
¿Quién preferiría vivir feliz en la ignorancia? Le pregunté a Saúl cuando lo encontré en la cafetería de siempre, con su café ya frío y la mirada perdida en la distancia. El aroma a café rancio se entrelazaba con el miedo que respiraba la ciudad, un olor denso y penetrante que se adhería a la piel como una segunda capa. Las paredes, antes llenas de fotos coloridas de clientes felices, ahora estaban desgastadas por el tiempo y la desesperanza, como si la alegría hubiera sido raspada de ellas con el paso de los años. Afuera, los cláxones y las sirenas se mezclaban con murmullos resignados, un coro de voces que parecía repetir: «Aquí no pasa nada».
Me miró, sonrió con esa media mueca de quien ya había visto demasiado y me dijo: «Déjame contarte algo».
Doña Margarita y el mercado
Doña Margarita caminaba por el mercado con pasos lentos pero precisos, como si cada movimiento fuera una coreografía aprendida a lo largo de décadas. Sus manos, curtidas por el tiempo, sostenían una bolsa de tela desgastada que colgaba de su hombro como un testigo silencioso de sus rutinas. El mercado era un laberinto de olores y sonidos: el dulce aroma de las frutas maduras se mezclaba con el olor acre de la carne expuesta al sol, mientras los vendedores gritaban ofertas y los compradores regateaban con voces cansadas.
Ese día, sin embargo, algo era distinto. Un rumor flotaba en el aire, como un susurro que se colaba entre los puestos. «Dicen que se llevaron a otra», escuchó mientras una vendedora le entregaba su cambio. Doña Margarita frunció el ceño. Ya no debería sorprenderse, pero aún lo hacía. Cada vez que escuchaba esas palabras, un escalofrío le recorría la espalda, como si el miedo fuera un animal que la acechaba desde las sombras.
Fue entonces cuando lo vio. Un niño deambulaba solo entre los pasillos, con la ropa sucia y los ojos grandes de quien esperaba que alguien le ayudara. Esos ojos. Eran los mismos que había visto en su hijo la última vez que lo tuvo frente a ella, hace diez años, cuando salió a jugar y nunca regresó. Doña Margarita sintió un nudo en el estómago, como si alguien le apretara el corazón con un puño invisible. Podría haber preguntado. Podría haber gritado. Pero las palabras se le atascaron en la garganta, como si el miedo las hubiera convertido en piedra.
Alguien le tocó el hombro y le susurró: «Váyase, señora. Aquí no pasó nada». Y ella se fue. Como se van todos. Como se había ido su hijo. Ahora, cada vez que veía a un niño solo, sentía que el pasado la alcanzaba, como una sombra que nunca la abandonaba.
Al día siguiente, otra mujer en otro puesto dijo lo mismo: «Dicen que se llevaron a otra». Y nadie preguntó más. Doña Margarita siguió caminando, pero ahora, cada sombra le parecía más grande. Su propio reflejo en los charcos le devolvía una mirada ajena, como si el miedo la estuviera transformando en alguien que no reconocía.
Mientras Saúl hablaba, el eco de las sirenas se colaba por la ventana, recordándonos que la ciudad no dormía. Me quedé en silencio, preguntándome cuántas veces yo también había mirado hacia otro lado para protegerme del dolor.
Ana y el espejo
Ana vivía en una vecindad que alguna vez fue vibrante, llena de risas y conversaciones que resonaban en los pasillos. Ahora, las paredes estaban cubiertas de grietas, y el silencio solo era interrumpido por el eco lejano de las noticias que salían de los televisores encendidos. Ana estaba harta. Harta de las noticias, harta del miedo, harta de sentir que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Un día, decidió que ya no podía más. Apagó el televisor, desconectó el radio y cerró sus redes sociales. «Basta», dijo en voz alta, como si con esa palabra pudiera alejar el horror que la rodeaba.
Al principio, fue liberador. El silencio era un refugio, un espacio donde podía respirar sin sentir que el peso del mundo la aplastaba. Pero luego, comenzaron las pequeñas ausencias. Un plato que no recordaba haber movido desapareció de su alacena. Una foto de su infancia, que siempre colgaba en la pared, ya no estaba allí. Ana lo atribuyó al cansancio, a la distracción. «Debo estar perdiendo la cabeza», pensó, tratando de reírse de sí misma.
Pero las ausencias se volvieron más frecuentes. Un par de zapatos que siempre dejaba junto a la puerta ya no estaban allí. Un libro que estaba leyendo desapareció de su mesa de noche. Y luego, una mañana, al mirarse en el espejo del baño, notó algo extraño. Su reflejo ya no era tan claro. Era como si alguien hubiera pasado un paño húmedo sobre el vidrio, difuminando sus rasgos. Ana se acercó, frotó el espejo con la mano, pero la imagen seguía borrosa.
