Por Jaime Coello Manuell
Un vínculo musical dinámico
Cualquiera nacido en la década de 1970 tiene alta probabilidad de que los primeros recuerdos que tenga de la música no estén relacionados con la música en vivo sino con discos de vinilo, luego, muy poquito después, con casetes y CD’s; según el nivel adquisitivo puede recordar los discos láser y Blu Ray; algunos recordarán los cartuchos de 8 pistas o los carretes abiertos para grabación de audio y, quizá los menos, habrán conocido los mini disc. Ya en su edad adulta recordará un viejo walkman mientra usó un iPod de algún tipo para estar ahora en un momento en que estos iPods mismos se han vuelto obsoletos, fueron devorados por ese gran concentrador de medios que es el teléfono inteligente, el puerto de conexión al mundo: todas las cuentas, todos los perfiles, los archivos, las aplicaciones y servicios, pero también otras cosas como el entretenimiento, la educación y las relaciones interpersonales deben atravesar el cedazo. Este personaje ambiguamente dibujado, habrá nacido experimentando la música como una opción de “estímulo positivo” más o menos a disposición para calmar una ira, atenuar alguna tristeza. El disfrute ritual, como el de la fiesta o la ceremonia claro que estará presente en las fiestas del año, con independencia de la cultura, pero será un significado segundo. También encontrará que su audioteca en físico es cada vez más cara y complicada de mantener: hay menos reproductores, menos piezas de repuesto, menos técnicos que reparen los reproductores, en cambio la posibilidad casi infinita que dan las plataformas de audio, con o sin paga, hacen ver ridícula cualquier colección.
Pero la realidad presente es otra. Hoy la marea se llevó los formatos físicos de la música para ofrecer la audioteca como servicio de membresía mensual; facilita el trabajo de los Dj’s de fiestas, le ofrece un festín al melómano insaciable, permite en muy poco espacio millones de pistas, toda la discografía de todas las bandas, solistas, orquestas, etcétera, en la misma plataforma; incluso se puede indagar sobre música muy distante de México, como las tradiciones de los países africanos o del sudeste asiático. Tiene sus ventajas, claro. Sólo me da nostalgia recordar el ritual de rasgar el celofán transparente y escuchar por primera vez el álbum, acordarse de la extinta tradición de grabar casetes para alguien sería masoquismo. Por el contrario, hoy la experiencia musical es más individual, con el desplome de público en la radio (salvo aquellas personas atrapadas en los congestionamientos vehiculares y que, por alguna razón, sintonizan alguna frecuencia en vez de reproducir algo desde alguna plataforma). El cambio del ecosistema de medios, esa transición entre aquel momento en el cual la televisión atrapaba a cuanta gente tuviera cerca con la consiguiente imposición de modas y gustos, al momento presente en el cual cada usuario de una o varias cuentas en las plataformas entrenan al algoritmo de la plataforma para generar una versión que satisfaga los gustos singulares… Pensar que se puede repetir ese momento en el cual “todo el mundo veía en la televisión a Neil Armstrong pisar la Luna en tiempo real”, se antoja como una imposibilidad.
La tocada
Con ese contexto, un evento en mi lugar de trabajo llamó mi atención: el jueves 6 de febrero de 2025, desde las 12:09 y hasta las 15:33 horas, se llevó a cabo un concierto en las escalinatas del Teatro José Vasconcelos de la Facultad de Estudios Profesionales Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México.
El cartel se compuso de cuatro proyectos musicales: a) Tzadok (quienes abrieron la tocada con material de su primer álbum: We Are Tzadok, 2024), sin ser muy quisquillosos con la especificidad de los géneros, podemos hablar de un rock tirándole a metal (no sé, yo soy de una generación en la cual aún hacía sentido hablar de “música alternativa”), con todas sus letras en inglés; b) BUL, un trío clásico de bajo, guitarra y batería con un rock duro mayormente cantado en inglés, pero mezclando algo de español en alguna canción; c) las estadounidenses The Lookout Honeys, quienes presentaron, entre otras cosas el material de su EP del 2023, X-ACTO, propuesta que sólo puedo calificar de un rock que me recordó a lo más suave de The Cramps, con un poco de The B-52’s y, ¿por qué no?, un toque del Bowie más punkie (Bowie siempre va bien); y d) el cuarto proyecto fue una solista, Erika Delmar, quien cerró valiéndose sólo de su voz, una guitarra y una propuesta más bien cerca de Mon Laferte, Natalia Lafourcade, Jimena Sariñana o Karla Morrison.
Musicalmente hablando es cuando menos rarísimo pensar en trova o pop o como se le quiera llamar, como cierre de una tocada de rock y metal. Y lo reitero porque cuestiones como la oportunidad o las relaciones públicas muy bien pueden impulsar una combinación tan, ¿extraña? Por lo demás, los cuatro proyectos tienen una presencia bien identificada en las redes sociales de Meta, en YouTube y, al menos tres, en la plataforma de Spotify. De hecho, durante las participaciones, en más de una ocasión promocionaron sus cuentas y animaron al público a seguir los proyectos en éstas. Importantísimo en un contexto en el cual cada vez se escucha menos música nueva, en especial si no cuenta una campaña de publicidad económicamente robusta.
