Por Jaime Coello Manuell
El contexto
Pongámoslo así: un miércoles de madrugada, tomas un autobús rumbo al paradero de Indios Verdes para ahí, luego de nadar en un mar de carcachas del transporte público y el gentío aún sin despertar del todo, te das un clavado a línea 3 del metro hasta la estación de La Raza y de ahí abordas un camión hacia la colonia Progreso Nacional, a donde debes arribar a las 09:00 horas. Un trayecto común para muchas personas, como común son los apretujones y empujones al entrar, al estar y al descender; comunes también son los malos modos de casi todos, incluyéndote, incluyéndome. Yo mismo no me encontraba de buen humor: tendría una reunión en casa de una amiga de la familia a quien quiero mucho, ella sería la mediadora en una reunión con mi madre luego de mucho tiempo de no hablarnos.
Así las cosas, entiendo que todos vivimos nuestros propios demonios, unos familiares, como los míos, otros infinitamente mayores. ¡Vamos!, que vivimos tiempos en los cuales los descubrimientos de Teuchitlán, Jalisco, sólo son comparables con tragedias como la masacre de Allende, Coahuila, tragedias que hacen palidecer a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la cual aún podría haber sido mucho peor, si cabe…
Así nuestro país, y eso es de lo que se conoce y es lo suficientemente estridente o inaudito para ocupar la atención de unos medios de comunicación que desde hace tiempo presentan al terror en su forma más descarnada posible, la más morbosa, la más mercadeable. Pero cuántas tragedias personales, cuántas situaciones de violencia enfrentamos y con cuántos delitos y amenazas debemos convivir todos los días, ¿cuántas mujeres salen de sus casas con el pulso acelerado y con el temor de que cualquier cualquiera las agreda?
Con esta cotidianidad es muy complicado tener “buenos modos” y mantener una sonrisa honesta en el rostro, más bien ponemos la cara más enfadada y amenazante que podemos. Yo me refugio en la lectura, es mi manera de “cargarme las pilas”, y en esta ocasión había jalado una obra de teatro que leí en muchas veces y en muchas de sus etapas de creación: El buque rojo, de Bárbara Viterbo.
La lectura de El buque rojo
Conocí a Bárbara Viterbo hace casi veinte años en el Taller de Dramaturgia de Estela Leñero, fuimos compañeros desde el comienzo del taller, entonces impartido en el Foro Shakespeare. Bárbara lo tenía muy claro: su objetivo para inscribirse fue escribir esta obra, entonces no tenía tenía definida la forma final pero sí la idea: dar cuenta de ciertos sucesos reales y el espíritu que quería plasmar en el drama. Bárbara es una mujer admirable, por su visión de la vida y actitud ante ella, profesionalmente y como amiga, también es alguien fuera de lo ordinario y su biografía es prueba de ello. Yo leí muchos borradores, las distintas versiones conforme se pulía y mejoraba la obra, era parte del taller; algunas veces me pedía leer, durante la sesión, a un personaje, a veces, a otro.
Fue un proceso muy enriquecedor observar cómo, ante mis ojos, una idea tomaba forma y se desarrollaba como drama. Cuando estuvo terminada la obra, por supuesto que me gustó, después de todo veía en ella cómo Bárbara le daba forma a su intención e incorporaba consejos y observaciones de nuestra maestra y del resto del taller. Pero releer el primer acto esa mañana de miércoles, en esa situación anímica y sumido en los humores y cuerpos de las entraña del DF (ya sé que ya no se llama así, pero no me importa) fue una experiencia distinta, una bocanada de oxígeno.
El segundo acto lo leí el sábado de esa misma semana, encerrado en una combi del Estado de México que iba de Texcoco a Otumba, llena hasta reventar, con gente apiñada en los taburetes y el doble parada, más bien encogida en el poco espacio al centro de los asientos de la misma, sin ventilación y con un chofer que trataba de ganar la Fórmula 1 en medio de manifestaciones y los cierres de las carreteras por las que debía circular, sobre terracería y al rayo del Sol de mediodía. La lectura fue mi tabla de flotación, un elixir mágico capaz de devolverme la esperanza y me recordó el ejemplo de esas personas que dieron su vida por hacer de este mundo un lugar mejor muy a pesar de las circunstancias más adversas, que a muchos podrían desanimar.
