Benjamín J. Emeterio Márquez
A Mateo Peraza, Juan Eduardo Mateos y Ricardo Guerra
«En el fondo, todos tenemos necesidad de decir quiénes somos y qué es lo que estamos haciendo, la necesidad de dejar algo hecho, porque esta vida no es eterna y dejar cosas hechas puede ser una forma de eternidad”.
José Saramago
Ciudadópolis
Crecí en la colonia Observatorio, atrás del edificio meteorológico. Todas las tardes como a las cinco veíamos cuándo soltaban los globos para predecir el clima. Ahí se acomodó mi familia. Se fundó como una colonia para militares, pero se convirtió en un barrio bravo, igual que Tacubaya, el Capulín y las Américas. Aunque no teníamos la Fama de Tepito o la Doctores, nosotros también le sacábamos chispas al asfalto, porque sabemos “bailar el trompo”. Tanto era así, que a los chingados polis se les fruncía el culo para entrar a nuestra colonia; tierra sin dios y sin ley ajena.
Muchas colonias se formaron en el triángulo de la avenida Observatorio, Constituyentes y el Periférico; paso obligado para ir a Toluca. Ahí resistíamos la embestida de la urbe. En mi colonia había muchas bandas, unas más gandallas que otras; dependiendo del tamaño eran las cuadras que dominaban. Fui de la pandilla de los gatos de Victoriano Zepeda, primera calle perpendicular a la de Observatorio. Nuestro territorio era como siete cuadras; desde la calle del Ex Arzobispado hasta General Plata, y por periodos se extendía hasta Periférico. También la calle de Alpes, paralela a Zepeda como era muy chica, nadie la reclamaba. Nuestra zona la cuidábamos porque siempre surgían nuevas camarillas ya por colonos que llegaban a establecerse en esos rumbos o bien porque los mocosos crecían. La acción era nunca fruncirse ante las nuevas bandas que se abrían espacio en nuestra comarca, estar siempre para alivianar al que por pendejo paró en otros lares. El dominio de las calles se hacía por la ley de los chingadazos, o, de las cadenas.
Para sobrevivir en la jungla de concreto hay que ganar el respeto del barrio y ser ley con la pandilla. Tu lugar en la cuadra es sin rollo en los hechos, sin explicar el porqué de las cosas. La razón no importa y la causa se gana con los puños. Tienes que ser el compa, el ñero, el carnal, el valedor, el camarada; hay tantos adjetivos más que se usan para esto. Lo importante es que los cuates te sientan como parte de la “banda”, porque no tienes otro lugar adónde ir, ahí vives; estás atrapado en una de tantas cloacas de la ciudad. Las reglas son fáciles de cumplir: nunca abrirte, ser leña, aguantador, no ser chivato, ni zacatón, éntrale al tibiritábara que si te rompen el hocico de dos o tres buenos madrazos no se salva el otro Guuhey. Es mejor ver chorrear la sangre, sentir como se espesa y se escarcha en tus puños, a oler esa asquerosa mezcla de dolorderrota con sangresaliva.
La esquina de los gatos
Cuando los sentires refrescan, una cuadra se vuelve la preferida pa’reunirte; por eso nos identificaban. Esquinas hay tantas como cuadras, suena lógico, aunque en la realidad son más. Para nosotros, fue una. No sé por qué, ahí la espera es silenciosa, agazapada. La llegada a a la esquina es ligera, estruendosa o cantada: ¿Qué onda ése?, ¿Y el Toño?, ¿El Máyke donde la gira?, ¡Esa banda! ¿Qué transa? ¡Traigo un rol grueso! ¿ton’sss qué, hijos? ¿La rolamos? Es el lugar donde parlamos totacho, caló, jerga a gusto: nuestro idioma. Nos entendíamos muy bien porque hablamos desde nuestro sentir. Sin nadie que nos critique o nos hable del mentado manual de buenas costumbres, pinche libro de Carreño que nos ensartaban nuestros padres para convertirnos en lo que ellos creen que son.
