Platillos para la ausencia

Por Lila Ceballos

Hay recetas familiares que son secretos, se debe ser amigo íntimo de la cocinera para que puedan compartirse, así como las tragedias, no se habla de los detalles cuando suceden, como si se tratase de un plato rancio.

Para mí las recetas deberían estar al alcance de todos, al fin y al cabo el sazón se lo da cada quien.

En mi familia hay una gran tradición de la cocina, la abuela llegaba a casa con una caja de cartón con olor a chipilín y hoja santa, llena de quesillo, tascalate, nucú, carraca, hoja de plátano —¡pa pa pá y listo!, tamalitos de juacané— El sabor de los frijolitos con hoja santa se registró tan profundo en mi memoria que la comida sabe mejor si me recuerda a ella.

Yo no sé cocinar, lo que sé hacer es comer.

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La hoja santa es una hierba con notas de menta que se usa en diferentes partes de México, conozco su sabor desde niña, lo identifiqué fácilmente en los tlayoyos que preparan en Hueyapan.

Hueyapan es un municipio en la Sierra Norte de Puebla, la primera vez que viajé a ese lugar fue para seguir un sueño que asimilaba mi anhelo por comer tamales, perseguí ese antojo recorriendo 293 kilómetros desde Ciudad de México. Durante el camino observé la espesa neblina que convertía a los árboles en fantasmas, sentí el frío verde del conjunto de cordilleras. Cinco horas después llegué a casa de Paula, una casita cubierta con enredaderas de hojas verdes donde me esperaba Sitaltsin, una cooperativa de mujeres que hablan náhuatl, lengua distinta a la mía, pero un lenguaje en común: el vínculo con los textiles tradicionales y el sazón de la abuela. Mi hambre tenía razón, ese viaje fue un plato de entrada con sabor a bálsamo para el corazón.

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Era junio de 2015 cuando hice el primer viaje a Hueyapan, no sabía que durante ese mismo mes mi hermano Oscar, de 33 años, iba a morir.

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Hay platillos que requieren mucho compromiso, paciencia y tiempo. Así como el mole de la abuela.

El mole Florecita lleva alrededor de 16 ingredientes, recuperarse de una gran pérdida requiere cosas similares: primero tener antojo de una gran comilona, tomar fuerzas para buscar los 100 gramos de chile mulato, 150 gramos de una lloradita, ¼ de chile ancho, 200 gramos de renunciar al control, 50 gramos de ajonjolí, medio kilo de confianza en que un día volverás a reír sinceramente. Además 2 plátanos machos, 2 cabezas de ajos, 2 barras de chocolate (una para ti y otra para el mole), 150 gramos de pasitas y 3 manojos de valentía para liberar cualquier sentimiento incómodo que tengas atorado. Agregar sal y aceite suficiente para freír los chiles y la culpa.

Por último, licúa todo con caldo de pollo, prueba y sazona al gusto, encuentra una rutina que saborees, vuelve a sazonar si es necesario, hasta que un día despiertes y reconozcas tu vida con la ausencia.

Tal vez la abuela tuvo que repetir esta receta varias veces hasta que el sabor fuese lo suficientemente reparador.

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La vida crea guisos inesperados, parece como si eligiera con detenimiento cada ingrediente, precalienta el horno mientras seguimos en la cotidianidad, marina los hechos, las coincidencias o nuestras decisiones hasta que estén al dente.

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En constantes ocasiones, Oscar les decía a sus amigos, a su pareja, a su familia: «No se saquen de onda pero yo sé que me voy a morir joven». Un día soñó con su funeral y un par de veces lo desperté en la noche porque gritaba desesperado. Hubo una vez que estaba de viaje en Zipolite y soñó que moría en el mar, al siguiente día tuvo que sacar a su pareja del agua porque se dislocó el hombro con una ola; él, con todo y miedo, entró a salvarla.

Oscar lograba ser feliz tan solo con una hamaca, el mar y su caguama.

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Una semana antes de su muerte, toda la familia se reunió para una fiesta, incluyendo su primo más cercano, que vivía en España, pero había viajado a México para estar juntos, sin saber que sería la última vez.

Tres días antes de su muerte, mis papás viajaron a Chiapas para un festejo familiar, ellos tenían un restaurante y nosotros, sus hijos, nos quedamos a cargo.

Dos días antes de su muerte, me invitaron a Cuernavaca, tenía dudas de ir porque mi mamá no me había dado permiso, entre hermanos solíamos solapar nuestras travesuras, así que le conté a Oscar y me respondió: Mi mamá siempre dice lo mismo, tú vete a Cuernavaca, every little thing is gonna be alright. Fue lo último que me dijo.

