
El pasado 22 de octubre, murió el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez Merino, considerado el fundador de la Teología de la Liberación. Esta corriente de pensamiento surgió en América Latina a mediados del siglo XX, en plena Guerra Fría, como una respuesta a las profundas desigualdades sociales y económicas que azotaban a la región, muchas veces ligada desde las élites al comunismo, por el enorme peligro que éste pensamiento representaba para el sistema occidental.
La Teología de la liberación es una visión teológica que busca interpretar la fe cristiana a la luz de la realidad social y política. Se centra en la opción por los pobres y en la necesidad de transformar las estructuras sociales injustas. La Teología de la liberación sostiene que la fe no puede ser una experiencia individualista, sino que debe comprometerse con la lucha por la justicia y la liberación de los oprimidos.
Imaginemos la revolución que esto significó para su época: de pronto una institución, como la iglesia, que durante siglos sirvió al poder, se puso al servicio de los pobres, de sus intereses, de su educación y, más importante aún, los vio como iguales.
Y es que el impacto y la convocatoria que puede tener una corriente religiosa puede ser masivo… De ahí el terror para las élites de esta filosofía ante la fe.
Por asumir esta postura, muchos párrocos fueron perseguidos o asesinados: uno de los casos más sonados, el de monseñor Óscar Romero, asesinado en El Salvador en 1980 por liderar la lucha en su país a favor de los derechos humanos.
Debido a sus posturas, a los teólogos de la liberación se les vinculó con grupos guerrilleros o de resistencia, fueron tiempos duros y de infamia, donde el peligro acechaba sólo por pensar distinto a Occidente.
La Teología de la liberación enfatiza la importancia de la acción y el compromiso social como parte integral de la fe. Es decir, eso de ir a misa los domingos a darse golpes de pecho, pero salir de la iglesia y hablar mal del vecino no va con el pensamiento estructurado por esta forma de vida.
El pasado 25 de octubre, tuve la oportunidad de participar en
la mesa de diálogo La Violencia en México, Alternativas para la Paz, que se celebró en el Centro Nacional Bahá’í en la CDMX. Siendo este evento organizado por una fe que no discrimina en cuanto a creencias, sino que las unifica, estuvieron presentes muchos activistas y representantes religiosos.
Por ejemplo, Sally Sue Hernández, obispa de la Iglesia Anglicana en México y Óscar Covarruvias, director de la oficina Nacional de Asuntos Externos de la Comunidad Bahá’í en México, entre otros, que precisamente coincidieron en la importancia de las instituciones religiosas como actores clave para la erradicación de la violencia y demás injusticias que suceden en nuestro país.
En aquel foro, Jimena Esquivel, de la Dirección General de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación, afirmó que las instituciones religiosas en México generan ciertos discursos violentos, quizás incluso sin la intención de ello. «No se trata de cambiar las doctrinas, pero sí repensar en las cuestiones culturales y estructurales. Una mujer en el hogar sufre no sólo violencia física, sino incluso en la carga de trabajo», expresó.
¿No sería momento de transformar las teologías, como lo hizo Gustavo Gutiérrez Merino a inicios de los años 70? La espiritualidad y la fe urgen en tiempos de inteligencia artificial, racismo, pobreza y depresión masiva. Urge mirarnos a los ojos, mirar al interior. La muerte de este revolucionario del pensamiento debe conducirnos a una reflexión profunda de las prioridades en el mundo… Nos estamos yendo al abismo.
