Capítulo 4
¿Vivir o solo existir? Una visita inesperada
Por: Nathaly González Guevara
“…vive feliz ahora mientras puedes,tal vez mañana no tengas tiempo para sentirte despertar…”
José María Napoleón
Para algunas personas resultan un tanto incómodos los saltos en la narrativa, a mí me ocurrió al leer Rayuela, la magna obra de Julio Cortázar, que es caprichosa y distinta, y es que así es la vida: a muchos nos gustaría que los diálogos, los personajes y los escenarios estuvieran plenamente identificados de inicio a fin, pero resulta que nuestra existencia tiene subidas cansadas y pendientes más que pronunciadas; ríos de sonoras carcajadas y montañas de silencios ensordecedores.
El problema de mi existencia es que me tomo aquello de “vivir” muy en serio, ¿qué es vivir? ¿Es el dictado de las órdenes biológicas de nuestro sistema nervioso central? ¿Vivir es cumplir el ciclo de la vida? ¿Seguir la inercia de la rutina, dejarnos llevar? ¿Vivir implica razonar?
Yo no logré adaptarme a un matrimonio en el que me volví el personal de servicio, -aunque siendo honesta fui un personal de lo más eficiente-: mantenía el orden absoluto, guisaba diariamente, tenía la ropa lavada, planchada y guardada puntualmente cada cinco días, los pisos siempre brillaban y en la casa se aspiraba una fresca fragancia a lavanda permanentemente; pagaba las cuentas, sacaba la basura, desempolvaba muebles, hacía el súper y me ganaba algunos pesos en los diversos trabajos de escritura y traducción que llevaba a cabo, ¿pero eso era la vida? ¿Desayunar sola y a las prisas?
Me había convertido también en madre soltera, pues a pesar de estar legal y religiosamente casada, era yo quien se hacía cargo de manera presencial de todas y cada una de las actividades de los mellizos, no obstante que eso era algo que realmente disfrutaba y agradecía (no saben el gusto que me invadía en cada junta escolar: mellizos de diez de calificación, cartas de felicitación, aplausos y más aplausos) no era el papel fundamental de mis días, pues estaba consciente de que en algún momento ellos se irían, y entonces ¿En quién desbordaría mi energía? ¿En qué invertiría mi tiempo? ¿Para quiénes prepararía flan napolitano y arroz con leche, mousse de fresa y atole de cajeta? ¿A quién llevaría los lunes, miércoles y jueves de 17:00 a 18:30 horas a natación? ¿Y los fines de semana con quién comería hamburguesas?
Conforme los mellizos crecían y mi ahora ex marido se volcaba por completo en sus negocios, yo también empecé a hacer cosas distintas, más allá de tomar clases de pintura en cerámica y modelado en relieve, logré conseguir pequeños contratos: algunas veces ilustraba libros de cuentos infantiles, otras redactaba columnas para alguien más que debía publicar pero no tenía tiempo para sentarse a escribir, en fin, poco a poco hacía nuevos contactos, tomaba cursos de redacción, de retórica; todo lo que pudiera entretenerme.
Desde que contraje matrimonio intenté jamás darles problemas ni preocupaciones a mis padres, los visitaba con cierta regularidad y les hacía llamadas frecuentemente, lo mejor que podía ofrecerles era llevarles a sus nietos de visita; gracias a la bonanza en su negocios, su buena administración y un poquito de suerte, podían darse el gusto de viajar por el mundo, lo mismo desayunaban una jugosa carne hoy en el continente americano y pasado mañana ya estaban caminando por algunas ciudades de Europa o conociendo un templo budista en Asia.
Nuestra historia no es la de las grandes herencias, abolengos ni apellidos, somos fruto del trabajo y la constancia, la disciplina y la creatividad y si alguien era trabajador, constante, disciplinado y creativo era mi padre.
La suya es la historia de una verdadera novela de superación, acción, ficción, drama, suspenso y emoción. Lo de él era el comercio: vendía desde una piedra de río hasta una obra de arte, joyas, instrumentos musicales, viajes, asesorías; todo cuanto pudiera recibir un precio eran su materia de trabajo.
Jamás mi padre estuvo en casa por más de un mes durante 34 años, era un viajero apasionado que disfrutaba de carreteras y vuelos, de océanos y cordilleras, de la nieve, el sol tropical, la cerveza alemana, el café colombiano y lo cortes brasileños.
Era bonito recibir hoy una pulsera de París, en un mes unos tenis de Nueva York y poco después una sudadera de Japón, así era mi padre: en donde quiera que estaba pensaba en nosotras.
Sin embargo, al igual que a mi querido amigo de los ojos amarillos, un día la desgracia llegó a nuestras vidas, casualmente, justo por estas mismas fechas.
