Saludo al señor Ganesh (Om Gam Ganpataye Namaha)

La escritura llegó a mi vida después de la lectura. Cuando me enfrenté al primer deceso de un ser querido, mi papá tuvo la inspiración de ir al una tienda cercana en la cual me compró un libro que ya no conservo yo (ahora es de mi hija mayor). Así, mientras esperaba, solo, en las sillas de un solitario pasillo de la Clínica 24 del IMSS, y de la mano de Edith Hamilton y su La mitología, me volví un ávido lector. Pero no nada más, también se me despertó un apetito y afición por conocer y comprender esos personajes tan parecidos y tan distintos de la literatura que aparecen en las diferentes manifestaciones del mundo espiritual y sus traducciones alrededor del mundo y a lo largo de la historia. Amo a los héroes y divinidades que toman parte en las epopeyas cantadas por Homero; me emocionaba imaginando esa batalla ineludible en la cual los habitantes de Asgard morirían por muy divinos que fueran; me inquietaba meditando cómo era que siendo el dios de la sabiduría, Quetzalcóatl era engañado por Tezcatlipoca para embriagarse y acabara desterrado de Mesoamérica. Pero una mitología especialmente fascinante para mí, por lo rica y diversa es la  florecida en India.

            Cuando llegué a la adolescencia y los sentimientos y la realidad hicieron de mi corazón su campo de batalla, la única válvula de escape para la presión cardíaca que encontré fue la escritura. Traducir las emociones y eso que llamo pensamientos pero que no son palabras sino un algo eléctrico preverbal en mi cerebro, me permitió un libertad sólo limitada por mi uso del lenguaje escrito y cuyo único barómetro era mi propia percepción de cuán adecuada o inadecuada había sido la traducción de mi mundo exterior al mundo de las letras. Ese ejercicio me permitió descargar las piedras que mi yo adolescente creaba al enfrentarse a la mezquindad, al sinsentido y, en fin, a la maldad positivamente existente en el mundo. Me sentía mejor luego de liberarme de las cargas, motivadas o no, pero reales para mí. Escribir me hacía bien y lo cultivé sin pretensiones, sin preocuparme si aquello eran cuentos, poemas, canciones o qué carajos, sólo me dejaba fluir y vaya que lo disfrutaba.

            Ahora, permíteme que te cuente sobre quien le da nombre a la columna. Un mito explica que Parvati se hallaba desconsolada porque Siva, su esposo y una de las divinidades de la trimurti hindú, le dejaba sola durante mucho tiempo por dedicarse a la meditación y a la práctica del yoga. Un día, su desconsuelo fue mayúsculo y, siendo diosa de la energía creadora, moldeó con barro un niño al cual ella misma le dio vida y así pudiera hacerle compañía. Parvati creó a su hijo Ganesh, y éste vivió sólo con su madre durante algún tiempo. Cuando Ganesh era ya un adolescente, su madre le pidió que cuidara que nadie la interrumpiera mientras tomaba un baño y mientras guardaba la privacidad de su Parvati, llegó Siva, el dios que destruye los mundos en esta tradición, Ganesh le cortó el paso sin saber que el señor era su padre. Siva perdió la paciencia pronto y sin saber que tenía enfrenta a su hijo, le destroza la cabeza. Puedes imaginar la escena cuando Parvati ve llegar durante el baño a su esposo y se entera de la suerte de Ganesh. Siva revive al hijo pero para ello necesita colocarle una cabeza entera, y el primer ser que encuentra con una disponible es un elefante… Sí, yo también siento feo por el elefante, pero éste vive de cierta manera en Ganesh ya que su cabeza es la que su padre le colocó a esta divinidad. Ganesh, el dios con cabeza de elefante, desde su origen es uno de los dioses más populares del hinduísmo, señor de los comienzos, de las cosas imposibles, de la sabiduría, es un dios guerrero porque es el comandante de los ejércitos de Siva y, también, es la divinidad tutelar de los escritores.

            Cuando a Vyasa, el legendario maestro que compiló y separó los Vedas en cuatro, se le encargó darle una forma fija a la tradición oral de la epopeya más extensa del Mundo, el Mahabarata, se la dictó a Ganesh (quién mejor que el patrón de los escritores). Ganesh sólo puso una condición: que Vyasa no hiciera pausas en el dictado y Vyasa aceptó con la contracondición de que Ganesh sólo escribiera cuando hubiera comprendido lo que se le dictaba. Así, mientras la labor se realizaba, la pluma del escribiente falló y para no perder tiempo, éste rompió su colmillo izquierdo para continuar usando  la sangre que manaba en vez de tinta común y corriente.

            Pero parece que me he ido por la ramas, ¿verdad? Me explico: La mitología es una forma pre lógica, pre racional de explicar fenómenos, hechos y realidades de cualquier mundo, el físico, el espiritual o el íntimo o interior. Y la mitología  hindú concibió al dios de los escritores como una divinidad adolescente con una cabeza que en cierto sentido tiene una tercer mano, quien es el encargado de traducir al papel, a las palabras fijas, una historia cuatro veces más extensa que la Biblia. Y para lograrlo hace un sacrificio personal, corporal, de sangre, para escribir una vez que ha asimilado las palabras que un maestro legendario le dicta… En este mito entiendo la esencia del escribir, del para qué escribir y la explicación de porqué muchos y muchas poetas se han acercado a esta actividad desde el dolor, desde la incomprensión, desde la perplejidad que causan la mezquindad, el sinsentido, la maldad que puede percibirse en nuestro mundo… Por hoy me quedo con esto, ya luego, en otro momento hablaremos de literatura.

Publicado por Paradigma

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