
Escribo las primeras líneas mientras me escurre sudor por la frente y veo fijamente el árbol de Navidad que teníamos que haber quitado hace días, o semanas, depende a quién le preguntes. Observo los peluches que ocupan el lugar de las esferas y me concentro en las miradas fijas de cada uno de esos seres que han sido testigos de todo lo que ha sucedido en casa desde diciembre. Me distraigo en la variedad de animales: renos, patos, un gato y un pingüino que reposa tranquilamente sobre un pequeño hipopótamo.
—Los hipopótamos sudan sangre —me dice Lilian mientras cambio el auricular de oído. Llevamos mucho tiempo al teléfono y es normal que, después de un rato, me duela y lo sienta más caliente de lo usual. Ya no la veo tan seguido. A pesar de que inicié la vocacional un par de semestres antes, ella ya está en la universidad y yo continúo en la misma escuela. Como especie introducida, como hipopótamo de Pablo Escobar, adaptándome más a la fuerza que por gusto, sudando sangre.
El invierno de este año nos salió más caluroso. Mientras unos ya guardaron los abrigos y los gorros navideños, yo sigo esperando al 21 de marzo para, oficialmente, recoger todos los adornos y olvidarme del árbol artificial por ocho meses. Empacaré la serie navideña junto a los propósitos que no cumpliré este año: los kilos que esperaba bajar, el pan que dejaría de comer, los kilómetros que empezaría a caminar, los libros que tenía ganas de leer y las vacaciones a la playa que siguen esperando, como un trámite pendiente, como un permiso que nunca llega. Todo tiene un costo, incluso la ilusión de que este año nos vaya mejor. La esperanza como producto importado cada día es más cara y no sabemos si nos alcanzara para comprala.
Espero el camión en la parada. A diferencia de la multitud que se cubre del sol, prefiero estar al frente, buscando ser el primero en subir y ganar algún lugar vacío. Aunque sea ese en la ventana que todos rehúyen porque le pega el calor. O el que está justo sobre la llanta y vuelve incómodo sentarse. O el que ocupa la bolsa de la señora, que sabe que nadie lo peleará por lo apretado. Tal vez ese asiento en el que nadie quiere sentarse para no pedirle al sujeto con sobrepeso que se mueva. Pero no me importa. Lo único que quiero es sentarme y dormir, pegar el rostro a la ventana y olvidarme del día. Empiezo a sudar y desearía que mi sudor fuera como el de un hipopótamo, un escudo contra el sol.
He pensado en dejar el árbol y solo cambiar los adornos con la estación entrante. Tal vez sustituir los peluches por pelotas, frutas o dulces. Que algo en la casa cambie, aunque yo siga igual. Para no olvidar que las estaciones son diferentes y que este calor puede desaparecer en algún momento. Con la esperanza de que, algún día, llueva y el pasto que hoy es amarillo se vuelva verde. Y que, entonces, me moleste tener que cortarlo. Como cuando sueñas con dejar el transporte público. Ya no rozarás tu cuerpo con el de extraños y buscarás un espacio donde puedas respirar con menos dificultad. Pero entonces el coche llega, y ahora piensas en la tenencia, la verificación y el precio de la gasolina que no subirá por seis meses. La única esperanza que te queda es tu cartera, que añora los tiempos en los que solo tenías que reunir dinero suficiente para el pasaje de regreso a casa.
La esperanza ya tiene aranceles y sale más caro importarla que los peluches en el árbol o los hipopótamos de Pablo Escobar.
La sombre del hipopótamo / Julio César Morales
Julio César Morales. Escritor, editor, librero y apasionado de la expresión escrita, Julio César Morales busca dejar una huella significativa en el mundo literario. Su trayectoria se distingue por la participación en la realización de varias antologías de cuentos, donde demuestra su habilidad narrativa y su compromiso con la literatura.
Como director de talleres de creación literaria, ha canalizado su conocimiento y pasión para inspirar a nuevas generaciones en el arte de contar historias. Su compromiso social se refleja en iniciativas como el taller «Las Letras Salvan Vidas», dedicado a la prevención de conductas de riesgo en jóvenes, y en la coordinación de proyectos culturales para comunidades en el estado de Querétaro. Además, ha asesorado proyectos respaldados por el gobierno, consolidándose como un agente de cambio a través de la cultura.
Ha compartido su experiencia como ponente en tres ocasiones durante el evento IMPULSO, celebrado en el Congreso de la Ciudad de México. Dirigió el diplomado de creación literaria en Holoacademia, coordina el círculo de escritores «Tinta Viciosa» y lidera la colección de libros de Kúlturi en PAR TRES editores.
En el ámbito institucional, su dedicación y visión lo llevaron a ser nombrado director del Instituto para el Desarrollo de Proyectos Culturales (Kúlturi), donde anteriormente se desempeñó como coordinador del área de proyectos. Su versatilidad y pasión por la cultura lo han convertido en una figura destacada en la escena literaria y cultural.
Como dato curioso, Julio César es un apasionado de los hipopótamos.