Papá gozaba de una mente y memoria privilegiadas, él podía aprender un idioma en días, hablarlo con soltura y hasta hacer chistes con los nativos, -una vez que se ganaba su simpatía, hacía entonces un buen negocio.-
Eran los días previos a la Noche Buena, todos pensábamos en la ropa que usaríamos, la cena, los regalos, la decoración y la llegada de Santa Claus. Como ya mencioné, papá estaba fuera de casa muy a menudo y él mismo decía que a veces despertaba por las noches un poco desubicado y no recordaba si estaba en su humilde casita materna en su pueblo natal, en su casa de la ciudad o en algún lugar a miles de kilómetros.
Aquella madrugada él dormía en su cama a lado de mamá, de pronto fue como si un terremoto sacudiera su cuerpo sin piedad ni razón, mamá encendió la luz y trató de calmarlo. El temblor no cedía y se desconocía el epicentro. Al medio día visitamos a nuestro médico de confianza, el que nos había ayudado a salir del vientre de mamá y el que ayudó también a mis pequeños, el que todo podía curarlo.
Nos explicó que las convulsiones tienen su origen en el sistema nervioso central, que cuando alguna se presenta es por una afectación neurológica que debe ser atendida de inmediato. Aquel día buscamos recomendaciones para visitar a un buen especialista.
No tuvimos tiempo. Papá agravó increíble y severamente en horas, no era capaz de reconocernos, estaba completamente desubicado, le llamaba a su abuela que había muerto veintitrés años atrás; entonces tuvimos que llevarlo de emergencia a un hospital y fue para nosotros lo que la gente llama “un viacrucis”, pues jamás en nuestra vida habíamos visitado una sala de urgencias.
Los terremotos vinieron nuevamente una y varias veces más, papá convulsionaba y su rostro y su voz se transformaban, todo esto me parecía inconcebible y era tanta mi ignorancia que me preguntaba si quizá alguna comida exótica le habría causado aquel daño, o probablemente los cambios de alturas y latitudes tan frecuentes pudieran haberle afectado. ¿Se curaría con antibióticos?
Pasamos once días con todas sus horas y sus noches en aquel lugar, viendo el ir y venir de neurólogos, neurocirujanos, anestesiólogos, cardiólogos, patólogos, radiólogos y al final, oncólogos. ¿Qué tenía que ver la neurología con la oncología? Papá era un hombre sano, deportista y bien alimentado, jamás fumó un cigarrillo y sólo bebía en las fiestas familiares, practicaba ciclismo y natación.
Tras una serie de más de diez estudios de alta especialización médica, el resultado fue el peor de todos los escenarios posibles: glioblastoma multiforme.
—¿Qué es eso, Doctor?
—Cáncer en cerebro en etapa terminal. Incurable, degenerativo, altamente progresivo y agresivo. Le quedan seis meses de sobrevida, por favor, aprovéchenlos, vayan a casa y ordenen todo, disfruten cada día y no lo dejen solo bajo ninguna razón o circunstancia.
Deseé con todo mi ser que aquello fuera una pesadilla, un escarmiento por no visitarlos más, una mentira o una equivocación médica, es más, quizá el cáncer en cerebro ni siquiera existiera, pues yo jamás lo había escuchado, en todo caso, ¿cuál era la razón? Papá era un hombre sumamente inteligente, con un espíritu libre, con mil planes e ideas a futuro. Esto no podía ser cierto.
Lloramos, por supuesto que lloramos, no por horas, sino por días y noches enteras, no solo lloramos, gritamos de rabia y dolor. ¿Sabes lo que se siente estar en cuenta regresiva? ¿Que en poco tiempo no volveremos a escuchar su piano sonar por las tardes ni su guitarra en cada comida?
A mí, igual que el chico de los ojos amarillos, aquello me dolió como un golpe a traición en el estómago que me sacó el aire, fue un puño en el rostro que me hizo perder la claridad; odié a los médicos por su incompetencia y le reclamé a dios por sus extrañas formas, ¿Acaso los padres buenos no aman y protegen a sus hijos?
Mamá, mis hermanas y yo tardamos algunas semanas para poder llorar lo necesario e intentar animar a papá. Aquel que hace poco era un hombre lleno de vida y cualidades, era ahora un crío asustado y deprimido arrinconado en su habitación a oscuras… Y el tiempo seguía corriendo.
Decidimos darle a papá eso que llaman calidad de vida: comer, salir, reír, festejar cada día y por todas las razones; seguimos buscando nuevas opiniones médicas y nuevamente la respuesta era la misma: no hay tratamiento.
Si bien estábamos completamente destruidos, también es cierto que contamos con la buena fortuna de hallar en nuestro camino paliativistas, psicólogos, tanatólogos y terapeutas que nos intentaron ayudar a soportar el dolor y darle un nuevo enfoque a las cosas, canalizar nuestra tristeza, odio y frustración y hacer que papá se fuera tranquilo.
