La caída

Llegó a la puerta del trabajo y antes de entrar se alisó el cabello, enderezó la postura, tomó aire y entró como el vencedor que debía ser. En la oficina todo el mundo lo miraba, algunos con sorpresa, otros con sorna y morbo, sólo algunos, los más cercanos, se atrevieron a preguntar por su deplorable estado, por los raspones y moretones en su rostro y por el costado derecho del dorso que constantemente se tocaba con la mano izquierda.

Él, orgulloso, respondió: «Fue en una riña con dos tipos en el estacionamiento del supermercado, si así me ven a mí, no se imaginan cómo quedaron los otros», y comenzó a contar con lujo de detalle la forma en que él solo aniquiló a sus adversarios con varios golpes de derecha e izquierda, patadas de karate y ganchos al hígado al estilo de Julio César Chávez. «Hasta hice que se disculparan». 

Cuando terminó de contar su hazaña de enorme valentía y habilidad, siguió con paso firme y gallardo hacia su cubículo, recibiendo algunas sonrisas y palmadas de felicitaciones. En cuanto dejó de sentir las miradas, se derrumbó con dolor y esfuerzo sobre su silla de trabajo reprimiendo un par de lágrimas, esperando que nadie preguntara por qué está vez y los siguientes días llegaría sin su acostumbrada bicicleta, porque de ser así, también tendría que inventar alguna historia sobre su ausencia.

Publicado por Paradigma

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