Por Arlette Concha*
Conocí a mi mejor amiga en el funeral de mi esposo. Seis años de relación no dieron pista de que mis pasos caminaban junto a Kevin hacia tal destino; de que sería él quien pondría a Jeanette en mi vida, en un escenario tan duro como es perder a un esposo que acaba de recibir tal nombramiento. Hasta un niño de dos podría contar los meses que duró mi matrimonio. Diría uno, dos, tes, cuato, cico, ses; quizá buscaría el siguiente número en los ojos de su madre antes de atreverse a pronunciarlo, pero seguro que al final la ayuda sería innecesaria, y entonces diría sete.
En julio de 2020 recordé las palabras que la juez pronunció siete meses antes, cuando Kevin sujetaba mi mano frente a la mesa que vestimos de blanco en el garage de nuestra casa:
“En estos tiempos, cuando todo es desechable…”
Pero ¿cómo se desechan las relaciones que se tejen con hilos de oro en años de complicidad, de apoyo inestimable, de amor correspondido?
* * *
Conocí a Kevin en junio de 2014. Era de noche. Me estresaba un encargo de costura que no podría completar para la fecha prometida. Lo peor hubiera sido llevar a la cama una mente engullendo cada milímetro de sí misma; hay mejores necedades a las que entregarse. Yo elegí revisar la cuenta de Match que había creado uno o dos días antes, en un acto grandioso de fe —y desesperación.
Mi terapia psicológica bordeaba el tema del amor. Me recuerdo preocupada pensando en el futuro solitario; en lo lejos que me hallaba de encontrar a alguien lo suficientemente intrépido para asir mi mundo, lo suficientemente empático para no soltarlo al aire cuando empezara a bullir. Quién podría interesarse por este rastro de vida plutoide que entonces prescindía de la inteligencia de los teléfonos; no porque bastara la suya propia, sino porque a su mundo, que era otro, no habían llegado siquiera los teléfonos con tales atributos. Abrí la página y desde el inicio asomaron las contradicciones. Una tira animada iba mostrando los perfiles activos; incluso los que estaban fuera de la zona de preferencia.
Me pareció que la línea trazada entre el par de orejas era una barba que denotaba sencillez; como el cabello corto y negro cuyas entradas recordaban los corazones que uno dibuja sobre cualquier superficie cuando lo asaltan las mariposas, y otras cursilerías. El gesto serio, pero amoroso. La mirada proyectando cariño, en adelanto a los abrazos que me harían sentir en casa. No me había percatado de lo grande que eran sus orejas. La imagen mostraba apenas el busto de aquel muchacho de 23 años.
Abrí el perfil para verlo completo. Necesitaba saber más. Dos imágenes se resumían a una sola. Era suficiente, al menos para mí. También lo fue cada palabra en la descripción de esta persona que llevaba por nombre Kevomar y que decía estar a mil 320 kilómetros de distancia, en la Ciudad de México. Le di like.
No pasaron dos minutos cuando recibí el primer mensaje en el chat del sitio web. Las endorfinas llegaron a barrer todo indicio de cortisol. Había tenido un match con la primera persona que me agradaba, en los primeros días de una búsqueda desesperada. Eso debía ser una señal.
Además del estrés, mi emprendimiento en la costura no dejaba gran cosa. Así que pensar en una suscripción era algo que nunca me hubiera cruzado por la mente. Y dado que esos sitios están diseñados para ganar suscriptores, recibí el primer bloqueo en un intento por responder al mensaje de Kevin. Era posible comunicarme a través de un sistema de correo electrónico, propio de Match. La lista de textos sugeridos —los únicos disponibles para la gente pobre como yo— era larga, y hacia el final de la misma hallé la única frase exenta de vulgaridades:
“Vi tu perfil y me gustó. ¡Me encantaría platicar contigo!”.
Lo envié una vez y al instante recibí otro mensaje de Kevin a través del chat. <<¡Rayos! Ésto será difícil>>, pensé. Y lo fue. Me di a la frenética labor de enviar el mismo texto dieciocho veces a fin de que resultara obvio que yo no tenía suscripción, y por lo tanto, no podía contestar los mensajes del chat. Era tarde. Decidí anotar el nombre de usuario y hacer otro intento por contactar al día siguiente.
