La caída del hombre árbol

Por Mateo Peraza*

“El lugar del dolor más profundo conserva siempre un fragmento de la verdad. Ese lugar, para mí, es siempre un tiempo: el pasado. Busco atravesarlo en todos los sentidos posibles y dejarme atravesar por él como una nube de flechas; aspiro, desplazándome alrededor de ese tiempo, a captarlo desde múltiples perspectivas».

Mohamed Mbougar Sarr

Subo una montaña con Papá en Ciudad de México. Avanzamos por caminos diferentes. Hace un momento, cubiertos por ramas, sin vernos el rostro y bajo el influjo de un abatimiento que insistimos en ignorar, me gritó para que llevara su misma ruta, intrincada y resbalosa por la lluvia. Soy un niño gordo que avanza con dificultad. Me cuesta respirar.

—¡Te vienes por acá, chingada madre! —grita Papá a cuatro patas, prendido de una raíz para no desbarrancarse.

—Está mojado, pa, me voy a caer.

—No te estoy preguntando.

El último mes hemos subido la misma montaña en La Marquesa para luego bajar y comer tacos de cecina. Hoy, que llueve fuerte, Papá no usa una vara como bastón para revisar el suelo y los huecos de las madrigueras; tampoco jugamos a tirarle piedras a los árboles lejanos. Hoy no escuchamos pájaros, sólo el crujido de las ramas y el agua estrellándose contra los árboles. Flota una tensión pérfida entre nosotros, una tensión que se mantendrá el resto de nuestras vidas. Desde trincheras distintas, disparamos para tener la razón. 

Quiere que baje de peso. A la menor oportunidad culpa a mi mamá, a mi hermana, a todos menos a sí mismo, por mi gordura. Donde yo subo es más fácil: esquivo ramas puntiagudas, deslaves y, por mi tamaño, camino entre los arbustos. Un paso tras otro me aproximo a la cima.  Él insulta cuando las suelas de plástico de sus botas patinan por las piedras pulidas. Y tras caer, resbalar un metro o más en el fango, extiende los brazos para aferrarse a las raíces.

—No seas pendejo, hijo, ven acá.

Su forma de hablar me enerva y atemoriza. Entre nosotros hay un muro. Como si  pese a estar a metros de distancia viviéramos en planetas diferentes. Pero subo con ahínco porque quiero demostrar que puedo. Que soy gordo, bajo de estatura, pero tengo un nivel de estrategia mejor que el suyo. El niño actúa mejor que un hombre de cincuenta años que ha subido la misma montaña desde su infancia y que una vez se perdió en este bosque, inmerso en la total oscuridad.  Él es una bestia que se estabiliza a costa del esfuerzo. Yo calculo y espero, me muevo como un felino.

Arriba, con el vaho saliendo de nuestras bocas abiertas, agitadas, Papá no dice nada. A esta altura las nubes rozan la  hojarasca, el corazón es una máquina ajena sacudiéndose en el pecho. Llegué limpio, apenas con un hoyo en la playera y una sensación de victoria que no pienso disimular. Él suda y está embarrado de tierra. Mete la mano en el bolsillo trasero del pantalón de mezclilla y saca un paliacate rojo para limpiarse la cara. Finalmente, sonríe, como es costumbre, no pasa nada. Papá es pequeño, moreno, con el pelo negrísimo invadido por algunas canas. Muchos años después un hombre que lo conoció desde la adolescencia, que militó con él en la Liga de la Unidad Socialista, que lo levantó del piso luego de peleas en las que Papá perdió dientes, me dirá: “Era un chaparro con espíritu de gigante. Y buenísimo para el trompo”.

—¿A poco no es una chingonada ver el mundo desde esta altura? —dice.

Lo es. Vemos las humaredas de los restaurantes, caballos, perros, borregos, parcelas de pasto con bancas. Montañistas expertos. Dos niños con suéteres de lana juegan fútbol. Un escenario bucólico. Recuerdo la risa de papá, la palmada en mi espalda, el único gesto de cariño que me mostró en vida. Quince años después vuelvo a este punto. Ahora el camino está trazado, los tocones invadidos de gusanos marcan la ruta, ya no presenta dificultades. Hay personas que suben lentamente montadas en caballos aburridos. Los obstáculos que viví con él desaparecieron. Pienso en aquella risa estrepitosa que esfumaba en segundos el resentimiento. Miro el paisaje desde la cima: sigue siendo una chingonada.