Fue en aquellos meses en que me planteé con mayor intensidad las preguntas ¿Qué es la vida? -Y bastante influenciada por el padre de la logoterapia, Viktor Frankl-, ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida de cada uno?
Desde que logramos sobreponernos un poco, literalmente festejábamos cada día y cada hora: hacíamos pasteles por todo y poníamos música, en casa siempre nos gustó la música. Cada semana teníamos una celebración y usábamos nuestras mejores ropas y posábamos con las mejores sonrisas para las fotos.
Por su puesto, en las noches y en la intimidad de sus propios espacios, cada quien lloraba su pena, nos dolía infinitamente no poder hacer nada por él, era como un castigo o cruel ironía de la vida que alguien con esa historia de vida tuviera que terminar encerrado en casa; fuimos presas de los ataques de pánico y ansiedad que afectan también al tránsito intestinal y la concentración.
En el papel resulta mucho menos agresiva la experiencia que en la piel.
La vida tenía que seguir, y a la par que soportábamos el proceso de acompañar a papá hacia su desenlace, también íbamos aprendiendo y viviendo nuevas experiencias: desde acudir con aquella bruja que curaba con piedras y energía y quien aseguró que no veía a la muerte cerca de papá, así como las visitas a esos extraños practicantes de la medicina alternativa, quienes tenían cuadros muy extraños colgados en sus paredes, otros que daban a beber desconocidos líquidos o los que aseguraban que la carne de víbora era la cura para todo tipo de mal. Inciensos, jugos, tés, radioterapias, quimioterapias paliativas, temazcales y baños en agua con azufre; guanábanas en el desayuno y limpias con bálsamos. Lo intentamos absolutamente todo.
También nos refugiamos en todas las oraciones de todos los cultos: nuestros amigos y familiares de las más diversas prácticas religiosas se unían a nuestras peticiones y nos hacían partícipes de los cultos más extraños; hay prácticas que a lo lejos nos resultan un poco quiméricas, pero hace falta estar en la necesidad de un milagro para saber que quizá en verdad pueden tener algo de cierto.
Sabíamos que la lucha estaba perdida, pero estábamos convencidos de que debíamos ”perder” con dignidad. Si la muerte iba a llevarse a papá en poco tiempo, aprovecharíamos cada segundo para hacerle saber lo agradecidos y felices que éramos por tenerlo, que su ejemplo y alegría guiaría nuestros caminos y decisiones.
Y nuevamente: ¿Cuando papá se fuera, qué? ¿Yo volvería monótonamente a trapear pisos y hacer acuarelas por las noches? ¿A seguir conviviendo con la indiferencia de un marido cada vez más alejado?
No me costó mucho aceptar que el matrimonio no tenía por qué ser aquella atadura ceremonial del “hasta que la muerte los separe”, nos separan la indiferencia, la falta de detalles, de muestras de afecto, de compañía; nos separan los siete días de la semana trabajando y las noches dándonos la espalda; nos alejan la falta de paseos tomados de la mano, ¿Y a final de cuentas para qué? ¿Para tener un mejor coche? ¿Y para qué queremos un mejor coche? ¿Para salir con la familia que ya no poseemos?
La respuesta me llegó claramente un domingo por la mañana mientras desayunaba y escuchaba lo que papá, -amante de la música- nos grabó como recopilación de sus canciones favoritas:
“…Y cuando llegue al fin tu despedida
seguro es que feliz sonreirás
por haber conseguido lo que amabas
por encontrar lo que buscabas
porque viviste hasta el final…”
Concluí que vivir iba más allá de conformarme con ver a los niños crecer y vestirme bonito para sus festivales, decidí emprender la aventura de buscar mi objetivo y sentido de la vida y dejar de esperar a que alguien abandonara por unas horas su papel de vigía en el trabajo y me pusiera un poco de atención. Decidí divorciarme.
Desconocía -como la inmensa mayoría- cuánto tiempo me quedaba y en qué condiciones, no sabía si tendría oportunidad de ir al teatro una o treinta y nueve veces más; no sabía si mi marido algún día me volvería a practicar el sexo oral o si me quedaría esperando por lo menos un roce ocasional de su piel por las noches. Pero eso, en definitiva, no entraba en mi nuevo concepto de VIVIR, vivir debía ser toda una experiencia, no migas o destellos de eventos accidentales.
La evolución y desenlace de papá me hicieron revalorar cada instante de mi propia existencia, debía disfrutar cada bocado de cada alimento, de cada postre; necesitaba aprender a sentir el viento entre mis cabellos y el pasto bajo mis pies; quería poder admirar cada cosa que se me atravesara; entendí el valor de mis órganos sanos y decidí honrar a cada uno de mis ancestros por lo que humana y materialmente ahora yo poseía: vida y salud. Haría de mi vida algo que valiera la pena, aunque “solo fuera para mí”.
