
Tengo una teoría, que al final ni la tengo ni es teoría, pero me parece importante aprenderla para dejar de cometer estupideces.
Hace como cuatro meses me dolía una muela: ahí voy con la dentista y que te hago una curación, que vete a hacer una placa, que tráeme la placa, que déjame se la enseño al especialista, que a ver cuándo tiene tiempo para atenderte, que te va a tomar medidas para unos fierros, que esto y que el otro y que aquello…
Resulta que fue una endodoncia mal hecha y, tras unos seis años de haberse realizado, el dolor volvió como si los nervios siguiesen ahí, tan campantes.
Tras varias semanas de batallar, por fin coincidí con el especialista, quien me serruchó las cavidades nerviosas de la muela de formas tan cavernícolas que me sentí en el pleistoceno. Nada tengo contra el doctor, pero de pronto me daba unos jalones que, ¡ay mi madre!, sentía que se llevaba mi alma en su puño cubierto por un guante negro, más como de barbero que de dentista, cada que extraía sus artilugios de mi boca.
Total que me aventé otra ronda de “te pongo curación, vente en una semana, no mastiques fuerte de ese lado” hasta que, por fin, quedó la bendita muela. ¿Qué crees que pasó después? Sí, ya sabes cómo es el cuerpo, la misma muela, pero del otro lado, se puso celosa y ándale, el mismo dolor, igualito.
Aquí te quiero hacer un paréntesis, en el primer proceso, me tuve que ir con una curación a unas vacaciones en la playa, lo que me tuvo con miedo durante todo el viaje: me aterraba morder mal algún pedazo de jaiba y que el hueco de la muela quedara expuesto ante el mundo: ya me veía yo como Tom Hanks en Náufrago, cuando él mismo se vuela una muela y se cura con agua salada.
Tanto había soñado con esas vacaciones y, la verdad, el tema de la muela sí me las fastidió un tanto. Bueno, pasado ese paréntesis, para el segundo dolor ya tenía yo la experiencia suficiente del proceso y también algunos viajes agendados, pero ahora de trabajo: otra vez me vi sufriendo a cada bocado de mis comidas porque, seguro, tendría que llevar la muela remendada en lo que se repetía el proceso.
Así que bien, yo, que estudié carreras relacionadas a las Ciencias Sociales y que no sé distinguir entre un molar y un incisivo, le dije a la dentista con una seguridad arrolladora: “Oiga, pero, esta vez, por favor, no me haga la curación, póngame directo la resina”. Nombre, le hubieras visto la cara… Y claro, la entiendo, un imbécil cualquiera retando sus años de estudios, dándole sugerencias de cómo tenía que hacer su trabajo.
He de aceptarlo, fue amable, me explicó las posibles consecuencias del acto en cuestión, pero como a mí me urgía que ese asunto quedara, le expliqué que me iba de viaje y que necesitaba el proceso exprés, uno que, nomás de mis pantalones, yo me había inventado.
Aceptó, lo ejecutó, me dolió dos días y, al tercero, me sentí el hombre más astuto del mundo porque la muela dejó de molestar. No sólo me había salido con la mía, también me ahorré lo de la endodoncia y las idas y venidas para completar el proceso como Dios manda.
Pues bien, de eso ya tiene varios meses y sí, efectivamente, la muela mal hecha me duele otra vez. Ay Miguelito, ¿qué esperaba? Es aquí donde entra mi teoría, que ni es teoría, pero que trata, creo, sobre la relatividad del tiempo: uno puede influir en el futuro, dependiendo la inteligencia que imprima en el presente, que algún día será pasado. Yo hoy podría estar tranquilo, contento, masticando todo alimento frente a mí, tan confiado como Pac-Man, pero no, hace unos meses decidí ser un estúpido, pese a las consecuencias que me fueron advertidas; apliqué el clásico: “es un problema para Miguel del futuro”. La cuestión con esa frase es que Miguel del pasado, del presente o del mañana es el mismo sujeto, no le transferí a nadie un problema, sólo tomé decisiones para vivirlo dos veces, por necio, por bruto y por atrabancado.
Sí, sí me habló feo porque, atendiendo a mi teoría, que ni es teoría, le dejo una carta al Miguel del mañana, para que entienda que las cosas hay que hacerlas bien y que los expertos por algo lo son.
En palabras de mi madre: los huevones trabajan doble. Mil veces me lo dijo y muchas veces lo he aplicado, otras no, como en el caso de la muela, que, por ahorrarme tiempo y dinero, sólo congelé el momento unos meses, hasta que se fue la luz y el agua del refrigerador me está haciendo un charco enorme.
En conclusión: mi teoría, que ni es teoría, afirmaría que sí podemos viajar al futuro, ¿cómo?, con las decisiones que tomamos hoy. Si crees que estás por dar un paso en falso, frena y piénsalo con calma, que, la mayoría de las veces, es mejor usar la razón que el mero impulso.
Yo procuro hacerlo: la gente me tira de loco cuando pido cerveza al tiempo, pero sé que me voy a evitar una gripa, pues heredé de mi abuela unas características muy raras; cada vez soy más prudente en el tráfico, porque prefiero que el otro sienta que me ganó una partida a terminar a golpes; conforme he crecido, pienso las cosas cuarenta veces antes de decirlas, así evito lastimar a alguien o hacerle sentir incómodo… En fin, trato de prever el futuro, pero esta vez me falló y aquí me tienes, esperando que sea mañana para ir con la dentista, a ponerle mi cara de estúpido y decirle: “Doctora, me volvió a doler, haga lo que tenga que hacer, usted es la que sabe”, justo como debí hacerlo desde un principio.

