Nowhere man

Por Carlos Rodríguez

He’s a real nowhere man
Sitting in his nowhere land
Making all his nowhere plans for nobody
Nowhere man don’t worry
Take your time, don’t hurry
Leave it all ‘til somebody elseLends you a hand

The Beatles

En el caluroso julio de 1999, mientras el mundo entero aguarda con expectación y esperanza el advenimiento de un nuevo milenio, en la prehistoria del internet, sin teléfonos celulares de uso cotidiano y con “Livin La vida loca” de Ricky Martin resonando en todas las bocinas, Ginger, un joven de 20 años, se aventura por un camino desconocido, hacia un cruce de destinos en Nogales, Sonora. Siguiendo las indicaciones de los coyotes que lo sacaron de un modesto hotel, se encamina hacia la cumbre de un cerro, sumergido en la quietud de un atardecer cubierto por nubes grises. A medida que asciende por el empinado sendero, se aferra a las palabras grabadas en su mente, instrucciones de un futuro incierto.

“Arriba del cerro, antes de la reja, encontrarás a los guardianes, los cholos” resuena en su memoria una advertencia “No te metas en pedos, solo dales lo que te pidan, ellos ya saben qué onda” fueron las breves pero claras instrucciones del coyote. Después de menos de una hora de solitaria travesía, finalmente alcanza la cima, donde los alambres de la reja le ofrecen una vista efímera de los Estados Unidos, de la tierra prometida que aguarda más allá de los confines de la frontera. Es uno de los trescientos mil mexicanos que se aventuraron a la frontera ese año según cifras del Sistema de Información sobre Migración y Desarrollo (SImde-uaz).

Con el paso de los años, muchos de los recuerdos se desvanecieron en el tiempo, una neblina que la lección amarga de la desconfianza contribuyó a crear. Desde sus días más tempranos aprendió la dolorosa verdad de no fiarse ni siquiera de sus propios recuerdos. Carmelita de origen, aunque los rumores familiares ubican su primer aliento en algún rincón de Yucatán; Ginger, que no tiene claro ni el porqué de su peculiar nombre, desde la infancia aprendió a callar las preguntas inquietantes y a dejar que sus acciones hablaran por él. Ignoraba las charlas de los «grandes» y abrazaba la incertidumbre como un compañero de travesía.  En sus días tempranos la figura materna, Doña Elvia, emergió como su bastión y guía con el ejemplo de sacrificio y disciplina. Menor de siete hermanos, cuatro mujeres y dos varones, se erigió como el fiel escudero de su madre, un compañero en las batallas diarias a enfrentar en Ciudad del Carmen, donde el motor económico era y aún es el petróleo y donde Doña Elvia se convirtió en una fuerza, una mujer de mil oficios, cuyas manos labraban el sustento diario con cada plato cocinado y cada prenda lavada.

Llega por fin con los cholos, le piden que para poder pasar “coopere” con sus tenis nuevos Nike, adquiridos en Mérida como símbolo de un futuro promisorio y los entrega a cambio unos tenis gastados y maltrechos. Guiado por las indicaciones del coyote comienza a cruzar la frontera “primero vas a pasar de cuclillas” y así lo hace, como una sombra entre la maleza, con la esperanza de eludir la mirada vigilante de la migra “hasta que ya hayas avanzado un buen te levantas y corres”,  las instrucciones se complican a partir de ahí “vas a ver unas puertas” Ginger cree que era la parte de trasera de un mall, aunque nunca lo sabrá “cuando llegues a las puertas las cuentas y abres la numero…” quizá por nerviosismo o miedo el número correcto se desvanece en su memoria.

Aun así se lanza sólo para verse atrapado en una maraña de indecisiones. Llega a las puertas, intenta abrir una y está cerrada, la segunda, la tercera, hasta que es interceptado por la implacable presencia de la migra, “si abría la puerta correcta debía entrar rápidamente al baño, limpiarme un poco y esperar un rato para luego salir por la puerta principal donde me estaban esperando para llevarme con mi hermana” manifiesta ahora, recordando esos momentos aciagos con el truncado primer intento de alcanzar la tierra prometida donde Agustín y Cecilia, dos de sus hermanos, le esperaban.