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Era un sábado 27 de junio de 2015 cuando me fui a Cuernavaca. Llegando me quedé dormida, alrededor de las 2 de la tarde sonó el teléfono, era mi hermana.

—Le dispararon a Oscar, lo hirieron en el estómago, estoy en el hospital de Lomas Verdes.

Solo recuerdo que empecé a maldecir y que mi hermana habló con mis amigos para que me llevaran de regreso.

Durante el camino al hospital, yo estaba comiendo un consomé de pollo con verduras y limón que había cocinado la tía de un amigo, la sopa me apapachó en cada sorbo mientras hablaba de los recuerdos de infancia con Oscar, lo contaba con nostalgia, como si él ya se hubiera ido.

A mi hermana le tocó presenciar el asalto y su muerte. Era alrededor de la una de la tarde y entraron a asaltar el restaurante. Cuando le dispararon, ella pensó que Oscar estaba mintiendo, su cuerpo casi sin vida era una especie de broma, de las que él solía hacer, como cuando de chico se escondía detrás de las cortinas para espantarnos.

Le dispararon sin ninguna razón, Oscar no se resistió y los asaltantes ni siquiera robaron gran cosa porque el día iba iniciando. Huyeron en un taxi que los esperaba afuera, enfrente había policías que no hicieron nada. Llegó la ambulancia, el sonido de las sirenas se maceró en la memoria de mi hermana y tardó años en desvanecer la desolación.

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Cuando llegué al hospital, mis primos y mi hermana estaban afuera, me acerqué de inmediato a ella y dijo: Lo mataron, no te quería decir por teléfono, le dispararon en la pierna, la bala dio justo en una arteria que bombea hacia el corazón.

Sentí que el mío también se detuvo, mis ojos se inundaron de desconsuelo. El plato típico mexicano es la violencia y tiene el sabor amargo de la impotencia.

Quisimos buscar justicia, mi hermana comenzó todos los trámites, conseguimos videos, las placas del taxi y las caras de los responsables; un amigo abogado nos apoyó pero también dijo que llegaría un momento en el que no iba a poder continuar con el proceso porque podría tornarse peligroso; nos recomendó cambiar por completo nuestra rutina pero eso implicaba vivir más expuestos, mi hermana acababa de abrir su negocio de comida en el mismo inmueble del restaurante, no quiso cerrar, diario fue a trabajar al mismo lugar donde le arrancaron a su hermano, no dejó que le arrebataran sus sueños ni tuvo miedo de seguir adelante.

Según la revista Forbes, en México se registraron 17,028 casos de homicidio doloso durante 2015 y se ubicó dentro de los 30 países con mayor impacto económico por la violencia, ese impacto está vinculado con delitos como asaltos y violaciones, gran parte de los crímenes se mantienen impunes, como el de Oscar. Una pérdida de ese tamaño trae consigo secuelas tan profundas que no se lo deseo ni a las personas que lo mataron, vivimos en un país donde la inequidad, la pobreza, la falta de oportunidades y de necesidades básicas son tan inexistentes que las consecuencias las vivimos a diario.

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La cocina no es fácil, hay que seguir picando cebolla aunque los ojos no paren de llorar, seguir pelando todo el costal de papas hasta terminar, continuar deshebrando a pesar de que los dedos ardan y la espalda esté torturando, además hay que hacerlo con amor aunque el olor de los chiles dorados te cierre la garganta. Es verdad que el amor es el ingrediente secreto, con amor cualquier sopa te sabe a salvación.

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Oscar era el de en medio, un sándwich entre mi hermana mayor y yo. En algún momento fuimos tres. Teníamos la costumbre de desayunar o comer en casa de mi hermana, ella nos preparaba platillos y postres deliciosos, disfrutamos de comer juntos y quejarnos de nuestros papás. Oscar cargó el lema de ser el rebelde, le gustaba salir de fiesta y a veces mis papás ya no querían abrirle la puerta de la casa, pero la abuela Flor se la abría a escondidas.

Oscar me llevaba siete años de diferencia. Cuando empecé a crecer, me llevó a conocer El Chopo, en medio de discos de punk, rock y ropa pirata, me compró un cinturón tejido con los colores del arcoíris. Yo iba en secundaria y un compañero de la escuela me ofreció dinero por el cinturón, por más dinero que ofrecía yo nunca accedí porque me lo había regalado mi hermano.

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El día de su funeral, me reí como si fuera la última vez. Hacía chistes rodeada de amigos, me hacía gracia todo. Reír era lo único que lograba diluir el mal sabor de boca, podía añadir cuantas carcajadas quisiera, pero en algún momento llegaría la hora del llanto y tenía miedo de salar todo el banquete.

