Mi abuela

Por Erica Millet Corona*

Su ritual matutino era enigmático, no por bello, sino por extraño. Siendo niña, solía mirarla llevarlo a cabo, en silencio, mientras se dejaba observar. Decía cosas como “me acabo de bañar y ya estoy otra vez empapada en sudor”, así, como al viento, al tiempo que abría el cajón de su cómoda para sacar un abanico de mano con motivos españoles, a pesar de que un ventilador de pedestal, eléctrico, trabajaba a toda marcha directamente hacia su rostro.


Nunca se levantaba antes de las nueve de la mañana. Chichí, como la llamábamos sus nietos, solía irse a la cama tarde, quizá pensando en sus preocupaciones, en los hijos que estaban lejos, especialmente en aquel que siempre fue un pendiente para ella. Se tomaba el tiempo suficiente para despabilarse. Colocaba sobre sus pijamas una bata de casa e iba a la cocina a prepararse un té de manzanilla; lo bebía con calma en la mesa del desayunador o lo llevaba al buró, junto a su cama, para terminarlo recostada.

Se duchaba y salía a vestirse a su recámara; era imposible hacer todo lo que el ritual implicaba en el cuarto de baño.  Después de ponerse las pantaletas, seguía el enorme brasier que abrochaba al frente con la triple tira de ganchos, para luego girarlo y meter los brazos en los gruesos tirantes; jalaba de una y otra copa hasta acomodar sus senos dentro de ellas.

El sudor comenzaba a formar gruesas gotas sobre su frente y le escurría por la nuca, bajo el cabello que siempre conocí corto, desde que tuve memoria. Luego llegaba el momento de ponerse la faja que religiosamente vestía bajo el hipil, bata o vestido que usaría ese día. Sin excusas batallaba diariamente con aquella prenda de grueso elastano color blanco.

Hoy pienso en esa esclavitud autoimpuesta, en esa imposibilidad de andar con la carne libre, y me convenzo de que no es distinta a los castigos que yo misma me impongo todos los días, a pesar de que no uso faja. El control que ofrecía aquella prenda para contener muslos, nalgas, chaparreras y abdomen voluminosos era directamente proporcional a los enormes esfuerzos que debía hacer para calzárcela. Con un pañuelo, enjugaba el sudor que para entonces ya chorreaba a borbotones de su cabeza por el vigor de los movimientos.

Al terminar, debía permanecer sentada en la cama para serenarse, poco a poco, hasta dejar de sudar tan copiosamente, para secarse las orejas con cuidado y colocar el auxiliar auditivo en su oído derecho. Conocí su cuerpo a la perfección, y hoy lo reconozco en el mío: en mi batalla diaria en el gimnasio por adelgazar mis piernas o atenuar mi abdomen; en mis senos generosos que tienen la misma forma que los de mamá, mis tías, los suyos.

Fueron muchos años de atestiguar sus rituales, de acompañarnos; de estrecha convivencia que por cotidiana pasaba inadvertida; sólo hasta ahora me doy cuenta de qué tan cercanas fuimos, pero de lo poco que me interesé en saber de ella.  ¿Por qué no hice más preguntas? ¿Por qué no quise saber más sobre sus amores, sus decepciones? ¿Qué tan hondo caló en su espíritu la renuncia a una carrera artística por la que luchó en su juventud? ¿Algún día dudó de que hubiera valido la pena? Los recuerdos sobre nuestras conversaciones han ido tomando forma en la distancia, para echarme en cara que no fueron suficientes. No supe, no entendí lo suficiente.


En esos días que pertenecen a un momento determinado en el tiempo que aparenta permanece quieto, del que no se puede precisar principio ni fin sino a través de ejercicios de memoria extenuantes, de esfuerzos monumentales por encontrar puntas en las madejas de hilos que son nuestros recuerdos, mi abuela era sólo mi abuela.

De su casa de Coyoacán recuerdo los aromas a sopa de pasta, a tamal de dulce; la media penumbra, la textura de las alfombras, la escalera blanca de escalones volados que dividía la sala del comedor; la puerta abatible que comunicaba con la cocina; las dos habitaciones en la planta superior. Mamá dice que yo dormía en su cuarto. Ahora, pasado ya tanto tiempo, me imagino con el chupón en la boca, acurrucada bajo su xic* mientras me narra ese poema infantil del becerrito que pierde a su mamá, o el relato de la cucarachita que encuentra una moneda reluciente en la cocina.

