Una mirada sobre Respirando el verano ( Héctor Rojas Herazo), Viaje a la semilla (Alejo Carpentier) y Patrias imaginarias (Salman Rushdie).
Por Edith Lomovasky- Goel
Después de haber leído, repensado y escrito sobre los ensayos Un cuarto propio de Virginia Woolf y Feminismos sin cuarto propio, de Dahlia de la Cerda (https://paradigmapdla.com.mx/2025/04/20/leyendo-a-virginia-woolf-y-a-dahlia-de-la-cerda/), algo me llevó a pensar en un ámbito existencial más amplio que el de la habitación: el de la casa.
Mi presente ensayo es un híbrido entre lo personal y lo documentado y formal, por eso trato de citar fuentes pero también me permito a veces irme por las ramas en una asociación libre entre lecturas.
En su ensayo Los imaginarios de la casa en la literatura latinoamericana Ana Gallego Cuiñas afirma:
Si reparamos en la etimología del vocablo ‘casa’ observamos que procede del latín casa, ‘choza’, que entronca con el griego oikos, unidad de economía básica: casa habría de ser pues el conjunto de bienes y esclavos de una familia. Observamos que la dimensión económica y doméstica de la casa se superponen desde la antigüedad.( p 103)
La casa es un objeto de estudio relativamente nuevo en la literatura hispana en particular y la literatura en general. En La casa en la literatura (2006) Teresa Prieto Palomo y Paulino Martín Blanco son los precursores.
Gallego Cuiñas enfatiza la importancia del hogar en el imaginario humano desde la infancia:
Desde que somos niños nos pensamos en una casa: es una de las primeras imágenes que dibujamos (la típica casa burguesa de techo a dos aguas) y uno de los motivos principales de los cuentos infantiles (Gallego Cuiñas, 2018, p 103)
Me propongo recorrer el tema a través de varias lecturas:
La novela Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, que explora la imagen de casa- cuerpo en la saga de una familia de la costa caribeña de Colombia
El cuento Viaje a la Semilla del cubano Alejo Carpentier, referido a un viaje retrospectivo en el tiempo a través de la transformación del cuerpo- casa a los inicios.
El ensayo Patrias imaginarias de Salman Rushdie, que emigró a Inglaterra y visita su hogar paterno en la India, su tierra patria, después de una ausencia de veinticinco años.
Rushdie examina la compleja noción de casa presente en la nueva tierra a la que emigró frente a la casa de la vida pasada, la tierra natal y la lengua materna frente a las otras lenguas como casas en el mundo.
Al escribir sobre este trío abarco algunos aspectos esenciales del tema “casa” sin ánimo de agotarlo. En el caso de los dos primeros autores el viaje recorre una cronología de cuerpos y la casa- cuerpo se convierte en testigo de las estaciones de la vida desde el nacimiento hasta la muerte. En el caso de Rushdie la tierra natal y el lenguaje amplifican el efecto del viaje hacia el origen al que nunca se retorna. En otras palabras, siguen la idea del filósofo jónico Heráclito: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.
Respirando el verano, Héctor Rojas Herazo
La novela invita a una lectura lenta, por su estilo barroco profundo donde la experiencia sensorial llega a una complejidad y una belleza insólitas. Un barroco que nos remonta a un García Márquez joven.