Sus hermanos y hermanas hicieron sus vidas y trazaron caminos lejanos, algunos buscaron fortuna al otro lado de la frontera, mientras otros hallaron su lugar bajo los cielos de Mérida. A principios de 1994, la crisis económica provocó una depreciación del peso, caída en la actividad industrial y disminución de las remesas, afectando enormemente al ramo petrolero y arreciando con ferocidad sobre todos los hogares de México, Doña Elvia se vio obligada a tomar medidas extremas para preservar la supervivencia. Vendió su casa para saldar deudas y se reubicó permanentemente en Mérida con su hija Beatriz.

Ésto marcó el comienzo de una nueva era para él, una migración forzada que puso a prueba su resistencia y su determinación en plena adolescencia. Sin embargo, en el vaivén de la vida cotidiana, se vio arrastrado por impulsos e indisciplinas juveniles, desviándose del camino imaginado por su madre. Entre las canchas de fútbol, las caricias de las novias y la compañía de los amigos, la escuela no fue su prioridad y no aprobó el primer año en la preparatoria 2, repitió el curso en la Felipe Carrillo Puerto, famosa en ese tiempo por ser el lugar de los rezagados.

En medio del basquetbol, el rock, las cervezas con los compañeros y su irrefrenable interés por las chicas pasó en Mérida su transición juvenil dejándole una marca imborrable de experiencias.  Ahí forjó lazos de amistad que aún perduran a la distancia y al tiempo, amigos con los que se mantiene en contacto en la actualidad.

En la camioneta de la migra, testigo silencioso de incontables historias truncadas, de sueños rotos y esperanzas desvanecidas, con el acento carmelita como única insignia de identidad, se enfrenta al juicio de las autoridades migratorias cuando, debido precisamente a su acento, se contempla la posibilidad de mandarlo a Centroamérica. “Pero había también muchos norteños y ellos me defendieron, dijeron que venía con ellos y que era mexicano, la migra para no tener más pedos creo que prefirió dejarme con ellos en Nogales otra vez” recuerda “ahí fue la primera vez que escuche la palabra agüitarse, me dijeron no te agüites compa, y yo no sabía que significaba eso”.

Con el peso del fracaso y la decepción como única compañía, retorna el punto de partida, el modesto hotel donde la recepcionista, acostumbrada y conocedora de las vicisitudes de los inmigrantes, le recomendó en su primera estadía que le deje su esclava de oro porque en el trayecto se la iban a robar y que ella se la enviaría una vez cruzara la frontera, el protagonista de esta crónica reflexiona “la verdad no tenía muchas opciones, es verdad que me la robarían si la llevaba puesta, así que se la di, pero cuando regresé aproveché para que mejor me dé algo de dinero y la posibilidad hablarle a mi hermano a cambio de que se quedara con la esclava”.

Después de hablar con Agustín se tranquiliza y deciden intentarlo nuevamente al otro día. Pero cuando cuelga la llamada del teléfono fijo de la recepción observa a un coyote hablando con una mujer de pelo negro y aproximadamente 50 años, dándole las mismas instrucciones que él había recibido un día antes. La mujer se ve preocupada, dubitativa. Él se acerca y le dice que está regresando de allí, que lo intentó y que no lo logró. La mujer le asegura que tiene un contacto para pasar por otro lado de la frontera pero que le da miedo hacer la travesía sola. Le pide que la acompañe, pero él ya no tiene dinero para moverse de ahí, ella le ofrece pagar todo si cruzan juntos. Ya sin nada que perder ni en quien confiar se aventura y acepta el ofrecimiento de su nueva compañera de viaje.

A medida que el abismo entre madre e hijo se hacía más grande, debido primero a las diferencias de edad y la rebeldía propia de la etapa juvenil, un secreto latente acechó en las sombras agitando su existencia. La revelación inevitable de que Doña Elvia no era su madre biológica, sino su abuela, y que su verdadera madre era su hermana Cecilia, que radicaba en Estados Unidos, arrojó luz sobre los misterios ocultos de su pasado, sembró semillas de confusión y desconfianza en su corazón.

Aunque tenía sospechas tampoco era algo que le intranquilizara, en una ocasión siendo un niño, Cecilia en estado de ebriedad le confesó que era en realidad su madre “estaba borracha no le hagas caso” contestó Doña Elvia zanjando el tema y él le creyó. Años más tarde, en el laberinto de las calles carmelitas, en un encuentro fortuito con un taxista este le preguntó al ver dónde vivía si era el hijo de Cecilia, negándolo más de una vez hasta que el taxista no volvió a tocar el tema.

