Por: Itzel Escalona
“Yo me iba a llamar Luis, a mi mamá le agradaba, pero mi jefe echó un volado o perdió una apuesta y ya no me lo pusieron, pero dejémoslo así, ese será mi nombre”.
Luis es un tipo callado, humilde y bastante carismático, nadie puede venir a contarle mil cuentos porque él, a sus cortos veinte años, ya se los sabe todos. Ha sido estudiante, checador de una base de taxis, adicto a más de cinco sustancias, comprador y vendedor de los mayores puntos de droga en la zona metropolitana. No le teme a la muerte, de hecho, hasta ella le compraba.
Su infancia no fue mala, nunca le faltó algo material. Su madre es profesora de inglés y su padre siempre tuvo buen trabajo, era gerente, no eran ricos, pero tampoco pobres, siempre hubo un plato en la mesa. Puede que recibiera todo lo que necesitaba, pero el calor de un abrazo de sus padres siempre estuvo ausente. Su abuelo paterno abandonó a su familia cuando su papá era muy pequeño, “él tampoco tuvo un padre de cierta forma, en eso nos parecemos”.
Luis fue el primer hijo de un joven matrimonio, por lo que lo sobreprotegían demasiado. Él iba a la secundaria y tomaba el mismo camión de regreso, sin cruzar palabra con un desconocido. Algo tan sencillo como ir por las tortillas solo a cinco minutos de su casa le causaba bastante miedo, sentía que no podía hacer nada por él mismo y que siempre necesitaría estar al lado de su familia para sentirse a salvo.
A los catorce años entró a un CCH, y harto de los cuidados de sus padres durante todo ese tiempo, sintió cómo le quitaban un peso de encima porque ahora podía tomar sus propias decisiones, “fui libre por primera vez”. Para su primer semestre en esta institución solo había probado el alcohol y el cigarro, hasta que un día, uno de sus compañeros le ofreció marihuana, él aceptó porque creyó que vería “dibujitos y colorcitos” pero, al contrario, no le agradó la sensación al fumarla porque lo hacía sentir cansado.
Había un lugar llamado “el putero”, o así le decían según Luis. Ahí comenzó a probar la cocaína, meses después de haber cumplido sus quince años, “estaba con unos compas, sacaron, y le di”. Se sentía muy vivo, eufórico y que nada le podía pasar, sin ninguna clase de miedo; incluso cuando un sicario le apuntó con una pistola en la cabeza en dicho lugar.
Cuando Luis consumía la “coca” empezaba a percibir detalladamente las voces de las personas, una frase se repetía una y otra vez, y después hacía eco hasta que desaparecía. Empezó a aspirarla una vez a la semana, después dos, luego diario y cuando estaba muy nervioso lo hacía dos veces al día.
Conoció a Monse, por ella probó las “monas”, también conocido como activo, se trata de pegamento para tuberías de PVC. Esta fue una forma de acercarse a ella, debido a que Luis se encontraba muy enamorado. Al poco tiempo se hicieron novios, cada que se veían consumían veinte pesos de cristal, Monse le enseñó a prepararlo. Sin embargo, cuando no estaban drogados “siempre había silencios incómodos, entonces hicimos el cristal lo nuestro”.
Para satisfacer sus gustos, Luis iba a lugares fresones y también con gente pesada, sea cual sea el lugar, «nada más llegas compras y te vas». No se permite frotarse las manos, morderse los labios, tocarse la cara o cualquier cosa que trate de calmar tu nerviosismo, se mantiene la apariencia. «¿Qué pasó, tío? ¿Cómo está?», así le decía al jefe del punto que quedaba cerca del lugar donde estudiaba, se le quedó ese apodo porque en una ocasión llegó un policía y Luis actuó como si fuera su familiar.
Su relación con él era muy buena, Luis se volvió su sobrino consentido, «me decía que si no lo encontraba en su negocio fuera directamente a su casa y hasta me fiaba. Siempre les ofrecía de lo que compraba a los vendedores, para fraternizar la relación, porque nunca sabrás en qué momento podrás necesitar su ayuda».
