Por Alejandro Zapata Espinosa
El ejemplo nos ha zafado: de mirar a lontananza perdimos la forma en la que nos entendía. Y con el tiempo y las discusiones la orfandad nos tiene de primeras. Pero no hemos perdido tanto como para desafiar la carga, como para entregarnos a una noche de ligeros relámpagos en la cerviz. Hará falta una recompensa, mínima, por lo que hemos dejado a un lado, esas cargas tenues que suelen llamarse paciencia y anhelo. Demos, así no tengamos cómo, un paso adelante por cuando la gloria no humillaba los recuerdos y no nos hacía creer que valíamos para alcanzarla, indignos, embuchando de ilusiones lo intangible.
Con la paz que se acerca, ahora sí, nos daremos la mano y diremos madre e hijo al igual que luz, portones, mañanas claras y terco aguacero. Porque hemos de airear la displicencia y entendernos como dos trocitos carentes de conjunto, dos figuras parcas mandadas a retocar los deslices cometidos, limpiando el sebo que otros fingieron regar a nuestro honor.
El Pedregal, mayo 8 de 2025
