Por: María Fernanda Garduño Méndez
Le he tenido miedo a las arañas desde que tengo memoria. El problema es que no me paralizo ni grito al verlas. Mi miedo solamente aparece mientras duermo. Recuerdo que de pequeña mi sueño era muy diferente a como es ahora. En ese entonces, soñaba que caía al suelo y permanecía sentada con las piernas abiertas. Entonces había una araña pequeña que subía por mi pierna y recorría mi muslo lentamente desde mi rodilla hacia mi estómago. Luego llegaba mi madre y con su mano la mataba para después levantarme del suelo. Ese sueño solía aparecer cada vez que tenía exámenes en la escuela o que la fiebre me subía o que algo vergonzoso me ocurría en la escuela. Mis padres me llevaron al doctor porque de los nervios me desperté con el brazo ensangrentado. Al parecer me había rascado tanto durante la noche que creyeron que era mejor que me revisara el doctor. Mientras estábamos ahí me pidieron que le contara mi sueño. Cuando lo hice, el doctor se carcajeó y aseguró que todo era obra de mi imaginación. Después de eso dejé de contar mis sueños a las personas.
Con el paso de los años mi araña aumentó de tamaño, cambió de color de café a negro e incluso aumentó la velocidad que tenía al caminar por mi pierna. También dejé de caerme y la mano de mi madre dejó de aparecer. Incluso el comportamiento de mi araña era diferente. Hasta creí que algún día me saltaría a la cara. Cuando me mudé de casa y me dieron la credencial que me autorizaba como un adulto funcional fue que la trama de mi sueño por fin cambió.
Me di cuenta del cambio la noche previa a una entrevista de trabajo. Me había costado dormir, pero lo logré después de varios intentos. Recuerdo que en el sueño aparecí en un espacio vacío completamente blanco. Yo estaba acostada hasta que oí que algo se movía unos pasos detrás de mí y del suelo salía una pequeña araña negra que se me acercaba poco a poco. Mientras yo la observaba, algo cambiaba en ella. Su tamaño aumentaba a cada paso que daba. De una araña pequeña que tan sólo parecía un punto, ya había cambiado a una tarántula, y su tamaño seguía aumentando. Me paré y traté de alejarme un poco, pero la araña seguía tratando de alcanzarme. Seguimos así por unos instantes hasta que su tamaño ya era el de mi pierna y yo dejé de caminar para empezar a correr. Me desperté con un grito y sin poder respirar. No pude volver a dormir esa noche y llegué a mi entrevista desvelada. Desde ese día, siempre hay una araña que me persigue. El sueño no siempre es el mismo. Una vez creí que si me quedaba quieta la araña dejaría de crecer, en realidad dejó de moverse pero junto a ella salió otra araña y entre las dos me empezaron a perseguir. No sé si debería de sentirme agradecida de que se trate de una araña. Sí fuera cualquier otro animal, ya me habría aplastado. Las cucarachas son muy rápidas, los ratones son todavía más veloces. Las arañas son lo ideal.
Otra vez aparecí en ese lugar y empecé a correr aún sin siquiera ver como aparecía la araña, cuando me di cuenta ya había una araña de tres metros a punto de alcanzarme y desperté. Esa vez me intenté mover, pero no pude salir de la cama, ni cambiar de posición. Las cobijas estaban muy pesadas y me costaba respirar al mismo tiempo que trataba de dejar de llorar. Recuerdo que mis manos se habían clavado a la cobija, y para cuando me pude levantar, los riñones ya me dolían de las ganas que tenía de orinar.
