La persistencia de un suicida

Por Isai Romero Tapia

Una calle larga y silenciosa. Era de noche, siempre de noche y la luna brillaba a través del húmedo asfalto.

 Un hombre con pasos solitarios se encontraba en medio de ese desierto trayecto sin principio ni fin: era eterno. Trataba de pensar, de entender cómo es qué se encontraba en aquel lugar, en ese momento, pero sus ideas no daban para más. Caminaba porque tenia que hacerlo.

Andaba con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina y con la cabeza cabizbaja, ocultaba los tres cuartos de su rostro gracias a la sombra que le proporcionaba el ala de su sombrero negro. Miraba sus pies, un paso y luego otro, adelante y atrás.  Escuchaba el golpeteo de los talones contra el concreto del piso. Nuevamente se cuestionaba cómo es que había llegado en ese eterno camino. No lo entendía, pero no le preocupaba demasiado sacarse de duda.  

La calle era estrecha. Alrededor solo había casas grises, totalmente pegadas una con otras; así hasta donde se puede ver al horizonte.  Eran viejas, casi en las ruinas. Cada una tenia historias y vivencias en esas cuatro paredes internas. Pero ahora, pareciese no tener un sentido de existencia en cada una de las grietas que gritan un derrumbe fúnebre. El hombre sin importarle nada seguía su camino. El aire frio golpeaba su delgado y cansado rostro. Sentía calor por todo su cuerpo. Por cada paso que daba se sentía más solo; siempre solo. Se detuvo por un momento porque le pareció escuchar que alguien le seguía. Volteo el rostro… nada: el mismo camino que había dejado. Se perfilo de nuevo y… nada: el mismo camino que tenia por delante; tan largo, tan frio y silencioso como sus pujidos. Sacó la mano derecha de su bolsillo, se acomodó el sombrero y siguió su andar.

Era aterrador. Cualquier otra persona caería en la histeria en cuestión de minutos. Este hombre no. Se mantenía calmado. Solo aceptaba su destino. No tenía preocupación en pasar por el mismo lugar hasta que su cuerpo le diera muerte.

Paso tras paso, sentía el ardor de sus pantorrillas de tanto pisotear, como un fuego queriendo expandirse hasta el último rincón. De pronto, una sensación invadió sus nulos pensamientos; se sentía raro, pero lo necesitaba. Sabia que lo necesitaba y lo deseaba ya hace largo tiempo… Quería llorar. Estaba al borde de su capacidad física. Totalmente agotado seguía su camino con ahínco. No se podía permitir, ni mucho menos imaginar, abandonar su rumbo hasta no encontrar algo diferente en su oscuro y solitario viaje; viaje a ninguna parte. Así que, no le quedó otra alternativa que soltar una pequeña, brillante y fina lagrima mientras ardía de mente entera y de cansancio lento.

Lagrimeaba de rostro completo. Podía llorar y esa acción le generaba un poco de esperanza. —¿Cuál era el siguiente paso? ¿Qué pasaría después?—, se preguntó aquel hombre. Comenzaron a vagar unos cuantos pensamientos. ¿Llevaba un día caminando? ¿Muchas horas? ¿Largos días y largas noches? ¿Cuánto tiempo llevaba así? Sinceramente no importaba porque cuando diera más pasos todo seria olvidado en cuestión de segundos.

Irremediablemente, seguiría su andar con la misma tristeza y fatiga. ¿A caso es posible que llorase con tal vehemencia una y otra vez hasta la eternidad de su viaje? ¿A caso es que se sentiría cansado y viejo hasta hacer suplica de muerte? ¿A caso es que ese era su destino? ¿A no sentir nada más que soledad y extenúa?

Pasaron siglos, décadas, años u horas (cómo saberlo) y aquel hombre aún seguía con su infinito viaje. Sin explicación alguna, comenzó a sentir miedo, él no lo sabía, pero estaba en sus entrañas. No quería detenerse y ver lo que la sensación le advertía. Trataba de mantener la calma. El silencio le atormentaba, esperando a que nada pasara, pero la sangre le corría por sus venas que hacía golpear su corazón como un martillo. Escuchaba ruido a sus espaldas. Tenia calor. Se oía como si alguien quisiera acechar su paso. Caminó más deprisa.