Recuerdo la euforia por la mañana de camino a la escuela de costura. Fantaseaba con la idea de un paseo; mostrarle a Kevin la ruta hacia el CECATI, decirle que una vez me atravesó la certeza de que estaríamos juntos, recorriendo esas mismas calles del centro de Mérida. Así ocurrió, seis meses después.
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Mi familia lo aceptó desde el inicio. Fuimos al aeropuerto por él, en diciembre de 2014. Papá prefirió un abrazo y no el saludo de mano que recuerda el respeto, en esa distancia de los cuerpos que aún no se conocen. Semanas antes ya había propuesto que se quedara en la casa. Destinamos el cuarto de servicio para su estancia; lo limpié afanosamente hasta la madrugada del gran día. Me recuerdo pasando papel periódico en el cristal de la puerta; cada centímetro de mugre siendo removido por ambos lados, como se limpian los cristales cuando a uno le importa quedar bien con las visitas. A mí nadie me visitaba, era justo llevar al máximo el esmero.
Dejé a todos en el carro y entré al aeropuerto como quien entra a recoger un niño que se le ha perdido por horas, o quizá días. Llevé el letrero de bienvenida: una hoja atada a dos palitos de madera. <<BIENVENIDO>>, escribí en una de las caras, <<KEVOMAR>>, rayé con humor en la otra. No había contemplado lo difícil que sería coordinar ambas manos en el acto de girar la obra de arte. Todos los niños del mundo dieron brincos en mi pecho cuando vi a aquel joven salir de la pantalla y caminar hacia mí.
Era alto y grueso, como el de las fotos, pero al fin logré definir su rostro, que hasta entonces me había parecido distinto en cada imagen. Su voz era inaudible y esto nunca lo sospeché, porque claro, siempre me habló al oído desde la bocina del teléfono. En los primeros minutos me cansé de pedirle que repitiera su mensaje. Ahogaba cada palabra en las profundidades de una timidez que no había visto en nadie más. Me preocupé un poco, pero pensé que podía ser natural, dadas las circunstancias.
No hablaba fuerte, pero estaba claro que tenía muchas ganas de besarme. La mañana del 20 de diciembre destinamos cuatro horas a un beso que pudo atrofiarnos la quijada. Éramos jóvenes. <<¿Entonces ya somos novios?>>, preguntó Kevin, cuando dimos por concluida la maniobra. Habré afirmado con los ojos que brillaban… No recuerdo. Si algo amaba por encima de todo, era el ingenio que siempre halló para entrar a mi mundo sin lastimarlo. Al teléfono me hacía reír, y la experiencia de sentirme involucrada en sus ocurrencias era revolucionaria. Nunca olvidaré cuando pidió una de mis manos, como quien se arriesga a la antigua e invita a una chica al baile. Estábamos metidos en el estrecho vestidor de mi recámara, escogiendo nuestras ropas antes de salir a pasear. Había un calor insoportable. Entonces tendió su mano y preguntó: <<¿Nos rostizamos?>>. Al principio no entendí, pero el gesto de la espera provocó la inercia de entregarle ambas manos. Él las tomó y me condujo en un giro lento y medido que hizo de nosotros dos pollos desplumados en medio de las ropas, que ahora parecían las llamas de un asador. Fueron diez días maravillosos.
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Siguió el esfuerzo para vernos dos o tres veces al año; los abusos en el hemisferio derecho por el intento de hallar nuevas ideas para sobrellevar la distancia; la terapia, siempre aliada. Trabajar los abusos sexuales de la infancia no es algo que pueda hacerse en paralelo a una vida cómoda y feliz. El trauma lo atraviesa todo, incluso aquello que pensábamos impenetrable. Yo estaba en una relación muy afortunada. Kevin hacía frente al torbellino de mis dudas y temores, como un baluarte que está ahí, anclado a la tierra, en defensa de la integridad. No era casual que amara mi nariz cuando yo le profesaba un odio irracional; o que bromeara con decir que me estaba poniendo guapetona, cuando de pronto aparecía por sorpresa mientras untaba el medicamento a mis fuegos labiales. Nunca supe si el despojo de mi tristeza era efecto de los antidepresivos o de la ola de cariño que llegaba a barrerlo todo en cada visita de Kevin.