No siempre sueño con arañas, pero cuando lo hago me despierto con tanta ansiedad que tengo que ponerme a limpiar. A veces lo hago sólo en mi cuarto, otras veces en la cocina, aunque la mayoría de las veces termino haciendo la limpieza en toda la casa dependiendo de la angustia. Supongo que mi limpieza obsesiva no es buena. A veces solo lo hago para distraerme, otras veces ni siquiera limpio, sólo muevo las cosas intentando encontrar a la araña que me perseguía en el sueño. En cuanto la encuentre, la voy a acorralar con un cuchillo (porque sé que es grande, debe ser del tamaño de una tarántula por lo menos) y cuando ya la tenga en un rincón, voy a guardarla en una caja pequeña. Creo que si la logro encontrar podré llevársela al doctor de mi madre para que lo persiga a él también. Aunque en realidad nunca me ha salido ninguna araña que valga la pena el traslado, ni el esfuerzo. Siempre que salen son pequeñas de tan solo unos centímetros y son tan frágiles que no podría llevarlas a ningún lado.
Siempre que limpio pienso demasiado y muy rápido. Pienso en el trabajo, en los pendientes, en mi jefe y lo que debo entregarle. Pienso en las cuentas del agua y de la luz, en los recibos que no he pagado, en las cosas que debo arreglar para que el techo de la cocina no se caiga como le pasó a mi vecino de arriba. Pienso en lo que debo comprar, en lo que debería comer y en lo que debo hacer. Pienso en alergias, enfermedades y fobias extrañas. Pienso en lo que me gusta y en lo que no. Hago listas acerca de lo que creo que está bien, pienso lo que dije y lo contrasto con lo que hubiera dicho de haber tenido más tiempo. Pienso mucho y nunca resuelvo nada. Me da miedo quedarme en blanco y recordar a la araña de mi sueño. Me da miedo quedarme en silencio y que la araña salte a mis pensamientos y se termine comiendo las ideas que me faltaron mencionar.
Pienso en el aumento que debería recibir a fin de año, aunque mi jefe ha sido muy claro de que no me lo dará; cree que soy algo descuidada y que debo concentrarme si no quiero perder mi trabajo. Y eso que no me ve en persona, ni sabe que últimamente casi no como. Me rasco el brazo. También mi compañera de trabajo, Carolina, me ha dicho que me ha visto más cansada últimamente. Aunque estoy casi segura que ella es la que va a recibir el aumento del que nos habló mi jefe a mitad de año. Ella siempre hace las cosas bien. Tal vez cuando termine con el doctor, le daré a ella otra araña para que también se ocupe en algo como yo. Estamos cerca del cierre de mes y la verdad estoy agotada. Me rasco el brazo. He dormido poco, pero está bien. Me han dicho que esto me hará más exitosa. Me han dicho que cuando termine esto podré descansar. Me duele la cabeza. Creo que es de sueño, o de estar viendo la computadora por horas, o de las horas que pasé viendo embobada una película. Lo hago para evitar que la araña siga creciendo. Debí trabajar antes de perder el tiempo. Me han dicho que no hacer nada no me llevará a ser exitosa. Debo trabajar. Si no lo hago, la araña se quedará con mi sueldo y se reirá mientras me destripa en el suelo. Lo haré en cuanto termine con la limpieza. Pero quizás debería bañarme para quitarme esta comezón. No creo que me dé tiempo, ya casi son las 8 y si no me apuro no podré entrar a la junta por Zoom a tiempo. A veces creo que renunciar sería la mejor opción, así podría dormir o formar una familia. Aunque si tuviera una hija, no podría dedicarme a buscar a mi araña. Al menos eso es lo que Daniel me decía cada vez que no podíamos vernos porque yo estaba limpiando. Él siempre decía que le ponía más atención a mis sueños que a él o a nuestra relación. Yo también quería formar una familia con él y tener un bebé, pero es que primero debo encontrar a mi araña. Supongo que por eso no todas tenemos hijos ni pareja. Al menos puedo quedarme todo el día buscándola, sólo así puedo