Nos cuidó, nos procuró a mis primos y a mí, con suma devoción; y es por eso que ahora acudo a ellos. Les hago preguntas, indago en sus recuerdos, a veces les creo y a veces no. No soy solo yo, son ellos, somos todos, poniéndonos de acuerdo en la película que nos narramos unos a otros sobre la abuela que fué: ya la hemos visto, pero no por eso dejamos de saborear cada escena repetida, recontada, aderezada o alterada por la memoria y los afectos. 
Todos fuimos sus favoritos; ninguno de nosotros faltó jamás en sus oraciones.

Pero, ¿quién fue antes de nosotros? Antes de abuela fue madre, esposa, mujer, hija, artista. ¿Cómo conectamos los puntos que dibujan a la mujer enamorada, cuerpo con hambre, pies fríos, labios temblorosos, espíritu vivo, dignidad dolorida, ánimo resiliente y alma devota?


Chichí tuvo el don de mantener siempre viva la conversación hasta que la sordera terminó por aislarla en ese mundo al que nuestra juventud no nos dejaba ingresar. Tal vez no supimos más sobre ella porque siempre fue quien quiso saber de todos, quien llenó el silencio con anécdotas y carcajadas impostadas, a veces actuadas, pero nunca falsas. Usó su voz educada y profunda para enseñarnos a declamar y también para darnos trascendentes lecciones sobre nuestros padres. Nos enseñó a amarlos, a entenderlos y a perdonarlos. —Lo pones todo en una balanza… —solía decir.

Extendía la mano para acariciar mi cara y con el dedo ensalivado limpiaba manchas de nuestro rostro o curaba piquetes. “Tarán tan tan”, exclamaba cuando terminábamos la sopa, como si se tratase de un acto mágico de desaparición. Por encima del muro de su casa se colaba la música infantil, las carcajadas y la estridente voz de los payasos de la sala de fiestas contigua. Alguna vez nos llevó al cumpleaños de un niño que no conocíamos y con su natural encanto consiguió que nos dejaran pasar; nos convidaron dulces, nos dejaron romper la piñata y ver fragmentos de películas de Disney.


Los recuerdos familiares a veces divergen en cosas triviales, pero siempre coinciden en lo más profundo. Situaciones, travesuras o tristezas que pueden contarse siete o setenta veces pero nunca sin un sentimiento profundo; nunca sin una lágrima furtiva o una carcajada estridente.
En su casa de la García Ginerés, la de las dos diminutas recámaras y un único baño, vivimos mis hermanos, mi mamá y yo durante los pocos meses que mis padres vivieron separados.

Ahí estaba yo, nuevamente bajo el mismo techo que ella. Esa debe haber sido la época de la que tengo recuerdos más vívidos de lo que yo llamo sus rituales. Las memorias de ese tiempo son las más claras, las más alegres y emocionantes y también, algunas de las más dolorosas.
Con mi abuela se podía hablar durante horas.  Toda conversación tenía con ella algo de melodramático, un dejo de histrionismo. Su voz se quebraba y la lucha en su garganta imprimía una tensión hermosamente dolorosa de la que no se podía escapar ileso. Mi madre y mis tías hoy conservan ese talento vivo, como si se los hubieran inyectado directo en las venas. Con mi madre y mis tías también se puede charlar hasta el cansancio.

A su alrededor nunca hubo silencio, y qué difícil encuentro pensar ahora que el silencio que siempre evitó fue finalmente creciéndole por dentro. ¿Por qué no le hablé más y de cerquita esos últimos días, acariciando sus mejillas llenas de pliegues, dejando que a mi nariz penetrara el olor de su polvo de arroz tan perfumado?

Miraba las telenovelas, ahora entiendo, sorprendida tal vez de los avances tecnológicos que la hubieran llevado de estar en la pantalla del cine en blanco y negro, a las pantallas a color de los televisores que, desde su aparición, se adueñaron de los hogares y de las mentes de todos los mexicanos.