En ese remate depositamos el sueño de lo que queríamos ser, la ilusión de forjar nuestra identidad. Ahí leíamos Piedra Rodante, revista donde escribía José Agustín (que años mas adelante se convertirua en destacado escritor) la comprábamos entre todos; también las de Kaliman; de lucha libre; la Familia Burrón, los Agachados, y tantas otras. Hablábamos del rock que tocaban Los Sombis, Chacmol, el Three Souls in My Mind y Javier Batis. Nunca faltaron las ganas de un Tochito o de buen partido de coladeras que nos hacía imaginar que éramos Enrique Borja o Hugo Sánchez; jugamos con la misma pasión y entrega.
A veces, los fines de semana había retas con güeyesss de otros barrios. Era común en los encuentros que las pasiones se desbordaran y como siempre las broncas; los entres eran como el entrenamiento, para mejorar el trompo. Para partir madre se aprendía mejor con un bato de otros lugares que entre nosotros. Cuando perdían el partido nos correteaban hasta nuestro barrio. Ahí estábamos seguros porque los compas nos hacían el paro y no seguía el desmadre. Cuando los invasores sentían la presión de los vecinos y en la mirada leían; aquí ustedes nada tienen que hacer, más vale que la corten y se piran a su barrio o les romperemos su puta madre. Cuando un baaarrio se arremolina es como avispero furioso. Los profanadores lo saben. Nadie es capaz de enfrentarlo. Con su coraje anudado dan vuelta y pirando pa´ su barrio. Total, era un partido, mañana habrá otros. Eso sí, no hay que regresar derrotados y en su repliegue siguen los retos provocadores: ¡pinches nenitas, ¡Ay! mi mamá me cuida; putos vale verga, no que muy machitos!. Al mirarlos alejarse sus figuras se van haciendo chiquitas, solo queda la imagen del puño aventado para arriba y atrás y el eco de los siete chiflidos que rebotan en las paredes y se pierden en el viento con olor a sudor y coladera.
En una ocasión la reta fue en nuestra cuadra. Nos sentíamos intocables, con el triunfo en la bolsa porque estábamos en casa. Ese día jugamos como verdaderos campeones; al ver que perdían empezaron los roces y las provocaciones con codazos y patadas espinilleras. La riña se armó. Creímos que nosotros seríamos los acosadores y terminamos acorralados; la bronca paró cuando se escuchó: ¡Ya ssstá, ya hay sangre!; si les dolió perder, ya lo cobraron, ¡ya hay sangre! Ese domingo así fue; los golpes y moretones se sanaron con una buena dosis de chelas, cigarros y las anécdotas de cómo nos los chingamos en el partido. Fuimos los campeones. No obtuvimos copa, nuestras medallas fueron los madrazos con que nos vitorearon los ardidos.
La esquina de Ex Arzobispado y Victoriano tenía algo. Nunca nos preguntamos por qué en ese sitio. En ese tiempo, ni a mí me interesaba, creo que solo se dio por costumbre. Tan fácil hubiera sido reunirnos en el callejón que daba al edificio meteorológico y donde en muchas ocasiones jugábamos frontón en sus paredes altas. Los fines de semana se organizaba el tokín y el bailongo. El cuartel era la casa de la Chapis, ella sacaba mesas y los cables necesarios para conectar bocinas. Tomábamos la corriente del transformador del edificio. El callejón fue el lugar preferido de muchas parejas. No tenía alumbrado y el único poste no servía. También la vecindad podría haber sido un buen lugar de reunión. Ahí podíamos fumar sin que nadie nos chingara.