*

Papá murió el 30 de septiembre de 2022. Desnudo, en el interior de su baño favorito —desde el cual, con la puerta abierta, acostumbraba darnos instrucciones—, con un raudal de luz que entraba por la ventana del techo, encontré su cadáver sobres las losas rojas de tierra kankab que puso cuando Mamá aún vivía en la casa de Mérida y había un proyecto de familia; cuando aquellos militantes de izquierda radical abandonaron “la causa” por un ideal que se vino abajo desde los primeros años y los primeros golpes. Cerca del cadáver, le hablé bajo, como si durmiera, y pegué la oreja a su espalda en busca de una exhalación.

—Pa, reacciona —dije varias veces.

Lo tomé de la nuca con un gesto de cariño que en vida nos hubiera resultado poco varonil, absurdo entre dos hombres adultos que nunca intercambiaron un beso o un abrazo profundo, y miré su rostro. Sus ojos perdieron el color. Su boca se detuvo en un gesto que atribuí a un llamado de auxilio. Su frente estaba hundida: un golpe con la base del lavabo le partió el cráneo. El hombre que podía recitar párrafos completos de El Capital y la La Revolución Permanente, que recordaba discusiones con Roberto Bolaño y José Revueltas (ambas falsas), que ostentaba fotos armado a la salida de mítines en el Sureste de México, desapareció de la faz de la tierra, y nada de lo que sucedía alrededor —una mujer intentando abrir la puerta a la fuerza y gritaba: “No lo toques, Mateo, porque ya viene la policía y te pueden culpar”; mi hermana diciendo en la planta baja: “Papito, ¿dónde estás?”; alguien que preguntaba, no sin cierta inquina, “¿Dónde están las escrituras de la casa?”.— alcanzaron para explicarme la situación. Me enfrentaba al cadáver del hombre que más he amado y con quien la noche anterior hablé y me pidió: “Hijo, quédate conmigo a dormir”. Pero no me quedé. Mi hermana y yo creímos que era innecesario. Durante nuestra última convivencia estuve frente a él sentado en un sofá bajo las luces cálidas de su estudio, mirando el mural que tenía enfrente: una mujer desnuda, muy similar a su última expareja —de quien estuvo obsesionado— alza una mano ingente para tocar el sol.  Papá se había acurrucado en la cama y observaba la esquina desequilibrada de una mesa. Pidió que dejara la luz prendida.

—Me cayó mal la pinche hamburguesa que compró tu hermana —dijo luego de vomitar en una toalla. Apuntó la mesa—: ¿No hay algo para acomodar esa madre?

Esa noche, tres horas antes, estaba por dormir cuando Andrea me mandó un mensaje: “Papá mal. Estamos en la ambulancia”.

En el hospital Agustín O Horán, metido en una marea de crisis ajenas, no me dejaron pasar porque solo podía ingresar una persona por paciente. Al lado de mí una mujer lloraba con una niña en un rebozo y un hombre se tocaba la pierna lastimada por un accidente de moto. Andrea dijo que papá estaba amarillo, mareado. Con todo y el malestar, se puso pie en la sala de urgencias y le exigió a los doctores que atendieran inmediatamente a una mujer con una herida en la cabeza. Tardaron poco en salir.

—Se quiere ir a la casa —dijo Andrea mientras lo sostenía de los hombros—. Dice que algo le cayó mal. No me hace caso.

—¿Cómo te sientes, pa? —pregunté.

—Mareado, siento un tirón en el brazo. Estar aquí es una mamada. Mejor que vaya un médico a la casa.

Cuando subimos al Uber conversó con el chofer sobre política —“¿Cómo ves al pendejo de Marcelo Ebrard?”, preguntó sin esperar respuesta. “Esos weyes venden hasta a sus mamás”.— y sobre las condiciones en las que se encontraban los hospitales públicos de Mérida. Sabíamos que la deuda del internamiento, las pruebas cardiológicas, los medicamentos, era insostenible. Papá bajó de peso porque no tenía para comer y se negaba a pedir los apoyos de los programas del Estado o a rebajar esculturas para obtener, siquiera, un ingreso mínimo (el gobierno nunca lo apoyó como merecía). Pasaba los días en su taller limando piedras y ramas, camuflado en nubes tóxicas de polvo de cantera, tarareando a Joaquín Sabina. Andrea no lo soportó más y se mudó a un departamento en el sur de Mérida. Él nos enviaba mensajes cada semana pidiéndonos dinero. Supo desde que sintió dolor en el pecho que iba a morir.