Desde el inicio fui bienvenida en su familia. Me recibieron con flores y un globo decorado en el aeropuerto de la Ciudad de México. Conocí a Erick, el más chico de sus hermanos. A Irvin, que era el mediano, nunca lo vi en persona, pues vive al otro lado del mundo, literalmente. Me pareció hallar en ambos la otra cara de la moneda: platicadores, risueños, bromistas, alivianados.
Ese contraste con el comportamiento de Kevin frente a los demás siempre me inquietó, y es que mi novio era el más introvertido en el planeta de la introversión. Desde los primeros encuentros me percaté de algo importante; aparte de mí, nadie más conocía su sentido del humor. Ni siquiera su propia familia. Erick me preguntaba sorprendido: <<¿y qué le viste a mi hermano?>>. El tono era jocoso, pero la pregunta sincera. Realmente no entendía la situación. Le daba gusto ver a Kevin andar de novio, pero no podía imaginarlo en otro contexto que no fuera el académico, donde siempre destacó.
Su vida había girado en torno a la escuela. Demostrar excelencia en los estudios garantiza un sitio seguro en el seno de las familias conservadoras. La ingeniería trazaba la ruta que su padre y abuelo no pudieron concluir; entre tanto, las computadoras daban a Kevin la distancia necesaria del mundo, para protegerse de él. Se graduó con honores en ingeniería mecatrónica. De modo que había una especie de genio en la familia, con todos los rasgos que atribuimos a los genios por ser lo que son. Ya se sabe que ese mundo es otro y no lo tocamos; un poco por respeto a lo desconocido, otro tanto por admiración.
Kevin era el genio atrapado en una lámpara que nadie se atrevía a frotar porque allá adentro, se piensa, la vida es otra, y es maravillosa. Era mejor dejarlo ahí. Era mejor para todos.
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Después de un tiempo comenzamos a hablar de vivir juntos. Los esfuerzos por llevar la relación a distancia comenzaron a ganar un peso que llegó a ser insostenible, por lo menos para mí. Estaba harta de tener conversaciones entrecortadas por fallas en la conexión; de comprometer la cabeza a esfuerzos que sólo la distancia volvía necesarios, como elegir el emoticón que mejor acompañe al saludo matutino, o la película que mantenga ocupada la mente por dos-tres horas, en ese estado ilusorio que desdibuja kilómetros y coloca a todos los espectadores en el mismo escenario.
Terminé la relación un par de veces. No recuerdo los motivos. Lo cierto es que me ahogaba en charquitos que entonces yo miraba como océanos. Un pensamiento podía lograr el efecto mariposa. Kevin seguía de pie, erguido junto a mí, como el árbol milenario que abraza el núcleo de la Tierra y sobrevive a todas las catástrofes. No era inmune a mis desequilibrios; lo que hacía o dejaba de hacer tenía un impacto sobre él, lo colmaba de miedos e incertidumbres. Pero seguía ahí. Yo era consciente y a la vez incapaz de hacer las cosas de otro modo. Mi recurso más inofensivo era pintar una línea y mantenerme al otro lado, separada de Kevin; sostener la distancia hasta que el tiempo y la terapia hicieran lo suyo.
Cerramos juntos el año 2017. Tuvimos la cena del 24 con mi familia extensa y el 31 peregrinamos por las calles del centro de Campeche, buscando un restaurante que nos abriera las puertas sin tener reservación. No encontramos. La divina providencia de un Oxxo nos dio de cenar esa noche. Comimos muy a gusto en el malecón; algún pan acompañado con lechita Hershey y otras porquerías. No esperábamos que el mar fuera cómplice de nuestras rarezas. Fue el último viaje con motivos de visita.