Si uno mira bien nuestro chaflán, es una arista que no está muy iluminada, es más, no es esquina, ya que está cortada diagonalmente. Además, es una de las dos entradas de la tienda de doña Tola. Es parte de una de las casas más grandes, donde vivían los aguerridos Asencio. Más bien parecía una vecindad, un quinto patio. El expendio inicia desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde. Bajo la puerta hay dos escalones que usábamos de banca. En cada vértice había árboles coronando la entrada de la tienda. Ese lugar nos brindaba una visión de quién venía y a dónde iba sin que supieran que estamos agazapados ahí. Se puede decir que es la entrada al barrio viniendo de la avenida Observatorio. El edificio principal forma una larguísima calle hasta nuestro borde.
Los vecinos saben que somos como gatos al acecho. Ese nombre nos lo pusieron porque decían que no hacíamos ruido al caminar y que estábamos en todos lados, en la calle, en esas azoteas adornadas de antenas y tinacos cubiertos de solmugre y escurriendo verdinegra lama y gris amarillento de polvotiempo. Nuestro lugar no era bonito, más bien sombrío, para nosotros era donde nos sentíamos los reyes de la colonia. Un bunker contra lo rutinario. Muchas veces he pensado que fuimos desheredados del hogar y al ser desplazados de la casa. Nos exiliamos, en esa esquina que la hicimos nuestra.
La esquina en el tiempo
Rara vez la esquina quedaba desamparada, solo cuando nos aventurábamos a Chapultetrepo, al Parque Lira, al cine o al mercado de Tacubaya para ir a comer taquitos de aire. Los vendían a cinco por treinta centavos. Los putos de la Escandón o la Roma decían que eran flautas, ¡mamadas!, eran tortillas enrrolladas y fritas sin casi nada de carne, bañadas en salsa y crema, cubiertos con repollo, servidas en plato de plástico hondo para que no se derrame esa mezcla de crema salsosa.
Me acuerdo de que en uno de esos días estábamos en la avenida de Parque Lira cuando vimos a un globero con un racimo enorme; lo más seguro es que iba a la Casa del Lago. En ese momento, «El Lupe» sacó liga y grapa; fácilmente le reventó como diez. El tipo volteó como de rayobac con ganas de madrearse al que lo hizo. Nos metimos a una tienda. No nos vio, pero «El Quico», que era el más chavo, grito ¡yo no fui, yo no fui!,caminando hacia atrás. Giró y a correr. Los demás vimos cómo pasó esa maza de globos girando. Cuando regresamos nos gritó: gachos, no me dijeron lo que querían hacer y me dejaron solo. Casi a coro contestamos: no mames, no tenemos nada planeado, hay que estar a las vivas; para la próxima, buzo caperuzo. Pica, lica y califica. No seas pendejo.
En otro tiempo esa esquina fue de Los Teporochos, los compitas, los préstame un pesiiiito pa’ curarrr…mela; Yo te conozco tú eres el hijo del profe. Él es mi amigo, pregúntale y vas a ver, yo te conozco desde que eras así… de escuincle. Mi chavo, como cuates, oritiiita estoy bien tronado, me siento re-maaal presta algo…. Ellos eran de la generación de nuestros padres; vecinos que llegaron de provincia, de su terruño como le decían a su pueblo y que no lograron establecerse porque ahogaron sus penas entre trago de frustración y trago de miseria. Se convirtieron en andrajosos parias limosneros.
Con el paso de las épocas, la esquina también cambia. La dominaron por la mañana, Los Huerrrfanos; al medio día Los Cuates del Carlangas; al caer la noche, Los Panchos. Todos le tenían miedo al Zarpas: era un hijo de la chingada. Ese te apañaba, era gacho. No respeta, le vale madres, todo; luego luego te sacaba el fierro. Él ingresó al reformatorio cuando lo atraparon por robar y matar a una vieja usurera de Tacubaya. Con el dinero se la pasó chido en Acapulco. Cuando salió ya se las sabía todas y era mejor llevarla bien con él. Un día apareció muerto frente a la escuela con la cara deformada por la golpiza que le dieron. Se dice que unos perjudiciales lo andaban cazando y en la noche lo toparon. No se amilanó. Sí, lo mataron, pero a esos tiras les costó, tasajeó a uno e hirió a los otros. Lo dejaron ahí tirado como ejemplo de lo que nos podía pasar.