En esta novela la casa y la abuela son un ente, dos co- protagonistas, en su brillo y su ocaso, entrelazadas hasta convertirse ambas en una. La abuela explicita su identificación absoluta con el destino y la historia de la casa que construyó y en la que vivió toda su vida adulta:
Mira, mijito, esta casa soy yo misma. Por eso no puedo salir de ella, porque sería como si me botaran de mi propio cuerpo . (Rojas Herazo, 2003, p 22)
En varios pasajes de la novela se recalca la unidad de las dos co- protagonistas, la abuela Celia y su casa:
Entró a la casa como un alma que penetra en un cuerpo. De allí su trabazón casi sagrada con los horcones, las vigas, la techumbre y las paredes de estiércol de vaca apretado contra las cañabravas. Cuando ella traspuso por primera vez el umbral, la casa tenía su misma edad y duró exactamente lo que duró ella. A los tres días de muerta la casa se derrumbó de golpe como si alguien le hubiese dado un brusco manotazo. Ella lo presentía y algunas veces, muy pocas, habló de eso con sus hijos. Sin embargo, parecía no darle importancia a este aspecto, el más inquietante y misterioso de su existencia. Porque no era que ella habitase una casa que tenía seis alcobas, una sala, un comedor y un patio lleno de árboles frutales. No se trató de eso en absoluto. Fue que ella y la casa se volvieron un solo organismo (Rojas Herazo, 2003, p131-132)
El narrador dice que la casa tiene su historia secreta- tal como las personas-. La imagen del pasado es siempre más vibrante y feliz que el presente:
«Entonces la casa era cómoda y bella», concluyó la abuela con un suspiro de evocación. «Sí, realmente era muy bella». Y tendió sus ojos como una red para aprisionar todo aquello -los días en la penumbra del esposo, los hijos con sus cuellos de marineros y sus sombreritos de paja con cintas de tafetán, el olor de comidas sepultadas en la anterioridad de sus vísceras, los escaparates y los baúles repletos de ropa limpia y encajes que olían a vainilla y cazabe-y sonrió pensativamente como si todo eso reviviera de golpe, estuviese ahí y, en vez de encontrarla encorvada y famélica, tropezara nuevamente con los brazos redondos, los hombros finos y la frente atrevida y ardiente que lucía en el antiguo daguerrotipo guardado en el escaparate. Entonces, a través de ella, a través de sus palabras ardientes, Anselmo vio la verdadera casa e imaginó nítidamente su techumbre de paja dorada con los alares recortados; su sala y sus alcobas perfumadas por las naranjas y el tabaco. (Rojas Herazo, 2003, p 22)
La mirada retrospectiva a la historia familiar alrededor del predio es el ángulo desde donde todo tiene sentido:
Entonces sintió como nunca aquella historia secreta de la casa, sintió la fidelidad de sus muros, su congoja de animal triste, con sus costillas y su epidermis despedazadas por el tiempo. Y en las bocanadas de penumbra de cada cuarto percibió el rumor de miles de días entre los cuales venían envueltos miradas de moribundos, llantos de recién nacidos, palabras de maldición o despedida, toses de enfermos, risas de niños y tintineo de vajillas que sacudían y alegraban el aire (Rojas Herazo, 2003, p 23)
¿Siempre todo tiempo pasado fue mejor? En el presente relato, la respuesta es afirmativa:
Aquellos carrillos abultados, con las arrugas extendidas como la marca de fábrica en un globo de caucho y los ojos, azules, distraídos, flotando en el éter, imprimían a su figura el aspecto de una muñeca siniestra, de un juguete al que se le estuviese finalizando la cuerda. Estaba derrotada. Ella era la única que lo sabía realmente. Once hijos, paridos en la cama grande que parecía un escenario y cuyas columnas servían ahora como dormitorio de las gallinas, se habían nutrido de ella, la habían convertido en esa cáscara seca, en ese bultico de trenzas amarillas sacudido por la brisa marina que penetraba en el patio. (Rojas Herazo, 2003, p 24)
Anselmo, el nieto, se atreve a vislumbrar desde la altura del campanario del pueblo la casa solariega, la saga familiar a la que pertenece y se emociona ante esa visión abarcadora. Anselmo encarna el presente y el futuro; se sabe desprendido y perteneciente a ese viejo útero, a un acogedor hogar de aromas y pestes, de serenidad, de encuentros y despedidas. En su vida incipiente y su futuro en ciernes, su mirada difiere de la de sus antepasados al ver la casa desde lo alto. La mirada de Anselmo descubre por primera vez el tiempo histórico de cronología terrena (cronos), el instante de la revelación (aión) y también el tiempo donde la eternidad es un instante (kairós) :