La institucionalidad
La organización corrió a cargo del Departamento de Extensión Universitaria de la FES Aragón, como parte de las actividades culturales. Lo celebro, la música en vivo, sin importar, casi, las condiciones, es una maravilla: las emociones y sensaciones de sentir las ondas de sonido de una batería potente resuenan en la caja torácica, el ritmo hace su magia y a poco ya hay cabezas moviéndose y antes de terminar la banda abridora ya había unos cuatro locos golpeándose amistosamente en un “slam” pequeñito, pero no por eso desangelado. La puesta en escena, por muy modesta que sea tiene el poder del escenario que hipnotiza tanto a quien ofrece su arte como a quienes lo reciben: en las expresiones de los rostros de quienes tocaron, que experimentaban esa ebriedad exclusiva del escenario, la atención, la respuesta, la mirada del “monstruo de las mil cabezas” hipnotizándoles como una cobra de dibujos animados; y en los presentes, las sonrisas, los brincos, la fascinación por el milagro musical, la comunicación mediante los mismos instrumentos una y otra vez sin ser los mismos siempre… Vaya que la música en vivo va muy bien, darle difusión a proyectos jóvenes también va muy bien; que se puede mejorar la puesta en escena, también es verdad. Porque es una tristeza que no haya habido público suficiente, quizá faltó mayor promoción más allá de Facebook (prácticamente el único medio por el cual se anunció el evento), quizá uno o dos carteles estratégicamente dispuestos en los distintos periódicos murales de la FES… Ya que se va a hacer la tocada, como efectivamente sucedió… Bueno, y otras cosas dignas de mención, como que está bien poner un techo para que el sol no rostice al público que se ubique al pié de las escalinatas, pero es mejor si en la disposición de ese techo se considera que el público debe mirar hacia arriba para ver a la banda en la parte más alta de las mismas escalinatas, ¿era la idea obstruir el contacto visual? Seguro que no, porque no tendría sentido organizar una tocada en vivo en la cual se evite las miradas entre los músicos y el público… Ya hace mucho fueron superados aquellos primeros tiempos de Gorillaz en los cual sí era la idea.
Nuevas generaciones y su relación con la música
El público no fue suficiente: unas 200 personas en su mejor momento, poco menos; y, además, disperso en los jardines, sentados disfrutando de un concierto de rock de fondo, como si fuera no sé ¿música de mobiliario? Frente a quienes interpretaban quizá unos 50, la mayoría metidos debajo del techo o refugiados junto a los árboles y las sombras que, hacia sus costados, proyectaba el mismo Teatro Vasconcelos. Como escenografía había un par de letreros con códigos QR para registrar la asistencia y obtener algunas horas complementarias (requisito de titulación para algunas licenciaturas).
Logré identificar algunos estudiantes haciendo ejercicios para las clases, en especial algunos periodistas en formación practicando la entrevista y la nota informativa. Así pues, cabe preguntarse ¿cuál es la capacidad de convocatoria?, ¿el estudiantado de la FES Aragón está interesado en estos proyectos?, ¿le interesa a las nuevas generaciones el disfrute de la música en vivo? Porque es claro que escuchar música es beneficioso para la salud mental y física, ¿cierto? Por supuesto, todos los asistentes con su teléfono inteligente en la mano, algunos fotografiando a las bandas, otros haciéndose “selfies”, los más, mensajeando, “scrolleando” o, de plano, jugando algún videojuego.
No sólo consumimos música de manera distinta, los usos que le damos han cambiado en la orientación, en las posibilidades: imagino un futuro en el cual en una boda o XV años, ese mismo DJ, con la historia musical registrada por nuestra especie disponible en su cuenta premium de la plataforma de moda, no podrá poner una sola canción que una todos los corazones en esa comunión que es la fiesta como la conoció aquella generación nacida en la segunda mitad del siglo XX. Intuyo, además, un cambio profundo, si nuestra vinculación cultural con la música es distinta a la del siglo pasado, hacer una reflexión sobre nuestras relaciones interpersonales, ahora dominadas por las redes sociodigitales, al menos en el imaginario que ellas mismas crean, podría ser tan alarmante como el trino aterrado de un canario dentro de la mina que se colapsa. Y la base tecnológica necesaria para sacudirnos, como país, la dependencia estadounidense, hoy, parece insuperable, incluso, parece que ni la UNAM, con todo su esplendor, tiene opciones viables, ni en el corto ni en el mediano plazo, ¿en el largo plazo? No lo sé, pero reservo ese espacio para alguna esperanza.

Erika Delmar como cierre de la tocada / Fotos: Jaime Alberto Coello Manuell

Un comentario en “Del ritual musical a renta mensual”