
Llegué a la casa de mis padres, las canas de mi mamá lucían crecidas, algo que casi nunca permite, pues dice que pintarse el cabello «la pone de buenas». Me senté en la misma silla de la cocina en la que siempre lo hago, tomó mi muñeca, me miró a los ojos y, sin muchas formalidades de por medio, me dijo: «Pues te voy a contar… se murió tu tía Maru».
Hacía años que mi madre no la veía: víctimas de las dinámicas en las familias mexicanas, unos dimes y diretes las fueron alejando. Sin embargo, mi mamá ha dicho que ella no tiene problema con nadie y que recibe por igual a quien quiera llegar a su casa.
«No he podido llorar, como yo ya no la vi, siento que todavía anda por ahí, no me cae el veinte», me dijo cuando le pregunté el clásico «¿y tú cómo estás?».
Mi tía Maru era menor que mi madre, supongo que eso es aún más doloroso para una hermana, que no sólo recuerda a la persona adulta, a la madre de tres hijos, a la mujer que batalló con un cáncer de mama, sino también a la niña, a la adolescente, a la bebé… Pase lo que pase, crecieron juntas.
La muerte ha sido, es y será una cosa difícil, ese enigma incómodo que sólo los filósofos de la vida práctica logran domar sin problemas. Me dolió ver a mi madre ahí, pasando el trago amargo de un deceso más en su familia.
Recuerdo a mi tía Maru con mucho cariño, siempre fue tierna conmigo. Cuando era niño, ante mi imposibilidad de decir que mi nombre era Miguel, me presentaba como «Elele», y ella, con cariño, me decía: «Elelito». Cuando desde muy pequeño demostré que rebasaría la estatura promedio, Maru me rebautizó como «Elelote», forma en la que medio mundo me decía con tono de burla, pero que a mí jamás me molestó, porque ese apodo me lo había puesto ella.
Mi tía tuvo una vida muy ajetreada, para algunos miembros de la familia pisoteó ciertas costumbres morales por algunas decisiones que tomó, pero esos detalles no vienen al caso, porque de los ausentes no hay que andar contando ciertas cosas.
Del que sí puedo dar más detalles es de mi tío Fernando del Toro Rivera, un sujeto que se quedó anclado en los sesentas: cualquiera con referencias suficientes notaba que su personalidad era una mezcla entre Mauricio Garcés y Jorge Rivero. Siempre hacía presencia con alguna de sus camisas satinada abierta al pecho, una cadena descansando en los vellos de sus pectorales, bigote y una voz gruesa que más de uno le envidió en vida. Sus manos eran gruesas, siempre llenas de anillos, un dandi, sin dudas.
Era primo de mi padre y murió hace más o menos un mes. Sus dos cartas de presentación eran que tocó en grupo de rock and roll famoso y que fue pareja de una hija de Pedro Infante. Sin embargo, los últimos años de su vida lo consumió una enfermedad en el hígado; mi padre lo visitaba seguido para ayudarle con cosillas de su casa, hasta que el pobre tío ya no soportó.
Dejó una casa y, en ella, miles de objetos llenos de recuerdos. Al velorio asistieron familiares que hacía años no lo visitaban, entre ellos su hija, quien fue su única heredera y se quedó con casi todo.
Las cosas que no se quedó ella fueron repartidas entre algunas personas de confianza, por ejemplo mi padre, quien ha hecho de su propia casa un cementerio de las nostalgias de Fernando del Toro Rivera: una sala, un comedor, electrónicos, adornitos, cuadros, utensilios de cocina y demás objetos que a mí me generan muchísima tristeza y a mi mamá le molestan por tanto desorden. Imagino a aquel hombre, en vida, probándose su ropa, atesorando sus objetos, ahorrando para adquirir tal o cual elemento material que sabe a lujo; ante un aparador, dudando si sí o si no hacer ese gasto… pienso tanto en las cosas que dejamos cuando nos llega el destino.
Mi padre sólo trata de ayudar a vaciar la casa de su primo, porque la heredera quiere rentarla para regresarse al norte, donde vive, pero su amabilidad para con ella lo ha rodeado de triques y chácharas que, con muy buena voluntad, anda repartiendo a propios y extraños.
Vecinos, amigos, familiares que ni conocieron al difunto se han visto beneficiados con chamarras, zapatos, lociones y demás curiosidades. A mí se me ofrecieron unas sábanas de satín negras que obviamente rechacé, por las razones que tú quieras imaginar.
No obstante, en mi casa sí terminaron unos elefantes de porcelana, un par de tambores pequeños e incluso unos cuarzos, que me generaron mucha empatía con mi tío fallecido. Además, me hice de unas figurillas de San Chárbel, a las cuales les procuré el más digno lugar que pude en mis altares personales.
Debo agradecer la lección que mi tío y mi padre me han dado, una que no pedí ni ellos querían compartirme, pero que ahí está, pulsante como un corazón moribundo: para qué quiere uno tanta cosa.
Desde que mi padre colecciona los resquicios de su primo difunto, miro mi casa diferente, veo miles de libros, las máscaras africanas, los globos terráqueos, el busto de Zeus, mis collares de piedad y pienso: ¿quién se va a quedar esto cuando yo muera?
Le he dicho a más de una persona cercana: “Si me muero, que me entierren con mis collares, mis pulseras y mis cuarzos, como si fuera emperador mexica”, pero, ¿y si no me cumplen?, ¿si un advenedizo se queda mis pertenencias, como yo, que ahí tengo unas cosas de un tío al que por mucho vi tres veces en la vida?
Además, yo quiero que me incineren, así que más bien sería echarle a un montón de cenizas mis cuantiosos cuarzos, lo cual ya me parece por demás bizarro.
¿Para qué quiere uno el dinero? «Si a la tumba no te lo llevas, ¿quién en tu caja lo va a meter?», dice el Baile del Mono, una canción más tropical que reflexiva, pero que en momentos como este uno escucha de otra manera. Tanto trabajar, tantas quincenas, ¿para qué, para atesorar plásticos, telas y maderas que no valen lo que cuestan? Bien dice mi madre: «Necio y mil veces necio, quien confunde valor con precio».
Nos aferramos a lo que podemos tocar. El otro día me contaron de una mujer que aún guarda en el congelador el último bote de helado de nuez que cuchareó su padre, como un monumento, un lazo que los une. O la contraparte, la de un montón de buitres que se robaron las joyas de oro que dejó una pareja adinerada, escondiéndolas del pobre huérfano que apenas tenía veinte años cuando se le fueron sus padres… Las cosas, los objetos, lo tangible.
Últimamente prefiero comer bien, aunque la cuenta sea elevada; me resigno a no tener en mi pared alguna excentricidad rara, de esas que me gustan, o pienso mejor cuando quiero un libro que se posicionará en el lugar número 546 de los que están en espera para que los lea. Tras la muerte de mi tío, llevo tatuada en la mente esta frase de San Francisco de Asís: «Tengo poco y lo poco que tengo, lo necesito poco». Hoy prefiero tener tiempo a cualquier baratija que gratifique mi ego capitalista contra el que siempre he luchado. Qué grande fue Marco Aurelio y su memento mori, qué grande Jaime Sabines y el poema que, como epígrafe, arranca este texto.