La policía y los líderes de estos puntos tienen un vínculo más cercano de lo que parece, ellos tienen una cuota establecida para proteger a ciertas personas «no hacen nada porque no les conviene, el borrego me contó que su papá les pagaba treinta mil pesos al mes para que lo protegieran a él y a su familia»
Compraba grapas de sesenta pesos, hacía el corte y las revendía a lo doble, se le dice así cuando se combina la cocaína con otra sustancia, “algunos le echan grenetina, talco para bebés, pero yo le echaba cristal y también vendía las rayas servidas».
Las favelas de Brasil
Una puerta enorme separa a la avenida del mayor punto de Tepito, el flujo de gente pasa a lado de este zaguán; hay puestos, la gente compra o platica, todo parece normal. El metal de la puerta roza el pavimento y ésta se abre. Apenas y se ve un espectro de luz a través de la pequeña abertura. Unas personas entran y otras salen, disimuladamente sin levantar sospechas.
No cualquiera puede entrar aquí, la amiga de Luis les hizo un «pequeño favor» y por eso consiguió entrar hace un tiempo. Y ahora, Luis está ahí, el latir de su corazón tiene el mismo ritmo como cuando inhala una raya de cocaína, pero no ha consumido nada y este aumenta cuando el novio de su amiga le dice «A ver papi, aquí no te sientas una verga, si te sientes más de lo eres te van a matar. Nada de andar metiche, a lo que vas y con quién vas»
Adentro, lo primero que piensa Luis es que se parecen a las favelas de Brasil porque las casas te rodean completamente y su sombra te cubre, «parece un hoyo». En cada balcón hay por lo menos un tirador, siempre hay mucha seguridad checando quien se «apendeja». Aquí la confianza lo es todo, por eso se dice que cuando entras ya no sales, hay salidas de emergencia por si algo sale mal, y para conocerlas «está cabrón».
Entra a un cuarto bastante grande, Luis ve mesas específicas para cada droga: cocaína, metanfetaminas, ketamina, cristal, hachís, pastillas y tambos llenos de marihuana. Hombres con todo el cuerpo tatuado caminan por el cuarto, eran «los grandes» de una familia Michoacana.
Hay una fila pequeña, con gente de todos los portes, unos traen perros a su lado, otras cadenas de oro, tatuajes, de todo. Incluso niños de seis u ochos años aproximadamente, los usan de “mulas”, ellos compran y alguien allá afuera los está esperando. Después de despacharles, les dicen «Ya lléguenle» y van de nuevo a la puerta, no salen inmediatamente, tienen que esperar a que abran para salir todos de golpe.
Pareciera que esta hazaña terminó y que su corazón regresará a su ritmo habitual, pero no, por todos lados hay informantes. «Si te metes al metro de seguro hay alguien que te esté vigilando, y estaciones después también, siempre habrá alguien que dé el pitazo»
Familia
«Ira’ carnal. Si te agarran, ni pedo.» Suena cruel, pero era lo que los amigos de Luis le remarcaban y él a ellos. Cuando agarraban a alguien, hacían lo posible por ir a avisarle a sus papás, solo llegaban, avisaban y se iban sin responder algún cuestionamiento; “te extorsionan para que te suelten, unos compas les pagaban de tres mil a treinta mil pesos y ya está”.
A Luis lo agarraron tres veces, la primera fue a los catorce años porque andaba tomando en la calle; la segunda “estaba expurgando mota con unos cuarenta güeyes, igual en la calle y llegó la poli». Luis se las ideó para tirar la marihuana que tenía en la mano, aceptó que el policía lo revisara y aunque traía una pipa, no la encontró, y lo dejó ir.
Luis y su «familia» se juntaban siempre en una parada de camiones. Se oyó el cantar de la patrulla, todos empezaron a correr, pero él y su amiga «la viuda” decidieron quedarse ahí, si corrían era más seguro que los agarraran. «Ahora sí ya se los cargó la chingada, flacos. ¿Por qué ustedes no corrieron? Pues no traemos nada, solo estábamos esperando el camión»
Luis siempre se presentaba como “alguien que consumía y que los podía conectar”, daba más producto de lo que cualquiera vendería y los precios eran baratos. Su trabajo se volvió más formal cuando lo empezaron a buscar los que vendían cantidades más grandes. Juntaba cierto número de personas para que entraran al negocio, les decía cuánto dinero tenían que dar y luego repartía el producto entre ellos. Pero nunca les vendió a sus amigos, porque no quería ser el culpable de su adicción.
