Ojos amarillos

Capítulo 5

Loretta la sensible

Por: Nathaly González Guevara

El día en que le dije a mi ahora ex marido que quería el divorcio me miró con ojos de que algo le hacía mucha gracia, sin embargo, al escuchar mi tono de seriedad entendió que aquello no se trataba de una broma; le expresé mis razones de manera objetiva y sin sentimentalismos; evidencié que llevaba años sintiendo su abandono e indiferencia, le hablé sobre mis nuevos planes de vivir de verdad, vivir para mí.

Es curioso que a veces a pesar de desayunar en la misma mesa, compartir la misma cama y hasta las mismas cobijas u orinar en el mismo excusado, desconocemos el mar de sentimientos e ideas que traen nuestras parejas dentro.

Él me vio sufrir, padecer y transitar el proceso de mi padre, me vio ir y venir destrozada de las consultas médicas, me escuchó llorar hasta quedarme dormida por las noches, supo de mi consumo desmedido de ansiolíticos -y hasta de las mañosas formas en que me hacía de recetas médicas al mismo tiempo tan legítimas como fraudulentas-; de mis ataques de pánico nocturnos; encontró los recibos de consultas con tanatólogos y psicólogos; me veía implorarles a San Peregrino (patrono de los enfermos de cáncer) y al mismísimo Jesucristo por un milagro… Y la verdad, quizá yo solo necesitaba un abrazo muy muy apretado pues no había ni palabras ni reflexiones ni nada que me pudieran ayudar a remediar la situación, pero un abrazo en silencio me habría servido bastante.

Fue liberador hacerle saber su apatía, pero también era liberador saber que los mellizos eran de cierta manera independientes. ¿Por qué inicié hablando solo de la niña? Resulta que mi niño en un acto de reafirmación de sus propias ideas, intereses y propósitos decidió no estudiar medicina en la universidad pública de mayor prestigio a nivel nacional en donde ya tenía un lugar y en cambio hizo los exámenes de admisión para el Colegio del Aire perteneciente al ejército, pues deseaba ser piloto aviador; para mi buena o mala fortuna aprobó todas y cada una de las pruebas y recibió su carta de admisión junto con su primer uniforme, su primer cheque de aquella beca del cien por ciento y la dirección de su nuevo domicilio, desde luego, en otro estado.

El resultado nos representó una disputa bastante agria, me dolía ver que se iría de casa tan pronto, le pedí que reconsiderara sus decisiones pero no quiso escuchar y me pidió seriamente no meterme en esos asuntos; el niño se volvió mi mejor amigo desde que aprendió a hablar, siempre fue como un pequeño adulto: muy maduro y sensato en cada una de sus palabras y actitudes y me entristecía pensar que estaríamos alejados; él se marchó y a los pocos meses la noticia del divorcio le llegó a través de un amplio mensaje de Whatsapp en donde intenté explicarle la situación lo mejor posible (¡Claro! como era YO la que se divorciaba, era yo quien debía dar las explicaciones…).

El niño no recibió nada bien el mensaje, y era obvio, él tenía una idea difusa de lo que eran las relaciones maritales, él no había sufrido de la misma manera que yo el proceso deconstructivo que me transformó algunas ideas, y estaba bien, él no tenía por qué saber o entender aquellas cosas de las relaciones de pareja. A final de cuentas mi ex marido y yo siempre salíamos muy sonrientes en las fotos, ¿Quién iba a saber que llevaba varios años sin notar algunos cambios –voluntarios o no- en mi apariencia?

Lo único que recibí como respuesta fue: “Entiendo, mamita, pero así como tú con el tema de mi abuelo, no lo entiendo ni lo asimilo; por favor dame tiempo para procesarlo; no vayas a dejar a Braulio. Yo te escribo, te quiero mucho.” Y bueno, hasta ahora no lo ha hecho.

