Playa sola

Por Norberto Flores

El carro no arranco. Tomamos el autobús. El mar ante mi ventana era una línea gris, olas como manos blancas intentando aferrarse a la orilla. El aire acondicionado convertí a la escena en un sueño, en una ilusión.

Daniel roncaba. El reloj se aproximaba a las seis de la mañana. Habíamos decidido faltar a nuestros trabajos, marcharnos a la playa a intentar salvar lo poco que se podía rescatar de nuestro matrimonio de ocho años.

Llegamos cuando el sol se levantaba alto en el Oriente. Tomamos un taxi que, en cuestión de minutos, tras sortear los carros del centro, nos llevó hasta el mar. Bajamos hambrientos. En un puesto ordenamos café y pan dulce. Caminamos por la arena mientras el viento nos jalaba la ropa y el pelo. Era una brisa enérgica pero suave.

La playa lucí a desierta. Era lunes. Unos pocos visitantes deambulaban y otros menos se atrevían a meterse al agua. Tras varios minutos de caminata Daniel encendió un cigarro.  Lo odie de nuevo como lo había hecho cada vez que fumaba. La peste del tabaco pico en mi nariz haciéndome toser.

—Quiero una cerveza —dije cuando el estertor se apagó.

—Voy por una— añadió él y dio media vuelta como si quisiera huir de mí, como si la idea de rehacer nuestra relación fuese un imposible. Lo vi perderse rumbo a la entrada, hacia el puesto donde encontraría la cerveza más cara del rumbo.

Me senté en la arena, de frente a las olas que no dejaban de llegar. De cerca eran distintas, como un animal que rueda a la tierra y desaparece en la nada. Una tras otra, incontables, iguales a los días eternos, a las mañanas diarias, a las tardes de hastío y silencio y cigarros.

—Nadie nunca ha logrado contarlas— se escuchó la voz a mi espalda. Era un joven. Cabello rizado, torso desnudo, pantalón de manta.

—No las contaba.

—Tus ojos lo hacían—. Se sentó a mi lado, doblando las rodillas como yo. Olía

madera, a sudor. —Tardará como una hora, tu marido.

—¿Cómo sabes que es mi marido?

—Un novio o amigo jama s dejaría sola a su compañera. Los maridos sí. Se van al

menor pretexto.

—¿Eres filósofo?

—Digamos que he vivido lo suficiente en la playa. He visto tanto.

—Ver es otra manera de equivocarse.

—No cuando lo haces en silencio, sin juzgar.

—Ah, eres poeta.

—¿Quién no lo es?

El mar se alebrestó. Las gaviotas chillaron sobre nuestras cabezas yéndose como los truenos que se pierden en el horizonte, apagándose de a poco. El joven se levantó y se quitó el pantalón.

—Vamos. El agua esta deliciosa— me dijo extendiendo sus brazos.

El rostro caliente. La mirada recorriéndole el cuerpo. Me puse de pie y él me quito la blusa, el brasier, todo. Una vez desnuda me tomó de la mano y corrimos hacia las olas.

Meterse en ellas fue un abrazo tibio. Mojé mi cabeza y cuando salí al aire estaba él, mirándome. Entre mis piernas sentí las suyas, raspando. Su falo duro rozaba mi vientre y besé sus labios como si quisiera ahogarme en esa mar indomable. Él me jalo del pelo, su lengua recorrió mi cuello, mis pezones. Lo sentí entrar en mí como una marea. Me entregue dócil, salvaje, envolviéndolo con mis piernas para no dejarlo escapar.

En el éxtasis el sol, el agua salada, e l dentro de mí. Nos soltamos como los árboles dejan ir a las hojas. Flotamos en el agua hasta que la corriente nos llevó a la playa. Dormimos.

Desperté cuando el sol caí a al Poniente. Vestida. La ropa seca con el dejo de la humedad en sus fibras. La piel de mis piernas con rastros de arena, sal en mi vientre. Daniel llegó, trayendo una cerveza tibia que abrí y me bebí de un trago.

Regresamos cuando la noche se tachono de estrellas. El autobús recorrí a la carretera. Daniel roncaba, apestoso a cigarro, a tedio y rutina. Yo no dejaba de pensar en que la playa se había quedado sola como un cementerio, como un matrimonio que ya no se puede salvar.

Publicado por Paradigma

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