Cada día que pasaba, su reflejo se desvanecía un poco más. Primero fueron los detalles: el color de sus ojos, la forma de su boca. Luego, su silueta entera comenzó a difuminarse, como si estuviera hecha de humo. Ana intentó ignorarlo, pero el miedo se colaba en su mente. «¿Qué me está pasando?», se preguntaba, mientras acariciaba el vidrio del espejo, como si pudiera aferrarse a sí misma.
Una noche, decidió apagar todo de nuevo: el televisor, el radio, las redes sociales. Se sentó frente al espejo y esperó. Poco a poco, su reflejo comenzó a tomar forma nuevamente. Ana sonrió, aliviada, pero esa sonrisa se congeló cuando escuchó un grito en la calle. Alguien gritaba su nombre. Ana se quedó quieta, preguntándose si era real o si su mente jugaba con ella.
Mariana y el cartel de «SE BUSCA»
Mariana era una estudiante universitaria que había aprendido a vivir en una burbuja. En su mundo, las reglas de supervivencia eran un chiste, una especie de juego macabro que compartía con sus amigos. «Nunca te subas sola a un taxi», decían, riéndose mientras compartían memes sobre secuestros. «Nunca camines con audífonos de noche», añadían, como si fueran consejos de un manual absurdo. Para ellos, la violencia era algo lejano, algo que solo ocurría en las noticias o en los barrios peligrosos, nunca en su realidad.
Pero un día, todo cambió. El cartel de «SE BUSCA» apareció en la facultad. No era el primero. No sería el último. Mariana lo vio de reojo mientras caminaba hacia su clase. La foto era de una joven sonriente, con ojos brillantes y pelo largo. «Desapareció hace tres días», decía el texto en letras grandes y negras. Mariana sintió un escalofrío, pero lo ignoró. «No es asunto mío», pensó, mientras se apresuraba a llegar a clase.
Sin embargo, ese mismo día recibió un mensaje anónimo en su teléfono: «Tú la conocías». Mariana frunció el ceño. Abrió la foto adjunta. Era la misma joven del cartel. Y entonces lo recordó: era la chica que siempre estaba en la cafetería, la que solía sentarse cerca de ella y sus amigos. La que una vez le había prestado un bolígrafo durante un examen.
De pronto, todo dejó de ser un chiste. La risa se le quedó atorada en la garganta, como si el miedo la hubiera convertido en piedra. Mariana intentó hablar con sus amigos, pero todos evitaron el tema. «No es nuestro problema», dijeron, cambiando rápidamente de conversación. Era como si, al reconocer la realidad, hubieran perdido la capacidad de reírse de ella.
Mariana se sentía atrapada. Por un lado, quería saber más, quería hacer algo. Pero por otro, el miedo la paralizaba. «¿Y si preguntar demasiado me pone en peligro?», pensó. Cada vez que pasaba frente al cartel, sentía que los ojos de la joven la seguían, como si le suplicaran ayuda.
Una noche, mientras caminaba sola hacia su casa, Mariana se detuvo frente al cartel. La foto de la joven sonriente parecía burlarse de ella. «¿Y si hubiera sido yo?», se preguntó. El miedo la envolvió como una manta pesada, pero esta vez no pudo ignorarlo.
Diego y Sofía, el refugio frágil
Diego y Sofía eran dos adolescentes enamorados que habían encontrado en el otro un refugio contra el caos que los rodeaba. Vivían en una ciudad donde cada lugar tenía una historia oscura: el café donde hubo una bomba, la plaza donde ocurrió una balacera, el cine donde asaltaron a una familia. Pero juntos, todo parecía más llevadero.
Esa tarde, estaban sentados en el techo del edificio de Diego, mirando el horizonte. El sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, como si quisiera recordarles que aún había belleza en el mundo. Sofía apoyó su cabeza en el hombro de Diego y suspiró. «¿Y si escapamos?», preguntó él, rompiendo el silencio.
Sofía lo miró, sorprendida. «¿A dónde iríamos?», preguntó, aunque en su mente ya imaginaba un lugar lejano, donde no hubiera miedo ni sirenas que interrumpieran sus sueños.
«A cualquier lugar», respondió Diego, tomándole la mano. «Un lugar donde podamos vivir sin mirar siempre por encima del hombro».
Sofía quiso decir que sí. Quiso creer que era posible. Pero en ese momento, como si el universo quisiera recordarles que no había escapatoria, las sirenas comenzaron a sonar. Eran agudas, penetrantes, como un recordatorio constante de que el peligro nunca estaba lejos.
Diego apretó la mano de Sofía con más fuerza, como si eso bastara para construir un refugio invisible. «Estaremos bien», murmuró, aunque en su voz había una duda que no podía ocultar.
Sofía asintió, pero sabía que su refugio era frágil, como un castillo de naipes en medio de un huracán. Por un momento, el mundo dejó de temblar. Pero los minutos pasaron y las sirenas no cesaron. La ciudad seguía allí, esperando el siguiente nombre para su lista.