Ataduras “reales” ya no tenía; el proceso de divorcio fue muy rápido, tan rápido que yo aún no decidía a dónde me iría a vivir cuando recibí la noticia de la sentencia, tan rápido que no sabía cómo decírselo a mi madre -quien había sido testigo de aquel “hasta que la muerte nos separe” y además, también fue madrina de lazo, ¿será que no lo colocó bien?-, en fin, que en cuestión de pocas semanas estaba yo tratando de rearmar una vida.

Mi mejor amiga, una estupenda alma femenina atrapada en el cuerpo de un simpático caballero (me gustaba llamarla “Loretta”) me consiguió el hermoso piso desde el cual ahora disfruto de una maravillosa vista hacia el campus universitario y también se movilizó para ayudarme a empacar lo que me correspondía traerme: ropa, algunos muebles, fotografías, dos vajillas, el piano que no sabía tocar pero que mi padre me había heredado así como mis entonces mil trescientos veinticinco libros, ¡Y por supuesto, a Braulio! Quien era ahora el único eslabón viviente que me unía con los niños; muy seguido le cuento por enésima vez la aventura que fue rescatarlo y huir de aquellos perros que tanto lo habían lastimado, lo mucho que nos esforzamos por sanarlo y todo el cariño que recibió desde entonces, él me mira y parpadea lentamente, nunca me lo ha dicho pero creo que me aprecia.

Vivir sola por primera vez en la vida a mis casi cuarenta y cuatro años fue toda una experiencia, ya no habían padres a quienes pedir permiso ni marido a quien avisar si salía o si volvía, no tenía niños escribiendo para saber si la comida de la estufa se podía calentar en el horno o si se la podían comer fría.

Parece cómico, pero me sentía como el personaje de Kevin McCallister en Home Alone, tenía ingresos, me gustaba pasear por la ciudad y comer en la cama los fines de semana mientras leía a veces a Sartré, otras veces a Saramago, Neruda, Fernando Savater o cualquiera que se me antojara según mis necesidades y estados de ánimo.

Mi vida social se reducía a salir con Loretta algún sábado a aquella calle en el centro donde la especialidad son los libros de viejo, era la única que podía andar pacientemente aquel trayecto, claro, ella por los pasillos de economía, erotismo y literatura y yo por los de filosofía, religión e historia mundial moderna. Luego de aquellos recorridos disfrutábamos de un café caliente en un pequeño lugar cubano en donde hacía algunos años también habían charlado Monsiváis, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, incluso se rumoraba que García Márquez y Fidel Castro tenían una mesa permanentemente reservada en aquel sitio, aunque eso, como dijera Sabines: no lo sé de cierto.

Mi nuevo espacio poco a poco fue adquiriendo ese toque de hogar que me hacía sentir apego y tranquilidad; para ese entonces mi categoría de profesora se había elevado (supongo que por haber soportado una década de míseros pagos) y entonces podía satisfacer tranquilamente mis necesidades con la ayuda de algunos ingresos adicionales.

Esta vida nueva no era la de salir los fines de semana por la noche y volver ebria a la mañana siguiente, ni conocer personas nuevas o hacer deporte extremo, más bien buscaba calma, entregarme por completo a la actividad profesional –tal vez para llenar los huecos que los niños habían dejado- y quizá ahora sí darle forma a aquella novela histórica que había proyectado desde la juventud; soñaba con escribir algo como La decisión de Sophie, Saco de canicas o El día en que Hitler robó el conejo rosa.

Al principio vi un tanto alterados mis hábitos alimenticios, pues comer sola no era de lo que más me fascinaba, extrañaba la compañía de mis hijos, sus risas, sus pláticas y hasta sus prisas.

De repente lloraba por las noches, sí, pero no por alguna tristeza presente, sino por el pasado en el que no intenté remediar las cosas, en el que me guardé mis frustraciones y en el que me dejé llevar por la inercia, un poco por comodidad y otro tanto por el temor de la reacción social, y es que las personas no suelen ser muy educadas o sutiles al recibir la noticia de un divorcio; lejos de limitarse a emitir algunas palabras neutras o guardar silencio se sueltan con una sarta de consejos y sermones que no se les requirieron.

