El Santa Claus de piedra

Por: Erlan Moctezuma

Entonces la esposa de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.
Génesis 19:26

Y, ¿A TI QUÉ TE TRAJO EL AÑO PASADO?

― ¿A mí?

―Pues sí, tonto. ¿A quién más?

―Es que ya ni me acuerdo.

En un intento desesperado, Daniel desvió el tema de conversación. Miró con detenimiento el suelo e ideó excusas para responder cuando la plática regresara al tema de los regalos.

―A mí me trajo el Play Station 3, el Operando, un ring de la WWE y chocolates Ferrero ―presumió Diego con orgullo―. Y dinero, mucho dinero.

Lo invadió entonces la duda: ¿por qué Santa es tan injusto? Según su madre, él casi no visita a los niños mexicanos. Eso le corresponde a los Reyes Magos en enero. Pero contrario a lo que su mamá asegura, Santa Claus visita sin falta cada año a sus amigos. A Diego siempre le trae cosas lujosas y caras, mientras que a él sólo le deja calcetines, playeras y una bota de dulces baratos.

―Este año pedí juegos para el Play, el Jenga gigante pintado a mano y una figura de Jeff Hardy ―añadió―. Ya quiero que sea mañana.

Antes de que Diego pudiera preguntarle a Daniel qué fue lo que pidió en su carta, sus exhaustos padres les ordenaron despedirse. Comenzaba a oscurecer y, si seguían en la calle, no habría regalos este año. Los niños chocaron sus puños y se dirigieron cada uno a su casa.

En el camino de regreso, Daniel decidió esclarecer todas sus dudas ahora que por fin papá y mamá estaban juntos.

― ¿Por qué Santa Claus le deja mejores regalos a Diego que a mí?

―Porque tal vez él se porta mejor ―contestó su padre.

―Eso es mentira ―refutó―. Diego es malhablado y nunca obedece a sus papás.

―Tú tampoco eres muy obediente que digamos ―añadió mamá.

Pero Daniel estaba harto. Cada año, su comportamiento era irrelevante. Si se portaba bien o se portaba mal, bajo el árbol aparecían las mismas tres cosas siempre: calcetines, playeras y la bota de dulces baratos. Por ende, decidió preguntarle personalmente a Santa esa noche el motivo de su poca imparcialidad.

―Pues hoy no dormiré. Esperaré a Santa despierto para que me dé una explicación.

―Pero no puedes hacer eso, Daniel ―interrumpió su madre―. Si lo esperas, no te regalará nada.

―No me importa. De cualquier manera, no quiero su regalo.

―Además, ¿no recuerdas por qué Santa Claus viene de noche? ―interrogó su padre―. Porque no puedes verlo.

― ¿Y por qué no podría?

―Porque si lo ves directamente, se convierte en piedra ―respondió con seriedad―. Estarías arruinándole la navidad a millones de niños alrededor del mundo.

En un comienzo, la idea lo aterró. Convertir al símbolo de la navidad en piedra era casi como asesinarlo. Sin embargo, después de pensarlo con detenimiento concluyó que la idea no estaba tan mal después de todo: «Si yo no tengo buenos juguetes, ¿por qué ellos sí?», pensó.

―Y Santa Claus no es tonto, hijo ―complementó su madre―. ¿Acaso no recuerdas la canción de la plaza?

Él sabe de ti, sabe de mí. Lo sabe todo, no intentes huir ―tarareó su padre―. Mejor no pienses tonterías y vete a la cama.

En su habitación, Daniel estaba intrigado con sus propios pensamientos. Tenía el poder de detener la navidad de una vez y para siempre, sólo le bastaba madrugar para vengarse por todas las calcetas y dulces rancios del pasado. Quizá, lo que más le emocionaba de petrificar a Santa era que Diego no recibiría sus caprichos.

Conforme la noche avanzaba, se cuestionaba a sí mismo sobre sus ideas. Recordó aquella melodía del centro comercial que su padre había tarareado antes de mandarlo a dormir: Él todo lo apunta, él todo lo ve. Te sigue los pasos, estés donde estés.

Con la canción estancada en su cerebro, razonó que Santa Claus siempre estuvo consciente de sus malas intenciones y, por ello, el castigo era darle regalos inferiores. En algún lugar leyó que, si eras malcriado, bajo el árbol encontrarías carbón. Pero Santa nunca tomó medidas tan severas con él a pesar de sus pensamientos maldosos.

Mientras se arrepentía por sus acciones, escuchó ruido de bolsas afuera de su cuarto. Era Santa, sin lugar a duda. Aunque se sentía culpable, la curiosidad lo orilló a ignorar las advertencias sobre la estatua de piedra.

Debido a las desgarraduras de sus viejas calcetas, las plantas desnudas de sus pies se helaron al entrar en contacto con el suelo. De puntitas para evitar el ruido, llegó hasta la puerta. Giró levemente la manija y, antes de abrir, la contagiosa melodía se reprodujo otra vez en su cabeza: Sabes, mi amor, pórtate bien. No debes llorar, ya sabes por qué.

Pensó en el coraje que sentiría Diego al ver su árbol vacío. Pero con la cabeza fría entró en razón: tal vez la ruta de Santa pasaba primero por la casa de Diego. Por lo que, no sólo petrificaría a Santa y arruinaría la navidad a los niños restantes; sino que tendría que aguantar a Diego parlotear sobre sus obsequios. Las posibilidades eran muchas.

Con el ritmo en su cerebro, Daniel entró en crisis. «¿Abro o no? ¿Abro o no?», se cuestionaba entre gotas de sudor. La voz masculina de su mente seguía cantando: Él lo sabe todo, no intentes huir. Por lo que, finalmente, optó por actuar de forma bondadosa y volver a la cama para conciliar el sueño.

Cuando despertó no hubo sorpresa: calcetas, playeras y la misma bota de cada año. Decepcionado, probó uno de los caramelos por petición de su padre. No obstante, por motivos desconocidos, el sabor era nuevo. Ningún Ferrero podría igualar el dulzor de ser bien portado.

Usó sus calcetas nuevas y dejó de sentir el frío piso en su piel. Encontró, asimismo, una peculiaridad debajo del árbol: un pequeño Santa Claus de piedra, esculpido a lujo de detalle. El obsequio novedoso lo hizo sonreír y, alegremente, corrió con Diego para mostrarle su nueva adquisición.

― ¿Dónde conseguiste ese Santa? ―preguntó la madre de Daniel.

―Pensé que lo habías puesto tú ―contestó su marido mientras encendía la radio―. Nunca me canso de esta canción.

Santa Claus llegó

Santa Claus llegó

Santa Claus llegó a la ciudad…

Publicado por Paradigma

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