Lo que la vida nos arranca

Cuando estaba en la secundaria, murió mi abuelo. No recuerdo cuánto lloré en el funeral. Pero lo hice muchas veces después, cuando me sentaba frente a su casa y veía el terreno baldío donde solíamos jugar. Cada una o dos semanas, él me regalaba un dinosaurio. No sé cuántos llegué a tener. Decenas, quizás. Algunos verdes, otros rojos, uno que parecía rugir, aunque no hacía sonido alguno.

Los dinosaurios se extinguían en cámara lenta: el T-Rex rojo bajo un arbusto, el triceratops verde devorado por la tierra húmeda. Cada uno era un hueso más en el esqueleto de algo que no sabía que estaba muriendo. Cuando él falleció se acabaron los juguetes. Y durante mucho tiempo se desvanecieron los colores. Y las sonrisas también.

Lo perdí todo y sobreviví. Entonces entendí que el olvido no borra: entierra.

Hubo una época en que las pérdidas tenían el peso de un planeta reventándose en el pecho. Cada objeto robado era un órgano arrancado. Cada lugar desaparecido, un continente sumergido. Llorábamos con la ferocidad de quien sabe que el duelo es el último acto de posesión.

A los nueve años, Sandra perdió su pulsera de ligas en el recreo. Era verde esmeralda; la había ganado en la feria por encestar tres pelotas seguidas. Cuando volvió al salón y vio su muñeca desnuda, sintió que le arrancaban un trozo de piel. La directora le dijo: “Es solo un juguete”. Pero ella sabía la verdad: había enterrado su primer tesoro en el campo minado del patio escolar.

No sabía entonces que el olvido es una carcoma que devora hasta los huesos de la memoria. Los recuerdos dolían como espinas bajo la lengua: cada vez que intentaba nombrar lo perdido, sangraba un poco.

Cuando terminé la secundaria, seguí esperando que todo lo vivido ese año se esfumara: el dolor, las penas, las dudas. Pero todo seguía su curso, y en las ausencias encontraron nuevas razones para extrañar a mi abuelo. Un sillón vacío, un olor familiar, o simplemente el silencio me hacían notar la ausencia de su escandalosa risa.

Carlos guardaba un balón como otros guardan reliquias de santos. La piel gastada conservaba los nombres escritos con plumón negro: Eduardo (defensa inmortal), Kevin (portero de milagros), el Pato (fantasma que llevaba aguas como ofrendas).

Esa tarde, el balón rodó hacia el patio del perro bravo con la lentitud de un sueño. Carlos estiró los brazos, pero ya lo sabía. El animal lo miró con ojos amarillos antes de hundir los colmillos en el cuero. Un sonido como de globo desinflándose. Los niños de la colonia corrieron, pero él quedó paralizado, viendo cómo los dientes del perro arrancaban la “o” de “Campeones 2004”.

Años después, Carlos —ahora supervisor en una fábrica de muebles— se rasca el cuello cada vez que pasa frente a un baldío. Es el mismo gesto que hacía al quitarse el sudor después de un partido. En la fábrica, evite mirar las pelotas de goma que ruedan por la banda transportadora. Parecen réplicas baratas de aquel balón sagrado. El olor a pegamento industrial le devuelve el aroma del plástico reventado.

Antes de que muriera mi abuelo, la muerte era solo una palabra. Sabía que las personas morían, pero no lo sentía. Cuando él se marchó, el temor se convirtió en testigo de mis peores decisiones. No le temía a morir, sino a que alguien a quien amara con la misma fuerza muriera también y me obligara a repetir el dolor. Así que me esforcé por dejar de querer. Creí que, si no volvía a apegarme a nadie, no tendría que despedirme.

Jessica no lloraba la mochila. Lloraba la huella dactilar que dejó en cada pliegue exacto donde escondía las notas de Alan, ese surco en el tejido que coincidía con el lunar de su hombro. Los estoperoles brillaban como estrellas de mentira, las confesiones escritas con corrector (¡Panda lo entendía todo!), los nombres de las amigas que ahora son cadáveres en Facebook.