Sintió una súbita alegría, una inundación de ternura que, rompiéndolo victoriosamente, se volvió concentración detallada, eficacia para respirar y acumular, energía para merecer aquella transitoria pureza que amenazaba aniquilarlo. Falcón lo tocó levemente en el hombro con uno de los palillos de hierro. Pareció despertar. -Mira tu casa -dijo-. Anselmo ya la había divisado. Desde aquella altura se veía recata da y entrañable, ardiendo dulcemente entre la hoguera de las acacias. Veía sus ventanas azules, su techumbre color de níspero, las pinceladas de ocre con que el tiempo había rayado sus paredes. Parecía suspirar, sentir que la miraba. Tenía una quietud humana, un reposo de madera y de palma, una tierna resignación de cosa usada, que lo llenó de orgullo y remordimiento. Como si nunca hubiese reparado en ella. Como si todo lo que ella significaba -la lámpara que todas las noches colgaba la abuela en el umbral, los cuartos henchidos de nacimientos y velorios, las voces y los gemidos y los suspiros de placer o desdicha que había atesorado y los veranos y las lluvias que seguirían deshaciéndola- se agrupara de golpe ante sus ojos. Sí, aquella era su casa. Sabría del mundo, de comer y beber y despedirse y regresar, por aquellas paredes envejecidas, por el sombrío de su alar, por su olor a salitre rancio, a jazmín, a pollitos picoteando entre los desperdicios del comedor. (Rojas Herazo, 2003, p 31-32)
Esta saga concluye con una frase de la abuela, que recalca el vínculo entre el cuerpo y el mundo como espejos de presente y futuro:
“Mañana en la madrugada va a llover; lo sé porque los huesos de la pierna han empezado a dolerme”.( (Rojas Herazo, 2003, p 190).
El final, con este comentario aparentemente trivial plasma una pertenencia al mundo de las cosas donde el propio cuerpo dialoga con lo que es y será, sabe y pronostica.
La novela esculpe sobre lava doliente el desamor, la enfermedad, la decadencia y la fugacidad de los buenos momentos, los aromas subyugantes y el hechizo de las cosas. La casa lo acoge todo y también se desprende de sí misma y de los cuerpos que la habitan.
En mi percepción como lectora, lo más valioso de esta novela es el deleite. El lenguaje es la estrella y el hilo conductor, razones suficientes para su lugar de honor en la narrativa latinoamericana.
Viaje a la semilla, Alejo Carpentier
En esta novela el autor se propone romper con el tiempo lineal y el logocentrismo impuesto por los europeos en América desde el siglo XV, para llevarnos a un tiempo cíclico ancestral donde el tiempo no es lineal, sino que es como el círculo de un Ouroboros[1]. A diferencia de Rojas Herazo, Carpentier tiene plena conciencia de su anhelo de ruptura con la noción temporal de los conquistadores y la vuelta a los orígenes llega mucho más que al nacimiento del protagonista y los comienzos de la casa. Carpentier teorizó sobre su visión del tiempo linear frente al cíclico y aplica su mirada a la narrativa en su libro Guerra del tiempo, del cual el cuento Viaje a la semilla forma parte. Tatiana Herrera Avila explica el argumento del cuento así:
El cuento El viaje a la semilla (1944) narra la demolición de una casa en un tiempo que involuciona, como si asistiéramos a la historia de una suerte de ‘desarquitectura’. Simultáneamente, se relata el viaje al origen del Marqués de Capellanías – el propietario –, su nacimiento y concepción, hasta llegar a la semilla. Carpentier justifica lo extraordinario de la vida trenzando la existencia de los Capellanías con el tiempo de la casa, que protege como un útero materno – madre-casa – a su familia hasta la muerte; el escombro del cuerpo.
No es casual el comienzo del cuento en el que intencionalmente se derriba la mansión y la descripción se detiene en elementos de estilo jónico que van cayendo – como la estatua de la misma Ceres, desvaída. Tampoco lo es la presencia de un negro viejo testigo del derrumbe. El mismo anciano es el que ilumina la mansión del agonizante Don Marcial, el Marqués de Capellanías que era el dueño de aquella mansión. Fue el negro viejo quien encendió los cirios de la casa y todo recobró vida- una vida al revés. Don Marcial era cada vez más joven y volvía a sentirse bien. Enviudaba y volvía a sentir el deseo que lo torturaba. Ceres recuperaba su lozanía, la gente recuperaba su vida y sus mejores años .
