
El mundo sigue en sus conflictos más incómodos de los últimos años: el Estado de Israel ensañado contra la población palestina; Ucrania y Rusia se mantienen en conflicto; Donald Trump y sus aranceles; pareciera que no vamos hacia ningún lado.
En tiempos como estos, cómo se extraña a ciertas voces, esas letras críticas y poéticas que le hacían frente a momentos tan amargos como los que atraviesa el sistema internacional. El 17 de abril de 2014, murió Gabriel García Márquez y, un año más tarde, el día 13 del mismo mes, se marchó Eduardo Galeano.
Si bien es cierto que a García Márquez se le recuerda por sus célebres novelas, como Cien años de soledad o El coronel no tiene quién le escriba, sus orígenes como periodista siempre marcaron las historias que encantaron a medio mundo.
Precisamente en la obra donde nos cuenta la historia de Macondo, los Iguarán y los Buendía, realiza críticas mordaces a la represión de los trabajadores en su natal Colombia, así como a las cúpulas políticas que imponen sus sistemas a las comunidades independientes.
En el periodismo, la nota diaria es fundamental, es el alimento de la información nacional e internacional para las sociedades que buscan frenar los abusos de las oligarquías. Sin embargo, qué valioso es que maestros como García Márquez, escritores de primera línea, lleven los reclamos y la historia más allá de la inmediatez que se le exige al reportero.
Enrollar la información con herramientas literarias no es sencillo, y para eso, tipos como García Márquez eran buenísimo. Más que un literato, el colombiano comenzó siendo cronista y, en tiempos en los que no había redes sociales, su trabajo fue fundamental para esclarecer las dinámicas de la aldea global.
Aunque menos recordados que sus ficciones, libros como De viaje por los países socialistas y Cuando era feliz e indocumentado, reúnen las crónicas más trascendentales de García Márquez, con las cuales rescatamos un dibujo del pasado, cuando en este Siglo XXI las revisitamos.
Algo similar sucede con el maestro Jorge Ibargüengoitia, pues su crítica social era clara, tanto en su literatura como en sus artículos de opinión. Así como hacía revisiones satíricas de episodios históricos, como en Los pasos de López, donde se burla del proceso de independencia, también realizaba implacables análisis de su realidad: ya desde hace décadas, el guanajuatense se quejaba de la gentrificación en Acapulco, un fenómeno que en sus tiempos ni tenía nombre.
Aunque hay muchos casos similares, como el del maestro Ryszard Kapuściński, rematamos con Eduardo Galeano, pues lo que nos lleva a rememorarlo es, como en el caso de García Márquez, su aniversario luctuoso. Cómo quisiera uno que personas como esas vivieran por siempre, por lo menos físicamente, pues seguirán vigentes y si los leemos constantemente.
Galeano tuvo la gracia de quejarse de todo sin parecer melindroso. El uruguayo supo utilizar el lenguaje a su favor para escupirle al mercado bursátil, al imperialismo, a las fronteras y a la guerra, problemas que reflejó en Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, y que hoy siguen tan vigentes.
Sin embargo, haciendo gala de su genio, habría que reflexionar sobre una de esas frases que nos dejó el maestro Galeano: “Hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío candente, sobre las conciencias de los hombres”.
