Por Nidia Castro
Sebastián, mi hijo, ha estado confinado durante un año en una ciudad como muchas: suspendida en el tiempo a causa del coronavirus. Vive en Barcelona por sus estudios universitarios. Con la escuela cerrada, le sobran horas para darle vueltas al pensamiento, leer, crear y cuestionar.
Nosotros, sus padres y su hermana, estamos en México. Es domingo y se me ocurre enviarle un mensaje por WhatsApp, que él responde de inmediato:
—¡Hola hijo! ¿Cómo estás? A ver si un día de estos hablamos.
—Sí, yo también quiero hablar contigo ¿Estás preparada?
—Ah caray ¿Pues qué quieres decirme? ¿Cómo voy a saber si estoy preparada?
— No, digo si estás sentada, si tienes tiempo.
―Sentada sí estoy y tengo toda la tarde libre. ¿Hacemos una videollamada?
—Vale.
—Ok. Aquí está tu papá conmigo, no sé si quieres hablar con los dos.
—Sí. Mejor.
Al inicio de la pandemia, cuando en México apenas nos enteramos del coronavirus, en España ya habían cerrado fronteras y aeropuertos. Los roomies de mi hijo salieron en estampida; él quedó retenido dentro de su departamento. Mientras tanto nosotros, desde este lado del charco, nos manteníamos a la espera ansiosa de sus llamadas, cada vez más escasas. Meses después, al terminar el confinamiento, sabríamos que evadía hablar con la familia por temor a sí mismo: en caso de una llamada, sus lagrimales no soportan la melancolía.
En esta ocasión está especialmente entusiasmado:
—¡Hola, pá!
—Hola hijo ¿cómo estás? Qué gusto verte.
—Bien, estoy bien. Muy emocionado porque les quiero decir algo. Me lo pensé mucho y quiero decirles que desde hace unos meses creo que soy trans.
Silencio. Balde de agua fría. Nudo en el estómago. Y todos los clichés juntos. Preparada, así como que preparada, preparada, no estaba.
La sorpresa trajo parálisis; la parálisis, mutismo. Quiero hablar y al mismo tiempo no sale el sonido de mi garganta. Como cuando intentas recordar una palabra para armar una frase que sólo está completa con ese único término y ningún otro. La lógica falla, la punta de la lengua no la suelta.
No sé qué pasa por la mente de mi marido, pero la mía está obnubilada, aunque disimulo bastante bien. La sacudo, la obligo a avanzar. Una pequeña hendidura ilumina el motor de mis neuronas. Permite la sinapsis. Logra mantener a flote el barco. Me aferro a esa luz.
—¿Qué piensan?
—Nada, eso es una decisión muy personal, mi amor. Muy tuya. Ya he visto en Instagram que usas faldas, pero no me extrañó, como habías dicho que eras bisexual…
― Sí, pero ahora creo que soy trans. Estoy en eso.
La incertidumbre plantea un abanico de opciones. La razón las repasa con prisa: ¿Se vendrá a México? ¿Se quedará en Barcelona? Ambas posibilidades tienen panoramas encontrados en extremo. Me aterra pensar que use faldas y camine así por las calles de una ciudad como Culiacán, tan irrespetuosa como machista. No, mejor que se quede en Barcelona. No, mejor que regrese a casa para estar cerca suyo.
Mi marido sigue mudo. Alza las cejas en señal de cederme el uso de la voz. Nuestros códigos tienen indicadores: Es mi turno de hablar.
—Pues… no pensamos nada, corazón. Es algo muy repentino. Aunque por ahora puedo decirte que nosotros vamos a quererte siempre, siempre, mi amor. Sin importar con quién duermas o con qué ropa te vistas. De nuestra parte, tienes todo el apoyo, todo el respeto y todo nuestro amor. Dinos si necesitas algo. Bueno, eso digo yo, no sé qué diga tu padre.
—¿Tú qué dices, pá?
—Apoyo lo que dijo tu mamá. Te queremos, siempre vamos a hacerlo. Por nosotros no tienes que preocuparte ―Cuando las ideas son poco claras, lo políticamente correcto es fluir en armonía con el ambiente.
