Sentirse acompañado

Qué bello es sentirse acompañado, saber que no estás solo. Y no, no necesariamente se trata de abrazar a alguien, de ver una película hombro con hombro… No, porque muchas veces, aunque la cercanía física con alguien es enorme, uno se siente terriblemente solo.

Hablamos de la empatía, del «a mí también me pasa», del «sentí lo mismo cuando era niño», del «también te entiendo».

A veces la gente piensa que hago bromas sobre ciertos temas, pero no es así, en realidad ando buscando a mis iguales, hermanos y hermanas en pena. El otro día conocí a alguien a quien, en una reunión, le ofrecieron cerveza y la rechazó con un: «No, yo no tomo». Cuestioné: «¿Eres doble A?». No había terminado la pregunta cuando varios de los presentes me miraron con ojos de fusil; luego el silencio, la incomodidad.

Él, con naturalidad, dijo: «Sí» y yo complementé: «Mi papá hasta fue padrino de un grupo, lo puso en su pueblo. A mí no me gustaba porque estaba bien chavito y me llevaba, a veces me quedaba afuera hasta que se hacía de noche, me ponía a llorar… pero bueno, lo importante es que a él le sirvió para dejar el alcohol, porque fue horrible verlo en su etapa de borracheras».

El ambiente se relajó, el abstemio y yo charlamos un rato sobre los pasos del AA, experiencias que vivió y luego el tema se diluyó, como el hielo en una cuba, entre el ron y la Coca-Cola. Más tarde, ya que el amigo en cuestión se había marchado, el anfitrión me dijo: «Oye, qué bien manejaste eso del doble A, bajaste bien tu broma». Pero no, le expliqué que no juego con temas tan delicados, cuando me atrevo a tocarlos, es porque voy en serio, porque busco cómplices, porque quiero sentir que los Otros viven en el mismo mundo que yo.

Desde que me enamoré de la literatura de Ryszard Kapuściński, me obsesioné con el concepto de la Otredad, de no ser sólo yo el protagonista de la vida, de escuchar al Otro y hacerle ver que sus problemas también son míos.

Precisamente por andar ventilando mi niñez, por contarle a la gente de esas épocas en las que mi papá me dejaba en su auto mientras atendía a sus borrachos redimidos, al tiempo que los aullidos de los perros me sacaban el llanto, las personas se abren conmigo y se miran en mis lágrimas infantiles, como un espejo donde se sienten seguras.

«Me dejaste pensando», me dijo una amiga cuando recordó que su padre la llevaba al llano para verlo jugar futbol. Horas de calor, tierra y soledad son las que padeció, porque los niños así viven, como un barco sin vela en las tormentas de los adultos.

Por eso adoro la literatura y el periodismo narrativo, pues también en la empatía está el aprendizaje. Yo esperaría que cualquiera que llegó hasta esta parte del presente texto, procure la felicidad de las niñas y los niños, si es que es responsable de alguno.

Yo al menos rompería la tradición de las dos sillas juntas en las fiestas, para que el pequeño duerma y los adultos sigan bailando; le preguntaría más sobre qué desea, a dónde quiere ir, qué sí y qué no; cuáles problemas infantiles le aquejan y tomármelos en serio, porque, quizás para un adulto, llorar por una cobija es una estupidez, pero para un niño puede serlo todo.

Al momento de escribir estas letras, he de confesar, oh Padre todo poderoso, que últimamente me he sentido angustiado. No entraré en detalles, pero quiero lanzar una botella al mar: como cualquier ser humano, con sus altas y sus bajas, no he metido todos los goles de los últimos partidos, de vez en cuando me pellizca la incertidumbre y he cometido errores, más por distraído que por tonto, pero que al final son errores. Supongo que todo es parte de lo mismo, un círculo vicioso en el que el ánimo te quita enfoque y la falta de enfoque genera traspiés, los cuales quitan el ánimo… Tranquilo, andamos igual, no estás solo.

Sin embargo, me refugio en las letras: en leerlas y en escribirlas. Leo filosofía, pienso en la ataraxia, ese estado en el que uno es imperturbable. Pienso en el memento mori, en lo importante de disfrutar, de arriesgarse, de vivir a tope porque, al final de cuentas, esta película se acaba.

Pienso en las virtudes: sabiduría, autocontrol, justicia y valor; pienso en sus contrarios: estupidez, descontrol, injusticia y cobardía. Pienso que pensar me ayuda a no pensar tanto, o a pensar mejor, o no sé, pero a eso me lleva la literatura.

Escribo porque me desahogo a mí y a los Otros. Me encanta hacer textos sobre las penurias de los demás, sobre las mías, las de todos.

Si hoy te sientes angustiado, abatido, nervioso, ansioso, triste, melancólico o desamparado, déjame decirte: siempre hay una luz al final del túnel para quien no se rinde. No exageremos, no nos ahoguemos en una gota de lluvia. Escribo este texto en un día donde casi que todo fueron buenas noticias, estoy en una habitación de un hotel de lujo que yo no pagué, porque de pronto así es la vida de los habladores; últimamente he disfrutado a mis amigos, los cercanos y los lejanos, como no tienes idea, y entonces es ahí donde dices: «¿Este desgraciado por qué se angustia?», y yo respondo: «Tú también mira a tu alrededor: salud, familia, trabajo, alegría, amigos, una cama, comida, ¡joder!, lo tenemos todo»… Ambos somos un par de llorones que no aguantan nada.

Pero si de plano andas con la capa muy caída, calma, la vida nos tiene guardado un momento feliz, te lo aseguro, y a ese instante debemos aferrarnos. De todas maneras, no está de más ver las cosas desde una perspectiva estoica: sólo puedes controlar tu opinión y tu carácter, así que dalo todo y sé buena persona con el Otro, que el resto no nos corresponde. «Lo que es bueno para la colmena, es bueno para las abejas», escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones.

Así que, por favor, ten paciencia, no claudiques, pues, si llegaste hasta aquí, sabes que somos varios; no estás solo, no estás sola. Si de alguna forma me entero que leíste todo el texto, sabré que yo también estoy acompañado. Abrazote y, si necesitas más desahogo que el reflejo en estas letras, escríbeme y platicamos.

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

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