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El 1º de febrero de 2018 volé a Querétaro para iniciar una vida junto a Kevin. Él había llegado unos meses antes luego de ser transferido por Continental, la empresa en la que trabajaba. Jamás pensé que el cuerpo sirviera también como vehículo de mudanza. Habré subido tres kilos de tanta ropa que llevaba puesta. Fueron horas incómodas, pero felices, a pesar del vestuario y de cargar con la jaula vacía de mi gato. Varias personas me preguntaron en el aeropuerto dónde había dejado al perro. Entonces les hablé de Haru, que huyó de la casa días antes, en respuesta al caos de la mudanza. Fue lo único que me alejó por instantes de aquella orilla sin sombra que es la felicidad.
Kevin me recibió de traje. Yo era un ropero con uñas y huesos, pero de todas las prendas que llevaba encima, ninguna era formal. Cuando cruzamos el portón de la casa puso la canción Is this love, de Bob Marley. El eclecticismo era cosa muy suya y me gustaba, realmente me gustaba. Lo que nunca pensé es que fuera la expresión de una lucha recóndita en un joven que a decir mío y de los demás era simplemente raro, y lindo.
Verlo de traje me recordó un librito suyo que conocí en mi primera visita, sobre las conductas del buen comportamiento. Estas cosas me provocaban una mezcla de ternura y extrañeza. Al cabo de poco tiempo la extrañeza menguaba hasta extinguirse, y la ternura me hacía querer frotar aquella lámpara maravillosa; penetrar el mundo de este ser humano que ya comenzaba a amar.
No obstante, había algo que seguía inquietándome. Kevin era una persona para mí, y otra muy distinta para el resto del mundo. Le conflictuaba pisar ambas canchas al mismo tiempo. Cuando aquello era inevitable, prevalecía el genio serio y callado, que nunca enseñaba los dientes a la cámara, ni era capaz de iniciar una conversación. Sólo yo sabía del lorito que lo habitaba; de los juegos con Goyo, el gatito de la cuadra, cuando lo alzaba a la altura de los hombros para luego disparar en todas direcciones con la metralleta gorda y ronroneante. Era extraño ver tantos contrastes.
Kevin nunca mezcló su vida personal con la del trabajo, pero lo suyo iba más allá de un cuidado básico; aquello era, más bien, un modo de sobrevivir en ambas canchas. ¿Sobrevivir? Eso tampoco me cruzó por la cabeza. Lo pienso ahora que han pasado 3 años desde la última vez que vi a mi esposo. En ese tiempo la situación me generaba mucha desconfianza. Pensé que algo de mí avergonzaba a Kevin, y que por eso nunca me presentó a su equipo de trabajo. El trauma lo atraviesa todo.
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En Querétaro viví la experiencia inmersiva de las pasiones latentes de la infancia. Tomé dos talleres de laudería, dos de talla en madera, uno de escritura autobiográfica y otro de trabajo psicocorporal. Me entregué a los libros sobre psicoanálisis al tiempo que seguí con mi proceso de terapia. Leí a Cortázar, a inicios de la pandemia. Nunca había leído cuentos y me bastó uno suyo para saber que yo también quería escribirlos. Kevin potenció cada impulso de acercarme a todo aquello. Me compraba herramienta, compartía conmigo el dinero que la empresa le daba para canjear en librerías, hicimos de la casa un centro cultural. Teníamos libros por todas partes y adaptamos una habitación para que yo ocupara como taller. Marley, el mejor perro que pudo habitar esta tierra, llegó a completar la felicidad en julio de 2018.
Una tarde gastamos 10 mil pesos en rompecabezas. Acompañaron durante meses el desayuno, el almuerzo y la cena, así como los tiempos entre comidas. Torturamos las cabezas a lo bruto, nada más por masoquismo; hasta que la mía se quebró de veras en la búsqueda de algún fragmento diminuto color gris, para el reto Capilla Sixtina, de 5000 piezas. En Ravensburgo crecen locos sadomasoquistas que luego se hacen llamar jugueteros.