Valeria y los dragones de metal
Valeria era una niña de nueve años que vivía en una escuela rural, rodeada de campos verdes y cielos infinitos. Para ella, el mundo era un lugar mágico, lleno de historias que su maestra les contaba cada tarde. Los dragones, caballeros y reinos lejanos eran tan reales como los árboles que veía desde la ventana de su salón.
Pero un día, todo cambió.
Esa mañana, la maestra entró al salón con una expresión seria que Valeria nunca le había visto. «Hoy vamos a jugar a dormir», dijo, con una voz que intentaba sonar calmada pero que temblaba ligeramente. Los niños obedecieron, acostándose en el suelo y cerrando los ojos. Valeria, sin embargo, no pudo resistir la curiosidad. Entreabrió los ojos y miró por la ventana.
Lo que vio la dejó paralizada.
Afuera, en el camino de tierra que llevaba a la escuela, había unos vehículos enormes, de metal brillante, que avanzaban lentamente. No eran como los caballeros de los cuentos; no tenían armaduras brillantes ni espadas relucientes. Eran monstruos de metal, con muchas cabezas que escupían ruido y humo. Valeria sintió un escalofrío. «¿Son dragones?», pensó, confundida.
Pero entonces vio algo que la heló por completo. De uno de los vehículos bajaron hombres con uniformes oscuros. No parecían héroes. Parecían… peligrosos. Los adultos de la escuela corrían de un lado a otro, hablando en voz baja y con miradas de preocupación. Valeria quiso preguntar qué estaba pasando, pero recordó las palabras de su maestra: «Juega a dormir».
Esa noche, Valeria soñó que el reino de los cuentos se caía en pedazos. Los dragones de metal escupían fuego y los caballeros no llegaban a salvarlos. Al despertar, quiso preguntarle a su mamá si los caballeros habían ganado. Pero no lo hizo. Porque, en el fondo, ya sabía la respuesta.
Valeria ya no creía en los cuentos de hadas. Ahora sabía que los dragones eran reales y que los adultos mentían para protegerla de una verdad que dolía más que cualquier cuento.
Saúl terminó su café, ahora completamente frío, y dejó la taza sobre la mesa con un suave clic que resonó en el silencio de la cafetería. Me observó con esa mirada cansada, pero penetrante, que parecía ver más allá de las palabras. «¿Y tú qué prefieres?», me preguntó, su voz baja pero cargada de un peso que no podía ignorar. «¿Saber y vivir con miedo o no saber y vivir en paz?».
Las palabras flotaron en el aire como un desafío, como una pregunta que no tenía una respuesta fácil. Me quedé en silencio, buscando en mi mente una respuesta que no llegaba. Afuera, las sirenas seguían sonando, su eco interminable recordándonos que la ciudad nunca descansaba.
Saúl no esperó mi respuesta. Se levantó de la mesa, ajustó su chaqueta y me dio una última mirada. «Aquí, el silencio es el único refugio que nos queda», dijo, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos. Luego, se dio la vuelta y salió de la cafetería, dejándome solo con mis pensamientos.
Me quedé allí, mirando la taza vacía de Saúl, mientras las sirenas seguían sonando. Las historias que me había contado resonaban en mi mente como un eco persistente: Doña Margarita y su miedo paralizante, Ana y su reflejo desvanecido, Mariana y el cartel que la confrontó con la realidad, Diego y Sofía y su amor frágil, Valeria y los dragones que le robaron su inocencia.
Cada una de ellas era un espejo, un reflejo de las decisiones que todos tomamos cada día: mirar o no mirar, saber o no saber, actuar o quedarnos quietos. Y en ese momento, entendí que no había escapatoria. La realidad siempre encontraba la manera de alcanzarnos, incluso cuando cerrábamos los ojos.
Las sirenas seguían sonando, y su eco me recordó que, en esta ciudad, incluso el silencio tiene un precio. Saúl tenía razón: el silencio era un refugio, pero también una prisión. Y tal vez, en ese silencio, estaba la respuesta que ninguno de los dos se atrevía a decir.
La sombre del hipopótamo / Julio César Morales
*Julio César Morales (Mr. Hippo) es escritor, editor y librero apasionado por la expresión escrita. Con una trayectoria marcada por la participación en antologías de cuentos y la dirección de talleres de creación literaria, ha inspirado a nuevas generaciones en el arte de contar historias. Impulsa proyectos sociales como «Las Letras Salvan Vidas» y coordina iniciativas culturales en Querétaro. Ha sido ponente en eventos como IMPULSO, dirige el círculo de escritores «Tinta Viciosa» y lidera la colección de libros de Kúlturi en PAR TRES editores. Actualmente, es director del Instituto para el Desarrollo de Proyectos Culturales (Kúlturi). Curiosidad: es un apasionado de los hipopótamos.