El mismo Don Marcial percibió por un instante otras posibilidades de existencia: Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media… Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación (p 4).
El gesto del viejo Melchor y la magia de su bastón hacen que la casa restituya su antiguo esplendor retrocediendo en el tiempo junto a su amo y a todo el mundo que los rodeaba.
Creo que este viaje regresivo tiene un elemento lúdico que no llega a ser humor pero descoloca al lector, como el día que Marcial festeja su “minoría de edad”. Al leerlo, despiertan en mi memoria sensaciones similares a las mudanzas dimensionales de Alicia en el País de las Maravillas y Alicia en el país de los Espejos. La Reina Blanca, por ejemplo, le explica a Alicia que en el tiempo del espejo todo sucede de adelante hacia atrás. Lewis Carroll tiene claras intenciones lúdicas y de ruptura con la linealidad y tiene la genialidad de cautivar a los lectores al causarles perplejidad, asombro y risa ante el cambio de dimensiones de tiempo y espacio y la sorpresa ante lo inesperado e ilógico. Carpentier no es caótico ni tan disruptivo como Carroll, sino que emprende el camino del tiempo inverso, a los orígenes.
La ruptura entre distintas dimensiones temporales es un tema recurrente en todas las literaturas y las mitologías con moralejas diversas. Tal es el caso de la historia de Rip Van Wrinkle, de Washington Irving (1819): un hombre escapa de los regaños de su esposa y duerme una siesta que dura veinte años. Al despertarse se encuentra con una brecha que no entiende y que le complica la vida. Algo quizás inspirado en La Bella Durmiente, relatado por los hermanos Grimm en 1812 pero cuyo origen se remonta a una antigua leyenda popular.
La idea del tiempo cíclico existió en diversas culturas, tales como los pueblos originarios de toda América, la hindi y los pueblos paganos de Europa, por mencionar solo algunos. La misma noción de los dioses y las diosas del tiempo, los rituales y los trances que permiten cruzar barreras entre la vida y la muerte implican las posibilidades múltiples de atravesar las fronteras del positivismo y el tiempo lineal.
Volver al inicio, regressus ad uterum es entonces un acto chamánico. El cuento es caribeño, por lo que la convivencia con la cultura de los pueblos originarios y la africana tiene una fuerte impronta. El soldado de la guerra del tiempo parece ser el negro Melchor, el criado que cuidó a Marcial desde niño: es él quien tiene el poder de invertir el tiempo y se insinúa con el poder de un brujo que ejerce la magia y penetra en el tiempo mítico.
Prefiero inscribir Viaje a la semilla en un marco intercultural más amplio que el caribeño y me pregunto por qué esos viajes hacia otras dimensiones nos fascinan tanto, desde tiempos remotos. Me imagino que, tal como los mandalas, nos permiten recuperar el espacio circular, el mundo mítico que el alma reclama.
En el cuento de Carpentier, la regresión se refiere también al cambio mental de Don Marcial, que va del conocimiento racional adquirido en el Seminario de San Carlos al universo de las sensaciones; , al tornarse él cada vez menor, cambia la percepción dimensional. También las cosas recobran su frescura. Su cuerpo volvía a tener otros apetitos, los muebles se agrandaban; alguien decidía por él dónde y qué comía. Volvía a experimentar su miedo y admiración al padre déspota y cargado de condecoraciones militares. El negro Melchor era un rey de otro mundo, de palabra simple y alguien a quien el joven Marcial admiraba y quería. Marcial llegó a reducirse a sus sensaciones de lactante y por fin volvió al útero materno. Al fin “Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la Casa”.
El final del relato nos ubica en el presente en el que inexplicablemente el tiempo se reajusta y la labor de demolición ha terminado. Carpentier es partícipe y artífice del hechizo: no solo volvimos al presente, sino que la ruptura del tiempo lineal dejó su marca y nos intriga. El misterio triunfa.