encontrarla antes de que ella me encuentre a mí y tal vez ahora si pueda formar una familia. Debo apurarme. Renunciaré después. Otro día, mañana o cuando por fin la encuentre. Según me han dicho, sentirse cansada está bien porque eso quiere decir que estoy trabajando duro. Me rasco el brazo. Me ha salido alergia anoche mientras dormía, pero no importa, ahora que vaya al doctor le diré y me recetará algo. Aunque tal vez debería pedirle mi medicina antes de que suelte a la araña para que lo persiga. Sí, eso haré. Debo apurarme. Creo que no terminé mi reporte de hoy. No importa. En lo que está la junta lo termino. Es fácil. Eso tal vez podría hacer que mi jefe deje de ser un pendejo. Me rasco el brazo. Debo apurarme. También debería dejar de mover tanto porque el polvo tampoco me va a dejar dormir. Me rasco otra vez. Las cajas que me faltan son de libros. No pude ponerlos en el librero porque ya no tenía espacio. Muevo la primera y reviso lo que tiene. Limpio un poco apenas tocando las cubiertas. Hay algunos que no tienen polvo, pero siento que hay algo extraño en ellos. Tal vez es la araña. Es que tal vez ya les pasó por encima y sólo me está esperando a que la encuentre. Tal vez se escondió en las hojas. Quité los libros de uno en uno hasta que la caja quedó vacía. La sacudí un poco y luego la llevé hacia la puerta. La dejaré un rato ahí en lo que reviso la caja que me falta. Me rasco el brazo otra vez, pero noto unos puntos rojos. Tendré que tomar una pastilla antes de desangrarme. ¿Qué hice la última vez? Ah, sí, me tomé la pastilla y entré a una junta. Todo terminó bien, sólo traté de no manchar mi cuaderno de notas con la sangre. Todavía no lavo ese suéter. Ni ningún otro. Lo haré mañana. Primero debo encontrar a la araña. Regreso a mi puesto de limpieza y empiezo a sacar los libros. Tomo mi trapo húmedo y se los paso por encima. Sigo quitando los libros hasta que la caja queda vacía y la limpio por dentro. La llevo hacia la puerta al igual que la otra y las pongo una sobre otra. Todavía quiero trapear, pero ya no hay tiempo. Paso frente al baño y me detengo en la puerta. Se ve muy sucio; debería limpiarlo. Ya no tengo tiempo. Paso de ver el piso, a la tubería, y me detengo en el lavabo donde veo algo que se asoma. Me rasco otra vez. La garganta me pica un poco y trato de toser. Me acerco un poco y recuerdo mi sueño. Esta araña tiene los ojos grandes y negros. Me observa, la boca está desencajada. Yo ya debería haber empezado a correr, pero esta vez no, no lo haré. Perseguir y atrapar es fácil. Voy a buscar el cuchillo que le preparé. Regreso al baño y ahí me sigue. Me sonríe. Es bastante grande a comparación de las que he visto antes. Ahora sí me vengaré, por fin podré inmovilizar esa extremidad que tanto se rasca. La observo con cuidado por última vez, es lenta y escuálida, demacrada, de patas largas, pero no corre, sólo se ríe y me espera con su pata que sangra. Trato de no pensarlo mucho, me lanzo hacia ella, y del golpe le clavo el cuchillo en el estómago. Ya no podrá tener hijos. El espejo se rompe. La sangre le empieza a brotar. Se cae, se oye el golpe del impacto de su cuerpo contra el suelo. Escucho sus gritos. En mi pesadilla nunca oí su voz. Se retuerce en silencio. Sangra. Tal vez ahora, por fin, pueda volver a dormir.
*María Fernanda Garduño Méndez. Es una escritora y estudiante de la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas en la UNAM. Le interesa el género de terror, no ficción y el suspenso. Le gusta escribir poemas, ensayos e historias cortas. Le interesa el feminismo, los estudios del cómic y los estudios del género. Además, en su tiempo libre, le gusta cocinar, oír música, tejer y bordar.
*Este texto fue publicado originalmente en la página de la Red Universitaria de Mujeres Escritoras el 30 de octubre de 2021: https://medium.com/@rumescritoras/la-ara%C3%B1a-932f37529d9a
