¿Quién gana más?

“No todos los que ganan vencen. No todos los que pierden se rinden.”

Vi un video. Uno de tantos. De esos que aparecen en TikTok con voz sedosa y fondo de música dramática: “¿Quién gana más: el que estudió una carrera o el que aprendió a vender desde los 17?”.

Dos figuras en pantalla: uno con título y salario fijo. Otro con tenis de reventa, coche deportivo, y una historia de éxito contada en cinco frases.

Obtiene más el segundo, claro. Ese es el punto del video. Que lo sepas. Que lo repitas. Que lo midas. Que te compares.

No es nuevo. Pero cada vez suena más alto. Ya no aspiramos a tener algo distinto, sino a ganar más que el otro. Como si vivir se hubiera convertido en competencia de ingresos. Como si soñar ya no bastara, si no viene con factura.

Y no se trata de romantizar lo difícil, ni de castigar lo cómodo.

Porque sí, el influencer trabaja. El emprendedor madruga. El streamer estudió el algoritmo como quien descifra los salmos. Cada uno construyó lo suyo, como pudo, como supo.

Pero nos han enseñado a ver lo visible, no lo valioso. A juzgar solo por lo que se cuenta, se muestra, se cobra.

Y ahí es donde la mirada se nos tuerce.

Porque también parece que delinquir es más rentable que crear.

Que arrebatar es más eficaz que ofrecer.

Que da mejores resultados aspirar desde el enojo que soñar desde la paciencia.

Y ahí ya no se trata de trabajo, sino de otra cosa más peligrosa:

La renuncia a la ética, la renuncia al otro, la renuncia al tiempo.

Pero esa idea, que se vende como motivación, es también un crimen de esperanza.

Porque mientras tú ves el video desde tu celular, hay niños en comunidades que jamás tendrán acceso a una buena escuela, que nacerán en casas sin libros ni ventanas, que no heredarán más que hambre.

Y a esos niños, además, se les dice que estudiar ya no sirve, que el esfuerzo no garantiza nada, que mejor vendan, que mejor copien, que mejor se acomoden.

Les vendemos espejismos y les cobramos con su propia fe.

Lo más alarmante no es solo eso. Es que la admiración ya no está puesta en quien progresa con esfuerzo, sino en quien se “la sabe”. En quien le roba al sistema y sale limpio. En quien defrauda, pero sonríe frente a cámara.

Admiramos al que se queda con todo sin sudar. Al que engaña sin que lo pesquen. Al que se burla de las reglas porque “ya se las sabe”.

Hemos reemplazado el respeto por la astucia. Y el mérito, por la viveza. Admiramos al que se limpia con la ley y después la presume enmarcada.

Como si el fin justificara cualquier ganancia.

Como si lo único vergonzoso fuera no saber aprovecharse.

Nos quejamos de los políticos corruptos, pero admiramos al vendedor que evade impuestos.

Es el mismo reflejo torcido: el que exige transparencia en público pero en privado aplaude al que “se la juega”.

Pero entre tanto eslogan de éxito fácil, me acordé de algo más viejo. Más sucio. Más mío. Algo aún sin precio, aunque muchos lo vendan como saldo emocional. Cuando era niño, pensaba que un buen trabajo no era el que pagaba más, sino el que evitaba que te ensuciaras. De ahí mi idea de que seguir los pasos de mi padre como mecánico quedaba descartado, y haría caso a mi madre: sería contador.

Cuando tener un hijo estudiando era símbolo de futuro.

Cuando un oficio se elegía por vocación, no por viralidad.

Como Arturo, que guardó su título en un cajón lleno de facturas vencidas y sueños que ya no sabían hacer fila. Trabajó diez años en una oficina sin ventanas, acumulando diplomas y cafés recalentados. Un día dejó de actualizar su CV. Ahora hace entregas por aplicación y dice que prefiere escuchar música que planear su jubilación. Su madre aún cree que va a regresar al SAT. Él solo sonríe y dice que ya no cree en eso de «hacer carrera».

Hoy todo eso parece ingenuo.

Lo fácil seduce.

El éxito rápido se vende como justicia.

Y la idea de que algo lento, silencioso, disciplinado pueda valer la pena… suena a chiste de otra era.

Esta noche, mientras cenaba tacos de pastor, bajo la luz rojiza del trompo, el humo de los tacos se enroscaba como los pensamientos que me ahogaban. El olor a cebolla caramelizada y carne grasosa se mezclaba con el sabor amargo de compararme. El taquero, dueño de su ritmo, movía las manos con la precisión de quien sabe que su éxito no cabe en una pantalla.

El trompo gira como los días que ya no volverán, esos en que creímos que el futuro era un lugar, no un precio.

El trompo no sabe que su danza es un eterno volver al mismo punto: hambre, atajo, culpa.

El dinero no es sangre: es la infección que te recorre por dentro hasta que ni siquiera sabes cuándo empezó a pudrirse todo.

El taquero probablemente gana más que yo. Lo que no está bien es que me sintiera menos por eso. Y la vida, testaruda, sigue girando como su trompo grasiento. Le da igual si uno triunfa o se quiebra.

Si seguimos midiendo nuestro valor como se mide una propina, siempre seremos lo que el otro deja caer sin mirar.

Y olvidé que también yo, en otro terreno, sostengo algo. Algo que no se ve. Algo que no se cobra. Pero que, si faltara, el mundo sería un poco más inhabitable.

Mariana, mi vecina, dejó Medicina para vender perfumes pirata en la esquina de un Oxxo. Sus frascos huelen a ambición barata y sudor de mentira. La bata blanca que guarda su madre aún cuelga en el clóset, como si el tiempo pudiera detenerse ahí. Una vez la escuché murmurar: “A veces sueño que sigo en la clínica. Pero despierto con el olor del negocio, y se me va la respiración.”

¿Quién gana más?

Tal vez el que sueña sin robar sueños ajenos.

El que enseña sin prometer fortuna.

El que no confunde el dinero con la vida. El dinero es un mapa, pero no el territorio.

El que sabe que el tiempo tiene su propio ritmo.

Y que hay días en los que perder… también es una forma de dignidad. Perder es lo único honesto que nos queda.

El hipopótamo bajo el agua no flota por dignidad: flota porque aprendió a resistir el peso de lo que no pudo cambiar. Como nosotros: anclados, pero con la cabeza aún fuera del agua. Incomprendidos, pero aún aquí.

Quizá no haya fórmulas, pero aún hay formas. Y a veces, las formas importan más que el resultado.

No todos los que ganan vencen.

No todos los que pierden se rinden.

Ni mecánico ni contador. Al final, intenté ser escritor, editor, maestro, emprendedor, padre, pareja… o simplemente algo cercano a un buen hombre. No sé si lo logré. Pero sigo aquí, sosteniendo lo que puedo, intentando creer que eso, también, podría ser una forma de resistir.

Y si al final de todo sigo aquí, es porque aprendí a ser como el hipopótamo: pesado, lento, terco… pero imposible de hundir.

Y tú, ¿quién crees que gana más?

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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