—Me van a hacer llorar ―Sebastián cubre su rostro con las manos y se deja caer de lado, sobre la cama. Su imagen desaparece de nuestra visión.
—Pues llora, mi amor, es natural, si lo necesitas.
El cambio de bisexual a trans no es tanto una bomba atómica; si acaso una amenaza de bomba que no sabemos bien a bien si hay forma de desactivar. Aún más, si acaso quisiéramos desactivar. O, todavía más: ¿es una bomba?
—Muchas gracias, no saben el peso que me quitan de encima. —Se incorpora, veo las lágrimas en sus ojos y las siento en los míos.
—No tienes qué agradecer, mi amor. No nos imaginamos que estuvieras pasando por algo así. No sabemos nada —Me encantaría poder callarme hasta que las ideas se acomoden.
—Ya les iré contando poco a poco. Estoy buscando una consulta para empezar a hormonarme.
—¿Qué? Oye, no, espérate ¿No te parece muy precipitado? —Para no variar, soy la que cuestiona. Mi marido no logra hilar una frase en voz alta.
—Ustedes se van enterando, pero yo llevo meses dándole vueltas a las ideas. Y eso haré, mamá.
La pandemia nos ha mantenido separados durante tanto tiempo ¿Acaso importan ahora sus gustos o su orientación sexual o su género? El anhelo en el aire, mi anhelo quizás, es de un gran abrazo.
Algunos “te quiero” son articulados antes de despedirnos. Desconcertados unos, aliviados otros. Los ojos inundados. Colgamos.
“¿Y ahora qué?” Nos preguntamos de este lado, cruzando miradas. Las cejas se quedan arqueadas, inmóviles. Casi como nuestro aliento.
Minutos después, mi esposo alcanza a expresarse:
—Pues es Sebastián, no hay de qué extrañarnos.
Qué envidia la serenidad del padre.
Intento en serio que no sea extraño, pero en este exacto momento mi pulso cambia. Mi respiración se vuelve corta. La claridad mental se va, dejando en su lugar un río revuelto de datos sin cruzar.
Algo está sucediendo y a la vez no. La sensatez aparenta dominar. En tanto, la sangre empieza a circularme al revés. Es una sensación que me lleva a identificar cada latido de las venas del cuerpo; podría dibujar los hilos por donde circula la sangre. Los conductos pulsan con más fuerza, como cuando un párpado se mueve involuntariamente y sólo yo lo percibo, pero me apena porque pienso que todo mundo se da cuenta; me preocupo por sus pensamientos, por si creen que les estoy haciendo un guiño o un gesto sin saber cómo interpretarlo. Entonces tallo el ojo para conjurar los saltos, pero el ojo brinca más. Lo que necesita es oxígeno, mejor respirar profundo.
Estrés, le llaman.
Mi ser civilizado, de gente educada y con amplitud de miras, dirige la respuesta a la necesidad de ser visto del hijo; mi ser más oscuro, más desinformado e ignorante, paraliza el tiempo, me detiene en esta era en la que nos negamos el derecho de sentirnos perturbados.
La primera lección
Un nuevo libro apareció en el buró de mamá. Ella leía todas las noches antes de dormir. Compartía conmigo su cama desde que papá falleció, así que esa vez, antes de cerrar los ojos, le pregunté:
—¿De qué trata ese libro?
—De una mujer que sufre porque su ex esposo no quiere que el hijo viva con ella. Se separaron cuando ella se enamoró de una mujer —me explicó.
—¿Una mujer puede enamorarse de otra? —mi pregunta era real. En mi entorno no había visto señales de que un mundo así fuera posible.
—Sí hija, como también hay hombres enamorados de otros hombres.
—¿Y eso es bueno o es malo, má?
—No, pues no es bueno ni malo, simplemente sucede.