Kevin instaló una oficina en otra habitación más pequeña que apodamos El estudio. Su escritorio recordaba el caos de los rompecabezas. La pared de enfrente era mucho más bonita, el remanso de los libros completaba el equilibrio. En la burbuja del hogar llevamos una vida cómoda, tranquila y alegre. Con riñas esporádicas y ridículas, como las de cualquier pareja saludable. Yo era la loca de la casa. Berreaba al encontrar espacios vacíos con luces prendidas; jamás entendí el empeño de Kevin al hacer tablas para administrar nuestros planes o alguna meta personal. El problema no era la tabla, mucho menos que él deseara alcanzar un objetivo, sino que luego cambiara de parecer y todo se fuera a la mierda. Agradezco al universo que haya puesto en esa casa un baño para cada quien.
Kevin nunca inició una pelea. Hasta parece que hallaba ternura en mis berrinches. Me abrazaba. La escena es ridícula: ¿cómo alguien camina de brazos abiertos hacia el cactus más salvaje y luego lo ciñe, con amor? El efecto sólo puede compararse a un exorcismo. Su abrazo era el remedio toda vez que en el entorno mis heridas encontraban un motivo para aullar. Cuando el silencio ocurría, un pedacito de mí brillaba entre los escombros; un pedacito que había perdido su lugar en otro espacio, en otra década, por los huevos de otra gente que ahora ya ni existe… y ahí estaba Kevin, ayudándome a ponerlo de nuevo en su sitio.
A la par del efecto terapéutico, este modo tan apacible de encarar mis demonios levantaba la voz del más grande de todos. Yo creía que no daba la talla en la relación. No es que viera en Kevin al ser perfecto, inmaculado; él tenía sus propias heridas. La introversión era ajena a sus aptitudes cognitivas. Sufrió bullying en la secundaria y eso lo marcó. Le costaba aceptar su cuerpo, que siempre tuvo sobrepeso. En los periodos más críticos se abandonó por completo; no le importaba llevar la camisa rota ni la barba desgreñada. Muchas veces se entregó a conductas de riesgo disfrazadas de civismo, como cruzar la calle cuando podían atropellarlo. <<El peatón es quien tiene prioridad>>, decía. Kevin era un joven incapaz de socializar por un trauma de bullying. Eso es todo lo que hallé luego de frotar la lámpara. Ambos descubrimos en la relación un espacio seguro para dejarnos ver, y yo creí haber visto todo.
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Nos casamos el 14 de diciembre de 2019, en recuerdo del día en que me temblaron las manos sosteniendo dos palitos con su nombre en medio. Invitamos a 15 personas, las suficientes para llenar la casa que no acabábamos de amueblar. Rentamos dos mesas largas estilo vintage, lindísimas. Kevin se quitó el saco luego de las firmas y las fotos. Me daba risa confundirlo con los meseros de camisa blanca y chaleco encima. Comí un bocadillo y cuando quise volver por más encontré el plato vacío. No alcancé un sólo trago de las dos botellas de Boone’s que elegimos, considerando mi nulo gusto por el alcohol. Pero ahí estábamos todos los que debíamos estar, celebrando la unión que mi padre pudo llamar milagrosa, si no se hubiera gastado la lengua taponeando su lado espiritual con cifras de astronomía en el discurso que dio 一y del que nadie entendió un carajo一. La friega de dos semanas haciendo la decoración valió la pena.
A los dos meses llegó covid-19 a México. Estudios, trabajo, recreación, todo se mudó al interior de las casas. La nuestra comenzaba a tomar forma. Luego de la boda compramos una sala y el comedor. Amaba esos espacios, ahora habitables. En la sala me tiraba a leer y el comedor me pareció tan bonito que debía cuidarlo del aire y sus partículas microscópicas. Leí mucho, como nunca antes. Continué a distancia los talleres de arte, así como el proceso de terapia.
Tuvimos un encierro agradable, a pesar del miedo y la incertidumbre que estaba en boca de todos. Me acostumbré a ver el pelo de Kevin, cada vez más largo, como el de la gran mayoría de los hombres en cuarentena. No me enteré del día en que renunció a su barba. El más peludo y feliz era Marlito, nuestro perro, que al fin veía la casa llena 24/7.
