Por Gabriel Espinoza Zazueta*
—Vámonos a vivir a la playa— le dije a Mich en octubre, mi entonces novia. Fue a finales del 2020 cuando me di cuenta que no quería pasar 40 minutos sentado en un vehículo para llegar a mi trabajo. Aunque también Mi Vida en el Caribe, de Discovery Home and Health, me hizo creer en el sueño de vivir frente a la arena y pasar el resto de mis días haciendo hoyos con los pies.
—Vámonos — dijo ella, determinada a hacer lo que sea, sin miedo.
—¿Y la casa? No llevamos ni un año aquí – contesté ya queriendo dar marcha atrás al plan.
—Las cosas son para venderse. No pasa nada.
***
Habían pasado meses desde que planté la idea en su subconsciente como en Inception. La pandemia nos trajo consigo una época de felicidad y repudio hacia las cuatro paredes. Eso sí, mi trabajo disminuyó drásticamente pues, como era de suponerse, no había nadie de quien cuidar en la oficina. A lo mejor fue ese nuevo orden que me orilló a pensar en la inmensidad del mar, como Crusoe antes de cada viaje. Pero la ejecución de mi trabajo, a diferencia de la de Di Caprio, había sido sutil, pulcra, proponiendo algo tan irresistible que sólo era cuestión de tiempo para que las cosas empezaran a suceder. Aunque, he de confesar, yo era muy feliz en mi antiguo trabajo. La misión, “Salvar y Sostener Vidas”, me llenaba de orgullo y pasión pero… todos sabemos que el diablo es puerco y cuando vi el anuncio de una vacante en Mérida, mis ojos se maravillaron de ver 1) el puesto y 2) y el dinero que traería consigo.
Supongo que el hombre se aburre de la vida, es la mancha en nuestro ADN. Seres voraces por naturaleza aún cuando estamos satisfechos. Meses después, tras numerosos filtros y entrevistas, en la Semana Santa del 2021 llegó la carta oferta.
“Mi vida en el casi-Caribe”.
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—Si viviremos tan cerca del mar, nuestra casa tendrá estilo playero —dijo Mich, avanzando por las colonias aledañas a la prolongación del Paseo de Montejo. Antes de mudarnos oficialmente, ya con mi contrato firmado con mi nuevo cargo de Gerente de Bla-Bla-Blá, decidimos conocer Mérida y sus alrededores. Si bien, lo primero fueron Uxmal y el cenote Kankirixché, Mich quiso poner a prueba sus dotes de diseñadora de interiores. Conocimiento adquirido durante la cuarentena tras ver cientos de temporadas de Hermanos a la Obra. El almacén técnicamente seguía en proceso de construcción, por lo que tuvimos tiempo suficiente para buscar nuestro nuevo hogar y demás pormenores.
—¡Mira esta, qué bonita! —Durante media hora los dos recorrimos el lugar, sentados en las sillas estilo Acapulco, comparando los modelos de sillones para exteriores y pensando en las combinaciones de colores de las mesas de plástico para el patio. Al ver que pasarían horas antes de que nosotros tomáramos una decisión, la encargada del lugar nos dejó solos para darle la bienvenida a otro posible comprador.
A lo lejos, noté que un intento de plática no fluía en inglés. El comprador, un gringo muy alto y con muchos kilos encima, lucía frustrado por no darse a entender.
—Hi! I need a chair… or something… something… for this big ass bastard —continuó él, confiado que nadie entendería, pero Mich, quien estaba cerca, soltó una carcajada.
—¡Genial! ¿Me entendiste! ¿De dónde eres? —preguntó el gringo, hablando en su idioma natal.
Cuando por fin me decidí por dos opciones del comedor exterior, la plática entre el gringo y Mich ya iba bien avanzada. Fue entonces cuando me hice notar con un “Hi, I’m Gabo”.
—¡Hola, mucho gusto! ¿A qué te dedicas? —preguntó el gringo.
—Trabajaré en el nuevo almacén —dije, con el pecho inflado de orgullo.
—¡Oh, sorry! —dijo, genuinamente triste por la noticia.
—¿Por qué lo sientes?
—No, nada importante. Es que conozco al CEO, Jeff Kisses. Asistí a unas cenas en California y pude platicar con él.
—¡Ah! ¿A qué te dedicas? —pregunté.
—Soy promotor turístico del consulado de Estados Unidos. Acabo de mudarme a Mérida.—El gringo tomó asiento en una poltrona que ninguno de los tres terminaría comprando y continuó:— En esa cena noté que su estilo de liderazgo es confrontativo. Le gusta empujar a la gente y que entre ellos haya una competencia, un choque. —Cuando dijo “choque” recordé un término que se mencionó de manera efusiva durante las entrevistas; el famoso “push back”. Al verme con una cara larga y desganada de lo que me esperaba, el gringo intentó animarme:— ¡Hey, tranquilo!. Lo bueno es que vivirán acá. Y aquí ya pueden dedicarse a otra cosa.
Al finalizar la plática, Mich y yo nos dimos cuenta que todo el intercambio sucedió sin saber el nombre del gringo, ni siquiera su apellido. Han pasado tres años desde ese encuentro y no dejo de pensar en quién pudo haber sido él. Tal vez un falso profeta, tal vez un verdugo de ideales o tal vez sólo fue un pinche gringo que quería una silla para su enorme trasero.
*Gabriel Espinoza Zazueta. Trotamundos y chismoso por naturaleza. Le gusta perderse investigando datos curiosos para darle fines prácticos. Colaborador en revistas digitales como Cuati Medios y Cielito Arte. Cuando no está escribiendo o impartiendo clases de inglés en línea, está explorando México con su esposa Mich y sus seis perritos.