En Respirando el verano el lenguaje es el protagonista del relato, en Viaje a la semilla el protagonista es el trayecto; el viaje es la figura dominante y el mensaje de ruptura que a Carpentier más le interesa. Los personajes como así también la casa están para demostrar un fin, la inversión del tiempo logocéntrico y el positivismo. La plasmación del tiempo cíclico en palabras. Carpentier lo supo.
Patrias imaginarias, Salman Rushdie
El tema de este ensayo personal es la casa- pasado y la casa- presente (en eso tiene algo en común con las dos narraciones caribeñas de las que hablé)
¿Por qué elegí un ensayo personal? Porque se trata siempre de un monólogo donde no es necesario exfoliar nada: todo está servido, todos los laberintos del pensamiento están expuestos.
Sé que puede parecer abrupto y fuera de contexto después de mi comentario sobre dos narraciones caribeñas hispanoamericanas “saltar” a un ensayo y nada menos de un autor indio que escribe en inglés sobre su experiencia vital como desplazado. Sin embargo esta disrupción es parte de mi propio camino, siempre inspirada por el inglés tanto como el entrañable castellano, mi lengua materna. La rigurosidad a veces es un arma de doble filo y falsifica los hilos del pensamiento; como estoy escribiendo un ensayo personal, me puedo permitir el lujo de dibujar un mapa con sorpresas y aparentes incoherencias
Rushdie, como los novelistas caribeños Rojas Herazo y Carpentier, se retrotrae al pasado en el ámbito de una casa; en su caso, nos cuenta su experiencia cuando visita la casa paterna en la India después de haber emigrado y haber vivido muchos años en Inglaterra. Rushdie tiene razón al citar a L.P. Hartley: ‘El pasado es un país extranjero’. La realidad se encuentra descolocada para siempre entre lo que somos y lo que fuimos. La visita a la casa paterna cobra tintes inesperados:
Me sentía como si hubiera sido reclamado, o informado sobre el hecho de que nuestra distante existencia era pura ilusión, y que esta continuidad era la realidad (p 2)
Salman Rushdie analiza la complejidad de su posicionamiento por haber abandonado la India para emigrar a Inglaterra:
Debe ser que los escritores en mi posición, exiliados o emigrantes o expatriados, se encuentran acosados por cierto sentimiento de pérdida, cierta necesidad de reivindicar, incluso a riesgo de convertirse en estatuas de sal. Pero si miramos atrás, también debemos hacerlo desde el conocimiento –que da lugar a profundas incertidumbres– de que nuestra alienación física de la India significa, casi inevitablemente, que no seremos capaces de reclamar precisamente lo que se perdió; que, en resumen, crearemos ficciones, no ciudades o pueblos reales, sino unas invisibles patrias imaginarias, Indias de la mente (p 3)
Estas líneas vibrantes son de una veracidad más allá de toda frontera geográfica. Todo quien se haya desplazado siente la futilidad de buscar ese tiempo perdido que nunca logró vivir:
yo sabía que mi India puede sólo haber sido una a la que yo (que ya no soy lo que era y quien, por dejar Bombay, nunca llegó a ser lo que quizá estaba llamado a ser) estaba, digamos, deseoso de admitir que pertenecía (p 3)
Las vidas no vividas, the unlived lives, son un gran concepto de la psicología actual de la mano de Adam Phillips, quien retomó la idea de Carl Jung sobre la profunda influencia que ejercen sobre los hijos las vidas no vividas de sus padres. En este ensayo de Rushdie todo lo dicho y experimentado se escribe en primera persona. Creo que serían tema digno de otro estudio las consecuencias que acarrea esa mirada retrospectiva de un desplazado para sus generaciones futuras.
