Mi jefa crió a un pendejo, no a un rajón

Hace unos días, Uriel me escribió. O quizá fue hace siglos —el tiempo tiene esa elasticidad cuando se trata de recuerdos, esa distorsión que nos hace dudar de si lo vivido ocurrió ayer o fue una vida entera en otro universo paralelo—. Le pedí ayuda con un par de ilustraciones para algunos cuentos en los que llevaba tiempo trabajando, y, sin pensarlo, contestó:

—La verdad, estoy un poco oxidado, pero mi jefa crió a un pendejo, no a un rajón.

Me reí, claro, pero esa risa fue más que una reacción: fue el crujido de un puente tendiéndose sobre los años que nos separaban, un túnel de regreso a los días en que compartíamos no solo la escuela, sino el mismo fastidio hacia alguien, cuyo nombre ya ni pronunciamos. La distancia, curiosamente, hizo lo opuesto a lo esperado: no nos separó, sino que nos mantuvo cerca, como si bastara saber que el otro seguía ahí, en algún lugar, justo al alcance de la memoria.

Noé y el Chicarcas eran así también. Se conocían desde niños, cuando Noé llegó al barrio y Rodolfo —aún no le decían Chicarcas— empezó a tocar su puerta cada tarde, insistiendo hasta que salía a jugar. Noé era de esos niños que terminaban la tarea antes de hacer cualquier cosa; Rodolfo, en cambio, parecía vivir en la calle. Trepaban árboles, inventaban batallas con juguetes rotos, y a veces, cuando la suerte los acompañaba, pasaban horas pateando una botella vacía por el parque. Pero con los años, sus caminos se separaron. Noé siguió estudiando, y Rodolfo se hizo conocido por cosas —esa palabra que todos en el barrio susurraban con una mezcla de admiración y miedo—. Cosas como las motos que aparecían desarmadas en el taller de Don Luis y cuyas piezas, misteriosamente, nunca volvían a juntarse. Cosas como las noches en que Rodolfo desaparecía y regresaba con los nudillos agrietados y los bolsillos llenos de billetes arrugados. Nadie preguntaba. Nadie quería saber.

La última vez que se vieron fue antes de que Noé se mudara al centro para empezar la universidad. Salieron a tomar unas cervezas, caminaron hasta el parque de siempre, y en algún momento, entre risas y silencios incómodos, el Chicarcas le dijo:

—No te olvides de la banda.

Lo abrazó con fuerza, como sellando un pacto. Después, como si fuera parte de un guion que ya conocían, terminaron en el taller de Don Luis. Noé nunca supo por qué accedió a acompañarlo —quizá por lealtad, quizá por no quedar mal, quizá porque, en el fondo, siempre había querido entender qué había detrás de esos rumores—. Pero cuando la cortina metálica cayó con estrépito y vibró en los huesos, como el eco de una amenaza olvidada, y Don Luis apareció en la puerta con una pistola en la mano, Noé no lo pensó dos veces: corrió. No miró atrás, aunque escuchó los disparos. Tres, para ser exactos. Más tarde, cuando encontraron al Chicarcas tirado en el suelo, Don Luis le preguntó quién lo había acompañado. Él solo sonrió, con la boca llena de sangre, y dijo:

—Mi jefa no crió a un rajón, sino a un pendejo.

Uriel y yo nunca fuimos amigos de esos que se hacen promesas. Al principio solo éramos dos espectros que se cruzaban en los pasillos de la prepa, intercambiando frases cortantes sobre profesores patéticos y materias reprobadas. Pero con los años descubrimos coincidencias absurdas: el mismo humor venenoso, la misma mirada torcida ante el mundo, hasta una fascinación compartida por los colibríes —esos espías alados, según Uriel—. Luego, como todo en la vida, dejamos de hablar. Cuando nos reencontramos, ya no supe si era nostalgia o simplemente que seguíamos siendo los mismos pendejos, conectados por un hilo invisible. Acumulamos un museo de cosas nunca dichas. Nunca hicimos planes. Nunca los necesitamos.

Mientras Uriel y yo nos aferrábamos a esos recuerdos como a un salvavidas, alguien más, en algún otro rincón de la ciudad, ya había hecho algo que marcaría una línea irreversible en su vida.

Luisa nunca fue de pensárselo dos veces. Hacía lo que quería, y punto. Así había sido siempre. Hasta que se dio cuenta de que Alejandra y Miguel —su Miguel— eran más que amigos. Al principio lo ignoró. Luego empezó a notar detalles: una mirada de más, una risa que duraba demasiado, un roce casual que no lo era. Y entonces, sin poder evitarlo, decidió que lo quería para ella. No por amor, sino por esa necesidad urgente de probarse algo a sí misma: que todavía podía ganar.

Fue en una fiesta. La música sonaba tan fuerte que las palabras no servían para nada, así que cuando lo besó, no hubo explicaciones posibles. Alejandra los vio desde el otro lado de la habitación. No hizo un escándalo. Solo se quedó quieta, con los ojos brillantes como si acabaran de apagarle la luz por dentro.

—Sabía que tarde o temprano lo harías —le dijo al día siguiente, cuando Luisa fue a su casa a disculparse—. Solo que nunca pensé que fueras capaz de esto.

—No fue nada personal —mintió Luisa, aunque ambas sabían que era mentira. Había sido completamente personal.

Miguel desapareció. Alejandra también. Y Luisa, por primera vez en su vida, se quedó completamente sola.

Fue entonces cuando recordó la frase que su madre repetía cada vez que alguien de la familia hacía algo estúpido por orgullo:

—Mi jefa crió a un pendejo, no a un rajón.

Siempre la había escuchado con ironía, pero ahora la entendía. No había vuelta atrás. Había demostrado que no era cobarde, pero el precio había sido demasiado alto. En las noches, mientras daba vueltas en la cama, Luisa pensaba que a veces la valentía no consiste en actuar, sino en resistir el impulso de arruinar todo lo que tocas.

«Uriel y yo coleccionábamos ausencias. Luisa, en cambio, las provocaba.»

Con el tiempo, nos distanciamos. La vida pasa, y los años son olas que arrastran recuerdos a la orilla. Pero Uriel sigue ahí, en píxeles. Su frase me llega cuando la luz entra oblicua por la ventana o cuando el café huele a amargura. A veces dudo si él la envió o si la inventé en alguna tarde sin rumbo.

Quizá la amistad verdadera no son puentes ni túneles, sino eso: un hilo invisible que vibra pese a los años. No sé si es nostalgia o la terquedad de seguir sintiendo lo mismo por las mismas personas. Pero ahí está Uriel, en algún rincón del mundo, repitiendo rituales con el mismo humor ácido.

Lo que queda no es lo perdido, sino lo que persiste, suspendido en el aire como un chicle pegado a una lápida improvisada. «¿Quién diría que un león y un hipopótamo, si se atreven, pueden llevarse mejor que cualquiera de los animales que habitan la selva?», pensé después.

La sombre del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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