Aquella respuesta se implantó en mi yo más profundo. El tono dulce y comprensivo con el que me habló mi madre. Esa manera paciente de contestar, tan suya, convirtió la información en oro molido. Un tesoro que guardé solo para mí. Así eran las charlas con ella: Lo sabía todo, tocaba cada tema con absoluta claridad y además le imprimía una voz cariñosa. Mi maestra favorita. Yo debía tener ocho o nueve años.
Así que había hombres y mujeres enamorados de otra persona de su mismo sexo. Vaya. No era bueno ni malo, simplemente sucedía.
El mundo era extraño, aunque mamá sabía convertirlo en algo natural. Recuerdo la vez que fabricó una muñeca con retazos de tela, tan rara y única que sólo yo tenía. En la Escuela Normal hizo de tarea una muñeca de trapo que por un lado era blanca y, por el otro, negra. El pelo rubio de una cara y, del contrario, negro rizado. Los vestidos, igualmente: una vestida como holandesa con todo y sus zuecos, y la otra como la negrita Cucurumbé, de falda color rojo con bolitas blancas y un pañuelo en la frente. El estereotipo en todo, menos en el concepto de juguete. Cuando me la regaló —claro— pregunté por qué había hecho una muñeca como esa.
—Es que es solo para ti ¿Está linda, no?
Yo ahí con gesto de sorpresa; ella, convencida de haberme hecho el mejor regalo. Y así fue. Durante años, aquella muñeca antirracista sería mi favorita.
¿Tú también?
―Mamá ¿tú has besado alguna vez a una mujer?
—¿En la boca, dices?
—Claro, má, en los labios.
―No. No que yo sepa.
― ¿Nunca?
—Noup. Nunca.
—Ah, pues mira, ya te gané.
Luego de esta breve y rapidísima charla, Frida sale disparada de la cocina, en donde estoy metida hasta las muñecas con el amasado de un pan.
—¡Cabrona!
Mi hija, la menor, aprovecha la coyuntura del hermano y de una vez saca a pasear sus preferencias. Apenas han pasado tres semanas desde que Sebastián nos confió ser trans, y ella ha visto que una bomba así no estalla en nuestro campo. Sí, es astuta.
Y aquí, de vuelta a la misma tarea: las conexiones neuronales que aceleran. ¡Ah chingá! ¿Es posible que los dos? ¿Se vale usar la pregunta de qué hicimos mal? ¿Qué significan estos giros?
El pulso se desparpaja.
Otra vez.
Identifico la ansiedad.
Me resisto.
Calla esas voces interiores, mujer.
Esconde esas creencias obsoletas.
Mira con los ojos bien abiertos.
Acepta lo que es.
Abraza lo que venga.
¿A dónde vas a llegar si te cierras a la verdad?
Todo está bien. Todo está bien. Todo está bien. Va. Un conjuro puede más que mil prejuicios.
—¿Y cuándo te enteraste de que te gustan las chicas? —pregunto a mi hija, días más tarde.
—No, má, no es que me gusten “las chicas»” me gusta una chica, nada más. Y también me gustan los chicos, nomás ahorita no.
Corazón en proceso de recordar cómo es el amor incondicional de madre.
Trans
“El término transgénero se refiere a las personas con una identidad o expresión de género diferente del sexo que se les asignó al nacer. Algunas personas transgénero que desean asistencia médica para la transición de un sexo a otro se identifican como transexuales”: Wikipedia.
Transexual, eso es. Transexual pues quiere tomar hormonas. Quiere… ¿qué quiere mi hijo? ¿Acaso cambiar su cuerpo para aparentar ser mujer? Válgame. “Aparentar” viene de mis juicios. De mis prejuicios. Pero es que nunca podrá ser mujer, de hecho ¿o sí?
Vuelvo a darle vueltas y, antes de suponer, decido preguntar. Para eso está el bendito Whatsapp.
—Oye hijo, quería saber, digo, preguntarte, ¿por qué quieres tomar hormonas? ¿Quieres transformar tu cuerpo ya, de plano?