Un dicho popular asegura que todo lo que los padres pierden, los hijos lo ganan, pero con nosotros sucedía lo contrario. Papá me absorbía. Luego de visitarlo, de discusiones encarnizadas ahogados en vino y cerveza, cuando él defendía sistemas dictatoriales rancios como el de Cuba o Nicaragua en contra de mis argumentaciones —basadas en la represión de ambos regímenes, basadas en la actualidad de dichos países—, yo volvía a casa con la sensación de haber subido una montaña. Papá, pletórico y borracho, me mandaba mensajes por WhatsApp citándome la próxima semana. Siempre finalizaba con un “Hasta la victoria siempre, querido hijo”.

*

—Me duele ver a tu papá así. Éramos amigos y…¿te puedo decir algo? —susurró Jorge, el embalsamador, mientras mirábamos el cadáver de Papá sobre el suelo del pasillo, frente a su librero con tomos gigantes de Max Weber, Max Rojas y Ernest Mandel, de los últimos que conservó luego de vender su biblioteca en un bazar. Sacarlo del baño nos tomó cerca de media hora por el llamado “peso muerto” y la acumulación de gases en el estómago. Con los ojos abiertos, desorbitados, Papá miraba por última vez el techo que pintó de azul, con estrellas blancas y moradas. Jorge se secaba las lágrimas con una servilleta de la cocina. Un año antes mi hermana trabajó en la misma funeraria que Jorge y gestionó que Papá pusiera una escultura en un árbol de Ceiba. Dos meses antes de su muerte, la escultura cayó por un vendaval  y Papá construyó piezas sueltas con los fragmentos. Fueron sus últimas obras.

Los puños me ardían. Luego de buscar sus documentos de identificación entre las trusas del ropero, golpeé la pared decenas de veces. Tenía los nudillos con tirones de piel, manchados de sangre. Parado frente a Papá, sentí que los latidos de mis manos se acompasaban a los de mi corazón. Noté que la forma de su cuerpo era idéntica a la mía. Nuestras espaldas, brazos y piernas, espejos de la voluntad microscópica de la maquinaría genética.  Me arrodillé para verlo.

—Dime Jorge.

—Me duele mucho, pero no voy a poder arreglarlo. Está en muy malas condiciones, lo mejor es cremarlo.

—¿Te dijeron algo de velarlo?

—Tu hermana, pero será más fácil si le explicas. No debería subir a verlo. —Jorge se sonó la nariz. Luego dijo que debíamos meter el cadáver en una bolsa verde.

En la planta baja de la casa, Andrea perdió la noción. El dolor la agarrotó sobre un sofá donde  personas salidas de quién sabe dónde se sentaban a consolarla.  Me dijo que ya había reunido una muda de ropa para exhibir el cuerpo. Por alguna razón todas las ventanas estaban abiertas y entraba demasiada luz. Papá dejó algo claro: “Ya muerto me tiran al mar y al carajo”. Andrea se tapó el rostro para sollozar. Yo tomé el cinturón que había elegido para Papá y me lo puse. Lo uso mientras escribo. También me robé una de sus carteras hechas de piel de tiburón.

Levantamos las esquinas de la bolsa y, casi a rastras, bajamos las escaleras. ¿Este es el peso de qué?, me pregunté en una inflexión ontológica. ¿De una ideología muerta? ¿Qué pesa exactamente en un cuerpo sin vida? Perdí el equilibrio. Las paredes blancas que nos franqueaban el paso estaban vacías. Antes, en la más grande, había un cuadro monumental de la época en que Papá pintaba sobre arena: una familia maya camina con un alebrije por la playa; el padre vuela un papalote con inserciones de cristal. Ahí, como una bofetada, noté que se deshizo de lo que le importaba. Vendió su biblioteca, sus herramientas, los cuadros, como si calculara la muerte. Una vez más un muro imaginario me impedía ver su configuración completa. La casa de mi niñez se volvió un cascarón roto, desde cuyo resquicio Papá marcó la última despedida. 

—Por nada del mundo hay que ponerlo en el suelo —dijo Jorge apelando a la dignidad de los muertos.

Andrea siguió la carroza fúnebre. Yo me senté en la sala, encendí un cigarro, hice llamadas: al único hermano vivo con el que mantenía contacto, Miguel; a las sobrinas, a un par de amigos. Todos respondieron y la mayoría no supo qué decir.

—Estoy en Veracruz —avisó Miguel—. Llego mañana en la noche a Yucatán. Tu abuela no debe saber nada de esto hasta que yo esté en casa. Frenemos el tren, por favor.