El ruido se hacía más fuerte y cercano. No quería voltear para nada, pero tuvo que hacerlo porque la curiosidad se lo imploraba. Lo sabía, ahora lo sabía. Era un perro enorme de dos metros de altura y brillante pelo negro. Gruñía con tanta furia que dejaba al descubierto sus ensangrentados dientes; dientes tan largos y afilados al igual que sus garras.

De su hocico escurría una brumosa saliva verde dejándola caer al suelo. Pero lo más aterrador de todo eran sus ojos que literalmente ardían en llamas. El hombre quedó boca abierta y anonadado por la impactante imagen. Se detuvo sin dejar de mirar un solo instante a aquel perro. Perfilo su cuerpo y se preparó para salir huyendo por cualquier cosa. El perro hizo lo mismo. Solo pasaron dos segundos antes de darse cuenta de que solo se preparaban para una furiosa persecución de vida o muerte. Corrió.

El hombre corría por su vida. El perro le seguía con frenética ira mientras le ladraba con garganta seca. El hombre comenzó a gritar ¡Auxilio!, pero estaba totalmente abandonado, nadie acudiría a su ayuda. Lloraba y gritaba como un maniático. El corazón quería salirse de su pecho y matarlo de una vez por todas. Volteo nuevamente y el perro se encontraba a unos cuantos metros de él. Corrió, corrió y siguió corriendo hasta no poder más y quedar en un estado de sofocación por falta de aire. Rendido, se dejo caer y aceptar su fatal destino… nada.  

La calle estaba totalmente sola y silenciosa. No se podía explicar lo que había pasado. En su interior se encontraba confundido y asustado, pero con un pequeño aire de felicidad. Tomó unos cuantos minutos para recuperarse de su huida sin dejar de poner atención a toda dirección. Se levantó, se tranquilizó, se perfiló, suspiró y continuó nuevamente su camino. Los primeros dos pasos fueron suficientes para que, de un momento a otro, fuera olvidado todo lo sucedido. Con la calle muda, el hombre seguiría con su viaje sobre el ruido constante de sus pasos.

Durante todo el trascurso, el hombre siempre iba con las inhalaciones y exhalaciones más erradas que uno se pudiera imaginar. Cada vez más cansados y desganados, como si su vida dependiera de ello, donde, el motivo de seguir avanzando: era para saber si aún le quedaba un poco de alma a través de esas bocanadas de aire entrando y saliendo por nariz y boca. ¿Qué otra cosa le puede quedar a hombres como él?

Mientras seguía caminando con desmedida lentitud, un olor a brisa floreal se impregnaba en el interior de sus fosas nasales. Levanto el rostro para averiguar de qué se trataba, y lo único que podía observar, a lo lejos, era una especie de figura rojiza. No tenía idea de lo que podría ser; aún se encontraba demasiado lejos para saberlo con exactitud. Sus pasos eran temerosos, pero la intensidad de ese olor lo relajaba.

La figura rojiza comenzaba a enfocar en la mente de aquel hombre. Lo asemejaba a una rosa del rojo más intenso y pasional. La flor era enorme que fácilmente podría abarcar una habitación completa; como si se tratara de una obra de René Magritte y se suspendiera a unos cuentos centímetros en el aire. La curiosidad atrapó al hombre y avanzó con pasos decididos a lo que era la providencia de aquel olor seductor. Pero su mente lo había engañado y la figura no era figura, y la rosa no era rosa.

Era una mujer sumamente hermosa con un vestido del más vivo rojo y largo que lograba esconder el secreto de sus pies. La mujer era bella. Su piel era blanca y brillante. Un cutis fino y tallado por manos divinas. Era joven, de cabello largo como cascada, grandes ojos miel, nariz pequeña y recta y unos rosados labios carnosos. Sin duda alguna hablábamos de un ser perfecto. El hombre quedó paralizado por el cambio repentino de lo que, seguro él, había visto con anterioridad.

La mujer se mantenía seria; sin expresión alguna. No generaba ningún movimiento; totalmente estática, pero su mirada no dejaba de seguir los movimientos del hombre. Él, por otra parte, la observaba con gran fervor, inspeccionándola por cada ángulo posible; de enfrente, por detrás, arriba, abajo y rodeándola (Dibujando un circulo imaginario con cada uno de sus pasos).