A sus diecisiete años consumía ocho sustancias diarias y en una tarde, mientras jugaba a las carreritas con sus amigos, le dio un preinfarto. Antes de empezar a correr inhaló una raya de cocaína, porque eso le daba mucha energía. Cuando iba por la mitad de su recorrido, sintió algo extraño en su pecho. Se sentía extremadamente cansado, se le nubló la vista y le lastimaba el pitido en sus oídos. Fue por la comida que su mamá le había preparado, masticar le cansaba aún más y su brazo comenzó a entumirse.
Acostado en una banqueta, encogió su cuerpo, abrazaba sus piernas contra su pecho tratando de calmarse. «Pensé que me iba a morir, me cuestioné mi vida. Mis papás me mandaron a la escuela y les iba a llegar la noticia de que su hijo se murió en la calle por consumir cocaína». Después de levantarse, regaló el «perico» que le sobraba, no quiera volver a consumir. «No seas mamón güey, date del primo» un porro de marihuana escarchado con cocaína; tenía de dos, parar hasta ahí o seguirle: le siguió.
Luego de este suceso, aprendió a consumir dosificadamente, se ponía sus horarios en los que podía “darle”. No tardó mucho en que su cuerpo padeciera los estragos del síndrome de abstinencia, “es un dolor inexplicable se siente incomodidad, desesperación, pánico, enojo, tristeza, sientes frío y calor al mismo tiempo, sientes como piquetes y ganas de vomitar. Es lo más culero que te puede pasar”.
Con el propósito de que sus padres lo dejaran de molestar y de hacerle tantas preguntas, les confesó que era adicto y que estaba dispuesto a entrar a un grupo de AA. Recibió ayuda psiquiátrica, le recetaron alrededor de dieciséis pastillas diarias de antidepresivos y para reducir su ansiedad. Pero a él, nadie le decía que hacer, cambió las pastillas por la marihuana, al fin de cuentas ambas lo relajaban.
Supo que en realidad había tocado fondo cuando, tras haberles contado a sus amigos que se había peleado a golpes con su padre porque no le pareció que le gritara a su hermana menor enfrente de él, le dijeron “tú no eres agresivo güey, esto ya te sobrepasó”; lo mismo pasó con los vendedores a los que recurría, le decían “ya bájale a tu pedo, cabrón”.
Gael, uno de los miembros de su “familia”, murió a sus veinticinco años de cirrosis hepática. Él siempre andaba con su caña en la mano, vivía en la calle y solo regresó a su casa en su lecho de muerte, vomitó sus órganos en su cama. A Luis y a sus amigos, les impactó la noticia, pero no pararon, echaron una “mona” en su honor. Esto dejó de ser un simple gusto, se volvió un hábito; ya no podía hacerlo solo.
Una madrugada, cuando todos dormían, Luis lloró por primera vez, hace mucho tiempo no lo hacía y esa vez no pudo soportarlo, ya había tenido suficiente “si hoy me muero, pues ni pedo, si me muero nadie me va a extrañar. Ya no quiero vivir”. Su madre y su hermanita escucharon sus sollozos: lo abrazaron.
Dejar esto no es nada fácil, siempre queda el recuerdo en cada emoción o sentimiento que tienes, “una vez que eres adicto nunca dejas de serlo”. A sus dieciocho años, Luis dejó de consumir, comenzó a hacer ejercicio y a centrarse en sí mismo, dejó de frecuentar a sus amigos y hasta entonces no los ha vuelto a ver.
-Actualmente, ¿eres feliz?
-La felicidad es efímera, se da a momentos. Si no eres feliz en este momento no significa que no lo serás mañana, busca encontrar lo que te interesa en realidad. El chiste es nunca dejarse vencer; simón la vida no es mala, es difícil pero no imposible la vas a padecer bien cabrón. Llegará el día en el que puedas mirar al cielo, respirar y sentirte cómodo con lo que eres. Creo que esa es la emoción más grande que puedes tener, y en ocasiones, siento que ya puedo mirar al cielo.