Ya con 17 años recibió una carta de Cecilia, pero antes de leerla se la arrebató Doña Elvia. No obstante su curiosidad fue más fuerte y escuchó cuando Beatriz, le leyó la misiva a su madre y ahí Cecilia le escribe a Ginger que es su hijo y que quiere estar con él. A pesar de la claridad de las palabras ahí escritas, él optó por el silencio, una decisión que reveló las cicatrices profundas de la desconfianza y las dudas que marcaron su vida. En su interior, atesoró el conocimiento como un arma secreta, una carta oculta que espera ser desplegada en el momento oportuno, cuando las sombras del pasado se conviertan en aliadas.

En la travesía hacia Cananea, su nuevo punto de partida, el zumbido monótono del motor del autobús apenas perturba la atmósfera cargada de ansiedad que envuelve a los pasajeros, cada uno sumido en sus propios pensamientos y temores. Ginger y la mujer, cuyo nombre se diluyó de su memoria hace tiempo ya, también están ahí en silencio. Una vez en Cananea, la trama se complica cuando llega el hermano del líder de los coyotes locales, quien los resguarda en una casa de seguridad por esa noche. “En algún momento cuando estábamos ahí pude contactar a mi hermana e informarle del cambio de planes, por donde iba a cruzar ahora y con quien tenían que contactarse, yo dije que mi hermana respondía por mí, la mujer aseguró que su hijo iría por ella y ahí nos quedamos esa noche” revive.

Al amanecer, el traslado a otra casa marca el inicio de otra breve pesadilla. Son encerrados en un cuarto junto con cinco personas más. En la quietud opresiva de la habitación de donde nadie puede salir y a pesar de la aparente urgencia por deshacerse de ellos, los días se convierten en semanas en las que el grupo permanece encerrado en su prisión improvisada. Una familia se convierte en su única conexión con el mundo exterior, llevándoles cada día algo de comer y tomar, no habla con nadie, ni siquiera con la mujer, simplemente están ahí, a la expectativa.

Pasaron varios meses hasta que decidió confrontar a Doña Elvia y decirle que ya conocía el secreto. En una discusión sobre las salidas sin permiso y en un último intento por parte de ella para imponer su disciplina, fue el momento elegido por él para soltar todo lo que ya sabía y le reprochó esa falta de transparencia que ella si le exigía a él. Esta confrontación en una primera instancia desató las lágrimas de Doña Elvia pero marcó un punto de inflexión en la particular dinámica familiar, un acuerdo tácito entre madre e hijo para dejar atrás los fantasmas del pasado y seguir adelante.

Si bien de niño la ilusión idealizada de tener una madre joven como las de sus amigos le agradaba, tampoco se puso en contacto con Cecilia y aprovechó ese sentimiento de culpa para liberarse de la disciplina que le ahogaba por momentos, lo que no fue del todo positivo ya que aunque al principio esa libertad era solo para ver a sus amigos o a sus novias, tiempo después empezó a frecuentar lugares peligrosos, en los antros y prostíbulos descubrió un mundo cargado de riesgos y tentaciones, donde las sombras acechaban en cada esquina recordándole el precio de la libertad malgastada. En medio de esas sombras sonó el teléfono, era Agustín, el hermano mayor, quien se convirtió sin quererlo en un salvavidas en el tumultuoso mar de problemas que acechaban a Ginger. Con palabras de aliento y promesas de un nuevo comienzo, Agustín lo instó a cruzar la frontera hacia un horizonte más prometedor.

Finalmente, una noche se rompe la monotonía. El grupo sale de la casa y comienzan a caminar por el desierto, liderados por dos figuras enigmáticas armadas con sus acostumbrados cuernos de chivo. A medida que avanzan, su número se multiplica, llegando a ser más de veinte. “Pasamos por un arroyo algo hondo, el agua me llegaba a las rodillas, ahí la mujer casi se cae y yo la sostuve y la ayude a salir y continuamos caminando más de tres horas” evoca y agrega “así estuvimos hasta que llegamos a un árbol y nos dijeron que ahí nos quedáramos, para que no nos vean los helicópteros de la migra”. Al cabo de media hora llegaron dos camionetas tipo Van que son en las que, ahora sí, harían el cruce.