El hombre empezó a aproximarse lentamente hacia ella. Trataba de mantener un estado sereno. Finalmente se acercó lo demasiado para quedar nariz con nariz a un centímetro de separación. Las miradas chocaban con intensidad. Él, sin dejar de observar, agarro y apretó la mano derecha de la mujer, comenzó a levantarla hasta el centro de su pecho. Posteriormente la llevó a sus labios para besarla con lisura. Después la muñeca y el resto del brazo hasta caer en la tentación del cuello. Ahora, la besaba en labio, pero con más intensidad de lo que había mostrado al principio. Se detuvo y se alejó lo suficiente para apreciarla desde una perspectiva amplia. La mujer lo seguía mirando con la misma expresión. Se acercó de nuevo y, automáticamente, los dos sabían lo que tenia que proseguir. Se acostaron lentamente sobre el duro concreto de la calle, estaba frio. El hombre hizo un esfuerzo para mantener sus pulsiones y ejecutar, de una vez por todas, en quitarle ese largo vestido rojo. Desvestía suave y lento, pero la pasión desmedida lo hizo caer en la desesperación hasta romperlo y, por fin, dejar al aire libre la bruñida piel sobre un frío desnudo.

El hombre quedó sorprendido y al mismo tiempo confundido, ya que la mujer no tenía pezones ni vagina. Simplemente era piel. Se levantó de un salto, la mujer lo miraba desde el suelo con una media sonrisa en el rostro. La observó de pies a cabeza, era hermosa, pero no podría hacer nada con ella.  —¿Quién eres?—, pensó. No sabía qué hacer. Subió el rostro para mirar al horizonte… nada. Bajo de nuevo… nada. La mujer se había esfumado. No quedaba rastro alguno, como si nunca hubiera existido. ¿La mente le había jugado mal o él a ella? Como sea que haya sido, no importaba porque jamás existió. Todo quedaría en el olvido cuando él se atreviera a dar dos simples pasos hacia adelante. Y como era de esperar, prosiguió su largo viaje a la nada, borrando todo tipo de recuerdo. Si es que alguna vez hubo.

El hombre quería quemarse y hacerse ceniza. Ya no podía más con tanto dolor sobre todo su cuerpo. Los músculos le ardían, la piel se endurecía. Lloraba y gritaba en silencio. La garganta le raspaba como lija de fibra.  Quería llegar. No sabía a dónde, pero lo anhelaba con ansias. Solo le quedaba caminar y caminar. ¿Cómo llegué aquí? —pensaba—. No lograba recordar, ni siquiera imaginar. Su mente era vaga y nula. Sentía que algo andaba mal. No podía salir de donde se encontraba.

Nuevamente la brisa de aire frio golpeaba su cansado, arrugado y esquelético rostro. Caminaba; un paso y luego otro; adelante y atrás, adelante y atrás… Su mirada siempre la tenia baja, triste, ciega, oscura. Su sombrero le hacía falta. Lo había perdido en la persecución con aquel perro negro. Nunca se daría cuenta de ello. Sus manos estaban heladas que, aun metidos dentro de sus bolsas, jamás se recuperarían.

A lo lejos, comenzó a escuchar ladridos con garganta seca; casi muerta. Era la bestia con los ojos ardientes en llamas. Había salido de las sombras por sorpresa. Corría en dirección al hombre decidido a matarlo sin piedad alguna. Él simplemente permaneció inmóvil por lo cansado que se encontraba. El perro se lanzó de un salto sobre de él mordiéndole un brazo y meneando la cabeza para arrancárselo. Ladraba, mordía, rugía, desgarraba, y masticaba con frenética ira. El hombre ni siquiera tuvo ánimo para defenderse o salvar su vida.

Estaba completamente deshecho. Ya no tenia rostro, solo sesos esparcidos por todos lados. Tenía el cuerpo descuartizado y el perro se entretenía comiendo con cada uno de sus restos.  Pero, aun así, el hombre seguiría con su infinito viaje. Repitiendo el camino una y otra vez, Porque, nuevamente, se encontraba con el constante ruido de sus pasos. No había pasado absolutamente nada. Solo caminaba en línea recta de la calle hasta donde se puede ver al horizonte. Muerto… desde que decidió apretar el gatillo del arma que destrozaría su cráneo.

¡¡¡Pum!!! 

Publicado por Paradigma

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