Las horas posteriores a su muerte fueron una sucesión de imágenes dispersas, sin sentido temporal: lo vi en mi infancia: Papá me llamaba a su estudio y me detenía en el aire con un solo brazo o, si lo encontraba acostado sobre el suelo, me levantaba con sus piernas y hacía los ruidos de una máquina de construcción; Papá apareciendo al fondo de un auditorio en donde di por primera vez una charla sobre periodismo; Papá en el año 2004 a punto de pelearse con un grupo de trabajadores porque lo miraron feo, cuando abracé su pierna para que no pudiera moverse; Papá a mis cinco años insultado a Mamá para luego arrebatarme de sus brazos; Papá con Andrea la mañana de mi titulación, cuando aparecieron de sorpresa y me pidió que le regalara a mi asesora de tesis Los detectives salvajes “porque Bolaño era un trosko que sí escribía bien”; Papá en mi adolescencia parado frente a la banca de un parque donde fui a dormir luego de una crisis en la que insulté a mi Mamá y a una de sus exparejas, una de las pocas veces en que no preguntó nada y solo me abrazó; Papá aplaudiendo, a mis 9 años, cuando lanzábamos muñecos de un teleférico que él construyó. Y al final, el cuerpo, el rostro maltrecho, el dolor.

—No sé qué sigue  —susurré.

 *

El aire fresco de octubre entra por la ventana trasera del auto de Miguel. Tardamos dos días en llevar las cenizas al mar de Chuburná porque la mañana siguiente al velorio —más bien un homenaje que recuerdo a ráfagas por la borrachera— el árbol de Ceiba de la funeraria donde Papá puso aquella escultura se cayó sobre la calle 60 del Centro de Mérida, encima de una hilera de coches estacionados. El primer auto, el más aplastado, era el que Miguel había rentado cuando llegó a la ciudad. En la parte de atrás estaban las cenizas de Papá, que terminaron apresadas por 24 horas. Miguel, Andrea y mi sobrina, Naty, acababan de salir de ese estacionamiento.

Del fondo del árbol surgieron decenas de toloks. Un panal gigante, partido tras la caída, derivó en que una comitiva de bomberos lidiara con la situación. En medio de la muerte surgió la vida. Un grupo de personas contemplaba la tragedia. Pensaban qué habría sucedido si el árbol los hubiera aplastado. Imaginé que ese árbol era Papá despidiéndose de la tierra.

—Ve nada más la travesura que hizo —dijo Andrea por teléfono después de mandarme fotos del árbol. Ambos lloramos. 

Durante el viaje en carretera escuchamos a Grand Funk, Joaquín Sabina, Mercedes Sosa y Led Zeppelin. Bebí sorbos de una botella de mezcal directo del gollete. La playa estaba repleta de turistas. El contraste de nuestro llanto con sus risas parecía una broma macabra. El sol rosa bajaba lentamente al fondo, donde algunos pescadores volvían de la faena. Subió la altura del mar. 

Andrea me pasó la urna. Miré el interior negro. Papá se transformó en  un cúmulo de cenizas que cabía en mis manos. Se embarraban en mi ropa, volaban entre mis dedos. Formé un puño y las arrojé al mar. Permanecieron unos segundos suspendidas en el aire, como si nos miráramos.

*Mateo Peraza (Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales como Revista Gatopardo, Zona Docs, Punto de Partida, Punto en Línea, Por Esto!, Tierra Adentro, Milenio,  Efecto Antabus, Revista Casapaís, Crónicas de Asfalto, entre otros. Becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (Pecda) en la categoría de Jóvenes Creadores (2017-2018 y 2023-2024). Ganador del concurso 51 de Punto de Partida de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en la categoría de crónica y del 8° Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y la editorial El Salario del Miedo. Finalista en el premio de periodismo internacional Carlos Alberto Montaner de la Cátedra Mario Vargas Llosa. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica  contemporánea en América Latina” como parte de la Cátedra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.

Publicado por Mateo Peraza

Mateo Peraza. (Mérida, 1995). Reportero y jefe de redacción de la revista digital Efecto Antabus. Ha publicado textos en medios impresos y digitales, como Punto de Partida, Tierra Adentro y Crónicas de Asfalto. Becario del PECDA en la categoría de Jóvenes Creadores (2017-2018). Ganador del concurso 51 de Punto de Partida de la UNAM en la categoría de crónica. Fue seleccionado para cursar el taller “Periodismo de investigación” impartido por Daniela Rea y auspiciado por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Casa-Estudio Cien años de soledad.

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