—Ya estoy tomando hormonas, má. Encontré que aquí el mismo sistema de salud atiende estas peticiones, fíjate ¡Ya hace una semana que las estoy tomando! Principalmente para dejar de tener tanta barba, bueno, en general tanto vello en el cuerpo. Ese parece ser el cambio más inmediato.
—Pero ¿tú estás seguro de que eso quieres? ¿Por qué no te lo piensas un tiempo y luego tomas la decisión?
—La decisión ya está, mamá, y procedí porque allá —cuando regrese a México— no sé si pueda tener estas ventajas. Ah, y si le cambias “hijo” por “hije”, te lo voy a agradecer. O si te animas, ya de plano cámbiale a “hija”, porfa, eso ayudará mucho.
¡Sorpresa!
—¿Es cierto que el rosa y el morado son colores solo para las niñas, mamá? — mi hijo a sus cuatro años, con una de sus preguntas sorpresa; como los huevitos Kinder, envueltos en dulzura y con juguete de alto riesgo dentro.
—Claro que no, corazón, los colores no tienen dueño. Los niños también pueden usar el rosa y el morado ¿Por qué preguntas? ¿Quién te dijo eso?
—Mi amigo Emanuel, en el kínder, dice que esos colores son para las niñas.
—No le creas, mi amor. Todos los colores pueden ser usados por quien sea.
La curiosidad encarnada. Mi niño de múltiples preguntas, lleno de dudas sobre el cosmos que lo rodea. Observador y crítico de la realidad desde siempre. Corrió a su cuarto con esa nueva información de su madre y siguió jugando: el amigo está mal informado, equivocado, la mamá tiene la razón y el conocimiento de la realidad; a ella hay que acudir cuando uno tiene dudas, no puede andar por el mundo creyendo lo que cualquier chamaco de cuatro años supone o cree saber. Faltaba más.
Luego de un rato, y aún con esa buena nueva, retornan a él las dudas y regresa a donde su madre:
―Má, y si tú crees que los niños pueden usar el rosa y el morado ¿Por qué yo no tengo ropa de esos colores?
Ah caray. De golpe mi cerebro empequeñece. Recontrachale. Las creencias más absurdas se cierran sobre mí. La realidad golpea, sin duda. Titubeo, evidentemente. Salgo del paso nomás.
―Pueeeees… este… como mucha gente piensa igual que tu amigo Emanuel, resulta que no fabrican ropa de esos colores para niños, nomás para niñas, y pues ¿Cómo te la voy a comprar si no hay en las tiendas?
̶ Ah. Pues sí.
Esa batalla la ganó Emanuel. Mentir a un niño pequeño solo para guardar mi dignidad no es honesto. Las estructuras que imaginé sufrieron un quiebre. En ese momento me convertí en sospechosa de fraude, de disfrazar la verdad, de incongruencia, de desinformación, de darle un huevo Kínder a mi hijo con un peligroso juguete/sorpresa dentro.
Ansiedad
Para mí la gran prueba de fuego es esta Nochebuena, la víspera de Navidad. La familia ampliada por fin se reunirá después de dos años separados por la pandemia. Por fin mi hijo ha vuelto a México.
La tertulia es en mi casa. Cocino para quince. Excelente número. Un grupo muy controlable a la hora de preparar las viandas, la mesa, los cubiertos disponibles. Agasajar el paladar de quien se ama es privilegio de pocos. Faltan ya dos horas para que lleguen los invitados. Estaremos juntos con la familia de mi hermano, mi madre, nuestros mejores amigos. Mis hijos están vistiéndose, alcanzo a oír sus carcajadas hasta la cocina. Qué dicha lo bien que se llevan. ¿Se puede pedir más?
Estoy a punto de quitarme el delantal. A ver, el pastel de carne, la ensalada, la pasta. El postre, el vino, las copas. Las mesas, el mantel, las velas. Ah, me faltan las flores que dejé escurriendo en el lavadero. Doy vuelta para salir de la habitación y me topo de golpe con mi hijo. ¿Mi hije? ¿Mi hija?
Viste falda rosa coral y un top color amarillo mango. Sus rizos los lleva sueltos y los labios maquillados; también los ojos han sido delineados y sus uñas pintadas de azul cielo.