El relevo generacional
El lugar del Zarpas lo ocupó el Buchacas, otro gandalla que también aprendió mucho en el reformatorio. Pero con nosotros no se pasó, fue leña. Nos dijo: Compas, son buen rollo, no hay pedo, si alguien los agandalla les hago el paro. Claro, siempre y cuando no nos metiéramos con su gente cuando pararan por nuestro Barrio.
La vida sigue, es como una ruta que se reinicia sin distinguir entre pasado, presente y el mañana es sólo una necia ilusión en que se busca escapar del laberinto que te tiene atrapado como rata de alcantarilla. Igual que en mis tiempos hoy la esquina es de Los Chemos y Los Chiros Ley. Mañana será reinado de otros que, al caer el día, en la tarde o la noche, tendrán un motivo para sacudirse su historia cotidiana; para encontrarse en su dolor de vivir el presente soñando con un golpe de suerte que los llevará a otros lares. Lejos de esta inhumana ciudad sin dejar de ser y vivir chiro liro. O bien caerán en batalla sin lograr entender el porqué de esa violencia que los volvió una masa sin nombre.
El relevo generacional enfrentó sus retos. Los nuevos también buscaron un lugar seguro en esta sociedad de frío hormigón, que se desbarata en trozos fracturados por el impacto de la violencia cotidiana. La lucha sigue, es más dura, siempre está probándote, aunque tú no quieras pelear. Pero ¿cómo lograrlo?. Todo indica que no hay otra alternativa, solo la violencia eterna. Te ves en la necesidad de defenderte de las zancadillas, los golpes bajos, las patadas y ganchos. Hoy es un enfrentamiento desigual, la guerra es más encarnizada y tus enemigos no son como El Zarpas, o El Buchacas, ni los culeros del otro barrio. Ni tienes que estar en una esquina, ni reunirte con la banda. Estás solo. Te enfrentas a tipos armados con chakos, katanas, metralletas uzi. Lo que importa ya no es el honor de pelear a mano limpia, sino jodértelos como sea.
El encuentro es a muerte. El único camino que queda es vencerlos tan sólo con tu habilidad y destreza, ¡nadie ayudará! No cuentas con valedores ni amigos que te alivianen. Sabes que si te vencen ante todos los que te rodean, serás un don nadie. Son mudos espectadores que no meterán las manos cuando te golpeen a la gacha, a mansalva, aunque echen montón. A lo mejor uno se compadecerá y dará un consejo que no tomarás en cuenta porque estás tratando de sobrevivir.
Si lo logras, escucharás las voces efímeras y espontáneas que te alabarán y se perderán en la emotividad del momento. Si eres derrotado, se retirarán dándote la espalda. No importa llegar tarde o de plano faltar al trabajo, olvidar el encargo. Te vale si llegas muy noche a casa o quién está en ella en este momento; no haces caso sí se engorila la vieja, se molesta la chava y te abandona, o si se enoja el patrón. Dejas que los amigos se vayan, ya encontrarás otros; los que critican no saben lo que dicen, sólo tú conoces bien esa pasión que te mantiene al filo de la vida y la muerte, pues ya has logrado sobrevivir muchas batallas.
En esta guerra no hay reglas, si golpeas a tu oponente cuando está en el suelo debes acabarlo. ¡Sin piedad!, ¡él no la tendría para ti!.No importa quién sea: hombre, anciano, mujer, niño o cosa. Debes demostrar que eres el mejor, lo has arriesgado todo; no es una simple batalla por la vida sino por la fama y el poder que te da vencer al oponente.