La primera llega ofreciendo una esperanza fugaz, sin embargo, la suerte parece tener otros planes, ya que mientras lucha por asegurar su lugar en el interior del vehículo, está a punto de no conseguirlo. Solo la intervención de la mujer que había ganado rápido un asiento concreta su ingreso cuando a punto de cerrar la Van con Ginger afuera ella solicita que entre como sea porque están juntos y deben llegar juntos. “Ya en el camino escuchamos que a la segunda Van los agarró la migra y los regresó, yo hubiera estado ahí si la mujer no peleaba porque me dejen subir”

Para Ginger, la invitación de Agustín y Cecilia, su hermana, representó más que una simple oportunidad de escapar de los problemas que lo acechaban. Era un llamado a la redención, a dejar atrás un pasado turbulento y abrazar un futuro lleno de posibilidades. Sin titubear aceptó la oferta con determinación, sellando su destino con una decisión tomada en un instante de claridad. Se despidió de Doña Elvia, quien no intentó evitar el objetivo de su hijo y aceptó con resignación su decisión, consciente de que a esas alturas nada lo detendría. Así, en un domingo cargado de expectativas, se preparó para el viaje que cambiará su vida, partiendo al amanecer del día. Con el corazón lleno de anhelos y la mente enfocada en el horizonte que se abría ante él, se despidió secretamente del pasado para dar la bienvenida a un nuevo capítulo en su historia.

En la penumbra de la madrugada, al fin estacionan en otra casa de seguridad, están en Estados Unidos, pero no saben cómo llegaron hasta ahí, estuvieron todos acostados boca abajo en el suelo de la Van, pero la sensación de peligro continúa latente ya que ven al cuidador de esa casa golpeado y sangrando “una banda de coyotes rival acababa de ir y secuestró a los inmigrantes que ahí estaban, se robaron a los pollos, decían” los viajeros exhaustos se reúnen en el suelo, envueltos en un manto de silencio que se rompe solo con el murmullo de la respiración agitada. Nadie quiere cerrar los ojos, a la terrible expectativa de que regrese la banda rival a intentar secuestrarlos los coyotes afuera de la casa cuidan a sus pollos con escuadras y cuernos de chivo.

Pero el cansancio físico y mental por el que han atravesado las últimas horas es demasiado, Ginger se duerme agotado y despierta con la tenue luz del amanecer colándose por una ventana semicubierta y se entera de la ausencia repentina de la mujer que lo había acompañado en su travesía “A tu tía la vino a buscar su hijo hace rato”, jamás la vuelve a ver. A partir de ahí la aventura se resuelve rápida y satisfactoriamente. La noticia de la llegada segura de Cecilia, transmitida a través de una llamada telefónica, infunde una sensación de alivio en su alma.

 Mientras el sol se eleva en el horizonte, él y su centinela, el cuidador aún marcado por los golpes de la banda, emprenden el último tramo del viaje hacia el punto de encuentro pactado, un Seven Eleven en Phoenix, Arizona. Ya más relajados platicaron sobre todo lo acontecido: “El cuidador me confesó que intentó cruzar pero nadie fue por él a pagar a los coyotes y ahora tenía que trabajar para ellos para que le permitieran irse algún día”.

Finalmente, en el Seven Eleven, Cecilia le aguarda con los brazos abiertos y una nueva vida en sus manos. Se despide del cuidador con un gesto de generosidad, entregándole sus propios zapatos y se pone zapatos y ropa nueva, como su nueva vida. Según cifras de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), de los casi doce millones de mexicanos que viven fuera de México, más del 97% radica en Estados Unidos, uno de ellos es Ginger, construyendo un hogar donde florecen la familia y la prosperidad. Aunque ya cuenta con un permiso de trabajo, sus intentos de tener la ciudadanía norteamericana después de 25 años de vivir ahí han sido siempre obstaculizados por la burocracia, Trump o la pandemia, pero continúa intentándolo; vive sin miedo y satisfecho por lo que ha logrado, sin embargo, en el rincón más profundo de su corazón, la nostalgia por Mérida persiste, alimentando los sueños de un regreso futuro a las tierras que una vez llamó hogar.

Publicado por Paradigma

Medio de comunicación dedicado al periodismo literario de largo aliento; nuestras bases son la ética, la veracidad, el respeto a las fuentes y a las audiencias.

Deja un comentario