Al ver el pasado como la imagen del espejo roto, se inicia otro momento en el ensayo en el que la fragmentación, la distancia y la desintegración de lo vivido cobran valor:
Debe ser que cuando el escritor hindú que escribe desde fuera de la India intenta reflejar ese mundo, está obligado a tratar con espejos rotos, algunos de cuyos fragmentos están irremediablemente perdidos (p 3)
Esa mirada retrospectiva plantea cuestionamientos sobre la memoria; precisamente por la visión fragmentada, las piezas aisladas resaltan y logran potenciarse aún más:
Lo que yo quería hacer es que, por supuesto, yo no estoy dotado de la memoria total, y era precisamente la naturaleza parcial de estos recuerdos, su fragmentación, lo que lo hacía tan evocativos para mí. Los trocitos de la memoria adquirieron un mayor estatus, mayor resonancia, porque eran restos [vestigios]; la fragmentación hizo que las cosas triviales parecieran símbolos, y lo mundano adquirió numerosas cualidades. Existe un paralelismo obvio aquí con la arqueología. Las vasijas rotas de la antigüedad, a partir de las cuales el pasado puede en ocasiones, aunque siempre provisionalmente, ser reconstruido, son apasionantes de descubrir, incluso si son piezas de los objetos más cotidianos (p 4)
La condición de ser escritor fuera de la casa- útero y fuera de su lengua materna hace más patente la pérdida de lo que fue el pasado, o sea, las vidas nunca vividas:
Se puede argumentar que el pasado es un país del que todos hemos emigrado, que su pérdida forma parte de nuestra común humanidad. Lo que se me antoja como evidentemente cierto en sí mismo; pero sugiero que el escritor que está fuera-del-país e incluso fuera-del-idioma puede experimentar esta pérdida de forma más intensa. Deviene más concreto para él por el hecho físico de la discontinuidad, de su estar presente en un lugar diferente al de su pasado, de su estar en ‘otra parte’ (p 4)
El autor reconoce la condición humana en su flaqueza y por ende, la construcción de significados no puede sino semejarse a nuestra propia vulnerabilidad. En el texto hay una intención de revisitar el lugar de los escritores que erróneamente se suponen seres superiores en la sociedad:
No somos dioses sino criaturas heridas, lentes quebradas, capaces sólo de percepciones fracturadas. Seres parciales, e todos los sentidos de esta frase. El significado es un edificio tembloroso que construimos a partir de retales, dogmas, heridas de la infancia, artículos de periódicos, remarcas accidentales, viejas películas, pequeñas victorias, gente abominada (p 4-5)
La presencia inmediata en una realidad o la visión de ésta desde la distancia son posicionamientos distintos y la buena literatura puede ser escrita en cualquiera de ambos ámbitos:
un libro no está justificado por la valía de su autor para escribirlo, sino por la calidad de lo que ha sido escrito. Hay libros terribles que surgen directamente de nuestra experiencia, y gestas extraordinariamente imaginativas que tratan asuntos que el autor ha estado obligado a abordar desde el exterior (p 6)
Un autor post- diáspora goza de la libertad de elegir sus fuentes de inspiración. Siempre la mira de Rushdie es abierta, multicultural y sedienta de nuevos horizontes:
el derecho de cualquier miembro de esta comunidad post-diáspora a inspirarse en sus raíces para su arte, al igual que todas las comunidades mundiales de escritores desplazados han hecho (pienso, por ejemplo, en el Danzig-convertido-en-Gdansk de [Gunter] Grass, el Dublín abandonado de [James] Joyce, de Isaac Bashevis Singer y Maxine Hong Kingsston y Milan Kundera y muchos otros. Es una larga lista). (p 6)
Por otra parte, Rushdie advierte sobre la pérdida de mundo a la que se autocondenan quienes se quedan en su gueto cultural y social, lo que conlleva a la asfixia mental y a la estrechez de mira:
La más grande y peligrosa de las trampas sería la adopción de una mentalidad de gueto. Olvidar que hay un mundo más allá de la comunidad a la que pertenecemos, confinarnos a fronteras culturales estrechamente definidas, sería, creo yo, ir voluntariamente hacia esa forma de exilio interno que en Sudáfrica le llaman ‘patria (chica)’ [homeland]. (p 10)
El autor valora el encuentro entre las geografías, las lenguas y las idiosincrasias para ampliar el horizonte de nuestras vidas al máximo. Pensemos que esto lo dice un escritor amenazado de muerte por su actitud abierta y crítica.
