
Cuando nos sentamos a escribir, El señor de los Escritores se materializa y lucha contra demonios que le habitan a uno, librar esa guerra hace que un texto tenga valor, me explico a continuación.
En la India, los dioses no encarnan, se materializan, esa es la idea central del avatar. En nuestros tiempos, la cultura popular impregnó el término con ideas distintas: 1) en el entorno digital, un avatar es una imagen, generalmente una ilustración o una animación, pero también puede ser cualquier otra cosa, en general se les considera agentes que representan al usuario y, en ocasiones mediante alguna inteligencia artificial, pueden realizar algunas acciones en su nombre; 2) la película de James Cameron y sus continuaciones presentan algo similar con esta diferencia fundamental: este avatar no es digital sino un cuerpo híbrido, uno creado vacío, carente de alma o espíritu y que puede ser utilizado como receptor de un alma o conciencia proveniente de otro cuerpo, en particular de otra especie; 3) La serie de Avatar, La leyenda de Aang, presenta esta figura como alguien capaz de manipular al fuego, la tierra, el agua o el aire con su mente, por telequinesis, en un mundo donde existe gran número de gente con esta habilidad, pero nada más de uno de estos elementos, sólo el avatar controlaría los cuatro. Las tres concepciones permean en mayor o menor medida lo que se entiende con esta palabra. Ahora, en su ambiente natural, en la religión hindú y en sus distintas ramas, existen diferentes dioses y semidioses, quienes tienen avatares y aunque los de Vishnú son los más popularizados, a otras divinidades también se les atribuyen. Uno de quienes se han materializado en este mundo con distintos avatares es, por supuesto, Ganesh.
Son dos los textos principales en los cuales se hace inventario de los avatares de Ganesh, ambos son Puranas, es decir historias antiguas atribuidas al mismo Vyasa de quien ya te conté en Saludo al señor Ganesh, y ambos dedicados a Ganapati. En el Mudgala Purana se cuentan ocho:
1.Vakratunda (El de la trompa curvada), quien apareció para destruir a Matsarasura (el demonio de la envidia y los celos).
2. Ekadanta (El de un solo colmillo), advino para acabar con Madasura (el demonio de la arrogancia).
3. Mahodara (De gran barriga), que venció a Mohasura (el demonio del engaño).
4. Gajanana (De cabeza de elefante) destruyó a Lobhasura (el demonio de la avaricia).
5. Lambodara (De gran barriga), quien venció a Krodhasura (el demonio de la ira).
6. Vikata (De forma monstruosa) acabó con Kamasura (el demonio del deseo).
7. Vighnaraja (Destructor del error), cuando derrotó a Mamasura (el demonio del egoísmo).
8. Dhumravarna (De color del humo) sometió a Ahankarasura (el demonio del ego).
La otra crónica es el Ganesha Purana, y cuenta que durante cada una de las cuatro eras o Yugas de la humanidad se presenta un avatar distinto:
1. En la primera era, el Satya Yuga o la Edad de Oro (para hacer una homología con las edades de la mitología griega), se materializa como Mahotkata Vinayaka, con diez brazos y montado en un león o un elefante.
2. En la segunda, Treta Yuga o Edad de Plata, tiene seis brazos y monta en un en un pavo real que luego cederá a su hermano Kartikeya; aquí se llama Mayureshvara.
3. Gajanana tiene cuatro brazos y monta ya sobre Mooshika en el Dvapara Yuga o Edad de Bronce, la tercera era.
4. En la última era, la nuestra, la decadente Kali Yuga, en donde la riñas abundan, es Dhumraketu, con sólo dos brazos y montado sobre un caballo.
Llegados a este punto, bien te puedes preguntar, ¿y qué carambas tiene esto que ver con la escritura? Tenme paciencia, ya llegaré a eso, pero antes te platico de otra cosa. Hay textos que necesito escribir porque me purgan de sentimientos o ideas que no son sanas, fantasías macabras en las cuales quienes me lastiman y quieren aprovecharse de mí, tienen un destino final doloroso, merecido y en donde les queda bien clarito que se lo buscaron por sus acciones. De por sí, la existencia tiene sus bajones rudos, muchas veces sin explicación o causa aparente, pero la realidad nuestra, la mexicana del 2025 tiene demonios horrorosos como el bullying o acoso, la extorsión, el reclutamiento forzado, la trata de personas, la corrupción y un largo etcétera, pero en ciertas áreas de, por ejemplo Michoacán, Tamaulipas, Sinaloa, Chiapas o el Estado de México hay casos terribles en los cuales las opciones parecen ser aguantarse, callar, sobrellevar al demonio o hacer justicia por cuenta propia, con la posibilidad, casi garantizada, de que el aparato de justicia de la nación caiga como hiena sobre la carne propia y la exprima hasta drenar el último peso y esperanza, si no me crees, un ejemplo es el caso de doña Carlota y otros presentados por Miguel Alejandro Rivera en la entrega Ante el aumento de la violencia, ¿cómo bajar la temperatura social?, de su columna Textos y Contextos de hace unas semanas. Luego de leerla, comprenderás mejor a qué me refiero.
También te confieso que hay textos, cuentos, poemas, artículos, obras de teatro… los cuales escribo y, varios, pertenecen a géneros de los cuales no soy un consumidor habitual, o que cuentan historias e ideas desde puntos de vista y valores que no comparto para nada, es más, quisiera que nadie los compartiera ni anidara dentro de sí tales demonios. ¿Que por qué los escribo? En realidad porque así me salen: me siento con la emoción activa y el sentimiento desarrollándose y los dejo supurar, los excreto y ya. Son textos que me permiten sacar de mi sistema, de mi mente, la basura, las ideas que no me son nutritivas o que no puedo asimilar. Esos textos en su mayoría nunca verán o nunca vieron la luz, casi todos los voy destruyendo luego de un tiempo de haberlos redactado, no todos, porque me parece claro que se puede hacer arte hasta con la basura. Pero muchos de estos textos no nacieron con la misión de presentarse ante los ojos de nadie, nacieron para que yo pueda vivir con mayor tranquilidad, con más cordura. Son textos que el Ganesh que me habita escribió como la lucha en contra de los demonios que me acosaron o que aún me acosan, algunos, incluso tienen múltiples narradores, focalizaciones, personajes que entran y salen, como si este Ganesh necesitara de diez brazos para su combate. En otros es claro, al menos para mí, que el Ganesh quien me presta su colmillo para tomar el dictado del Vyasa de mi subcosciente está dándole una buena “madrina” a mi propio ego, a mis vicios o al “machirulo” interior heredado por la cultura de quienes nacimos y crecimos en el México de las décadas de 1980 y 1990… Por supuesto, estoy hablando de cómo me ha ido a mí en la “feria” y de cómo lidio con esas partes de mi ser yo, de mi ser varón, de mí, pues esa es la única mina de donde se puede extraer alguna materia prima en verdad valiosa para ofrecer a los demás. Esa es, quizá, la primera e ineludible guerra que uno debe emprender a la hora de escribir. Sólo así el texto tiene frescura, honestidad y verdad, ya luego se puede hablar de publicar y esas cosas, pero sin esa guerra, el texto no valdrá la pena de su lectura. Y a ti, ¿no te gustaría saber cuál avatar de Ganesh materializas con mayor frecuencia?
