
Qué cansado es pensar a diario en la guerra. Han sido ya más de 365 días de genocidio contra un pueblo que no hizo más que defenderse tras décadas de asedio y despojo. “¿Por qué será que los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos?”, dice en su texto Muros el maestro Eduardo Galeano, que se adelantó a tantas cosas que siguen y siguen sucediendo.
El 7 de octubre de 2023, milicianos del grupo propalestino Hamás ingresaron al sur de Israel y asesinaron a mil 205 personas, hirieron a otras 8 mil y secuestraron a 251, de las cuales siguen cautivas 101 en la Franja de Gaza.
Recuerdo ese día con la claridad de un cristal pulido: los islamistas llegando por tierra, por aire en paracaídas, en autos, armados con todo tipo de municiones, asaltando a la población de los kibutz cercanos a la frontera con Gaza y a los asistentes del festival Supernova, por lo que muchos de los asesinados, heridos y secuestrados fueron extranjeros.
La imagen dolió mucho, pero el juicio contra Hamás fue injusto porque ese día no comenzó el conflicto, sino en 1948, si sólo se quiere hablar de la era moderna, cuando se instauró el Estado de Israel en la tierra de los palestinos.
No hay justificación para la violencia que hace un año ejerció Hamás, pero, ¿la hay para lo que desde hace ha hecho el país hebreo contra los musulmanes de la región?
Desde que Israel se plantó en Oriente Medio, ha tenido conflictos con Líbano, con Egipto, con Palestina, con Irán y demás naciones que rechazan la instauración forzosa de una nación; como termitas, las poblaciones hebreas han carcomido un territorio que no fue dividido, sino fragmentado: el mapa de palestina se ha convertido en pedacitos de geografía que no se tocan, que no se interconectan, como si le quitáramos su centro a México y, por obra de las vibras sagradas, siguiera siendo un país conformado por Oaxaca y Coahuila.
A un año de guerra, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, prometió cumplir con sus objetivos contra Hamás en Gaza y contra Hezbolá en Líbano, lo que calificó de “misión sagrada”. He ahí el enorme problema: el gobernante hebreo no ve en este conflicto a los 42 mil muertos palestinos, a los niños y niñas a los que les está destruyendo el pasado, el presente y el futuro; no le interesan los 2 millones de desplazados, ni el hambre ni las desgracias: él mira en su cruzada una oportunidad de quitarse el mote de dictador que tenía antes de la guerra y colarse en la historia de su nación como un líder sionista… Sin embargo, si la narrativa es justa, se escribirá en los libros su nombre junto a la palabra genocida.
Escribe Galeano: “El patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de las naciones dominantes. Cuando lo practican las naciones dominadas, el patriotismo se hace sospechoso de populismo o terrorismo, o simplemente no merece la menor atención”.
Hamás, Hezbolá, los hutíes de Yemen son vistos por Occidente como grupos terroristas, reaccionarios, violentos, casi que infrahumanos, pero los ejércitos de EU, Israel y demás naciones potencia son lis libertadores según su visión reduccionista, propagandista y tramposa del mundo: vaya hipocresía.
“Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y de aquí a poco será 15 veces más largo que el Muro de Berlín”, escribe el periodista uruguayo. Qué cansado vivir en un mundo donde hay ciudadanos de primera, de segunda, de tercera, un sistema en el que lo humano quedó de lado hace ya mucho tiempo.
A los mexicanos nos han negado nuestra multiplicidad de raíces: además de nuestra hermosa herencia indigenista, algo tenemos de africanos, de moros, de españoles, claro, pero también del mundo árabe. Cada que digas ojalá, almohada, alhajas, entre otras palabras, recuerda que cuando un musulmán muere en la guerra, también muere una parte de todos.
Foto: AFP