Te golpearán una y otra vez, tratarán de aniquilarte; debes conservar la fuerza y energía, estar atento a que tu oponente se descuide para darle como lince los mejores golpes, como Liú Kan, o Reptil debes aplicar los combos y los especiales que harán sucumbir a Sub-cero, Escorpión, o a cualquier otro. Actuar con astucia contra Eyedol, Apocalypse y Thunder. Son difíciles de vencer y aplicar tu habilidad contra todos los personajes de Mortal Kombat, Street Fighter o Dragón Ball; ¡si lo haces bien serás un triunfador!. Sólo te sacará de concentración el encargado del negocio. Gritará: No golpees la máquina, deja de hacer desmadre. Déjate de pendejadas o te rompo la madre si sigues golpeándola. Quita ese pinche cigarro del chingado aparato. Si no se calman, cabrones, los voy a mandar a la chingada. Además, te amenaza con apagar el juego. La lucha por la vida se ha tornado una realidad virtual que se encuentra entre el logro de la efímera fama y la incomprensión del encargado, que no entiende tu dedicación, de las horas postradas ante el aparato. A él sólo le importa oír a las monedas caer en la maquinita, y a ti ganar el juego.
Morphosis
La vida ha “trasmutado”, los retos ya no son como en la arista de mi barrio. Con esto no quiero negar que existan otros rincones donde impere la ilusión sobre la miseria. Quiero decir que esa esquina nos dio identidad y pasión por sobrevivir. Todo cambió, sí, no sé si para mejorar o ser uno más de este monstruo urbano que te devora hasta el punto de incorporarte a su indiferencia y rutinario deambular.
Mi generación se fue diluyendo en silencio. Algo en cada uno nos llevó como a esas hojas de otoño que son arrastradas sin rumbo y no pueden escapar ni terminan el viaje hasta que el ventarrón acaba. Estoy seguro de que sin decirlo todos queríamos salir de esa cloaca, y que el viento nos arrojara lo más lejos posible a otros espacios. Los ejemplos están ahí: como el famoso Doctor IQ que vivía en el barrio. A él nunca lo saludamos como a los demás, cuando lo topábamos decíamos la frase con la que despedía su programa: Jorge Marrón servidor de ustedes. Él nos sonreía y, como era su costumbre, nos regalaba dulces. Ganó mucho en televisión y cuando pudo se fue a vivir a provincia, algunos dicen a Texcoco, donde vivía su amigo Gabilondo Soler, nunca más lo volvimos a ver.
En la calle de Plata vivía Carlos Villagrán, lo veíamos pasar para tomar el camión, hasta que se cambió. Su personaje de Quico en el aparato idiota le dio esa posibilidad. Jaime Barragán, hijo de doña Tola y pariente de los Asencio, daba el clima en los noticiarios. Él volvía de vez en vez a visitar a su mamá. Muy buena onda, era cuate y siempre nos saludaba; todos sentíamos respeto por él, ya era famoso y nosotros soñábamos serlo algún día. También mi hermano Arturo, cuando acabó sus estudios, puso un consultorio y muchos lo querían porque los atendía tuvieran dinero o no. Lo mejor fue que se hizo doctor del equipo de Los Pumas y en ocasiones regalaba entradas para ir al estadio de la universidad. Por él conocimos a Hugo Sánchez cuando se iniciaba en el equipo. Con el tiempo mi carnal también se fue. Y como a Jaime sólo se le veía cuando visitaba a su mamá.
