La ausencia de lo impresionante

Lo primero que supe hoy, tras mis ocho horas de sueño, fue que cayó un meteorito cerca de mi casa. A lo mejor exagero, no, más bien estoy exagerando, porque ni cayó ni fue exactamente donde vivo, pero es que, de lo grande que es el universo, me llamó la atención que, a unos cuántos kilómetros de mi cama, haya explotado una roca que viajó desde sepa Dios que partes de la galaxia.

En los grupos de Facebook de las colonias aledañas a la mía, la gente daba testimonio de tan impresionante suceso: hasta donde supe, a eso de las cuatro de la mañana se escuchó un estruendo, que cimbró las casas y encendió una que otra alarma de carro.

Luego descubrí videos: varias cámaras de seguridad lograron captar el momento en el que el meteoro penetró la atmósfera; aunque sólo se ve una bola que desaparece en un ambiente gris, a mí se me hizo algo por demás impresionante.

Metafóricamente, corrí con mi montón de enlaces a los grupos de WhatsApp que tengo con mis amigos y mostré las pruebas del evento sensacional. Pregunté ansioso: «¿Alguno de ustedes sintió el estruendo, vieron el meteorito?», yo quería que alguien me contara su experiencia de viva voz. Prácticamente todos mis contactos me dijeron: «No» y vámonos, a seguir con las charlas, los memes y los asuntos de siempre.

No sé qué me sorprendió más, si lo del objeto interestelar surcando el cielo del Edomex o la indiferencia de mis amigos: todavía no doy crédito de que hayan asumido el evento como cualquier cosa. Yo esperaba una charla profunda, teorías, intercambiar impresiones sobre el suceso y, en cambio, prácticamente recibí el clásico: «no, pos ta cabrón», que te dice la gente cuando, con algo de educación, quiere ignorar el tema que has traído a la mesa.

Ya lo había yo escuchado, que las redes sociales, los medios audiovisuales y en general el Internet nos estaban quitando la capacidad de asombro, porque estamos sobreexpuestos a informaciones de todo tipo; sin embargo, vivirlo con algo tan cercano, me dejó pensando.

En mis clases, seguido pongo el ejemplo de la llegada de los españoles a lo que hoy conocemos como América: imagino a los pueblos originarios viendo miles de cosas por primera vez: animales, armaduras, ropas, alimentos, lenguajes, enfermedades… Cuántas situaciones y artilugios no fueron inéditos para las sociedades  indígenas, equivalentes, al día de hoy, a la llegada de una comunidad alienígena.

Pero ya vi que no. El meteorito ese que explotó pudo traer consigo a varios extraterrestres y seguro mis amigos me habrían dicho lo mismo: «no, pos ta cabrón».

¿O será que soy muy ingenuo? Quizás soy yo a quien le impresionan cosas muy simples: me maravilla la lucha libre, me emociono cuando descubro una escena trepidante en un libro, puedo quedar anonadado con cualquier documental de vida silvestre, veo mil veces la misma serie y las mismas mil veces me impactan las mismas escenas… No sé, dime tú, ¿estoy exagerando con lo del meteorito?

Digo, vivimos una pandemia que nos puso de cabeza la vida, pero hoy parece una anécdota cualquiera: ya casi nadie usa cubrebocas, pocos tienen cuidados e incliso, el otro día, después de una reunión, una amiga mandó un mensaje a los presentes para avisarnos que había dado positivo a Covid y nadie se preocupó, nadie se inmutó: «Que te mejores, descansa», fue la respuesta general de otras cuatro personas que, simplemente, seguimos con nuestras vidas.
Imaginas que eso hubiera sucedido hace cinco años: ¡la histeria nos hubiera carcomido!, alguno de los presentes, por mera hipocondría, se hubiera sentido mal y uno más le hubiera hasta reclamado por su imprudencia de ir a la reunión sintiéndose mal; pero no, hoy todo topó en un «no, pos ta cabrón».

No quiero fantasear, porque ya vi que, últimamente, no ando en sintonía con el mundo, pero te dejo la pregunta pendiente: ¿qué tiene que suceder para impresionarnos, para que sintamos emociones, para que nos surjan dudas? Si un meteoro no lo hizo, ¿qué lo hará? No me sorprende que seamos tan indulgentes con una anciana que mata a balazos a la gente u otras escenas que nos están rompiendo el termómetro de lo insólito.

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

Deja un comentario