Por Jaime Coello Manuell
Luego de la última colaboración, ese artículo de opinión que titulé Del ritual musical a renta mensual, se quedaron dando vueltas en mi cabeza algunas ideas sobre la música, nuestra relación con ella y su uso en esta sociedad en la cual vivimos. Comparto:
Un cuadro común, no sólo en el área urbana del centro del país, sino en todo el territorio, tal vez incluso más allá: un vecino(a) con su música a todo volumen. No importa la selección: “para gustos, los colores”, reza el dicho. Pasan las horas, los días y así se vuelve lo “normal” el estruendo para todo el edificio, la cuadra, el fraccionamiento o ponga usted la denominación que guste. Porque cuando alguien “ejerce su derecho” a escuchar lo que le venga en gana, obliga a la comunidad a soportar aquello sobre lo que no tiene ningún poder; tan metida en su mundo no piensa, no se da cuenta, o no le importa que los demás no necesariamente desean oír ese escándalo al cual difícilmente se puede seguir considerando música. No se me malentienda, no me refiero a algún tiempo durante la mañana o la tarde de un día entre semana, ni siquiera una noche de viernes o sábado que se haya organizado una fiesta; no, me refiero al ruido de todos los días, a todas horas.
En este caso no hay consideración por parte de quien tiene el volumen al máximo, de alguna condición en la comunidad a la cual pertenece como, por ejemplo, los gustos de sus vecinos, por poner un ejemplo sencillo; o, subiendo la gravedad, condiciones médicas o psicológicas que requieran paz y tranquilidad; o el trabajo a distancia, en donde en muchas ocasiones es necesario atender juntas por algún servicio de video llamada o impartir/asistir a clases… Espero que haya casos distintos, pero acá, en lo planteado, no hay disposición de bajar un poco el volumen ni de prescindir del fragor durante algunas horas.
La etimología de la palabra “idiota” alude a quien no se hace cargo de las necesidades de la comunidad y sólo se preocupa por su satisfacción personal, es el caso en este cuadro descrito más arriba, incluso en el de aquella persona que deja sonando la alarma de su casa, cámara o cualquiera que sea el dispositivo, durante todo el día, bien porque le molesta que la gente pase frente a su domicilio, caigan las hojas de los escasos árboles urbanos en su patio o que las aves se paren en su ventana. Los hay, vaya que lo sé.
No pocos textos antiguos hablan de la música como un alivio de algún mal, por ejemplo, en ese texto tan traído y llevado que es la Biblia, se puede leer en el primer libro de Samuel, específicamente en su capítulo 16, versículo 23, lo siguiente: “Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él”. Y es una cita en la cual puedo percibir la similitud con el mítico músico griego Orfeo, quien con su arte lograba apaciguar no sólo al género humano sino también al animal, en grados fabulosos como cuando amansó al mismísimo Cancerbero, perro guardián del inframundo, quien hace una excepción y lo deja pasar aún vivo al reino de los muertos. Es una dimensión fascinante y barrunto, sin más que conjeturas, que puede ser la raíz motivadora de esa persona quien mantiene su estrépito constante, como he descrito más arriba. Para sí, se puede decir que al menos tiene un estímulo positivo para su propia existencia al ejercer su inalienable derecho de darse el gusto y disfrutar el placer de escuchar la música de su preferencia.
Pero la música también tiene otras dimensiones y el apaciguamiento de más arriba puede degenerarse en más de un sentido. Se han usado tambores desde tiempos antiguos para regular las marchas de los ejércitos, las trompetas para transmitir las órdenes a la soldadesca, los cantos y gritos para tratar de infundir miedo en el enemigo, algo de esto se puede leer en el texto Los antiguos instrumentos de batalla de Pablo Rodríguez Canfranc. De hecho, según el sitio web Rock FM, una extensa lista de reproducción musical que incluye íconos del rock anglosajón contemporáneo como The Beatles, Black Sabath, The Rolling Stones, Led Zepellin, Iron Maiden, Billy Joel, Journey, Cher, Eric Clapton o Chuck Berry orillaron al nuncio apostólico (embajador) del Vaticano en Panamá, el sacerdote español José Sebastián Laboa Gallegos, en enero de 1990, a pedirle al general Manuel Antonio Noriega que se entregara a las fuerzas invasoras de Estados Unidos, luego de 10 días de rock a altos volúmenes desde las bocinas apostadas para tal efecto afuera de la nunciatura, ¿quién escogió la música y bajo cuáles argumentos? Y no es el único caso, también en las operaciones militares estadounidenses en la ciudad de Fallujah en noviembre de 2004 se utilizó el arte de Orfeo y de David como un arma.
La música, en el contexto de la cultura militar estadounidense se utiliza y se ha utilizado como arma y método de tortura “sin contacto”, en lugares que, para quienes vivieron estas experiencias, bien pueden calificarse como el “infierno”, es el caso de los torturados en, por ejemplo en la prisión estadounidense de Abu Ghraib en Irak y en la base militar del mismo país en Guantánamo, Cuba. Por supuesto, muchos músicos cuya obra se usa en estos contextos no están de acuerdo y, algunos, se han movilizado para impedirlo, como se lee en los enlaces. Este aspecto del uso de la música me revuelve el estómago y por ello no ahondaré más, ahí están los hipervínculos y, como cereza en este pastelote de m… léase el ensayo de Suzanne G. Cusick: La música como tortura / La música como arma, originalmente publicado en la revista Transcultural de Música, en diciembre de 2006.
¿Es que, como vecinos, como parte de una comunidad hay quienes desean agredir o torturar a los demás miembros de ésta? ¿Será la primacía del pensamiento aquel de hacer de la vida de los demás un infierno como venganza por la miseria en la cual se cree vivir la propia vida? ¿Hay formas legales, jurídicas, reales y funcionales en el México de hoy para protegernos como sociedad de este fenómeno? (Si las conoces, por favor escríbelas en los comentarios). O ya de plano nuestra sociedad es la materialización colectiva del hombre del subsuelo, ese miserable que imaginó Dostoievski allá en el siglo XIX, quien odiándose a sí mismo, está empeñado en el hundimiento de todos en su derredor, en su vecindad.