Muchos no lograron escapar de la colonia. Fuera de ella no es fácil. Intentaron irse, pero sólo salieron para que los encerraran en el reformatorio o en El Palacio Negro. A algunos de plano los mataran. Otros tuvieron el propósito y casi lo lograron, como el buen Xavier Ascencio. Él es un ejemplo amargo de ese intento: logró llegar a la universidad, pero no duró ni una semana; rengueaba porque en las famosas Perradas él se portó como macho, no dejó que lo desnudaran y pintaran. Era un chingón pa´l trompo y descontó a varios. Total, trató de pelarse y en la huida decidió enfrentarlos. Al voltear gritó e hizo el movimiento clásico del Taekwondo. Los culeros se pararon en seco por temor de que los abaratara. Cuando nos contó lo que paso se nota que disfrutó la puntada al decir: lástima que no sé karate. Fue suficiente para que lo lanzaran a nadar. Como ya era noche no se dieron cuenta que la alberca estaba sin agua. Xavier se volvió chófer de Combi, hasta puso un pequeño taller.
Confieso que poco a poco y sin darme cuenta, me alejé. Esas pintas a Chapultetrepo me cambiaron de horizonte. Un buen día, atrás del Auditorio Nacional, descubrí los teatros del Bosque y el Granero. Los sentí escondidos del mundanal tráfico; cohabitaban con las escuelas de danza y de teatro. Me sedujo la vibra y cantidad de jóvenes que asistían. Al principio acechaba desde lejos, al no ser como ellos temía ser rechazado. Con el tiempo me integré, hice amigos. Ya no me quedaba en casa ni salía al primer chiflido de los cuates. Nunca más escuché bajo mi ventana: ¡Gatooo!. Después de la escuela con el pretexto de ir a la biblioteca hacer tarea, me iba al bosque porque era un mundo diferente en el que me sentía muy bien y no era necesario rifársela para estar. Pensé que era algo que sólo existía en las películas.
En ese espacio descubrí la seducción que me empapó por siempre. Entre la escuela de Danza y la de Teatro hay una pared de columnas de metal y grandes cristales, en medio una enorme puerta con grandes letras rojas bordeadas de amarillo, o al revés, ya no lo recuerdo con exactitud. Ahí entraban estudiantes de ambas escuelas. No entendí por qué si no vi nada cuando entre, sólo un largo mostrador y dos muebles metálicos pintados de amarillo. Ni siquiera estaban las personas que vi entrar y nunca salieron. No supe qué hacer, quedé apendejado. No podía moverme, parecía un árbol como los muchos que hay en el bosque.
Un señor mal encarado desde la barra dijo: ¿Qué quieres?. ¿Qué es aquí?, pregunté. Señaló los ventanales y la puerta; leyó lo escrito en ellas, señalando con el brazo FO-NO-TE-CA. Las letras desde adentro se ven al revés como si fuera un espejo. Me apantalló. Estás en la fonoteca. Miró sobre sus anteojos y preguntó – quizá ante la expresión que yo tenía- ¿¡Sabes qué es una fonoteca!? Y con la rapidez de Astroboy respondí: ¡No!.
Aquí guardamos y difundimos todos los sonidos que existen, sobre todo los registros musicales de todas las épocas. Después de su amplia explicación, preguntó:
—¿Te gusta la música?
— Sí
—¿Qué tipo de música?
—No sé. Por temor no quise decir el rock urbano,ya que a ningún ruco le gustaba
—Mira, ahí están los tarjeteros — dijo señalando los muebles amarillos con puertitas—. Ve qué te gusta y yo te lo presto para que escuches y disfrutes.
Cuando notó que solo barajaba las tarjetas, preguntó:
—¿Qué pasó, no encuentras nada?
—No entiendo, además están unidas por una barra y no las puedo sacar.
— Te gusta la música, ¿el rock?, ¿los Beatles?, por ejemplo.
— No los conozco.
—¿Qué? Es la música moderna que todo chavo como tú debe escuchar. ¡Te van a gustar! Espérame, voy por el acetato.
Fuimos por un pasillo tan pequeño casi invisible a uno de los cuartos todo, acolchonado. Era un lugar muy chico. Había una mesita, una silla, el tocadiscos, un atril. Puso el disco y dijo: no toques la tornamesa, usa estas orejeras. Si termina y quieres escucharlo de nuevo, avísame. Así fue como escuché por primera vez el ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’. No recuerdo cuantas veces lo repetí, dejé de hacerlo cuando cerró la Fonoteca.
