Por: Maithe Hernández Merino
Rejas, luces, paredes rayadas y olor a galletas de jengibre, cada vez era más
difícil distinguir la realidad del recuerdo.
Abrió los ojos en su cama como un niño de ocho años, un aroma dulce que
provenía de abajo invadió la habitación, caminó por un largo pasillo, la
madera rechinaba bajo sus pies, al bajar las escaleras frente a él, apareció un
enorme árbol lleno de esferas y luces de colores, rodeado de regalos con
hermosas envolturas.
En la cocina estaba su mamá, su hermana, y un rostro que no había visto
durante mucho tiempo, su padre, quien era un hombre grande y tenía una cálida
sonrisa.
La campana sonó, su madre sacó las galletas del horno y las puso en la
mesa. Esas siempre habían sido sus galletas favoritas y más cuando estaban recién
horneadas.
Fue a su habitación se puso sus botas, su chamarra y sus guantes favoritos.
Salió e hizo un muñeco de nieve con su hermana y jugó con su familia hasta que se empaparon la piel. Cenaron un delicioso pavo y ponche.
Se acomodaron alrededor del árbol y abrieron sus regalos, recibió un
increíble tren de juguete y un balón de fútbol, a su hermana le dieron una
máquina de coser y un vestido de princesa.
Se arreglaron elegantes para ir a la iglesia, ahí cantaron villancicos, comieron
galletas, gelatina y muchas cosas más, bailaron y cuando se cansaron
volvieron a casa.
Subió a su habitación y una vez que su hermana se durmió sus padres lo
arroparon y poco después se quedó dormido.
Esa fue su última navidad antes del accidente y de cometer su primer
asesinato.
