Por: Erika Quintero García
Y ahí estaba Carolina, frente a la viga de equilibrio a sus 7 años, no imaginaba en lo que se convertiría aquella aventura a la que sus padres la habían metido solo para mantenerla ocupada. Era una niña inquieta a la que no le gustaban las muñecas, al crecer en casa de su abuelita rodeada de primos del sexo masculino le encantaba treparse a los árboles, jugar metita con cochecitos de metal, los típicos hot wheels que todo niño tiene, andar en bici, jugar trompo, yoyo, stop, las muñecas no eran para ella, no le llamaban la atención, todo lo contrario, la aburrían y terminaban sucias, despeinadas a la mitad del patio.
A los 6 años se mudaron lejos de sus abuelos, llegaron a una colonia lejana y desconocida, la calle en la que vivía estaban todas las escuelas a las que asistiría en años venideros. Carolina solo tenía un hermano, ella era la más grande, eran muy diferentes, Emmanuel estudioso, muy inteligente por naturaleza, consentido por su madre, su orgullo total. Caro todo lo contrario, poco estudiosa, tenía que estudiar muchísimo para poder acreditar un examen, siempre inquieta, trepándose a los roperos y saltando a la cama encima de su hermano, siempre intrépida, latosa y esa energía que no podían controlar sus padres la llevo a incursionar en el mundo de la Gimnasia Olímpica.
Así fue como llego a un Gimnasio modesto de su colonia “Hermanos Decena”, ahí conoció a quien sería su mentor, su gran inspiración, su ejemplo a seguir Edmundo Decena, su coach, un tipo estricto, alto, tez morena, bigote, cabello rizado, portador de una gran personalidad. Oriundo de la Ciudad de México Edmundo llego a la colonia con muchas ilusiones de fomentar en los lugareños el amor por el deporte que a él le había dado tantas satisfacciones, contaba con una gran trayectoria dentro del mundo de la Gimnasia, representante de México a nivel mundial, se había convertido en un gran entrenador y quería contagiar a la comunidad el amor por este hermoso deporte.
Carolina al principio se sintió intimidada, enfundada en un leotardo de color negro con franjas azul eléctrico, de manga larga y zapatillas de lona color crudo le parecía incomodo y a la vez algo nuevo e intrigante. Y así empezaron los mejores días de su vida; inicio entrenado 2 horas, 3 veces por semana y lo que comenzó como una actividad para cansarla y mantenerla ocupada comenzó a convertirse en su pasión, conforme pasaba el tiempo sentía la necesidad de estar ahí el mayor tiempo posible, su talento era evidente, tenia hambre de aprender, convertirse en la mejor, destacar y dar el siguiente paso, adentrarse en el mundo de las competencias entre pequeños gimnasios dentro de la ciudad pero con gran prestigio dentro de la Gimnasia.
Transcurrieron varios años en los que Carolina siguió entrenando fuerte ahora ya era una adolescente de 11 años, el deporte que ahora tanto amaba ya había dado sus primeros frutos, algunas medallas de pequeños encuentros que la motivaban a crecer cada vez más.
Sus largas jornadas de entrenamiento la habían obligado a convertirse en una estudiante responsable, pues amenazada estaba por sus padres de que, a la primera mala nota estaría fuera de la gimnasia, llegaba de la escuela hacia tarea, comía, descansaba un poco y corría al gimnasio que se encontraba a una cuadra de su casa y ahí entrenaba 6 horas todos los días, los fines de semana solo entrenaba 2 horas, era algo que ya no podía dejar de hacer.
Ahora con una madurez deportiva significativa, con una mentalidad y un cuerpo fuertes sentía que podría llegar muy lejos y su mirada estaba puesta ahí en las olimpiadas de Barcelona 1992, en las eliminatorias, quería sentir la adrenalina de estar en una justa de nivel profesional. El coach Edmundo se había encargado de situarla a la altura de las grandes atletas profesionales del país, había tenido oportunidad de codearse con las seleccionadas nacionales, asistir a una gran exhibición de Gimnasia en el Palacio de los Deportes, en el cual pudo conocer a su entonces ídolo Sventlana Bogiskaya, participar en exhibiciones en el IPN, en clubes deportivos de renombre, en sí, su entorno se desarrollaba entre la escuela, entrenamientos y competencias, lo único que necesitaba para ser feliz.
Carolina no pensaba en otra cosa que no era convertirse en una atleta profesional de elite, sabia que con esfuerzo disciplina que ya le habían inculcado y determinación podría lograrlo; quien entonces era su entrenador de cabecera fue convocado para ser el presidente de la Federación Mexicana de Gimnasia y él no podía dejar a su discípula quien con ya casi 15 años de edad era una promesa dentro del mundo de la Gimnasia amateur.
Llego el gran momento para Carolina, previamente en una plática con su entrenador se le planteo la posibilidad de entrar dentro del deporte que tanto le apasionaba a nivel profesional, ella no cabía de alegría y regocijo, era la oportunidad por la que tanto había esperado y luchado, jamás imagino lo que estaría por venir.
Citaron a sus padres ella no había querido ponerlos en contexto, no sabía cómo reaccionarían ante tal ofrecimiento, pero tenía la esperanza de que esto fuera motivo de orgullo y que obtendría el apoyo total de ellos para realizar su sueño. Y el gran momento llego tenían que decidir y no tenían mucho tiempo para pensar, el coach Edmundo les explico la dinámica que conllevaba convertirse en un atleta de alto rendimiento, los sacrificios que había que realizar y los beneficios que de ellos se podía obtener, les dio 3 días para pensarlo, llego el día un viernes por la tarde, el coach Edmundo llego a su casa para obtener la respuesta la cual fue un fuerte y contundente ¡NO!
Carolina lloraba, el coach Edmundo incrédulo ante la respuesta trato de convencerlos, sabia del amor que ella tenía por el deporte y lo mucho que le había costado llegar al nivel que ahora poseía, pero nada pudo hacer, sus padres no cambiaron de opinión. De tajo el mundo de la Gimnasia para Carolina termino, pues con el próximo nombramiento de su coach el Gimnasio que tantas alegrías y satisfacciones le había dado desaparecería, su mundo y sus ilusiones se desmoronaron, sin el apoyo de sus padres nada podía hacer.
Meses hundida en una profunda depresión le costaron a Carolina superar ese duro golpe a su autoestima, a sus ilusiones, a sus anhelos, transcurrió su etapa de educación media superior dentro de la máxima casa de estudios la gloriosa Universidad Nacional Autónoma de México, ahí intento retomar la Gimnasia, pero ya había pasado tiempo, ya no tenía la misma condición física, ni las mismas ganas, no encontraba motivación en nada, sus sueños habían sido truncados y eso para ella fue un acontecimiento que la marco de por vida.
Y así transcurrieron los años, termino la preparatoria y había llegado el momento crucial para todo estudiante, la pregunta que a todos asusta, sus padres le preguntaron ¿qué quieres ser?, a lo cual ella respondió “yo quería ser” …