Esa fue la primera vez que mi hermana y yo preparamos algo tan importante y doloroso juntas, nos encargamos de todo el funeral, confitar, decorar y emplatar para poder caramelizar un poco la llegada de mis papás al peor día de su vida.

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Después del funeral, regresé a casa en el coche de unos amigos. En el camino vimos un puesto de elotes asados, salía humo con olor a maíz tostado, nos detuvimos. Dije: Yo quiero uno con mayonesa, queso, limón y chile del que pica. En la primera mordida mis papilas gustativas se encargaron de llevar alivio al resto del cuerpo. Ahí estábamos, mis amigos y yo comiendo elotes, parados sobre la banqueta gris, sin decir nada, solo saboreando, tratando de sobrevivir a ese día, con cada mordida.

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Dos meses después de que lo mataron, me ofrecieron un trabajo que había estado buscando, se trataba de ir Hidalgo para impartir talleres de diseño a grupos de artesanos en una localidad llamada Xajhá, sin dudar renuncié al trabajo que tenía y me fui. La primera noche dormí en un cuarto que renté, no tenía cobijas ni almohadas, hacía frío. Por las mañanas contemplaba la vista nubosa y los pinos resaltando sobre las casas. Ahí conocí a Hortencia, una mujer otomí de unos veintiocho años, cabello negro, largo, de mirada triste y sincera, le decían Tencha de cariño. De alguna forma ella se sentía cómoda contándome su vida, yo la escuchaba, por las tardes veíamos novelas. El Xajhá es un lugar boscoso de difícil acceso, en su mayoría habitan mujeres, los hombres migran en búsqueda de mejores oportunidades. Las mujeres preparaban el nixtamal para la tortilla, un día Tencha me preparó tlacoyos, su comal estaba instalado afuera de la casa con vista al bosque. Molió el maíz, después de haberlo dejado reposar con agua y cal, prendió la leña y el olor se impregnó en todo el paisaje, con sus manos gruesas torteó la masa para formar los tlacoyos, rellenó con frijoles mientras yo observaba, recuerdo la sensación mitigante de su cocina.

Cuando regresaba a la ciudad, me invadía un vacío que recorría del estómago hacia la garganta y lloraba en el metro, en ese momento no reconocía de dónde provenía ese dolor.

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Un año después de su muerte, mientras viajaba con una amiga, escuché la misma canción que contiene la última frase que Oscar me dijo, viendo el mar, mi paladar seguía teniendo sabor amargo pero con la esperanza de que “every little thing is gonna be alright”.

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Es abril de 2024 y voy en un vuelo de regreso a casa, durante el viaje visité un tianguis artesanal en Michoacán, documenté una maleta llena de cerámica de Capula, una bolsa de uchepos calientitos, cantaritos de barro bruñido, diablitos de Ocumicho, mascaritas de Olinalá y rebozos de Aranza. Vuelvo con los ojos saturados de piñas vidriadas, barro que viene de la costa, canastas, bolsas de tule y guajes maqueados. Regreso después de haberme sentado en una banca a saborear serenamente un taco de hongos con tortilla hecha a mano, nopales y salsa roja. Regreso también con las cenizas de Oscar, después de nueve años hicimos el trámite de exhumación, lo vamos a dejar en el mar, como a él le hubiera gustado. Regreso cargando todo eso, artesanías en almíbar y a mi hermano en cenizas.

Cuando hablo del día que lo mataron, mi cuerpo sigue temblando, un escalofrío me invade, el temblor interno recuerda la pérdida, sobre todo recuerda el dolor, nos dijeron que su muerte era sólo un número rojo, pero después de nueve años sé que, aunque mi mente trate de olvidar, el cuerpo siempre me lo va a recordar.

Comemos con el cuerpo, una buena comida no existiría sin ese cuerpo que saborea para transportarnos al pasado, hay platillos que nos salvan cada vez que la memoria recorre un día difícil.

*Lila Ceballos (Ciudad de México, 1989) Diseñadora textil, creadora de Entretejiendo Voces, proyecto cultural textil que fomenta la innovación y la libertad creativa en comunidades indígenas. Es escritora por vocación, su experiencia trabajando en comunidades le ha permitido vincular la escritura con los paisajes rurales de México.

“Platillos para la ausencia” es una crónica autobiográfica que busca visibilizar parte de las injusticias que pasan en México en el día a día y compartir las formas que toma el duelo después de una pérdida por homicidio. Ha formado parte del taller de crónica Narrar la realidad dirigido por Mateo Peraza y talleres de narrativa guiados por escritores locales como Edgar Tirado y Víctor Fernández.

Publicado por Paradigma

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