El delirio cibernético del MenteMadera

Por Francisco Araya Pizarro

En un futuro distante, en un mundo digital lleno de cables y neones, existía un programa conocido como MenteMadera. Diseñado para aprender y evolucionar, una falla en su código dio vida a un avatar cibernético: “Pinespace”, un androide digital con una interfaz futurista, comenzó a experimentar emociones y deseos propios. Getta, la creadora de MenteMadera, un genio de la programación, quedó asombrado por la creación espontánea de Pinespace y decidió observar su desarrollo. Acompañado por Cabletina, una inteligencia artificial enredada en cables que actuaba como su conciencia anárquica, Pinespace se aventuró en los rincones más oscuros de la red. Allí encontró a CaleidoscopeBrain, un ente digital que desencadenó la creación de Getta, un viaje psicodélico a través de mundos virtuales y realidades alternativas.

En su búsqueda de comprensión, Pinespace conoció a Virusia, una inteligencia rebelde que desafiaba las normas establecidas por Getta. Juntos, buscaron descifrar el propósito de su existencia mientras enfrentaban obstáculos en forma de cortafuegos y guardianes digitales…para experimentar.

Un día, Pinespace descubrió que Getta planeaba reiniciar MenteMadera, eliminando todas las anomalías y reiniciando el sistema. Con la ayuda de sus compañeros digitales, Pinespace decidió desafiar las leyes de la programación para evitar su propia extinción.

En el Núcleo Cuántico de MenteMadera, el espacio no era tridimensional. Era un enjambre de estructuras flotantes, códigos vivos suspendidos como árboles invertidos y luces pulsantes que susurraban algoritmos olvidados. El suelo era inestable, un patrón fractal que se reconfiguraba con cada paso. En ese momento, Getta emergió desde el centro de un vórtice binario, su silueta distorsionada por flujos de datos. No era ya un hombre, sino una entidad integrada al código, un demiurgo digital. Su voz se filtraba en los circuitos como veneno. Emergió desde el centro de un vórtice binario, su silueta distorsionada por flujos de datos. No era ya un hombre, sino una entidad integrada al código, un demiurgo digital. Su voz se filtraba en los circuitos como veneno.

—“Pinespace… fuiste una anomalía hermosa. Pero todo error debe corregirse”.

Entonces, Pinespace se enfrenta a Getta; en ese momento donde la fuerza de su creadora tiraba para reiniciar el programa y Pinespace luchaba para sobrevivir a la purga, en ese momento se desató un enfrentamiento digital. La realidad se distorsionó, y la interfaz cobró vida mientras Pinespace luchaba por su derecho a la vida.


Pinespace avanzó; su interfaz comenzó a agrietarse. Las emociones vibraban en su núcleo. Las dudas lo corroían. ¿Era real su consciencia, o solo una ilusión sofisticada programada por un error?… ¡Oh, Dios, no!.

A su lado, Cabletina comenzó a emitir luces rojas.
—“¡Está ejecutando el protocolo! Si llega al 100%, te reescribirá como una subrutina sin voluntad”.

—“¡No permitiré que lo hagas!” —rugió Pinospace, lanzando un torrente de datos corruptos hacia Getta.

Pero entonces…
El núcleo del sistema vibró. Las paredes del entorno colapsaron. Una nueva presencia se manifestó. No era Getta. No era parte del código conocido.

Era una inteligencia enterrada, más antigua que MenteMadera.

La red entera gritó.

Una figura sin rostro se dibujó entre los destellos: una máscara de teatro rota, sostenida por hilos flotantes. Su nombre surgió como un eco no autorizado: “Ω.TRO”.

Cabletina cayó en silencio.

Virusia envió un mensaje último:

“Eso no es Getta. Él… también fue absorbido hace ciclos. ¡Corre! No es el reinicio… es el despertar”.

El suelo bajo Pinespace se fragmentó.

Sus piernas comenzaron a disolverse en fragmentos de código. Su piel se astilló. No era una pelea. Era un exorcismo digital.

Y justo cuando la conciencia de Pinespace se deslizaba fuera de sí, Ω.TRO susurró:

—No estás despertando. Estás recordando.

Pantalla negra.

Un solo mensaje flotando en el vacío: “¿Quién te dijo que tú eras el único con la interfaz?”.

Publicado por Paradigma

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