Por Gustavo Reyes Escalona
En un panorama literario cubano, donde cierto realismo incómodo suele quedar fuera de catálogos oficiales, la carrera literaria de Maikel Sofiel Ramírez Cruz (El Tejar, Chaparra, Cuba, 1981) se construye desde el vértigo de las periferias. Con cuatro reediciones internacionales de su primer libro de cuentos El bar de las revelaciones, el plaquette de poesía Breve lamento insular, su novela Balada en re menor, publicada recientemente en España y que promete sacudir tabúes, este psicólogo devenido escritor dialoga con la Cuba profunda, lamentablemente, desde el exilio editorial.
Gustavo Reyes Escalona (GRE): Acabamos de presentar tu primera novela en la Feria del Libro de Las Tunas (Cuba), después de transitar por el cuento y el relato en cuatro libros anteriores, e incluso haber publicado un plaquette de poesía. ¿Cómo te sientes al ver terminada esta primera experiencia en el llamado «género mayor»?
Mikel Sofiel Ramírez Cruz (MSRC): No pensé que era una novela cuando empecé a escribir los primeros relatos. Sinceramente, creí que se trataba de otro libro de cuentos, hasta que tú mismo me dijiste que estaba «novelando». Entonces sentí un peso enorme encima, porque yo no soy novelista ni nada por el estilo. Me costó mucho trabajo: la historia fue naciendo sin planificación, llegó un momento en que no sabía qué hacer con el protagonista. Pedía consejo a mis lectores beta, dormía mal o poco, incluso tenía pesadillas que luego se convirtieron en capítulos, como “Delirium” —ese monstruo que nació de mis noches en vela—, por ejemplo. Así que ahora, finalmente, me siento liberado. Dije lo que tenía que decir sin filtros ni censura de ningún tipo, no me arrepiento, y espero no tener que arrepentirme nunca.
GRE: Desde 2023 hasta hoy, tus libros han sido editados en Argentina, Venezuela, Colombia, México y España. Especialmente en México, varias editoriales han acogido tu obra. ¿Qué opinión te merece el trabajo de edición y la interacción con los editores y equipos de dichas editoriales?
MSRC: Bueno… En algunos casos, lamentable; dignos de olvidar. Incluso quise borrar o quemar esos libros. Pero en otros —la mayoría, por cierto—, sentí que las y los editores son fundamentales para el nacimiento de una obra, y que casi siempre tienen razón. Es relativamente fácil ver la viga en el ojo ajeno: los errores, la chapuza. Que te ayuden a resolverlo es algo que agradezco. Pero, más que nada, y a pesar de los problemas, valoro que hayan abierto las puertas a mi trabajo.
GRE: Dicen que nadie es profeta en su tierra. Tu obra, como ya se ha mencionado, ha sido acogida por alrededor de diez editoriales en Latinoamérica y Europa, y más de cuarenta medios digitales e impresos de diversas geografías han publicado tus textos. ¿Por qué crees que, para las editoriales cubanas, medios y revistas, eres prácticamente un desconocido o un autor al que casi no publican?
MSRC: Hace poco, durante la Feria en Las Tunas, un amigo escritor y editor me dijo que no me publican en Cuba porque no envío manuscritos a ninguna editorial… Discrepo un tanto. En mi experiencia, probé con dos editoriales y, en ambos casos, mis libros no fueron aceptados. Recuerdo las cartas de rechazo que recibí de la primera —eran dos manuscritos: “El bar de las revelaciones” y “Testimonio de un cazador cazado”—. Aunque, pensándolo bien, es mejor recibir una carta formal del consejo editorial que deje claro que el rechazo no es por una cuestión de calidad literaria, sino porque la obra «no refleja la imagen del país que quieren mostrar al mundo», y que mi literatura «roza lo porno» por algunas escenas gráficas… Prefiero eso a que te den excusas ingenuas, como ocurrió en el segundo intento. Supongo que por ahí van los tiros…
GRE: Es una constante en las dedicatorias de tus libros rendir homenaje a Antonio Borrego. ¿Cuánto te inspira Toni al escribir? ¿Qué otros autores han influido en tu obra?
MSRC: Toni fue un buen amigo. Sin él, quizá no habría entendido que la literatura es un acto de valentía. Murió demasiado joven y, lamentablemente, no pudo leer ninguno de mis libros, aunque sí leyó algunos textos que luego se incluyeron en ellos. Simplemente lo extraño. Me habría gustado compartir mis alegrías y frustraciones con él. Al hacerle un espacio en las dedicatorias, dejo claro que no lo olvidaré jamás: fue de los primeros en creer que tenía talento y, además, fue honesto y crítico conmigo, algo que agradezco profundamente. De algún modo, está aquí ahora mismo. Nadie sabe si me ayuda, no lo sé… Sinceramente, ignoro cuánto ánimo me insufla todavía, incluso después de su partida.
Sobre las influencias… Siempre digo que leer a Guillermo Vidal me hizo verlo todo de manera diferente. Me enamoré de su prosa tanto que quise escribir como él. Aún releo su obra y pienso: «Ojalá pudiera escribir así». Me declaro un imitador de El Guille. Pero también Amir Valle, Jesús David Curbelo, Ángel Santiesteban y Alberto Garrido, entre otros, tienen gran parte de responsabilidad en lo que hago.
GRE: En la presentación de Balada en re menor afirmé: «Es la historia de un joven recluido en su propia existencia, pero es además un espejo roto frente a las luces y las sombras de un país también preso de sus dogmas…». Mientras algunos autores filosofan en sus obras, son publicados y reciben premios en Cuba, ¿por qué tu narrativa sigue apostando por ser una crónica de lo más duro y difícil de la sociedad cubana?
MSRC: Pienso que alguien tiene el deber —la obligación— de contar algunas historias, por muy crudas o duras que sean. En Cuba, como en cualquier lugar, hay borrachos, violadores de niños, prostitutas, mujeres que son más mujeres que madres. También hay violencia de todo tipo en nuestro país, hay muchas cosas que están mal. Yo escribo sobre eso. ¿Soy un cronista? Me declaro culpable. Es cierto que mucha literatura bordea la realidad, huyendo de ella como si fuera una enfermedad contagiosa, pero hay otro buen porcentaje de escritores metidos hasta el cuello en el lodo, narrando desde el ojo del huracán, desde la putrefacción y lo que es, ciertamente, molesto para muchos. No entiendo por qué quieren cerrar los ojos y no ver lo que salta a la vista. Hay quien rehúye por temor; otros, porque piensan que no tiene sentido meterse en temas escabrosos si ya bastante hay con lo que nos tocó vivir. «Si voy a escribir, es para alejarme lo más que pueda. Escribir como tú solo haría que me deprima más», me dijo en una oportunidad una joven y reconocida autora cubana de ciencia ficción. Y yo la entiendo, pero en mi caso no puedo evitarlo.
No es por elección que escribo: el tema me elige a mí. Supongo que en este caso escribir sobre lo incómodo no es un acto de valentía, sino de necesidad: si callo, es como si me convirtiera en cómplice.