— ¡Taraaaaán! ¿Qué tal, má? —Sonríe a todo lo ancho mientras da una vuelta que alza su falda al vuelo. Me mira fijo. Espera una respuesta. La vida depende de este instante suspendido.
Todo desaparece a mi alrededor. Lo único real es mi estómago que no alcanza aire. Sonrío. Finjo.
—¡Órale, muy bien, mi amor!¡Qué guapo te ves!
Su sonrisa desaparece. Los ojos toman un brillo adicional. Da la media vuelta y huye, literal. Se va. Yo no veo, no oigo, no siento ni logro mover un dedo. Alcanzo a percibir cómo mi intelecto cruza sus variables con las emociones. El impacto no es sólo ver por primera vez a mi hijo (¿hije? ¿hija?) con falda. La verdadera colisión está dentro de mí. Vaguedad, vacío, miedo, culpa. El parpadeo deja de ser instinto.
¿Cómo, siendo una persona abierta, liberal, educada y con mundo, puedo bloquearme así? No soy esa, evidentemente no lo soy. No quiero serlo. Yo abrazo a mi hijo, lo acepto, lo defiendo en su derecho de elegir cómo vestir, con quién acostarse, lo respeto. O eso deseo, o eso quiero hacer y no sé cómo. Chingada madre, soy la persona más incongruente que conozco. En su sano juicio ¿Quién cuestiona a su hijo porque él ha decidido vestirse diferente? Bah, ya se me pasará. Es cosa de acostumbrarse.
Aunque, si yo he sido capaz de entrar en shock ¿Cómo reaccionará la familia de mi hermano? ¿Y mi hermano? ¿Qué dirá mi mamá? Me lleva la que me trajo. Rápido, busco entre una amplia gama de argumentos los mejores para usar si alguien se atreve a cuestionar a mi hijo (¿Mi hije? ¿Mi hija?) esta noche, si alguien hace alguna mueca, si alguien deja de darle el abrazo de Navidad. Me echaría a las fauces de los leones por defenderlo (¿defenderla?), morderé a quien se atreva a faltarle al respeto. No, nadie ofenderá a mi hijo (¿Mi hije? ¿Mi hija?) si estoy presente.
Frida aparece de pronto a sacarme del pasmo:
―Má, mi hermane está llorando. Te aviso. Creo esperaba que le dijeras lo bonita que se ve hoy.
No binario
El peso de las creencias se instala en casa durante la primera infancia, continúa en la escuela y se afianza en sociedad. Es independiente de la inteligencia, la suspicacia y la agudeza mental. Actúa como una fuerza en sí misma y tiene dominio de nuestra conducta, aunque aprendamos a identificar su origen, e incluso al estar en su contra.
Pero hay esperanza: la información es capaz de despejar cualquier duda sobre los prejuicios y darnos las herramientas para convivir con ellos e incluso para combatirlos.
Cuando en casa, al cabo del tiempo, la identidad no binaria fue superponiéndose a la de transexual o lesbiana, el reto mental fue mayor; la tolerancia, la paciencia y la entereza, por suerte, también aumentaron.
El sexo, en general, representa los rasgos biológicos de los cuerpos al nacer, mientras que el género es una construcción social (a veces coincide con la determinación del sexo y otras no). A diferencia del sexo, el género puede cambiar con el tiempo (National Institute of Health, 2024).
Cuando la identidad de género no se corresponde con el sexo, ni concuerda con la categoría de masculino o femenino, estamos ante una identidad de género no binaria. Me costó trabajo entenderlo, pero es la manera más sencilla que encontré para explicarlo.
El término de “no binario” da cuenta de la existencia de una variedad de identidades distintas a la que imponía la rigidez de solo dos opciones como válidas: hombre o mujer. Esa variedad incluye a las personas identificadas con varios géneros o que cambian de identidad a lo largo de su vida.
