Por: Yolanda Vega
1. Vivíamos en la calle Habana 42, en Madrid. En medio de un lodazal se alzaban como esqueletos blancos bloques de nueve plantas que crecían sin remedio, arrinconando pequeños huertos de lechugas y alguna granja donde aún se vendía leche en cántaros de latón, aunque ya estábamos a principios de los 80. Era un paisaje extraño, donde pasado y futuro convivían sin ganas. Iba con mi abuela a por leche cada dos días. El nauseabundo olor a mierda de vaca se percibía una calle antes de llegar. Yo odiaba esa leche espesa, caliente, que tenía tres dedos de nata.
7. En noches de insomnio como ésta me pierdo entre palabras y colores. Busco antiguas sombras conocidas y me dejo llevar por sus cálidos recuerdos.
4. La lista de la compra y el dinero justo. Llegaba al mercado, cada puesto con su pequeño número encima reluciendo frente a mis ojos. Solía quedarme fascinada delante de la piel blanca, como enaguas recién almidonadas, que siempre lucía la casquería en su mostrador. Recuerdo que los ojos yertos, inertes de las cabezas de los corderos, te perseguían impávidos, avergonzados por su propia desnudez, implorando ser cubiertos. Después de pedir la vez buscaba frenéticamente la lista y el dinero, pero nunca estaban. Jamás llegué a comprender el misterio que habitaba detrás de esas desapariciones. Sentí herido mi amor propio cuando mi hermana pequeña empezó a ir a la compra en mi lugar. Pese a que tenía seis años menos que yo, siempre supo conservar la lista y el dinero íntegros.
6. Desde que era bien pequeña, estaba convencida de que tenía el poder físico, real, de volverme invisible. La capacidad fabulosa de pasar desapercibida. Me sentaba en las tardes de verano, después de la siesta, en los escalones fríos del portal controlando la respiración, fase previa al estado de invisibilidad. Después, descubría — no sin asombro — que todas las células de mi cuerpo se habían vuelto escalón y que era imposible que alguien notara mi presencia. Era uno de mis juegos favoritos.
5. Siempre supe que mis límites eran más imprecisos que los de los demás. Decidí que el mejor método para no llamar la atención era el camuflaje, el disfraz. Observaba y tomaba notas mentales de esa realidad que no entendía, que se escapaba entre mis dedos, como una antropóloga que estudiaba una tribu perdida.
8. ¿Te he contado que estaba enganchada a volverme fulgor? Recuerdo que mi afición favorita era tumbarme en mi habitación bajo los rayos del sol del verano que entraban a las cuatro de la tarde, en la hora de la siesta, para fugarme en silencio. Aún lo hago.
3. A mi abuela la llamaban “la Lali”. Solo sabía escribir su nombre, Eulalia, y cuando tenía que firmar lo hacía despacio y afanándose mucho. Le salían unas letras ganchudas y curvadas, pero muy bonitas. A Lali le daban miedo las tormentas, de cuando era pequeña y recogía garbanzos en el campo; los rayos caían a plomo sobre el terregal. En casa nos hacían cerrar las ventanas, las puertas y apagar la tele para que no entrara ninguno.
Recuerdo a mi abuela haciendo ganchillo, tapetes y más tapetes blancos donde reposaban jarritas, recuerdos de alguna localidad costera o despertadores. También hizo durante una temporada abanicos con hilo de nylon y con palitos de plástico, que luego vendía a las vecinas del barrio. Después de los abanicos llegó Avon a casa y mi abuela les compraba todos los meses jabones rosas y ovalados que Lali iba llenando pacientemente de mondadientes para transformarlos en cestitas primorosas que se fueron poniendo de moda. En todas las casas del barrio había una jabonera con forma de delicada mano blanca de Avon y una cestita rosa de mi abuela.
2. Nos recuerdo como una tribu perdida, una mezcla deshilvanada con padres extremeños, gallegos, cordobeses… Todos hijos de la distancia, de la búsqueda de un lugar mejor en un Madrid que acogía ríos de emigrantes. Mi abuela había llegado desde un pueblo perdido y seco de Badajoz, con sus cuatro hijos a cuestas, por desamor. Cuando encontró aquí a su marido fugado, descubrió que había rehecho su vida y que tenía una querida y ninguna gana de ocuparse de sus hijos.
9. Hace tiempo volví a pasar por delante de mi casa. Sigue en el mismo sitio, cuarenta años más tarde. Creí que habrían variado sus dimensiones, que su solidez se habría desdibujado con el tiempo, pero sigue igual, habitada por un halo de pesadumbre y vejez que consume sus esquinas. Se alza engreída, aunque incapaz de reconocerse. Miré hacia las ventanas esperando un milagro. No sé. Una melodía o una cara añeja, pero no logré ver a nadie. El pasado se encogía para pasar inadvertido entre las sombras.
*Yolanda Vega (Madrid) es Licenciada en Humanidades. Ha trabajado en distintas áreas relacionadas con el patrimonio. Actualmente compagina su trabajo con una investigación sobre escritoras olvidadas del siglo XVIII.
*Este texto fue publicado originalmente en la página de la Red Universitaria de Mujeres Escritoras el 14 de diciembre de 2021: https://medium.com/@rumescritoras/fragmentos-810c3e23192d