La historia de El buque rojo
La trama nos presenta a un grupo de jóvenes, procedentes de Jalisco y en sus veintes; al grupo le da cohesión su ideología: son miembros de la Internacional Socialista durante la presidencia de Lázaro Cárdenas del Río, y partícipes del apoyo a la República Española. De hecho, durante la lectura somos testigos del drama entre padres que no comparten estos ideales y quienes intentan mantener a su hijo vivo y cerca de ellos y un hijo, en este caso de nombre Manuel Zavala, quien hace tiempo se ha emancipado de la tutela de sus progenitores y viaja a la Comarca Lagunera, entre los estados de Coahuila y Durango, para hacer labor de concientización de los trabajadores. Ahí acompañamos su intento de penetrar en la consciencia y la resistencia activa de estos; vemos las palabras de Manuel entrar por un oído y salir por el otro.
Lo “tiran de a loco”, como se dice. Pero ni este personaje, ni sus amigos Gallo, Alejandro y Ricardo, cejan nunca, nunca. Se mantienen firmes ante sus padres, ante los piscadores de oídos sordos, ante la inminencia del desastre que ataja al buque rojo en el cual intentaban llevar armas y pertrechos a sus camaradas de lucha en España. No cejan luego de una terrible explosión que hunde su barco y mucho menos aún retrocederán ni un ápice ante los guardias españoles quienes les fusilarán, todo lo contrario.
Otro personaje entrañable y quien merece mención aparte es Socorro Barberena, parte del grupo que irá en el buque, quien se casará a bordo y quien le hará frente a prejuicios, groserías y discriminaciones sexistas de los marineros gachupines. Socorro será la única sobreviviente de la mal hadada empresa y quien, en un juego escénico trasmuta un vil fusilamiento en una lucha heroica que le permite a los jóvenes idealistas ofrendar su vida a su ideal y, en su mente, en el escenario, no ser asesinados por los fachos. Ella es una testigo quien mantiene la entereza pese a sentir hondamente la pérdida de sus camaradas, de su recién esposo, de la pérdida del buque y los pertrechos.
Al final se reencuentra con una camarada a quien conoció en la prisión española y quien llega como una de las 40 mil republicanas, y republicanos exiliados desde la dictadura fascista de Franco. En ella se personifica, a mi me lo parece, a quien es derrotado pero que asume la derrota con dignidad, entereza y la frente en alto, es un ejemplo de cómo no perder los ideales, de cómo no claudicar en la lucha por la construcción de un mundo mejor, de cómo la esperanza y la alegría pueden seguir existiendo en las peores condiciones. Es ella quien al final de la obra, llora y ríe, al reencontrarse con su camarada y compañera de prisión, Esther Cásares y la hija de ésta, en el puerto de Veracruz…
Es una relectura que logra reconectarme con unos ideales eclipsados por la tragedia nacional, eclipsados por la abrumadora violencia en la que vive México, quizá ocultos por el problema de que tus vecinos sean extorsionadores, defraudadores; o peor, ocultos por los dramas familiares, por las dificultades personales del vivir, sobrevivir y supervivir en el salvaje Estado de México donde la Cuarta Transformación de México aún no hace su entrada triunfal. Es un libro en el cual me siento involucrado y que apela a mi ser más íntimo, quizá porque me incluye en sus agradecimientos como parte de “todos y cada uno de mis compañeros del taller de dramaturgia”. Es, también una inyección de bondad y Fe en que un mundo mejor es posible y que cualquier sacrificio es superfluo en esta lucha, eso demuestra esta historia basada en hechos reales de gente real que vivió y murió para ofrecernos la oportunidad de seguir peleando por hacer de nuestra sociedad una donde el bienestar de todas y todos esté garantizado, y me pregunto ¿quienes tomaremos la estafeta?
Viterbo, Bárbara
El buque rojo
Instituto Mexiquense de Cultura
Colección El espejo de Amarilis