Rushdie acude a una bella metáfora del mundo vegetal:
la transpolinización está en todas partes… y es quizá una de las libertades más agradables de la literatura nómada ser capaz de elegir sus parientes. Los míos –elegidos medio conscientemente, medio inconscientemente–, incluyen a Gogol, Cervantes, Kafka, Melville, Machado de Assis [Joaquim Maria Machado de Assis, poeta brasileño]; un árbol familiar políglota, contra el que yo mismo me mido, y al que me honraría pertenecer (p 12)
Esa apertura que reclama va más allá de todo tribalismo y construye una nueva casa en el mundo- una casa de mil ventanas y música de mil voces. ¿A quién no le gustaría vivir en ese espacio ilimitado hoy, mañana y siempre?
Bibliografía
Carpentier, Alejo ,1993, Guerra del tiempo. Madrid: Alianza Cien.
Carrol, Lewis ,2021, Alicia a través del espejo 2021. Abraxas.
Gallego Cuiñas, Ana «Imaginarios de la casa en la literatura latinoamericana contemporánea», Casas de citas. Lugares de encuentro de la arquitectura y la literatura, (ed) José Joaquín Parra Bañón. Edizioni Ca’Foscari, Venezia, págs. 101-117, 2018.
Herrera Ávila, Tatiana, 2011. “Viaje a la semilla: Una guerra contra el logos europeo”. InterSedes, 5(9). Recuperado a partir de https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/intersedes/article/view/
Irving, Washington, 2018. “Rip Van Winkle”. Createspace Independent Publishing Platform
Jyolsna V. N Representation of Migrant Experience in Salman Rushdie’s Imaginary Homelands. Kerala University, India. Recuperado de:INTERNATIONAL JOURNAL OF RESEARCH CULTURE SOCIETY Monthly Peer-Reviewed, Refereed, Indexed Journal Volume – 7, Issue – 4, April – 2023 ISSN(O): 2456-6683 [ Impact Factor: 6.834 ] Publication Date:20/04/2023
Mucho más que “Los Versos Satánicos”: todos los libros de Salman Rushdie, uno de los mejores escritores del mundo, recuperado de: https://www.infobae.com/leamos/2023/08/31/mucho-mas-que-los-versos-satanicos-todos-los-libros-de-salman-rushdie-uno-de-los-mejores-escritores-del-mundo/
Obligado, Clara, 2020, La casa lejos de casa. Valencia: Contrabando
Parishmita, Roy 2024. Exploring Rushdie’s essay Imaginary Homelands, recuperado de:
https://www.literarysphere.com/2024/04/exploring-rushdies-essay-imaginary.html#google_vignette
Phillips, Adam (2013) Fear of Missing Out, Farrar.
Rojas Herazo, 2003. Respirando el verano. Bogotá: El Tiempo.
Rushdie, S. (1992). Imaginary Homelands. Essays and Criticism. London: Penguin Books (pp. 9-21) Traducción del inglés: Pablo Méndez Gallo Publicación en castellano: Revista biTARTE nº 24 (septiembre), 2001, pp. 15-25, San Sebastián . Recuperado a partir de: https://www.scribd.com/document/251824998/Rushdie-Patrias-Imaginarias
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Vicente Fernández, Manuela, 2019. En : https://www.lapajareramagazine.com/alicia-a-traves-del-espejo-o-el-tiempo-en- underland#:~:text=%E2%80%9CCuando%20el%20d%C3%ADa%20se%20convierte,retroceder%20las%20manos%20del%20tiempo.%E2%80%9D
[1] El ouróboros, también llamado uróboros, es un signo que representa a una serpiente o a un dragón en forma circular para así poder morderse la cola.La palabra ouróboros proviene del griego ουροβóρος (ourobóros) que significa “serpiente que se come su propia cola”. Su significado remite a la naturaleza cíclica de las cosas y a la idea del eterno retorno. En este sentido, ambas interpretaciones se refieren a la concepción de la existencia como un ciclo que siempre recomienza. Su continuidad consiste en un constante renacer, como se observa en el ciclo de las estaciones del año.
De allí que el ouróboros también se asocie a la naturaleza cíclica del tiempo. El instante presente es eternamente devorado por el instante futuro, constituyendo una secuencia infinita de instantes que mueren y renacen a cada momento. De: https://www.significados.com/ouroboros/
