
¿Sabes qué va a pasar? Lo que tenga que pasar.
Santiago Rivera, mi padre
Cuando tenía como cinco años, mi hermano mayor me prometió que el fin de semana me llevaría al zoológico. Eso me lo dijo un martes, así que pasé más días de los que debí desesperado, inquiere, jodiendo a mi pobre madre con la lista de animales que deseaba ver cuando llegara el tan ansiado momento de estar frente a sus jaulas.
Aquel domingo me paré más temprano que de costumbre, sólo para pasar más horas de angustia ante la puerta cerrada de la recámara de mi hermano: salió de ahí a hasta las seis de la tarde, seguro con resaca o cansado de haberse desvelado con sus amigos.
No soy psicólogo ni discípulo de Freud, pero quiero pensar que ahí nació mi ansiedad: ese día el mundo me demostró que hay cosas que, por más seguras que uno las sienta, no van a pasar.
Fui un niño ansioso, jamás me gustó el concepto espera: «¿por qué no vamos de una vez?» o «¿por qué no me lo compras ya?», le decía a mis padres ante tal o cual situación.
Odiaba tener que esperar una semana para ver los partidos del Toluca en la televisión, para disfrutar de las transmisiones de la lucha libre y demás ilusiones que tiene uno cuando es niño.
Quizás Dragon Ball también nos hizo mucho daño: uno pasaba meses viendo capítulos de lo mismo, esperando el desenlace y un día, de buenas a primeras, Canal 5 reiniciaba la caricatura al capítulo uno… Dime si eso no va a generar ansiedad.
Conforme fui creciendo, entendí muchas cosas: ¿por qué había que esperar a comer tal cosa o a que mis padres me compraran cierto lujito? Porque estaban ahorrando, porque las crisis lastimaron su estabilidad, porque mi padre estaba harto de endeudarse para que no me diera cuenta de las carencias que había. Me gustó entender las cosas, pero me dolió muchísimo cobrar conciencia.
Cuando estudiaba la carrera en Comunicación y Periodismo, me hice adicto a los libros, enfermedad que no he podido curar desde entonces. En mi búsqueda por saciar mi voraz apetito de páginas y letras, llegó a mis manos Siddartha, de Herman Hesse. ¡Vaya joya! Oración tras oración me dejaba miles de reflexiones y aprendizajes: me daban ganas de hacerme budista a cada segundo, pero fue hasta cierto momento de la novela que sentí, por un breve instante, la luz sobre mi ser… Siddartha sabía hacer tres cosas: ayunar, meditar y esperar.
Entendí que había una forma de combatir la ansiedad, que no es otra cosa sino esa necesidad de estar en otra parte, de que la vida pase de prisa. Empecé a meditar, a tomarme las cosas con calma, comprendí que, como decía Diógenes, el único territorio que podía conquistar estaba entre mis dos orejas, así que tomé a mis ejércitos y emprendí la cruzada.
Llevo años en una lucha contra mí mismo. Recuerdo cuando renuncié a mi primer trabajo importante, que fue en la Cámara de Diputados, y mi madre, la única vez que lo hizo, desconfió de mi juicio: «¿Seguro, Migues?», me preguntó cuando le dije que estaba harto de la hipocresía de la política y de ser parte de ese sistema.
Es mi madre, me hizo dudar. Otra vez la ansiedad estaba presente, sin embargo, ya no era el niño que le lloró un día entero a una puerta porque su hermano lo plantó para ir al zoológico, era un aspirante a hombre que llevaba unos años en la búsqueda de su ser, alguien que tampoco se llevaba bien con ciertas certidumbres.
Recuerdo el día que renuncié y me sentí libre, con mi primera novelita bajo el brazo, apostando a que mi futuro me perteneciera sólo a mí.
De eso han pasado ya muchos años, más de los que quisiera, pero en los que he vivido cosas increíbles: la determinación, la paciencia, la honradez, la mesura y un montón de más valores que me enseñaron mis padres, y los libros de filosofía, me han ayudado a tomar mejores decisiones, con calma, con planeación, sin ansiedad. Por eso mi madre ya no volvió a dudar: me ha visto irme de tantos lugares, dejar vacantes puestos que cualquiera soñaría, que lo más hermoso que me ha dicho ante esos escenarios fue: «Ay, Migues, tú sobrevivirías en el desierto, haz lo que quieras».
¿Soy un buda, un iluminado? Ja, ja, ja, ni de lejos, soy un aprendiz de ser humano que ahí anda, viviendo a prueba y error. Lo que tenga que pasar”. Entiendo que hay mil cosas que quiero que sucedan y que no dependen de mí: por eso la ansiedad toca a la puerta de vez en cuando; sin embargo, gracias a que la vida es amable cuando uno le pone corazón a todo lo que hace, de cada diez veces que la ansiedad viene a joder, unas ocho se queda afuera, esperando a que alguien más la lleve al zoológico.