Cuando el ladrón se la arrebató, le robó el molde exacto de sus caderas a los catorce años. Hoy, cuando su hija le pide una mochila con estoperoles, Jessica frota las yemas de los dedos contra el metal, buscando sus propias huellas. Solo encuentra frio.

Con el tiempo, cada colección de objetos queridos se hacía más pequeña. Cuando quedaban pocas piezas, el miedo al conteo final me dominaba, como si anunciaran la pérdida de otro ser querido. Dejé de coleccionar, esperando dejar de despedirme. Pero con el tiempo solo coleccioné ausencias. Y cuando esas ausencias empezaron a sustituirse por grandes amigos, otra pérdida me marcó.

Miriam perdió su Nokia como si perdiera un órgano vital. Esa máquina era su tercer ojo, su útero digital. Ahí guardaba el selfie donde su mejor amiga aún tenía pecas, el video granulado del concierto donde creyó morir de felicidad, los mensajes del novio que ahora es solo un hombre calvo en LinkedIn.

Cuando el técnico borró todo, Miriam no supo que estaba entrando algo más que fotos. Desde entonces, su cuerpo guarda ese vacío como un fantasma: una ausencia con forma. Cuando intentó describirle a su terapeuta el color del teléfono, solo atinó a decir: “Era la rosa de un chicle después de masticarlo demasiado”. El terapeuta escribió algo en su cuaderno. Miriam supo que no entendía.

Ahora colecciona celulares vacíos como urnas funerarias, alineados en una caja de zapatos bajo su cama, donde el polvo se acumula como ceniza de memoria.

Yo, en cambio, tengo dos colecciones de hipopótamos. Una al resguardo de mi madre: en el pasado, en lo que fui y en lo que se pierde sin que me dé cuenta. Y otra repartida en los rincones de la casa o de mis redes. No temo perderlos. Ahora los comparto, los muestro, esperando que si el tiempo los entierra, alguien encuentre alguno y se acuerde de mí.

Eduardo fue el último habitante del cibercafé “El Portal”. Ahí vivió su verdadera comunión: el olor a torta de jamón mezclada con el humo de las CPU, el crujido de las sillas como vértebras de un esqueleto tecnológico, el dueño que le dejaba quedarse hasta que la noche se pudría.

El día que vio el cartel de “Se Renta”, entendió que los paraísos no se pierden: se evaporan como alcohol en una herida abierta. Nunca pregunté por qué cerró. Algunas respuestas ya no caben en el cuerpo. Ahora tiene fibra óptica y un vacío que huele a pasta térmica quemada.

El olvido es un cementerio portátil. Llevamos los escombros de lo perdido en la médula: el balón mutilado por colmillos, la mochila fosilizada en el tiempo, el celular que ahora es solo un guijarro en el río de la basura electrónica. Cada uno es una tumba sin lápida.

Y sin embargo… ¿no hay algo sagrado en esta putrefacción? Las grietas por donde se escapan los ecos de lo que fuimos son también las rendijas por donde respira el alma. Tal vez el duelo perfecto sea este: un llanto tan antiguo que ya ni siquiera duele, solo brilla en la oscuridad como el fósforo de un BlackBerry moribundo.

¿Y qué más hemos perdido sin darnos cuenta? ¿Qué otras ruinas llevamos a cuestas mientras seguimos haciendo listas de pendientes y pagando facturas? En este cementerio portátil que llevamos dentro, ¿qué tesoros olvidados aún esperan ser recordados?

No sé cuántos hipopótamos me quedan, ni cuántos dinosaurios enterré. Pero sigo dejando rastros y uso la misma colonia que mi abuelo.

Lo perdí todo y sobreviví. Entonces entendí que el olvido no borra: entierra.

Publicado por Paradigma

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