A Kevin le gustaba leer poesía a los pies de su cama, antes de dormir. Marley tendido, escuchando. Yo tomaba fotos, no había cosa más linda que retratar. Encargué dos playeras negras con el estampado de un perro de tres patas, como el nuestro, y abajo el mensaje “tripod mama”, “tripod papa”. Las estrenamos en junio, para mi cumpleaños número 32.
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La mañana del 5 de julio escuché la Sonata Giocosa, de Joaquín Rodrigo, tumbada en el sillón gris de la sala, antes de sentarme a desayunar. Era un video de Youtube. Chris Breemer hizo comentarios tan buenos que destiné un lugar en mi diario para copiarlos. Más tarde desayuné con Kevin. Pusimos música. Hacía una mañana preciosa, me recuerdo muy feliz. Llamamos al suegro para felicitarlo por su cumpleaños. Desde la boda no habíamos vuelto a ver a nuestras familias y lo deseábamos mucho. En la llamada intercambiamos este deseo.
Pasé las siguientes horas en el cuarto que ocupé como taller. Trabajaba en el retrato de mi mano derecha; era uno de los primeros ejercicios escultóricos que hacía en madera, muy adecuado para la cuarentena que atravesábamos todos. Kevin llegó con unas hojas dobladas como tríptico en la mano. Lo vi tranquilo, pero las hojas me inquietaron pues aquello parecía una carta y hasta entonces todo lo duro me lo había comunicado así, por cartas. Me preguntó si podía darle unos minutos. Dijo que no había prisa, que no era nada malo por lo que debiera preocuparme. Pero yo ya estaba muy inquieta, así que decidí atenderlo en el momento.
Fuimos al cuarto y nos echamos en la cama. Su anillo de boda estaba sujeto a un doblez de las hojas. <<Es por el bien de los dos>>, escribió en la parte más visible, atreviéndose a bromear con el mensaje que papá usó de joven para cortar con mamá. <<¿O el mío?>>, decía la siguiente sección del tríptico. Me pareció una broma terrible. La carta era extensa, de tres cuartillas a puño y letra manuscrita. La leí en voz alta con el corazón latiendo aún más fuerte. Ignoro la expresión de Kevin al escuchar sus palabras. No entendía por qué me hablaba de su crianza represiva desde una hoja de papel. Eso lo decía de frente. Luego las últimas lecturas sobre feminismo, y el infierno de haber estudiado en colegios católicos, entre puros niños. Ser el mayor de tres hijos varones, tener que asumir el rol en la familia conservadora… “dar el ejemplo”. Tanto misterio me provocaba temblores. Si había algo claro mis ojos no lo veían, o acaso no querían verlo.
Ya por la mitad de la carta una idea comenzó a atravesarme. Era una idea que había estado ahí, desde la primera línea, tan arropada como yo en el aeropuerto, y que al andar fue perdiendo su ropaje hasta quedar desnuda frente a mí. Todo se bloqueó al instante: mis ganas de llorar, de gritar el nombre de mi esposo, de salir corriendo al encuentro con él dondequiera que estuviese, de pedir un ingreso voluntario en el hospital psiquiátrico. Bloqueo total.
Jeanette me percibió serena y relajada. Mostré empatía. Ella dijo que ahora podíamos hacer noche de chicas. Su felicidad no cabía en el cuarto ni en la casa ni en el mundo. Comenzó a ser extraño decirle Kevin, aun cuando no había otro modo de llamarla. Pero lo más desconcertante ocurrió después, cuando se alzó la pijama y dejó ver el pecho liso, despoblado. Entonces lo supe de veras, nada podía hacer para bloquearlo: Kevin había muerto. Quedaba Jeanette y el tiempo necesario para sanar el duelo; para hacer valer los años que tejimos con hilos de oro, colmados de un amor infinito, indesechable.
*Arlette Concha
Ciudad de México,1988. Escultora y narradora. Ha participado en talleres de crónica y narrativa, como el taller de escritura autobiográfica Para mujeres que se atreven a contar su historia, de la asociación DEMAC; el Taller intensivo de narrativa, impartido por Ricardo Guerra de la Peña; y Narrar la realidad, destinado a la crónica, dirigido por Mateo Peraza Villamil.