Regresé todos los días a pedir ese disco, no me cansaba de escucharlo, tantas veces fui que el encargado se reía cuando me veía entrar, ya sabía. En ocasiones tenía el disco y la ficha lista. Un buen día dijo:
—Te voy a poner música instrumental. ¿Sabes? las canciones de Los Beatles están influenciadas por grandes compositores. Empezaremos por Johann Sebastian Bach con Tocata y fuga en re menor, que es considerada sacra.
Al mencionarla, con las manos, imitaba el movimiento, como si tocara el órgano de la catedral a la vez que hablaba de cómo la fuga es una forma musical compleja que se ha utilizado durante siglos en la composición y que sigue siendo un desafío para los compositores modernos. Es fascinante. Te permitirá apreciar la belleza de toda la música. ¡Así que prepárate para sumergirte en la fuga!. Escucha con atención y descubre esta secuencia que se repite muchas veces en distintas octavas.
Con el tiempo esta lección me sirvió mucho; entendí que las fugas son como las conductas humanas y éstas se repiten en cada persona dependiendo de sus circunstancias. Dependiendo de las condiciones y los factores donde se encuentren, deciden por una cosa u otra. El comportamiento es agudo o grave: algo así como te friegas o te jodes.
Lo mismo hizo con músicos como Beethoven; movía los brazos como un director de orquesta. Ahora escuchaba a Los Beatles y Bach. Después fue Mozart. Con él movía los dedos en el mostrador como si tocara el piano con suavidad. A Chopin, Tchaikovski y Debussy, me hacía imaginárlos y explicaba las características de sus composiciones. Esa manía de tocar un teclado sin tenerlo forma parte de mis costumbres inconscientes y en ocasiones dejo de hacerlo, por la crítica de los que están a mi lado.
Él me dio una formación musical que no hubiera adquirido en casa, ni en el barrio. Qué terrible: lamento nunca haberle preguntado su nombre. Sus enseñanzas me llevaron a escuchar música en vivo los domingos en la Casa del Lago. Cuando montamos una obra en el Teatro del Zócalo me hice amigo de Antero Chávez, en las sesiones de trabajo nos divertíamos mucho. Un día le pregunté a qué se dedicaba y él me dijo: Soy percusionista. Al ver que no sabía, me fascinó la explicación que dio; con tambores y baquetas invisibles reprodujo el sonido sin darme definiciones académicas ni hacerme sentir tonto. Ese fue el momento en que me invitó a verlo en la Plaza de Santo Domingo. Por él pude seguir el camino de la Sinfónica de la Ciudad de México y después la del Estado de México. Sin darme cuenta, la brújula cambió de horizonte. La música es la chispa, el motor; la escucho todo el tiempo, me embelesa, es un embrujo donde grandes músicos me acompañan cuando leo.
¡Todo ha cambiado! ¡Se transformó! Ya no existen los valores de mi pandilla; el honor, la lealtad e identidad no son los mismos. A lo mejor sólo era la soledad de los incomprendidos lo que nos reunía a Los Gatos en la esquina. Tal vez han cambiado y los desconozco. En fin, lo confieso: sin darme cuenta, me alejé del barrio y de mis compas, que empezaron a ser lejanos y diferentes… No regresé a nuestra esquina. Eso no quiere decir que mi amor por ella, la identidad de la pandilla salió de mí. En ocasiones veo la presencia etérea de mi banda, escucho los silbidos para salir a jugar y el grito cantadito que se prolonga en la tarde. La esquina soy yo, la porto en mi ser, soy el barrio y en cada lugar que he vivido está la esquina de los gatos, donde el recuerdo es la nostalgia que anidó en el corazón. Yo soy de observatorio, soy de barrio, soy de esa esquina, soy de los gatos, soy El gato.
Mérida, Yucatán
