitirme visitarte.

—No tienes nada que agradecer, me ha dado un gusto enorme volver a verte.

—Bueno, te pedí que me dejaras verte hoy porque quiero proponerte algo: ¿Aceptarías salir conmigo? A donde tú quieras y cuando tú puedas, pero por favor, déjame invitarte a algún lugar: a comer o al cine o si quieres vamos a comprar algún libro, de verdad, lo que tú quieras.

¿Cómo iba a decirle que no? Ese tono de súplica me parecía irreal, ¿de verdad no salía con una chica hermosa, simpática y popular? ¿Por qué alguien como él podría querer salir con alguien como yo? No quise verme muerta de ansiedad y acordamos vernos el siguiente viernes. Iríamos al cine.

Conté cada minuto y cada hora de aquella larga semana para volverlo a ver. Fue nuestra primera salida de lo que serían veinte años juntos.

A lo largo de esos años pude constatar que era un gran devorador de libros con una memoria increíble; lo mismo leía economía que sociología, novelas, ficción y best sellers, y por supuesto, filosofía e historia de la filosofía cristiana para tener temas de conversación en común.

Disfrutaba caminar tomando su mano, me gustaba que las otras chicas admiraran su porte y su sonrisa, me sentía feliz de saber que era a mí a quien le escribía poemas, le dedicaba canciones y le besaba la frente.

Siempre me han gustado las novelas románticas, quizá por eso guardo con celo en la memoria la noche en que me pidió matrimonio: habíamos vuelto de una maravillosa tarde juntos y antes de despedirse en la puerta de la casa de mis padres se hincó y con la misma vehemencia con que me invitó a salir la primera vez, pronunció: —¿Quieres casarte conmigo? Yo quiero pasar mi vida entera contigo—

Nos casamos muy jóvenes y compartíamos tantas cosas en común, nuestro hogar era cálido y acogedor y nos gustaba llamarle “la casita” pues era un lugar muy pequeño; al inicio solo teníamos lo más necesario: una cama, un armario, un tocador, un comedor, un par de sillas, una estufa y un refrigerador. En ese entonces no teníamos ni espacio ni presupuesto para libreros y por algún tiempo tuvimos que conformaros con guardar en múltiples cajas de cartón lo más valioso que cada uno había traído de su casa paterna: nuestros libros.

Recuerdo que en aquella época me gustaba musicalizar mis días con  una melodiosa canción que dice algo así como:

Desmond has a barrow in the market place

Molly is the singer in a band

Desmond says to Molly, «Girl, I like your face»

And Molly says this as she takes him by the hand

Ob-la-di, ob-la-da, life goes on, brah

La-la, how their life goes on

Ob-la-di, ob-la-da, life goes on, brah

La-la, how their life goes on…

Exitosa composición del cuarteto de Liverpool del convulsivo 1968.

A pesar de ser muy jóvenes para un compromiso como lo es el matrimonio, creo que lo hicimos bien: nos dábamos paz, compañía, comprensión e impulso; las cosas materiales se iban dando poco a poco y empezamos a construir una hermosa habitación destinada a ser nuestra biblioteca y ampliamos el número de recámaras; tuvimos dos hijos maravillosos, los mejores del mundo.

Yo, por fuerza de mi carrera me veía constantemente envuelta  -cuestionada  y cuestionando-  en torno al tema sobre la existencia de algo superior, supremo y divino, eterno, justo e inmutable. Es algo que a la fecha no logro explicar del todo, pero cuando nuestros mellizos nacieron entendí que Dios se siente y no necesariamente se explica, el problema con algunas personas es que requieren de forzosas explicaciones que los convenzan de algo que aún no experimentan.

Sentir y palpar el milagro de la vida humana me fue absolutamente revelador, máxime al dar a luz a dos seres humanos casi al mismo instante, y es que su perfección me parecía increíble; jamás había reparado en la minuciosa bondad con que actúa la madre naturaleza, ¿cómo era posible que pudieran resultar dos humanitos con la sola de la unión de fluidos?

Los mellizos llegaron para ocupar mi tiempo, mi energía y mis pensamientos casi por completo, y entonces la melodía seguía perfecta:

In a couple of years they have built

A home sweet home

With a couple of kids running in the yard

Of Desmond and Molly Jones

Digo que los mellizos ocuparon casi por completo mi tiempo y mi energía porque me gustaba conservar mi necesaria porción de libertad, los cuidaba con esmero durante el día y escribía mi pequeña columna para “El Observador” (un periódico local) por las noches; me esforzaba por tener todo bajo control.

Fueron quizá los años que más disfruté sintiéndome orgullosa de ver a aquellos niños crecer, reír y hacer travesuras. Su juego favorito era “intercambio de lectura”: consistía en que ambos leían un mismo libro al mismo tiempo y en voz alta turnándose por capítulos, es decir, uno le leía al otro. Era curioso escuchar sus vocecitas corrigiendo sus propios errores y cuestionándose sobre las palabras que desconocían.

—Hermanito, ¿qué es abruptamente?

 —No sé, ¿es como muy fuerte?

 —¿Y qué es esporádico?

 —¡Tampoco lo sé, hay que preguntarle a mamá!

—¡Mamá!

Al principio fue un tanto difícil mantener la armonía entre las labores del hogar y el ejercicio profesional; normalmente hay mujeres que aunque tengan un empleo e ingresos, deben (debemos) además, seguir desempeñando los roles propios del género con los que la sociedad nos ha venido etiquetando históricamente y esa es una carga bastante pesada porque entonces debemos cumplir una doble o tercera jornada.

Ya dije que nuestro hogar era cálido, nuestra relación cordial, nuestras finanzas estables y la comunicación fluida. Sin embargo, quizá por fuerza de la rutina algo empezó a fallar, ¿sería la costumbre?

Ocurre que cuando nos enamoramos sufrimos alteraciones emocionales profundas, pero a medida que el tiempo transcurre, aquello vuelve a la normalidad, nos vamos acostumbrando a ver a las personas a diario y dejamos de maravillarnos como las primeras veces. A nosotros nos pasó eso.

Él se ensimismó en el trabajo y empezó a olvidarme. Dejó de prestar atención a mis pláticas y mis necesidades, ya no digamos abrazarme por las noches, y aunque los mellizos eran fuente importante de cariño, yo tenía otras necesidades.

Es extraño reconocer que de pronto la emoción y la chispa pierden fuerza, que conceptos tan trillados como monotonía y costumbre pueden ser el principio de un desastre.

Recordar todo esto me hace reconocer, -aunque no en voz alta-, que quizá también tuve errores y me da un poco de pena aceptar que era una historia que habría valido la pena rescatar.

Necesito una taza de café. ¿Tú gustas?

Publicado por Paradigma

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