Y así, poco a poco me acostumbré a esa nueva experiencia. Cierta noche me pregunté si en realidad había valido la pena esa separación, pues a final de cuentas en la que fue mi casa por tantos años también desayunaba sola, hacía las compras y demás sin mayor compañía, lo pensé un rato y concluí que mi sentimiento de abandono y hasta la destrucción de mi autoestima era el resultado de la desatención sistemática y la falta de comunicación, qué distintas habrían sido las cosas si mi ex marido se hubiera ofrecido para llevarnos al cine los sábados o a la comida china los domingos, ¿por qué asumió que era mi rol y función hacerme cargo de todo? ¿En qué momento se le olvidó que éramos una pareja y no solo compañeros de techo?

A veces pasaba largo tiempo cavilando sobre estas ideas, luego pensaba que eran una pérdida de tiempo y trataba de enfocar mi atención en algo diverso y más productivo. Eso diverso eran mis clases, mis alumnos, las actividades que realizaban y el intercambio de conocimiento. En la juventud de aquellas personas veía el reflejo de mis niños, en sus risas escuchaba el eco que sonaba en mi comedor cuando ellos contaban un chiste y estallaban en carcajadas.

En aquellos tiempos los abrazos y saludos afectuosos de mis estudiantes fueron la única fuente de cariño que recibía; para ese entonces mamá ya había alcanzado a papá para hacer juntos el viaje por el eterno y desconocido infinito, mis hermanas y yo nos esforzábamos por permanecer incomunicadas.

Una tarde lluviosa justo al volver del Liceo, empapada y muerta de frío recibí una llamada de Loretta:

—¿Amiga, querida! Lo debes saber por mí y no por alguien más, mira que trataré de ser sensible pero no prometo nada.

—Ok. No tengo ni idea de qué hables pero dime.

—Pues resulta que hoy pasé por la oficina de tu marido, ay, perdón, ¡ex marido! sí, ay no qué horror, de verdad, ¿Recuerdas a aquella mujer que te ofrecía lencería por catálogo? Sí, sí, esa, pues no me lo vas a creer, se subió con tu ¡ex marido! al coche, llevaba puesta la gabardina azul marino que le regalaste al infeliz hace tres años en su cumpleaños y él la cubría paternalmente con su paraguas, perdóname de verdad, pero no, simplemente no lo puedo creer. ¡Amiga, tú eres lo máximo! ¿Qué le pasa a ese hombre?

—Uf, pues ¿qué puedo decirte? Se supone que en miércoles a estas horas él tiene junta de proveedores, no sé, quizá ella les vende lencería para sus esposas.

—Amiga, se besaron al estar los dos en el auto.

No sabía que responderle, me limité a respirar profundamente y sonreír incrédulamente para mí; le pedí a mi informante que colgara pues yo aún temblaba del frío que me transmitía la ropa mojada, ¿o del coraje? No lo sé.

Al igual que Loretta, yo tampoco lo podía creer. ¿Era verdad o solo un sueño? Y no era porque yo tuviera algo en particular contra esa mujer, pero era evidente una distancia abismal entre nuestras fisonomías, nuestros intereses y desarrollo, ¿cómo pudieron esas risas vulgares y ensayadas conquistarlo? Pensé que los seres humanos seguíamos patrones de conducta, pero aquello me demostró que siempre habrán sus excepciones.

No obstante, el saberlo se volvió un pensamiento rumiante -casi permanente- a lo largo de mis días y noches, y es que entonces a mi ex marido sí le seguían gustando las mujeres; pues en algún punto había llegado  pensar que no y que por eso me no me tocaba.

Lo ataques de ansiedad volvieron, la comida no me apetecía y me costaba un esfuerzo irracional salir de la cama por las mañanas, ¿bañarme? Lo hacía por las tardes a toda prisa antes de mi clase; la imagen de esa mujer paseándose por mi recámara o en mi baño me parecía brutal. ¿Besando a mi ex marido? Pero si el muy maldito me había jurado fidelidad en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Publicado por Paradigma

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