Maritza Moreno
¡Escribe! ¿Para quién? Para los muertos, para aquellos a quienes hemos amado. Johann Gottfried von Herder
Mamá se ocupó de que la casa siempre estuviera llena de silencios, de paredes ciegas y sordas. Toda la vida impuso su voluntad. No sé qué habríamos hecho si se le hubiera antojado esconder la luna.
—¡No quiero que nadie me dé el pésame! ¡Mi hija está viva y sigue en Francia! —En casi cinco décadas fue la única vez que la escuché gritar.
Mi hermana, fue una de esas cuatro de cada diez personas que no sobreviven a un ataque inmunitario terrorista. Los malditos facciosos lograron burlar su sistema inmune y se inmolaron dentro de ella en nombre del cáncer y un par de meses después, Ana murió en un hospital, conectada a una bomba que le inyectaba morfina. Días antes, hablamos por teléfono con ella, de manera breve para no fatigarla. Estábamos a siete husos horarios de distancia y me parecían demasiados; no era nada en comparación con la eternidad que ahora nos separa.
Fui yo quien le dio la noticia a mamá. Pensé que cancelaría las citas médicas con sus pacientes, pero no modificó su agenda. El trabajo era el fármaco que le ayudaba a evadir los problemas. Ese día, me quedé en casa con mis hijos a la espera del llamado de Natalia, mi sobrina, para saber qué planes tenía para el funeral de su madre. Al día siguiente tuve que ir a trabajar. Era una de los cientos de empleados que trabajábamos en un edificio de catorce pisos. Los elevadores eran panorámicos y desde ellos se veían montones de cubículos con paredes de cristal y oficinistas ensimismados en sus quehaceres. A mí me daban ganas de gritarles: “¡Oigan todos, mi hermana murió y no volveré a verla!”.
Con mis hijos y amigas, de quienes estaba segura no traicionarían el mutismo de mamá, planeé una misa para honrarla y los pocos que fuimos lo hicimos de manera discreta. Los días pasaron, pero nuestra actitud no lograba atenuar el desequilibrio que su muerte me causó. Sentía el coqueteo de la locura, no dormía bien. Me era imposible disociar la muerte del frío, así que, tenía ensoñaciones de Ana congelada, como si estuviera dentro de un gran cubo de hielo que la mantenía aislada del mundo, de su familia. Llegué a sentirme como si estuviera dentro de su cuerpo sin vida. Es tan vívido el recuerdo. Estamos tendidas dentro de un cajón frigorífico en la morgue del hospital. No sentimos nada, pero sé que la plancha es dura. Cuando vuelvo en mí me molesta saber que está sola ahí dentro. Poco a poco me doy cuenta que es mi soledad lo que turba mi entendimiento. Es el gran hueco que dejó y temo que los recuerdos no me alcancen para llenarlo.
Los días siguientes a la muerte de Ana, marqué el teléfono de mamá a las siete de la noche hasta que me dijo:
—Estoy bien, no me llames a diario.
Jamás sabré cuántas astillas le perforaron el alma a lo largo de su vida, pero con la pérdida de Ana el peso de su dolor fue tan grande y difícil de cargar que, a veces, al dar un paso se iba de lado como un levantador de pesas mientras lucha para no perder el equilibrio.
—No me siento bien por negar la muerte de su tía —le dije a mis hijos—. Hoy vi a los ojos un pájaro que sostuvo su vuelo unos segundos frente a mí. Era Ana, vino a despedirse, está contenta. Al fin es libre. ¡Cómo me acuerdo de ella, adolescente, interpretando a Massiel!
[…] Voy buscando la razón
De tanta falsedad
La mentira es obsesión
Y falsa la verdad
Qué ganarán, qué perderán
Si todo esto pasará
Es más fácil encontrar
Rosas en el mar […]
***
La evasión de mamá me obligó a entrar en modo pausa, a sumergirme en una vida falsa desde el momento en que salía de casa. ¿Sería tu muerte la broma más pesada de la vida? La embajada de Francia en México me confirmó que no al entregarme las copias de tu acta de defunción. En vez de pasaporte ahora usarías esa acta para regresar a México. No quise abrir el sobre. Natalia, tu única hija, te traería en unos días.
Te fuiste a otro país y aunque cambiaras de nacionalidad, los conflictos familiares no resueltos se quedaron improntados en ti. Siempre fuiste extravagante. Cuando venías de visita, era fácil reconocerte en el aeropuerto entre los pasajeros del vuelo. Serían los lentes rococó, quizá un sombrero único o la combinación de los colores de tu vestimenta. De tu maleta, siempre sacabas algún regalo inimaginable como la veleta en forma de gallo que se te ocurrió traernos, aunque la casa era de un piso y estaba rodeada de construcciones más altas. Quién nos iba a decir que años después sería la urna con tus cenizas el objeto sui generis que saldría de una valija.
***
Ya había oscurecido cuando llegamos a casa de mamá con mi sobrina y su novio, Leo. Mamá saludó, se excusó y huyó a su cuarto. Apenas Natalia deshizo su equipaje, sacó una bolsa de terciopelo color vino con unos cordones negros que en la punta tenían unas terminaciones pequeñas de metal dorado. Contenía una urna negra de forma aerodinámica, digna de Ana. Me la ofreció. Sentí las manos rígidas, los brazos estáticos. No quise aceptar a mi hermana en tal estado, hubiera querido abrazar a la de carne y hueso con todas mis fuerzas. Leo se dio cuenta de mi pesar y la tomó por mí. Fui al baño y lloré. Al día siguiente mamá tomó la urna y de manera estoica la colocó entre su colección de muñecas. La había iniciado décadas atrás, al ver una que la remontó a su niñez. Las demás las fue escogiendo por la expresión de sus ojos, los detalles de sus manos o sus ropas. Serían unas treinta. ¿Pensaría que le harían compañía o sería otra forma de negar la realidad? Los días que pasamos con mi sobrina todos fingimos estar bien. Nadie quería quebrar a mamá.
