Por: Constanza Herrera Yong
Ser el elefante de un mago ha sido un castigo digno del mismo Prometeo. Llevo cargando sobre mi lomo miles de regalos desde el primer año después de Cristo. Nunca creí en niños dioses, y sin embargo fui arrastrado junto a otros dos animales a este suplicio. Cada año sin falta cargamos a tres hombres sobre nuestra espalda, y los llevamos a pasear por todo el mundo como peor que las bestias de un mal zoológico. Mis compañeros, el caballo y el camello, están igual de cansados que yo, tenemos la maldición de vivir eternamente, o al menos de vivir hasta que nuestros magos claudiquen o mueran, ellos llevan ya siglos vivos y no parecen querer retirarse, y yo llevo siglos cansado. Somos prisioneros de su inmortalidad.
De los tres, soy el más grande, las cargas más importantes y pesadas corresponden a mí, pero mi fuerza es solo un mito. Si ponen un regalo más en mi espalda, esta colapsara. Con este cansancio sin fin, al menos podrían hacerlo por una buena causa. Pero no, ya no hay reyes amables, mucho menos en dioses atentos. Si aún es que existen los soberanos, no son ni amables ni atentos. Sin embargo, hay un niño, que se hace llamar Nicolás, que tiene de compañeros siete renos, no, siete mascotas, eso sí es un sueño. Compartir una carga con otros seis animales, todos juntos jalando el mismo peso, apoyándonos los unos a los otros. Volar por los cielos con magia que alivie la carga. Una multitud de duendes que cuiden de ti el resto del año. Es inimaginable. ¿Un elefante volando? no creo que ningún espíritu navideño tenga ese tipo de poder. Ojalá pudiera ser un reno, viajar por los aires y alegrar a los niños, en vez de arrastrarlos a la religión y tradición. Tal vez me duele la espalda por mis propios pensamientos, que lastiman más que los juguetes, tal vez sea la envidia. ¿Pero poder ser un ayudante de Santa? no puedo evitarlo, es admiración y resentimiento, a los renos por su libertad, y a mí por tener una apariencia fuerte con una mente quebradiza. Si es así, no tengo a nadie más a quien culpar de mis grietas que a los tres hombres que aman los clavos, pero se niegan a construir.
