Por: Alejandra Barbosa
Los seres humanos nos encontramos inmersos en un contexto social, que le ha dado sentido y trascendencia a la existencia de la humanidad, cada ser humano va ampliando su entorno social, que va desde la institución familiar, hasta saberse responsable de los efectos mientras interactuamos y su impacto en la historia del hombre; este conocimiento se hace consciente desde los primeros años de vida, donde la interacción y necesidad del otro es indispensable hasta la adultez, cuando el otro se configura como pieza fundamental, en nuestros procesos subjetivos individuales y colectivos.
Es por lo anterior, que el presente ensayo pretende analizar la necesidad del “otro” y su función como espejo y reflejo de la propia existencia, desglosando las formas de reconocer y vincularnos con ese otro que nos reafirma día con día.
El concepto del “Otro” se ha utilizado por diversos autores para argumentar interesantes teorías que concluyen la existencia y presencia de un otro, así como los importantes papeles que ese otro representa en la vida de cualquier individuo que ha nacido en un entorno social y se ha conformado como sujeto.
Para entender el reconocimiento del otro, es fundamental tener presente el desarrollo y evolución del ser humano como individuo, por ello vale la pena mencionar a Savater (1997). quien usa el término Neotenia, para desarrollar su tesis principal referente al primer desarrollo de las personas y es que “los humanos nacemos aparentemente demasiado pronto”, dado que, si bien es cierto el hombre es, en primer lugar, un ser biológico y natural; una especie animal y tiene, desde su nacimiento, pulsiones de instinto, como hombre natural que requiere satisfacer sus necesidades biológicas y fisiológicas, sin embargo en un primer momento, este será incapaz de valerse por sí mismo, como lo haría un animal.
Savater usa como ejemplo al chimpancé, ya que las características físicas son similares, sin embargo, el chimpancé puede, gracias a su instinto y a su pronto aprendizaje a base de observación con los mamíferos que le rodean, lograr un desarrollo rápido y eficaz que le permita la supervivencia.
En contraste, el ser humano, depende completamente de un otro que le sea proveedor, que mantenga sus necesidades básicas cubiertas, y poco a poco, le enseñe a apropiarse de su mismisidad, lo que es, un proceso complejo, que abarca distintos momentos y estadios que irán instaurando en el nuevo humano diferentes sensaciones y conocimientos que lo harán evolucionar; aunque es un proceso largo, llega un momento en el que hacer comparable al chimpancé con el ser humano resulta poco útil, ya que el desarrollo final de un ser humano es casi inalcanzable, puesto que, a diferencia del chimpancé, quien pronto llega a su punto máximo de desarrollo y de saber, el ser humano, nunca termina de desarrollarse y de explotar sus propias capacidades.
Es entonces, ese primer momento en el que la existencia de un otro permite la nuestra, puesto que para poder nacer y sobrevivir, cualquier ser humano es dependiente de otro que le de los elementos básicos para desarrollarse y crecer, por tanto, desde que nos manifestamos en el mundo, la necesidad de un otro es fundamental.
Posteriormente, entre mayor conciencia y autonomía adquirimos, nos convertimos en seres responsables de reconocer la existencia de los sujetos que nos rodean, desde procesos sencillos como la mirada, la sonrisa, la interacción, el diálogo, la escucha, y otros procesos que son posibles únicamente en la presencia de un otro que comparte con nosotros un tiempo y espacio, y que, a su vez, valida nuestra presencia también.
Por tanto, somos responsables de mantener una interacción social constante, que nos reafirma como sujetos existentes en el orden de lo real, pero también nos sostiene y contiene en el universo normativo al que llamamos cultura, pues al sabernos vigilados por quienes nos rodean, adquirimos un acuerdo común del “deber ser”, donde la moral y el respeto predomina, y eso nos lleva a sentirnos responsables de nuestras acciones y mantener la cordura y estructura mental liderada por un “yo consciente”, lo que nos diferencia de otras especies en tanto uso de la razón, por lo que esa mirada ha permitido que el ser humano pueda evolucionar tanto y exigirse cada vez más.
Es así, que en todos los procesos de desarrollo del ser humano, la presencia del otro es una pieza fundamental para la formación del yo, pues a través de la mirada del otro podemos reafirmar nuestro autoconcepto, es el espejo que encontramos en el otro donde vamos construyéndonos a nosotros mismos, y vamos depositando piezas de nosotros en los demás, que a veces separarnos de un otro cuya intervención inconsciente ha sido determinante, podemos sentir angustia por no saber dónde podremos volver a encontrar un reflejo donde me reconozca.
Sin embargo, no siempre aceptamos ese reflejo de nosotros que vemos en el otro, pues es un proceso que apoya en la creación de la identidad, y a su vez, puede implicar el rechazo de la misma, ya que en el otro vemos lo que somos, desde los aspectos conscientes y aceptables que tenemos de nosotros mismos, hasta aquellos que deseamos rechazar y reprimir para evitarle fragilidad a nuestra identidad, pero, ¿qué pasa cuando mi reflejo en el otro no me convence y me niego a reconocerme ahí?
Como se ha mencionado, el otro representa un elemento fundamental en la formación del yo, sin embargo, no siempre reconocemos el valor que el otro da sobre nosotros mismos, tendemos a querer excluirnos de la mirada que nos reafirma, ver como ajeno lo que me refleja, como dice Philippe, Julien (1992) en “El mal de ser dos”:
“Veo bien en el otro al objeto malo, me veo ahí, pero no reconozco allí aquello que sin embargo está en mí. Desconocimiento no es ignorancia: de algún modo lo negado es conocido. Pero, ¿sería posible saber lo que allí conozco de mí sin reconocerme?” (Pp. 38)
Los sujetos en tanto seres mediados por la cultura tienen tendencia al narcisismo y el egocentrismo, que nos ubican frente al otro como seres aislados cuyas diferencias permite la individualidad, y se niega a aceptar la dualidad y semejanza que nos atraviesa, teniendo comportamientos inconscientes que nos llevan a la agresión con el otro:
“A falta de verme, actúo atacando al objeto malo en esa imagen de mí mismo, que es el otro […] En cada ocasión el otro es mi propia imagen en espejo, pero allí no me reconozco:” (1992, Pp. 38)
Por lo anterior, cada sujeto debe intentar cuestionar cada pensamiento y sensación que vemos en los otros para entender más de su mismisidad, y a su vez saberse espejo de un otro que busca encontrar su propio autoconcepto.
En conclusión, antes de dar cuenta de un otro, debe ser consciente de su propia existencia, pero a su vez, esto solo será posible en tanto pueda diferenciarse de ese otro que lo excluye y lo vincula a la vez.
Debemos reconocer al otro como un ente perteneciente a la propia existencia, como actor y protagonista que da sentido a la individualidad, que permite la evolución de la especie, y vigila mi actuar por el bien de la misma intención.
El hombre debe aceptarse y reconocerse en la mirada de su semejante, cuestionando el proceso de aceptación o negación que esa mirada le produzca, porque es más sencillo rechazarme en el otro excluyéndole de mi entorno, que trabajar en mí para aceptarme en el otro y así hacerlo formar parte de mis procesos subjetivos. Es así que debemos vivirnos como sujetos en configuración reconociendo que hay un otro que se está reflejando en nosotros. El otro existe para mí, como yo para él, existe por mí como yo por él.