La presencia de individuos con particularidades en su identidad de género no es algo nuevo, ha existido siempre. Es a partir de los años noventa del siglo veintiuno cuando se les identifica como queer, concepto que se utiliza como un paraguas para todas aquellas identidades de género diferentes a lo que la llamada “normalidad” determina (Jac Stringe, 2018/20).
Surya Monro (2019) explica que las identidades no binarias incluyen a todas aquellas que están fuera de las clásicas femenina o masculina. Por ejemplo: Género fluido (experimentan una mezcla de identidades en diferentes etapas); Agénero (que no se identifican con ninguna identidad binaria); poligénero (se identifican con dos o más géneros); pangénero (se identifican con todas las identidades de género simultáneamente); andrógino (buscan una expresión de género neutra o combinada).
La literatura sobre el tema es amplia; mi búsqueda también.
Llegado el momento, ya no fue importante para mí preguntar solo por qué nos incomoda socialmente dejar atrás el esquema binario, sino entender que la identidad de género no es lo mismo que la orientación sexual. Mi hije Sebastián usaba faldas y maquillaje, pero salía con una chica.
Sobre aviso no hay engaño
― ¿Qué crees, má?
― ¿Qué creo, hija?
―Después de un año, ahora tengo novio.
―Ya.
― ¿No me crees?
―A estas alturas, creo lo que sea.
―Oh, pues, pensé que te iba a alegrar.
―Válgame dios. De verdad, hija, ya no sé qué pensar, antes con una chica y ahora con un chico ¿de qué tengo que alegrarme?
―Te lo dije.
―Y sí.
― ¿Te doy un abrazo?
―Por favor.
De vuelta
Esta es una noche callada. No televisión, no música. Solo los grillos confirman el silencio, al romperlo.
Han pasado cuatro años del inicio de la pandemia, tres desde que Sebastián volvió a México. Y aunque vivimos otra vez con muchos kilómetros de por medio, la navidad vuelve a reunirnos.
Tengo meses con la duda y hasta ahora, con la confianza que da estar cara a cara y la ausencia de sus faldas, me permito preguntar al terminar la cena:
―Oye hijo ¿Qué ha pasado con tu ser trans?
―Má, yo ya vengo de vuelta. Hace tiempo que no me nombro así.
―Ah caray ¿qué pasó? ―me es imposible controlar una leve sonrisa. Maldita sea.
―Aprendí lo engorroso que puede llegar a ser defender cualquier tipo de identidad y lo liberador que es el desapego. Simplemente evito identificarme. Agarrarme de cualquier etiqueta era fabricarme otra jaula.
Mi esposo y yo volteamos a vernos. Reprimimos los gestos. Sebastián continúa:
―Una idea me llegó en un temazcal el otro día, no sé si me la dijeron o la vi, pero me apareció como señal divina: el aceptar el cambio como única constante. Me gusta usar faldas porque son muy cómodas, pero ya entendí que no encontraré trabajo si las uso. Es imposible ver esa etapa de mi vida como un error, pero algo dentro de mi aceptó que no podría tener un passing completo.
― ¿Qué es eso?
―El passing es la completa apariencia del género opuesto, que no deja lugar a dudas, digamos.
―Por eso dejaste las hormonas.
―Sí. Sentía cierto orgullo de estar en un intermedio. Pero mi cabeza asumió la heterosexualidad como el enemigo, de la misma forma que una feminista puede caer en el error de pensar que un hombre es malo simplemente por ser hombre.
Su disertación es amplia y detallada. Nos da cuenta de un proceso que no presenciamos ¿Cuánto tuvo que vivir para tener otra visión? No lo sabemos. Su serenidad, sin embargo, nos dice que ha alcanzado cierta paz en esta nueva etapa.
La calma se me contagia. El espíritu se alegra. Me hago consciente de lo complejo que es vivir con esta contrariedad: defendiendo el derecho a la diferencia y alegrándome de que Sebastián esté de vuelta. Tal vez lo mejor de este panorama es seguir ilesa después de haber atravesado un mar de sentimientos y emociones arduas, confusas, al lado de mi esposo y mis hijos ¿Mis hijes, mis hijas?

Abrazos Nidia
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