La acompañábamos. “Esa señora actúa muy mal; yo lo hubiera hecho mejor interpretando a esa viejita”. La evolución de su carrera quizá la habría llevado hasta ahí, pero no habría estado a nuestro lado. De la añoranza al beso en la mejilla que un día se dio por vez primera con Jorge Negrete, pasó —tal vez— a la añoranza del hubiera.  ¿Qué hubiera sido si…? ¿Qué hubiera pasado si…? Nosotros no habríamos existido de no haber vivido todo lo que vino después y que al final nos trajo aquí.


Conocemos la historia de una vida plagada de renuncias, que significaron el comienzo de historias provenientes de la suya, que fueron tomando fuerza e individualidad con el tiempo, relegando sus vivencias al segundo plano, como sucede siempre que somos padres. Como muchas mujeres, dio un paso atrás a la segunda fila en una vida de la que ella era el centro, pero no la protagonista.

Dejó pasar al hombre de personalidad arrolladora que quiso formar con ella una familia. Al escuchar la historia renegamos sorprendidos de sus decisiones, como si la mujer que hubiera sido también hubiera podido ser nuestra madre o nuestra abuela. ¿No es lo que hacemos siempre con nuestros padres, cuestionarlos? Finalmente nos encontramos a nosotros mismos optando por otras cosas, explorando otros caminos, pero enredados en los mismos dilemas existenciales, igualmente cuestionables. No se puede descifrar la vida a través de los hubieras, pero sí podemos entender mejor lo que nos ha puesto donde estamos. Podemos al menos saborear la historia, hacerla un poco más nuestra.


¿Quién fue mi abuela? Una niña que quería escapar; una mujer que rompió paradigmas de una época en la que era mal visto, e incluso rechazado, aventurarse hacia el mundo del arte y el espectáculo. Me pregunto si tendría reproches para sí misma que ostentaba en las noches cuando nadie la veía, que repasaba como las cuentas de su rosario. Rezar, pienso, es buscar la paz en el interior, es meditar, conectar con el poder absoluto de la fe en un ser superior, pero también con el propio poder, para fortalecerlo y acallar demonios. ¿Con qué demonios pelearía internamente? ¿Qué emociones desbordadas intentaría nivelar con cada rezo?


Sus últimos días fueron algo tristes: se fue perdiendo en los laberintos de la demencia que inclemente nos va robando el reconocer y ser reconocidos por nuestro ser amado. La mente senil selecciona los recuerdos, los episodios, los personajes que se quedan y deja que el olvido se apodere de todo lo demás. Afloran los miedos, la oscuridad se vuelve brutal; criaturas acechan y acosan haciendo difícil el sosiego.

Habitó los recovecos de lo incierto desde su silencio, pero asistida por las manos amorosas de sus hijas, quienes dejaron la vida en los empeños por mantenerla digna, alegre, conectada a algún hilo de realidad que le permitiera sentir el amor que la rodeaba en sus últimos e invaluables destellos de lucidez.

Cuánta falta hace traer de vuelta su recuerdo, escarbar en los archivos mentales que a veces no queremos mover para no alebrestar a la nostalgia y tener que permitir que nos invada; entregarnos a ella después de habernos resistido, anestesiando el alma con las exigencias de una vida cotidiana en la que hace años no está.


Pienso en mi abuela como mujer y vuelvo sin remedio al tiempo en que dejó el mar y las palmeras de su natal Progreso, y más tarde Mérida para acariciar un sueño que quizá nunca creyó conseguir, pero alcanzó para luego pararse al borde del precipicio y saltar decidida hacia el más incierto de los abismos: la promesa del amor.

*Erica Millet Corona (Mérida Yucatán, México, 1973) es periodista, maestra en Relaciones Públicas y escritora. En organismos municipales y estatales, ha presidido cargos públicos vinculados con la comunicación, la cultura y las artes. Ha sido parte de numerosos círculos literarios. También es editorialista del Diario de Yucatán y desarrolla proyectos profesionales independientes de gestión cultural y divulgación artística. A finales del 2022 obtuvo el Premio Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” con el texto titulado “Que los culpables paguen” y su libro Relatos sobre madres imperfectas resultó beneficiario del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida y fue publicado bajo el sello Libros del Marqués en 2024. En el 2023 recibió una mención honorífica en el 9o. Certamen Nacional de Periodismo Gonzo, con la crónica “Los motivos del Güero”. Su nuevo libro, la crónica sobre violencia vicaria No me fui, sigo en casa, está pronto a estrenarse con el sello editorial Esdrújula.


Publicado por Paradigma

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