—Úrsula, ¿cómo está Ana?, ¿cuándo viene? —le preguntó a mi madre una de sus amigas.
—Ana está bien.
—¡Qué pena que tu nieta sólo haya venido unos cuantos días!
—Sí. Se dio una escapadita.
Como pudimos, seguimos con nuestras vidas. Meses después, al buscar un documento para completar un trámite, vi el sobre que contenía las copias del acta de defunción de Ana. Hice un gran esfuerzo para leer lo que decía. El texto era escueto. Nombre, edad, causa de muerte, lugar, hora y fecha. Sentí que en vez de sangre corría magma por mis venas. ¿A quién le importa la hora o la causa? Su muerte no se podía resumir en unas cuantas líneas, por más que la mantuviéramos oculta.
***
Ana: hablo contigo por las noches porque de día mi realidad es ficción. He soñado que hacemos cosas juntas, a tu ritmo, porque la enfermedad te ha dejado sin fuerzas. A veces me salgo del sueño con el único afán de entender tu destino, pero luego vuelvo a entrar, es más fuerte el deseo de estar contigo. Hoy vamos a reconstruir tu muerte, lo necesito.
Estoy en la capilla del hospital donde estás internada. Al entrar, discreción y luz tenue. Se escucha el crujir de una puerta. Pisadas que rozan el suelo. Tomo asiento al fondo. Respiro calma. Apenas nos miramos. No queremos enfrentar la muerte del ser querido, aunque esté reducido a huesos cubiertos de una fina capa de piel descompuesta, aunque le duela vivir.
Las bancas están dispuestas en dos bloques paralelos. El frío de la muerte ronda, huele a secreciones de enfermo y alcohol. El peso del dolor quebranta a algunos. Suplican hincados, esconden la cara con las manos. Buscan consuelo. ¿Nos escucha, Dios? La flama de las velas sobre el altar parpadea. Et lux perpetua. La llama de la vida. Alfa y Omega, principio y fin. La vida es frágil y en cualquier momento puede apagarse.
Una mujer rompe en llanto. Miro a Cristo en la cruz al centro de todo. Veo su piel verduzca, descompuesta. Quiero verlo rosado pero la sangre de sus heridas está seca, negra, costrosa. La banca me atrapa, no puedo pararme, no quiero regresar a la realidad, pero mi mente se ensaña y trae tu imagen postrada, sin vida. Imagino ángeles con grandes alas. El techo de la capilla donde me encuentro está lleno de ellos. Recuerdo al ángel guardián de mi niñez; lo busco y le pido que hable con el tuyo para que ambos iluminen tu camino. Sé que le temes a la oscuridad y te angustia lo incierto.
—Es verdad, estás muerta. No volveré a hablarte en sueños.
A veces, era incapaz de recordar el día y el año en el que respiraste por última vez, entonces releía tu acta de defunción. Luché contra los demonios de la mentira, tenía miedo de olvidarte.
***
Luego de unos años mamá quiso depositar las cenizas de mi hermana en la iglesia de Czestochowa, cerca de casa. Asistimos ocho personas. Desde ese día mamá fue a misa cada domingo a visitarla. Atravesábamos, tomadas del brazo, un pasillo que remataba con un vitral bañado por los rayos del sol hasta las escaleras. Nos sosteníamos una a la otra antes de bajarlas y entrar al mundo semioscuro de piedra lisa y porosa de las criptas. Mamá quería estar cerca de Ana. Me parecía, entonces, que entrábamos en una cueva de soledad que era la frontera entre los de acá y los de allá. Ella ya no nos pertenecía; mamá dejó de ser su madre y yo dejé de ser su hermana. Ahora, sin Ana, el rompecabezas de mi vida quedó incompleto, pero el lazo carnal prevalece a la muerte.
Salía de las criptas a buscar los rayos del sol para calentarme; constaté, entonces, que la tristeza enfría los huesos. Mientras mamá quedaba sola en ese submundo, a veces, la espiaba. ¿Qué sentiría al recargar su mano y luego su frente en el mármol frío? ¿Trataría de darle calor a su hija o se susurrarían al oído lo que no se dijeron? Le hablaba sin voz, como solía hacerlo. Al salir volvía a ofrecerle mi brazo. Ahí dentro lo aceptaba porque afuera, en la calle o en casa me reñía: “Yo puedo sola”.
Subíamos en secreto a la iglesia mientras escuchaba el arrastre de sus pies al caminar; la notaba cansada.
“Oremos, hermanos
por los difuntos de las criptas”
En su casa donde todo era mudo, ella se sentía protegida. En cambio, yo sentía que me asfixiaba y corría a refugiarme en el alboroto de la mía, ubicada a unos metros de la suya. Lo primero que hacía, al llegar, era colgar en el perchero mi disfraz de hermana.
Mamá murió en 2017. Cuando depositamos sus cenizas en la cripta donde está Ana la gente preguntó extrañada:
—¿Y Ana cuándo llega?
—Llegó en 2007.


Gracias por compartir tus sentimientos y abrir tu corazón. He podido sentir tu dolor, tu tristeza, escuchar tus pensamientos y verte mirando a tu madre… No he podido controlar las lágrimas. Gracias Maritza
Vanessa Blanco
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Muchas gracias por tu tiempo para leer y comentar este texto. Qué bueno que lo hayas disfrutado.
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